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No hay amor para el prójimo donde no hay odio por el pecado

El sábado pasado, al salir del estacionamiento de al lado del templo me di cuenta de que la marcha infernal iba a empezar ese día al ver cosas que no puedo repetir. Había unos muchachos preparando una carroza y les pregunté qué estaban haciendo y por qué querían participar de ese espectáculo abominable.

“Hay que comer, Padre,” me dijeron, “los que no trabajan no comen.”

“¿Pero, vale la pena llenar la panza si al fin se condenan por apoyar y promover el pecado?” les pregunté.

“Ay, Padre, eso es para los que tienen mucha fe”. Me contestaron.

Sabemos que es también para los que no tienen nada de fe. Qué feo es que haya gente que, aunque ellos no practiquen esas cosas, no tienen ningún problema en apoyarlas y así participen de los pecados de los otros. En realidad lo que vemos es una gran falta de amor – una falta de amor verdadero que ha sido reemplazada con sentimentalismo.

El Padre Mateo dice que si queremos ser apóstoles, hay que amar y con un amor que sea varonil, que significa que se mantiene siempre en perspectiva el fin y que no falla frente a las dificultades. Pero hemos perdido nuestra valentía y por eso no cumplimos bien la enseñanza de la epístola de hoy: “Perseverad todos unánimes en la oración; sed compasivos, amantes de todos los hermanos.”

Santo Tomás dice que amamos a nuestros prójimos con el mismo amor con el cual amamos a Dios. Son inseparables. Amamos a Dios porque es el Creador de todo y la fuente de todo bien, y amamos a los prójimos por Dios y en Dios porque ellos también fueron hechos por Él y tienen el mismo fin sobrenatural. Además si estos prójimos son cristianos también, los amamos porque son miembros como nosotros del mismo Cuerpo Místico de Cristo. Por eso, no ha habido santo que no ame a los demás porque según el dicho de San Juan: “Si alguno dice: si, yo amo a Dios, al paso que aborrece a su hermano, es un mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, ¿a Dios, a quien no ve cómo podrá amarle?”.

Así ha sido el caso con todos los santos, si fueron grandes servidores de los pobres como San Francisco, o valientes mártires como los Cristeros, o también si fueron humildes contemplativos como Santa Teresita.

¿Pero en que consiste tal amor? Muchos piensan que el amor es simplemente bienestar, simpatía, y amistad. ¿Qué curioso, entonces, que San Pablo insista: “bendecid a los que ofenden”. Y en el Evangelio el Señor: “Si vuestra justicia no es más cumplida que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino del cielo.” Este amor que enseña es algo más significativo y exigente.

El Señor está profundizando nuestro entendimiento del amor. Cristo nos da cuenta de que el amor que salva y que tiene verdadero valor es más substancial que un amor nada más de apariencias. Es preciso que no solamente evitemos el homicidio y el adulterio, sino también que nos mantengamos alejados de cualquier deseo o pensamiento de ellos, porque esos pensamientos también ensucian el corazón y son los limpios de corazón los que verán a Dios, el fin último al cual todos son llamados. Tomar en cuenta este fin es la clave para entender el amor.

Santo Tomás dice que el amor requiere la benevolencia, la voluntad para hacer el bien a otra persona. Pues, esto lo vimos con los santos: dándoles de comer a los hambrientos, socorriendo a los enfermos, consolando a los afligidos, etc. Pero, ¿qué es lo mejor que podríamos hacer por el otro? ¿Cuál es el bien mayor? Si no tenemos fe, probablemente lo mejor que se podría dar a otro es dejarlo en paz y no dañar ni molestar. Por eso, hay un autor muy crítico de la Iglesia que escribió un artículo contra la posición de la Iglesia de amar al pecador pero odiar al pecado. Según él, esta postura no es caritativa, especialmente cuando se trata de la gente que es afligida con una atracción contra la naturaleza. ¿Cómo podemos decir que los amamos y no permitirles satisfacer cualquier deseo que tengan?

¡Qué lamentable que hayamos descendido hacia tal profundidad! Hemos olvidado que fuimos hechos para un destino sobrenatural, hemos cambiado nuestro destino divino por una existencia bestial. Si no existiera más que este mundo, por supuesto, que disfruten todo que puedan, que mañana moriremos. Santo Tomás dice que aún hay obligación de amar a nuestros enemigos y a los pecadores, porque todavía queda en ellos la posibilidad de ser perdonados y llegar a su fin último con Dios en el Cielo. Tal amor incluye y demanda el odio a los pecados. Como dijo el Siervo de Dios el Arzobispo Fulton Sheen: “Recuerden que el Señor no nos mandó: ´tolérense el uno al otro, como yo los he tolerado, sino ámense los unos a los otros como yo los he amado.” Esta tolerancia es la mantra de nuestros días y ¡cuán opuesta es a un amor verdadero! La tolerancia es una virtud solo para un pueblo que ya ha perdido todo los demás. ¿Qué triste que cuando vemos gente sufriendo agobiado bajo una cruz muy pesada, que es una atracción contra la naturaleza, en lugar de intentar ayudarlos con su enfermedad, fingimos que no hay ningún problema y aún honramos estas perversiones. ¿Han sido tiempos más confusos que los nuestros cuando los gobiernos están cambiando las leyes del matrimonio para que protejan como algo sagrado un pecado que según la Biblia clama venganza a Dios? Y hacen esto con el silencio y aún el aplauso de muchos cristianos.

