cristodemonioEl Santo Cura de Ars nos decía en uno de sus memorables sermones: “no es lo mismo creer EN Dios que creer A Dios, creer solamente EN Dios es la fe de los demonios”. En efecto, Satanás y los demonios creen EN Dios, tienen plena constancia de su existencia, pero no sólo eso, creen que Jesucristo es el Hijo de Dios, recordemos el pasaje evangélico donde Jesucristo conminaba a un demonio a callarse para no descubrirlo cuando le decía “yo se quien eres”, creen en la Eucaristía, en la transustanciación y con empeño tratan sus adeptos de apropiarse de alguna Sagrada Forma para sus sacrilegios. No nos distinguimos pues en nada de los demonios si toda nuestra vida cristiana se reduce a creer EN Dios. Y esto desgraciadamente es en lo que se ha convertido la “Fe” de una inmensa mayoría.

Por un lado aquellos que se llaman a sí mismos católicos “no practicantes”, un eufemismo para dulcificar que son auténticos imitadores de Satanás, quien creyendo EN Dios le dijo: Non Serviam, no te serviré. Eso es ni más ni menos que un católico “no practicante”, los cuales reconociendo a Cristo le dicen: No te Serviré. Creo EN Dios, pero no seguiré A Dios ¿Puede haber un pecado mayor que el orgullo de alguien que le dice a Jesucristo en su misma presencia: creo en ti pero no me importas, no te seguiré?

En esta misma actitud de soberbia y rebeldía se encuentran aquellos que mantienen una apariencia de práctica, asistiendo a Misa y recibiendo incluso sacramentos, pero en las condiciones que ellos deciden. Poco les importa creer A Dios y A su Iglesia, ellos se han hecho su propia doctrina y decidido que es pecado y que no, o casi mejor, que nada es pecado y que nos salvaremos de todas formas, bien es cierto que jaleado por aquellos que nos asaltan con la herejía de la salvación universal campando a sus anchas. En este mismo caso ellos también han decidido no creer A Dios, sino creerse A sí mismos, y decirle a Dios: Non serviam. Me serviré a mí mismo.

Si creemos EN Dios, tenemos que creer A Dios. La Fe no es un sentimiento, es una aceptación con la voluntad, la inteligencia y el entendimiento de las verdades reveladas que creemos porque las ha dicho el propio Dios, y las ha depositado en su Santa Iglesia a través de las Escrituras y la Tradición custodiadas por el Magisterio. Todo lo demás viene del maligno.