ADELANTE LA FE

El Dios celoso y la podredumbre eclesial

I. Celos de Dios

Lo estampa la Sagrada Escritura como expresión viva y sesuda del mismo Dios:

«No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque Yo soy Yahvé, tu Dios, un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian».[1]

No se confundió el escritor inspirado, escuchó bien y lo apuntó mejor. La afirmación de Dios celoso de su gloria y de su propiedad sobre Israel atraviesa firme los libros sagrados de los Profetas para revelar que no le es indiferente su Pueblo, que lo defenderá de todo enemigo, que lo castigará si es preciso, pero que siempre lo esperará ya que lo creó para su gloria.

Un Dios celoso: Desde el Pentateuco (cf. Deuteronomio 4, 24) hasta los profetas (cf. Nahúm 1, 2) el Señor recibe el epíteto de Dios celoso, que expresa tan claramente la índole de sus relaciones con Israel. Ese divino Esposo manifiesta infinitas ternuras para su esposa mística, y así como castiga severamente su infidelidad, la defiende también contra todos a los enemigos. Hasta la tercera y cuarta generación: Cf. Deuteronomio 5, 9-10; Jeremías 32, 18 ss. Es éste uno de los pasajes más difíciles del Antiguo Testamento. Aunque nos hace ver que la misericordia de Dios es infinita —esto quiere decir el término «hasta mil generaciones»— aborda el tema del castigo colectivo, el cual resulta demasiado duro a la inteligencia humana, si bien la historia conoce muchos casos en que los hombres lo han practicado, especialmente después de haber ganado una guerra.

Tenemos en la Sagrada Escritura varios ejemplos de culpa y castigo colectivos (cf. Josué 22, 16 ss.; Jueces capítulos 19-21; 11 Reyes 21, 1-14), pero muchos más casos de castigo individual (Números 12, 1 y 9-10; 16, 35; II Reyes 12, 14, etc.) y la promesa de Dios en Ezequiel 18, 20: “«No pagará el hijo la maldad de su padre, ni el padre la maldad de su hijo». Esta es la regla que Dios, en su infinita bondad, observa para con nosotros, y que arranca a Santa Teresa las palabras: «Bendita sea tanta misericordia y con razón serán malditos los que no quisieren aprovecharse de ella» (Moradas, I, 4, 9). Sin embargo no podemos negar que todos formamos un cuerpo y sufrimos juntos las consecuencias del pecado de Adán y de muchos pecados de nuestros antepasados y contemporáneos. San Gregorio y otros Padres aplican nuestro pasaje a los hijos que heredan la iniquidad de sus padres; así entienden las palabras «los que me odian». Pero siempre que lo permita la justicia usa Dios de misericordia, hasta mil generaciones, o, como traducen algunos, hasta la milésima generación (cf. 34, 6 s.).[2]

Una de las más estremecedoras páginas escritas hasta hoy en el Cap. II, de la Profecía de Oseas, es el itinerario del amor apasionado de Yahvé para el Pueblo de Israel, la prostitución del Pueblo, su huida a la búsqueda de otros amantes vulgares, la ignorancia de que no son sus baratos amadores quienes la adornan con tantos dones, la recepción de la esposa descarriada que ha comprendido su ramería, y el nuevo desposorio de Yavé con su Pueblo ya renovado: matrimonio eterno, santo y formal, fundado en el amor y la ternura.

La narración posee todo el artilugio de una novela romántica, uno de cuyos pilares es el esposo desdeñado pero siempre a la espera de su traicionera consorte.

