El dolor de un sacerdote (II)

Son las cuatro de la tarde de un domingo del mes de marzo. Acabo de coger el coche en dirección a una de mis ermitas que se encuentra a unos 15 km del lugar donde vivo habitualmente. Esta ermita no tiene en la actualidad núcleo urbano, sólo unas pocas casas alrededor de la Iglesia que data de fines del siglo XIX. Tiempo atrás vivían muchas más personas en este área, pero en los últimos cuarenta años los habitantes de la zona prefirieron construir sus casas dentro de sus campos de cultivo y se han esparcido tremendamente. Así pues, en la actualidad quedan literalmente doce o catorce casas en lo que tiempo atrás fue casi un pueblecito: la Iglesia, dos bares que son más bien un recuerdo del pasado, una tiendecita que tiene de todo pero que cualquier día cerrará por falta de ventas, y ocho o diez casas; algunas vacías, otras, ocupadas por ancianos del lugar o por inmigrantes marroquíes que han venido a la zona a probar suerte en el trabajo del campo.

Falta casi un kilómetro para llegar a la Iglesia cuando de pronto veo a ambos lados de la carretera, una hilera continua de coches aparcados que llega casi hasta el mismo lugar donde está la ermita. Conforme me voy acercando, el ruido ensordecedor de la música me hace pensar que los vecinos han organizado algún evento que yo desconocía. Varios policías impiden que los coches pasen, por lo que no me queda más remedio que buscar un hueco junto a la carretera para aparcar mi auto e irme andando.

La calle que da acceso a la Iglesia está cortada por una valla. Detrás de la valla y justo delante de la Iglesia quedan los restos de uno de esos castillos hinchables para que los niños jueguen mientras sus papás se toman unas cervezas o comen algún pincho. El evento fue por la mañana y consistió en un maratón de unos 30 km siguiendo veredas y vericuetos que lo mismo pasaban por los collados de los montes que están a la espalda de la Iglesia, que bajaban hasta la misma orilla del mar. La gran mayoría de las personas ya se fueron, sólo quedan los rezagados, los que se habían tomado alguna copa de más y aquellos que habían organizado el evento.

Llegando a la Iglesia se me acerca un matrimonio que conozco desde hace casi veinte años.

-¡Hola Padre Lucas! ¿Qué tal por aquí?

-Pues mira, que vengo a la Iglesia a dar catequesis y a celebrar la Santa Misa.

-¡Ah pues muy bien! – me responden.

-Y vosotros ¿qué hacéis por aquí? ¡Hace ya seis o siete años que no os veía por la Iglesia!

-Bueno, en realidad hemos venido por lo del maratón. Es que nuestro hijo mayor, ¿se acuerda usted? ¿Juan?, ha organizado este maratón. ¡Ha sido todo un éxito! Han participado cerca de 200 corredores venidos de toda la provincia.

-Me alegro mucho. ¿Y cómo están vuestros hijos?

La familia la forma el padre de unos 45 años, la madre que más o menos se le aproxima en edad, y cuatro hijos varones entre los 14 y los  24. Los hijos más pequeños fueron bautizados por mí y todos ellos hicieron la Primera Comunión conmigo; pero hacía ya más de seis o siete años que no veía a ninguno.

-Pues el mayor y el pequeño están estudiando y los otros dos nos ayudan en el campo. La verdad es que están todos muy bien. No han cogido ningún vicio, son sanos… – Me responden alegremente los padres.

Yo me quedo pensando en silencio:

-“No serán tan sanos cuando hace ya más de siete años que no pisan la Iglesia”.

Estaba hablando con este matrimonio cuando se me acerca un joven larguilucho de abundante barba y con un pañuelo de color azul que cubriéndole la cabeza recogía la larga cabellera. Al principio no lo conozco, pero cuando lo miro bien, adivino que es Juan, el hijo mayor de este matrimonio.

-¡Hola Juan! – Le digo dibujando una amplia y sincera sonrisa.

-¡Hola Padre!

-¡Cuánto tiempo sin verte muchacho! ¡Estás hecho ya todo un tío!

Una sonrisa de compromiso se dibuja en su cara, mientras mirando a sus padres que estaban junto a mí dice orgulloso:

-¡Ha sido todo un éxito! ¡No me imaginaba que iba a venir tanta gente!

-¡Enhorabuena! – Le respondo.

-¿Qué haces ahora?