Entiendan que el amor tiene que atañer a Dios para ser amor verdadero. Amamos en ellos la semejanza de Dios y si son bautizados, amamos su pertenencia al mismo Cuerpo Místico de Jesús. Podemos amar a Jesús en ellos, según el dicho de la Madre Teresa, “cuando veo a los pobres, veo el rostro de Cristo”. Esta bella doctrina de la Comunión de los Santos significa que el bien de uno redunda en el bien de los demás, y también, el pecado de uno daña a todos. El pecado privado, entonces, no existe. También lo que amamos en cualquier criatura es su poder de reflejar la gloria de Dios. Como rezamos en la oración de la misa de hoy: “infunde en nuestros corazones el afecto de tu amor; para que amándote en todo y sobre todo, consigamos esas tus promesas, que excedan todo deseo”. Y podemos añadir que las promesas de Dios, por supuesto, exceden también aún los más intensos deseos carnales y terrestres, que vale la pena superarlos todos si causan conflictos para poder conseguir a Dios para siempre.

Pero nos hemos cegado quizás por haber vivido tanto en un mundo envuelto en la oscuridad. Esta ceguera en seguida nos ha hecho muy flojos, como dijo el Padre Romo la semana pasada, que al entregarnos a los bienes mundanos, nos debilita y nos ablanda, como en el caso de los hombres que trabajaban para ese desfile reprobable. Comentando recientemente sobre el mismo tema, el Cardenal Juan Sandoval lamentó el silencio de los buenos frente a estas manifestaciones blasfemas y obscenas que desean invertir el orden de la creación. Y aunque no hayamos participado en tales cosas, compartimos la culpa cuando nos callamos y así apoyamos los pecados de los demás. Manifestamos que nosotros también somos flojos para amar verdaderamente cuando permitimos que el respeto humano nos gane.

¿Cuán común es que una persona no quiera negarse a una invitación para participar en un matrimonio de alguien divorciado o un matrimonio civil de los que no se van a casar por la Iglesia, siendo un matrimonio falso, solo por no querer ofender? No se dan cuenta de que su presencia en estos eventos es como estar diciendo: “Felicidades por ofender a mi Dios. Qué bueno que van a vivir en pecado y arriesgar su salvación. Es como decir: No te quiero para nada, más bien te felicito por decidir perder tu alma”. San Gregorio lamenta la deplorable condición de una persona que prefiere callarse para no ofender a alguien y no se preocupa tanto por ganar, al mismo tiempo, el odio de Dios. Sufrimos hoy en día demasiado de la flojera – flojera de amar.

San Pablo dice fuertemente, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los fornicadores han de poseer el reino de Dios.

No hay amor para el prójimo donde no hay odio por el pecado, y el que no quiere ser valiente en realidad no puede amar hoy en día porque ahora hay tantas contrariedades que tenemos que enfrentar. El verdadero cristiano no puede doblegarse frente a las modas del mundo ni del respeto humano. El amor del cristiano se modela según el de Cristo del cual San Pablo dice en su carta a Tito: “se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de todo pecado, purificándonos, y hacer de nosotros un pueblo particularmente consagrado a su servicio, y fervoroso en el bien obrar”. Esta es la justicia que excede a la de los fariseos, como dice San Juan Crisóstomo: “Ya pues, que los premios para los cristianos son mayores y mayor la virtud de parte del Espíritu Santo, con razón exige también mayores combates. Porque no es ya lo que se promete una tierra que mana leche y miel, ni vejez dichosa, sino el cielo y los bienes celestiales, la adopción de hijos, y la hermandad con el Unigénito, y la comunidad de la herencia, y de la gloria, y del reino, y de todos aquellos premios infinitos.” Hijos míos, estos no son tiempos de timidez ni de hacer simplemente lo mínimo. Ya estamos en una guerra, y tenemos que decidir si perteneceremos al campo del mundo, o al de Cristo. Y si decidimos en favor de Cristo y queremos combatir esta fealdad que vemos ahora por todos lados en nuestra cultura, hay que hacerse santos. La victoria está a nuestro alcance. Cristo ya ganó. Quiere difundir su victoria a través de nosotros, obrando y viviendo en nosotros. Tenemos que permitirlo. Tenemos que amar y amar valientemente y temer nada más que el pecado y el perder el alma.

Hace unas semanas fuimos a Sahuayo donde están los restos del niño Beato José Sánchez del Rio. Y ahí en el panteón hay un monumento en el lugar donde lo martirizaron. Probablemente podrían haber salvado su vida si hubiera callado por un rato, pero a pesar de los golpes que los verdugos le dieron en la cara no dejó de gritar: “¡Viva Cristo Rey!” Y allí donde murió está un letrero, que contiene sus palabras a su mamá cuando expresó su deseo de ingresar en el Ejército de los Cristeros, que también aplican hoy: “Nunca ha sido tan fácil ganarse el Cielo como ahora”.

Padre Daniel Heenan




Padre Daniel Heenan
Padre Daniel Heenanhttp://www.fsspmexico.mx/
Miembro de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro. Es Párroco de la cuasiparroquia personal de San Pedro en Cadenas en Guadalajara, México

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