[Imagen: Teniente General Juan Domingo Perón]

Puesto que nadie es capaz de formar su propia opinión, sin el beneficio de una multitud de opiniones sostenidas por los demás, el estado de la opinión pública pone en peligro incluso la opinión de los pocos que puede tener la fuerza para no compartirla. … Esta es la razón por la que los Padres Fundadores [de Estados Unidos] tienden a equiparar la regla basada en la opinión pública con la tiranía; la democracia en este sentido era para ellos una forma nueva del despotismo. Por lo tanto, su aborrecimiento de la democracia no surgió tanto del viejo temor de la licencia o la posibilidad de lucha entre facciones como de su aprehensión hacia la inestabilidad básica de un gobierno carente de espíritu público que se dejara llevar por “pasionesunánimes.

Hannah Arendt
Sobre la Revolución

Del blog personal de Sandro Magister

He recibido y lo publico “El efecto Francisco: ‘Tiranía Democrática’ contra los disidentes”. El autor es Profesor Emérito de Sociología de la Religión en la Universidad de Florencia y en la Facultad Central de Teología de Italia

El clima del pontificado y un nuevo deseo de golpear

Por Marco di Pietro
12 de diciembre de 2014

Relato este caso reciente, sintomático del clima católico que va aflorando: hace meses han sido expulsados de una histórica asociación florentina de voluntariado algunos miembros, acusados de criticar al papa Bergoglio.

Parece que las pruebas han sido obtenidas penetrando en las redes sociales donde ellos decían, o tal vez gritaban, su disenso. Una expulsión sin proceso ni descargo, invocando artículos estatutarios inaccesibles a los acusados.

También de otros ambientes toscanos llegan señales de una disponibilidad a actos sancionatorios contrarios a las actitudes “tradicionales”, actos nunca dirigidos, en el pasado, contra las ideas y los comportamientos anti-institucionales cuando no eran subversivos del ritual o del dogma. Quien ha vivido en la Iglesia recuerda la abierta hostilidad de personas y ambientes específicos durante décadas contra el papa Woytila o contra el papa Ratzinger, con la tolerancia de la autoridad católica (ya se tratase de obispos o de dirigentes de las asociaciones laicales) formalmente alineada con Roma.

Como es natural, como toda represión que se respete, ninguno fue “expulsado”.  Los imputados, se dice, se han puesto ellos mismos fuera, no importa (sino como agravante) que en la polémica ellos se opongan a la religiosidad diluída que impregna la predicación, la pastoral, la ética catolica. Analogamente a como se injuria en la vida pública con el epíteto “enemigo de la Constitución”, así se afirma en la Iglesia el uso de fórmulas letales como “enemigo del Concilio” u “hostil a Francisco”.

Baste como modelo aún sangrante de esta historia el comisariado de los Franciscanos de la Inmaculada, donde el derecho de la Iglesia es usado como bastón, esto es, de manera antijurídica, al modo de un “comisario” que reacciona ante la crítica con un lenguage intimidatorio propio de los procesos políticos de otros tiempos. Este hecho tan grave, no menos importante que las pequeñas depuraciones de las que he hablado, son legitimadas por los dichos y los hechos del papa Francisco. Es el conocido fenómeno del abuso de las palabras del jefe para realizar una venganza.

Pero, ya se ha dicho, hay algo más que la voluntad de complacer a un papa y a su entorno, que es ya terreno fértil para este inédito frente filopapal. Con el fin del pontificado de Benedicto XVI los laicos y el clero parecen no tener más anticuerpos (ya tenían pocos antes) para confrontar de esta pacotilla cristiana posmoderna que consiste en el arrepentimiento y la contrición, en la autocritica del pasado de la Iglesia “a la luz del Evangelio”, abrazados a toda cuestión, siempre que ésta figure en la agenda de los medios.