-Estoy estudiando…

Conocí a Juan cuando sólo tenía 7 u 8 años. Vino acompañado de su madre para hacer la catequesis de la Primera Comunión. Desde entonces lo estuve viendo intermitentemente hasta que cumplió más o menos los 15 años. Acabada la catequesis de Confirmación me estuvo ayudando un año a dar catequesis a los niños más pequeños. Era un joven muy listo y encantador. Sencillo, callado, pero alegre y sincero. Yo podía conocer lo que estaba pensando sólo con mirarle a los ojos. Pero después de eso le perdí la pista a él y a toda su familia hasta el día de hoy. Ahora, ya con unos 24 años, su aspecto era muy diferente. Sus ojos eran turbios y llevaban un velo que no me dejaban ver lo que estaba pasando dentro.

-Padre ¿se acuerda usted cuando Juan le ayudaba en la catequesis de los niños? –me dicen sus padres.

-Perfectamente – les respondo.

-¡Juan, hace ya tiempo que no te veo dentro de la Iglesia! – le digo; como intentando averiguar lo que pueda haber en su corazón.

-¡Ni me verá, Padre!

-¿Es que te has hecho ateo? – Le pregunto.

-¡Noooh, Padre! Pero para mí, Dios está ahora en la naturaleza.

-La naturaleza la ha creado Dios, y por supuesto que está presente en ella; pero la casa donde vive está detrás de mí. – Y le señalo la Iglesia.

 

Juan se da media vuelta mientras me decía como disculpándose:

-¡Adiós, Padre! Tengo que atender los últimos asuntos antes de cerrar “el kiosko”. Ha sido un placer volverlo a ver.

-Lo mismo digo. Espero que no pasen otros siete u ocho años antes de verte de nuevo. ¡En la boda te espero!

 

Pero ya no obtengo respuesta. No sé si porque no me oyó o porque se hizo el sordo. Una joven de aspecto agradable le acompañaba mientras se perdía por detrás de una casa.

Yo aprovecho también para despedirme del matrimonio con el que estaba hablando –los padres de Juan-, sin desaprovechar los últimos segundos de nuestro fortuito encuentro.

 

-Bueno, ¡espero veros pronto! Saludad al resto de vuestros hijos de mi parte.

-Así haremos Padre. La verdad es que nuestros hijos han salido buenos. Les gusta el deporte, no tienen ningún vicio…

-Bueno, pues me alegro. ¡A ver si un día nos vemos de nuevo, pero en la Iglesia!

Una sonrisa forzada se dibuja en los labios de estos padres que vienen a decir sin palabras: “lo tiene usted claro”.

Ellos se van, mientras yo me doy la vuelta para abrir la Iglesia. Enseguida comienza la catequesis; primero de confirmación y después de comunión. De confirmación sólo cuatro jóvenes, aunque en realidad se suelen turnar y sólo vienen tres; el que falta siempre encuentra una excusa que no tardan en darme los tres kamikaces que no han tenido más remedio que venir:

-Fulanito está enfermo, mañana tiene examen, se ha tenido que ir con sus padres a… porque se murió su abuela…

Empiezo la catequesis pero el ruido de la música, que todavía estaba tronando en la puerta, hace imposible cualquier comunicación. Yo elevo una oración en silencio a Dios pidiendo que me dé paciencia.

Han pasado unos cincuenta minutos cuando de repente el silencio más absoluto se hace en la calle. La música ha acabado. Se han ido los últimos coches. Poco después doy el primer toque para la Misa y me meto en el confesonario pensando: “Estamos en Cuaresma. A lo mejor algún alma se siente tocada y se acerca. ¡Señor, escucha mi oración!” A punto de dar el último toque de campana, algunas viejecitas entran en la Iglesia acompañadas de unas pocas madres de los niños que se preparan para la Primera Comunión. Asisten más porque tienen que recoger luego a sus niños que por propio convencimiento.

Empiezo a ponerme el amito mientras digo en voz baja: “Impone, Domine, capiti meo galeam salutis ad expugnandos diabólicos incursus” y aprovecho para darle mentalmente un último repaso al sermón. ¿Y de qué les hablo? La verdad es que hay que tener más fe que un santo para poder decir algunas palabras a esta audiencia que está “sorda de corazón” pues hace tiempo cerraron sus oídos a Dios. Bueno, la verdad no todos. Todavía queda algún alma buena que caminando con bastones se esfuerza por arrodillarse en el primer banco de la Iglesia.

Comienza la Misa en la que saco fuerzas de flaquezas, y después de las oraciones del principio digo con mi corazón herido: ¡Señor, ten piedad! Pensando tanto en ellos como en mí.

Padre Lucas Prados

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com