Yo sabía esa mañana que había olvidado algo importante. Tenía la idea de que había perdido algo. Revisé mi iPhone, mi iPad, pero ahí estaban. Yo, que insistí en que nunca iba a tener estos dispositivos, ahora estoy casado con ellos como si contuvieran mi vida. Mis llaves del coche, llaves de la casa, todo está ahí. Pero permanecía ahí este obstinado pensamiento, este sentimiento de que había perdido algo importante. Si pudiera recordar que era aquello que necesitaba recordar, podría buscarlo. Pero yo he hecho esto antes: he ido a la despensa para conseguir algo que añadir a lo que estaba cocinando y luego olvidaba qué era lo que tenía que conseguir. Pero siempre lo recordaba.

Pero esto era algo más profundo. Yo había estado distraído últimamente porque tenía mucho que hacer, haciendo malabares con aquellas partes de mi vida que necesitaban ser enderezadas. Así que vagué alrededor de la casa, y luego vino la pregunta: “¿Qué estás buscando?” Mi respuesta: “No lo sé” “¿Qué significa eso?” “No lo sé, pero mi mente y mi estómago me dicen que he perdido algo importante y tengo que encontrarlo”.

El día se estaba desvaneciendo, la oscuridad cayendo, el invierno acercándose. Salí al aire frío, agitado y también sintiéndome un poco tonto, un hombre mayor deambulando alrededor de esta forma, tratando de encontrar algo que perdió sin saber lo que era. Miré hacia arriba y vi las estrellas. Brillaban en el cielo claro y oscuro. ¿Qué día es mañana?, ¿Cuál es la agenda? Sabía que mañana era Domingo, y era el primer Domingo de Adviento. Primeramente la Misa temprano, y luego trabajar en la charla para la gran conferencia por Skype del lunes con los clientes, después, llevar a los niños a practicar, ¿Práctica de qué? ¿En qué estación estamos? ¿Hockey?, supongo hockey, luego, algunas conferencias telefónicas, enseguida la cena con algunas personas, y posteriormente de vuelta a casa para estar listo para mañana. Me estremecí al pensar en todo esto. Pero esto me hizo sentir mejor, porque sabía lo que tenía que hacer mañana y al día siguiente, me sentí mejor al saber que mi vida estaba llena de cosas que tenía que hacer. Me concentré en estas cosas, e incluso en la próxima Navidad y todo lo que había que hacer para prepararse, las listas, los lugares, las personas, la familia, las vacaciones en Antigua, mi calendario giraba delante de mí, ahuyentando ese sentimiento de que había perdido algo. Y entonces, entonces alcé mi mirada nuevamente – y estaban ahí las estrellas parpadeantes en el cielo oscuro, recordándome, recordándome algo que olvidé, algo que perdí.

Y fuera de ese espacio una voz vino: “Él te fortalecerá hasta el final.” El final. El final. ¿Es eso lo que olvidé? ¿que todo esto se acabará? Sí. Eso debe ser. Olvidé el final, me olvidé de que habría un final. Y de pronto estaba asustado, el frío de la noche se enterró profundamente en mi cuerpo y en las entrañas de mi mente: el final. El final. Al olvidar había asumido que las listas que conformaban mi vida eran mi vida y que nunca terminarían. ¿Es eso lo que olvidé? Si es así lo olvidé a propósito, porque las listas y planes que conforman mi vida suponen que esto continuará, porque esto es lo que soy, cómo me defino yo mismo. Y entonces escuché una voz en el viento: “Todos nos hemos marchitado como hojas y nuestra culpa nos lleva lejos como el viento.” “La noche pasa y el día está cerca.” No, todavía es de noche, y yo tengo frío, y con la mirada fija en el espacio estrellado recuerdo lo que he olvidado: ¡He olvidado – la eternidad! He olvidado la piedra angular, he olvidado la dimensión definitiva que sola puede dar sentido a mi vida. He olvidado que sólo la eternidad puede dar sentido a los momentos y a las listas y a los planes y a las decepciones y fracasos y ansiedades, y a mi pavoneo como si yo fuera el amo del universo, el amo de mi destino, convenciendome de que esta vida me define y es todo lo que hay. Me he vuelto tan acostumbrado a mirar en el espejo de mí mismo que he olvidado, he olvidado el agujero de gusano [wormhole def. Agujero espacio-temporal] divino que estalla en lo eterno, que estalla: “He aquí él que viene descendiendo con las nubes, vestido de terrible majestad!” ¿Quién soy? He olvidado quién soy, limitándome a este mundo, un gusano y no un hombre. Se pasa la noche. El día está cerca.

Temblando regresé adentro de mi casa, al calor, la certeza, la luz, la tranquilidad de saber que mañana será otro día y habrá cosas que hacer y cosas que planear y pronto, muy pronto, olvidé lo que había olvidado y recordado. Y encerré a la eternidad en un lugar donde no me podía molestar.

Alma mía, hay una tierra
Detrás de las estrellas,
Donde un alado centinela
Sostiene terribles guerras.
Allá lejos de ruidos y peligros,
La dulce paz sonríe y abunda,
Y el niño nacido del pesebre
Maravillosos rebaños junta.
Es vuestro amigo de gracia,
(¡Alma mía, levanta!)
Que de amor bajando vino
A morir por vuestra causa.
Mas si vosotros le alcanzáis,
La madura flor de paz
y rosa inmarcesible halláis,
Vuestra fuerza y tranquilidad.
Dejad entonces vuestra insensatez;
pues nadie no hay quien os de seguridad
Sino Uno, inmutable
Vuestro Dios y vida, vuestra sanidad.

Henry Vaugham

[Traducido por Eduardo Alfaro Flores. Artículo original. Posteado por Richard Cipolla]