Y así se comprende la historia.[3]

II. Podredumbre eclesial actual

Han pasado cuatro lustros ya, desde que especialmente a través de los medios de comunicación social, hepáticos de noticiosos amarillos, nos presentaron obstinadamente estadísticas de sacerdotes públicamente denunciados y condenados por los tribunales por abusos sexuales a menores de edad en los Estados Unidos de América, hasta un cardenal europeo a quien un jovenzuelo, ex seminarista atribuyó contactos impúdicos, de ministros del Señor que rasgan sus simbólicas sotanas para vestirse de frac ante el juez que los casa ante doncellas no tan vírgenes; de prestes que asumen la frialdad de mortíferas armas para practicar justicia en el lodo; de cientos de miles de predicadores consagrados en el altar que se van a predicar las calidades de tejidos y cachivaches con los que prefieren ganar el pan. Y una legión de seglares, malos católicos, cínicos degradados, que hacen sangrar el evangelio con su conducta alta y públicamente pecaminosa. Una Iglesia con más goteras que la choza de un mendigo.

Reflexionamos sobre esa podredumbre que existe en la Iglesia actual. Sus miembros viven y se relacionan con la corrupción de las esferas dominantes, de los políticos traicioneros, de los profesionales manchados de sangre, de los empresarios aplastantes, de los esposos infieles que se unen a la primera estrella luminosa dejando en la sombra a la madre de sus hijos.

No es posible que se viva en esta sociedad y no se salga salpicado de oro, sino de inmundicia. Serán verdaderas las estadísticas de las defecciones sacerdotales y de los seglares que se glorían de ser seguidores de Cristo cuando patentizan al exterior su hedor a Satanás. Supongamos que esas denuncias y muchas más son verdaderas, precisamente de ahí parte la pregunta ¿cómo es posible que una nave como la de la Iglesia, con tantos fatales abordajes, averías, vías de agua y encalladuras, no se haya hundido definitivamente?

Es que la Iglesia no es un partido político que confía en sus socios, ni en una empresa que siestea sobre sus lingotes de oro, ni una selección deportiva que cuenta con los mejores atletas. Ni más ni menos es una esposa, con un marido celoso, que siempre exige cuentas de las transgresiones, que llama al retorno a la fidelidad y que consigue su reconquista de su mujer si ella no se ha convertido en una meretriz sin retorno.

Dramático al sumo es el monólogo de Moisés, que clarifica las intenciones de Yavé celoso:

«Abandonó a Dios su Hacedor, despreciando la Roca de su salvación. Le provocaron con dioses extraños; con abominaciones incitaron su ira. Ofrecían sacrificios a los demonios, que no son Dios, a dioses que no habían conocido, a nuevos y recién venidos, que no adoraron vuestros padres. Abandonaste la Roca que te engendró, diste al olvido a Dios que te dio el ser».[4]

Sigue la descripción de la sana y justa ira del Dios celoso, de los castigos que prepara en la medida de las transgresiones. Y, cuando ha demostrado que los dioses a los que vendieron su alma y su dignidad, no les pueden salvar de la ruina, provoca su regreso, humillado y esperanzado el Pueblo.

Son páginas de antaño que se repiten hogaño. Son términos que explican que la Iglesia Católica no avanza en el mundo, ni se mantiene en sus triunfos, por sus propios méritos. Hay corrupción en su seno (la hubo cuando la orientaba Cristo), hay debilidades en sus personas hasta en las dignatarias, hay flojera y abandono; hay ídolos que seducen a sus fieles: el sexo, el oro, el mando, la ambición, el egoísmo, los mismos de siempre. Pero se mantiene y avanza porque tiene un Dios celoso: el salmista, tras manifestar que es celoso por las traiciones numerosas de su Pueblo, apunta:

«Hirió a los enemigos por la espalda, haciéndoles sentir vergüenza eterna. Con un corazón recto Él los guió y con su mano prudente les condujo».

Qué bien se cumple la sentencia de Pablo: «Jesucristo ayer, hoy y por siempre». Con nosotros está el Dios celoso.

[1] EXODO 20, 5.

[2] Cf.: STRAUBINGER, Mons. JUAN, Comentarios.

[3] Cf.: MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, https://adelantelafe.com/salomon-afectos-desordenados-idolatria/

[4] DEUTERONOMIO 32, 15-18.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Miembro de la Fundación «Vida y Familia» de su diócesis. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines
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