ADELANTE LA FE

El cesto de San Francisco

La mujer se encontraba arrodillada en un banco, a solas, con las manos entrelazadas.

Jesús, ¿dónde estás? No consigo verte —suspiraba.

Jesús desde el cielo la contemplaba, sabía que decía la verdad. Y también, conocía la solución.

Quema tu cesto —le susurró en la profundidad de su oración.

La mujer quedó muda durante un rato. No quería esa respuesta. Cualquier otra… quizá. Pero esa no.

¿Por qué? Si lo que hago es bueno. Ayuda a muchas personas, les hablo de ti.

Quema tu cesto.

El banco crujió molesto cuando se incorporó la mujer. No había más que decir. Jesús había hablado claro y ella, lo había entendido. Es más, siempre había sabido la respuesta. Cuando llegó a casa, miró hacia su biblioteca. Allí estaba aquel dichoso libro, «La sabiduría de un pobre». Lo miró con rabia durante unos segundos, hasta que al fin se decidió a cogerlo. Rebuscó rápido entre sus páginas, pues lo conocía a la perfección, y encontró al momento lo que buscaba:

Una delgada columna de humo azulado se elevaba al borde del bosque, no lejos de la ermita. Subía ligera, tranquila y lanzada como los grandes árboles parecía formar parte del paisaje y, sin embargo, intrigaba al hermano León. Este humo era insólito. ¿A quién se le habría ocurrido encender un fuego tan de mañana? León quiso salir de dudas. Se adelantó, separó las ramas de los arbustos y vio, a un tiro de piedra, a Francisco mismo, de pie junto a un pobre fuego. ¿Qué diablos estaría quemando? Le vio que se agachaba, que recogía una piña y la echaba a las llamas. León dudó un instante, después se arrimó despacito.

— ¿Qué estás quemando ahí, padre?

—Un cesto —respondió simplemente Francisco.

León miró de más cerca. Distinguió los restos de un cesto de mimbre que acababa de quemarse.

—¿No será —dijo— el cesto que estabas haciendo estos días, verdad?

—Sí, el mismo —respondió Francisco.

—¿Y por qué lo has quemado? ¿No te gustaba como había quedado?—preguntó León asombrado.

—Sí, quedaba muy bien, hasta casi demasiado bien—replicó Francisco.

—Pero, entonces, ¿por qué lo has quemado?

—Porque hace un momento, mientras rezábamos tercia, me distraía tanto que acaparaba toda mi atención. Era justo que en recompensa lo sacrificara al Señor— explicó Francisco.

Nuestra protagonista cerró el libro con brusquedad. Había leído aquel pasaje miles de veces y siempre pensaba lo mismo: San Francisco era un santo muy molesto. Bueno, en realidad, todos los santos lo eran, pero San Francisco tenía un don especial para inquietar a la gente.

Se sentó en su sofá y miró a su portátil. Le esperaba como todas las noches, listo para soportar sus tecleos mientras escribía su columna semanal. Entonces, recordó las palabras de Jesús y sintió una mezcla de rabia y dolor. Volvió a abrir el libro:

—Padre, no te comprendo. Si fuera preciso quemar todo lo que nos distrae en la oración no se terminaría nunca —murmuró León después de un momento de silencio.

Francisco no respondió nada.

—Sabías —añadió León— que el hermano Silvestre contaba con el cesto. Le hacía falta y lo estaba esperando con impaciencia.

—Sí, ya lo sé —respondió Francisco—. Le haré otro en seguida, pero era necesario quemar éste, esto era más urgente (…)

La mujer suspiró vencida, las palabras de Francisco no dejaban margen de duda. Las de Jesús, tampoco. «Está bien, Tú ganas, Señor», dijo enfadada. Se levantó, colocó el portátil en una leja del comedor y se sentó a mirar al infinito. Aquella noche su marido se sorprendió al verla leer un libro.

Hacía tiempo que no leías, cariño.

Eh… sí, tienes razón —indicó pensativa.

Las siguientes jornadas las pasó tristes y vacías. Le había costado mucho la renuncia.

¿Lo añoras? —le preguntaba Jesús en la oración todos los días.

Y ella respondía sincera:

Sí… eres un Dios celoso, Señor.

Siguieron pasando días, y la protagonista descubrió que poco a poco recuperaba la paz de espíritu. Ya no tenía mensajes privados a los que responder, tampoco comentarios (a favor o en contra), no había opiniones que dar, tampoco falsas responsabilidades… Llenó ese tiempo con lectura espiritual, recuperó la ilusión de la oración (ahora sin la intromisión de voces externas) y poco a poco, olvidó su renuncia.

¿Lo añoras? —volvió a preguntarle Jesús una mañana de verano.

No —respondió finalmente.

¿Por qué? —preguntó el Señor.

Porque te he vuelto a encontrar —le dijo con emoción.

La mujer cerró con cuidado la puerta del templo, y ya no había vacío en su interior. Había comprendido a San Francisco, y se sentía como él, auténticamente pobre.

Mónica C. Ars

Mónica C. Ars

Madre de cinco hijos, ocupada en la lucha diaria por llevar a sus hijos a la santidad. Se decidió a escribir como terapia para mantener la cordura en medio de un mundo enloquecido y, desde entonces, va plasmando sus experiencias en los escritos. Católica, esposa, madre y mujer trabajadora, da gracias a Dios por las enormes gracias concedidas en su vida