A las puertas de la celebración de un nuevo aniversario del nacimiento de Cristo, es oportuno reflexionar sobre la grandeza, jamás agotada, del acontecimiento celebrado. Son conocidas las investigaciones actualizadas de la ciencia histórica, según las cuales la cronología que se remonta al monje Dionisio el Exiguo adolece de una inexactitud de entre unos 6 y 8 años; de manera que habría que ubicar el nacimiento del Salvador, no en el año 753 de la fundación de Roma, sino entre el 745-747 de la misma. Todo lo cual no hace más que confirmar, precisándola, la historicidad de la Encarnación, como lo confiesa el apóstol Juan en el prólogo de su evangelio: “Et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis, et vidimus gloriam ejus” (1, 14: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria”).

Dicho carácter histórico, esencial a todos los misterios de la fe cristiana, se halla necesariamente en la base de toda consideración teológica y espiritual auténtica, contrariamente a lo insinuado desde hace ya varios años por las especulaciones de inspiración modernista, que introducen el divorcio entre fe e historia. Ahora bien, es preciso reconocer que se trata de hechos que, sin dejar de suceder en la historia, al mismo tiempo la trascienden, en cuanto implican algo que se halla más allá de las coordenadas del tiempo y el espacio, y sobre cuyo significado salvífico y misterioso es necesario volver una y otra vez.

Dice Santo Tomás, en su Comentario al Evangelio de San Juan: “Si vero quaeris quomodo Verbum est homo, dicendum quod eo modo est homo quo quicumque alius est homo, scilicet habens humanam naturam” (c. 1, lect. 7: “Si quieres saber de qué modo el Verbo es hombre, debe decirse que de aquel mismo modo que cualquier hombre lo es, esto es, teniendo la naturaleza humana”). La misma sencillez de semejante afirmación pone de manifiesto que la profundidad en la penetración del misterio radica, más que en ninguna otra cosa, en la simple mirada contemplativa, en la medida en que a través de ella se atisba la infinita solidaridad del Hijo de Dios para con el género humano, que en aras del más grande amor llegó hasta la asunción de nuestra misma realidad de creaturas. Es el “hecho semejante a nosotros en todo, menos en el pecado” de la carta a los Hebreos (4, 15).

Una particular consideración merecen las especiales circunstancias en que se produjo el nacimiento del Señor, haciendo el intento de sustraerse al encanto con que la piedad cristiana ha adornado la conmemoración de aquel momento, como es justo. En efecto, solo así es posible percibir en su real dimensión la soledad, pobreza, y humildad que constituyeron el marco de la venida del Señor a este mundo. La prosa de los evangelistas, una vez más, tan desprovista de artificios retóricos, nos puede servir de ayuda en este esfuerzo, cuando se nos dice que la Virgen “dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (2, 7). La meditación detenida y profunda de lo que se expresa en versículos como este nos debería llevar a una verdadera conmoción, tal como vemos que sucede en la vida de muchos santos, y de la cual San Francisco de Asís representa el ejemplo más acabado, con la iniciativa que cristalizó en el primer pesebre de la historia, allá por 1223, en la localidad de Greccio.

El ejemplo del Hijo de Dios encarnado y dado a luz en esta noche nos mueve, en fin, a la práctica de las virtudes que en Él resplandecen en este misterio, pero, por sobre todo, nos invita a la confianza. El pensamiento de que hasta tanto llegó la manifestación del poder, el amor y la sabiduría de Dios para salvarnos, en efecto, no deja lugar a dudas y desánimos, ni a abatimientos y cobardías; pues, como dijo en sueños el ángel a San José, Él “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1, 21).

A este respecto, hay algo más para decir, pues, junto a la manifestación de la venida del Hijo de Dios, acontece asimismo la manifestación de la maternidad de María Virgen: de su maternidad divina, en primer lugar, pues el único Jesucristo es Dios y hombre al mismo tiempo; pero también de su maternidad para con nosotros en el orden de la gracia, ya que es por Ella que recibimos al autor de nuestra salvación. Si de confianza se trata, sabemos que en esta condición maternal se funda su poderosa intercesión, que nunca falla. Y, junto a Ella, como si esto fuera poco, la presencia silenciosa y humilde del patriarca San José, que acompaña con fidelidad constante el misterio de la Navidad.

Martín Buteler