La cultura católica difusa y efímera, súcubo de un aggiornado sindrome anticlerical –desde las cruzadas a la inquisición, hasta la pedofilia- inducida también por un súcubo de los best sellers y de las costosas falsificaciones cinematográficas. Más: para los “católicos críticos” la Iglesia así enfangada coincide con la autoritaria “Iglesia del no”, de la que hay que liberarse. Y el pontífice reinante no constituye, ciertamente, un dique contra esta autoflagelación.

De modo tal, no me sorprende que para permanecer en la Iglesia y en Toscana, el clero, los religiosos y los laicos hayan aplaudido recientemente un producto cinematográfico (1) financiado con dineros públicos, donde el director, puntualmente “católico”, recorre la vida de los seminarios de los años ’50, montando una falsificación de la formación que brindaba la gran Iglesia de Pío XII con tantas majaderías que habrían debido motivar una reacción de los católicos que aun poseen un poco de rigor y buen sentido.

El vulgarizado “¿Quién soy yo para juzgar?” alcanza aceptación siempre, salvo cuando se trata del pasado de la Iglesia. Para lo demás, exime de todo intento de valorar, discernir, oponerse al “mundo”: exime en suma del peculiar testimonio católico. Una “liberación” que,  sin más freno de Roma, impone inclusive a los moderados decir sí, sí, compulsivamente, a las conductas, leyes e ideas presentados en definitiva como “humanas”, y a unirse al coro de las deprecaciones públicas de rigor contra las pobreza, la guerra, la mafia, que al ciudadano medio y al católico medio no le cuestan nada, menos que nada aún la reflexión.

De este modo -olvidando que solo el nihilismo ha de tener siempre un “rostro humano” benevolente, que no juzga, solícito de la pública felicidad, como el Anticristo de un célebre escritor ruso- tantos católicos calificados, clero y laicos, faltan a su deber esencial: recordar al Occidente, y al mundo, la antropología cristiana que es su fundamento, ya se trate del alma o del cuerpo, de la vida o de la muerte, de la generación o de la identidad de género. Casi ninguna voz católica dotada de autoridad de oficio se alza hoy contra la infundada (filosófica y científicamente) y neurótica manipulación liberadora del hombre y de la mujer a los que se busca inclinar a la cultura difusa, que opera desde el parlamento y la escuela.

Combinado en una mezcla de temor y atracción hacia el papa, para confundir al laicado y al clero está también el sueño de la razón católica, una conciencia de sí en términos mínimos, una sujeción a la ética pública diferente –se piensa- que bajo el papa Bergoglio ya no tiene necesidad de ser disimulada. En definitiva, dependiendo miméticamente de una opinión pública que simula obrar según valores, y pensándose legitimados por un papa mediatizado por aquellos mismos “opinion makers”, algunos laicos y eclesiásticos con responsabilidad sobre hombres y organizaciones se transforman (según una constante de la sociología política) en “tiranos democráticos” contra los disidentes.

Nada nuevo, se dirá. Pero en el pasado las sanciones eran motivadas por la protección de la integridad de la fe y de las instituciones a ella necesarias. Hoy, en cambio, se agita el bastón bajo el efecto de fórmulas impuestas por una falsificación secular del cristianismo, como “amor” y “misericordia” contra la responsabilidad del recto juicio; como “vida” contra razón, como “naturaleza” y “felicidad” contra pecado y salvación; como “Concilio” contra tradición cristiana. Y este es el horizonte de todas la homilías, en las que parece volverse a encontrar, lábil y fuera de época, la peor de las estaciones posconciliares

¿Del Gran Inquisidor al Anticristo, entonces? No, ni el uno ni el otro son la figura adecuada a la realidad de la Iglesia. Pero la cuestión sigue siendo buena para pensar.

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(1) El filme de 2014 es “Il Seminarista”, ideado y dirigido por Gabriele Cecconi, pemiado el Festival de Cine de Gallio 2014 con el premio del jurado “Emido Greco” y predentado en septiembre también en la embajada de Italia en los EE.UU. y en la Universidad de Washington.

[Traducción artículo di Pietro por Panorama Católico. Artículo original]