De entre todas las palabras que resuenan constantemente a lo largo de los días de la Pascua, apenas encontraremos una que supere a la de “paz”. Saludo casi ritual (Shalom) entre los judíos de la época, por cierto, en los labios de Cristo la expresión adquiere una nueva y significativa fuerza, que brota de su victoria definitiva sobre el poder de la muerte. El fundamento de la paz que él propone y comunica, en efecto, no puede ser más sólido, pues se halla nada menos que en la seguridad de su dominio sobre las fuerzas del mal, manifestado de una vez para siempre en la mañana de Pascua.

“Pax vobis” (Lc. 24, 36; Jn. 20, 21. 26), “paz a vosotros”. Con estas palabras se presenta Cristo una y otra vez ante los Apóstoles, en el “lugar donde se encontraban (…)  por temor a los judíos” (Jn. 20, 19). La repetición del saludo, considerando las circunstancias que atravesaba la naciente comunidad cristiana, no deja de resultar paradójica, por la insistencia que revela en un momento en que la adversidad precisamente parecía ir en aumento. Lejos del mero formulismo, sin embargo, esta forma de hacerse presente el Señor entre los suyos tiene por fin recordarles, y recordarnos también a nosotros, la soberanía absoluta de Dios y de su Hijo Amado sobre el mundo y la historia, sobre las tinieblas del pecado y la muerte. Como dijera el papa Benedicto XVI, “Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia” (Enc. Spe salvi, n. 49).

Desde luego, abundan también en la actualidad los discursos en torno al tema de la paz, que parece ser siempre prioritario en la agenda de los organismos internacionales y de los funcionarios políticos por doquier. Hay que recordar, con todo, que ya el mismo Cristo advirtió contra la ambigüedad que puede revestir la idea de la paz, cuando dijo a sus discípulos: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Jn. 14, 27). La paz de Cristo, pues, no se basa en la mera ausencia de conflicto armado ni en la sola concordia civil; ni tan siquiera consiste, a decir verdad, en verse libre uno mismo libre de tribulaciones e inquietudes en el orden personal, si bien es cierto que solo entonces existiría una paz perfecta, inalcanzable en este mundo signado por la fragilidad.

Ahora bien, cabría preguntarse en qué consiste la paz a la que estamos ya desde ahora. En este sentido, el mismo Señor agrega: “No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (ibid.). Los temores, las zozobras, las inquietudes, las preocupaciones, las ansiedades, son, en efecto, otras tantas amenazas y obstáculos para la paz, en la medida en que se instalan en el alma y no la dejan descansar, como sucede con excesiva frecuencia, según lo comprueba la experiencia personal de cada uno. Jesús nos brinda, sin embargo, el remedio contra estos males, a saber, la confianza, de la cual brotan la paz y la alegría, como dones preciosos del Espíritu Santo.

No hace falta añadir que constituye un presupuesto ineludible de la paz el recto orden de las cosas, tanto a nivel social cuanto individual. Como decía San Agustín, “pax tranquillitas ordinis” (“la paz es la tranquilidad en el orden”). Orden en la distribución de los cargos, en el ejercicio de las distintas funciones, en el cumplimiento de los deberes y en la defensa de los derechos; pero también orden en los afectos, en las pasiones, en las ideas y en las decisiones, subordinándolo todo al valor supremo, que no es otro que Dios mismo y el cumplimiento de su santa voluntad.

El reino de Cristo es un reino de paz, pues Cristo es Él mismo, en términos de la Escritura, “Príncipe de la paz” (Is. 9, 6). El tiempo pascual viene precisamente a poner de relieve, entre otras cosas, este atributo del Señor, quien nos invita a depositar en Él toda nuestra esperanza, junto a la Santísima Virgen María, Reina del Cielo.

Martín Buteler