Leer a Castellani, en estos tiempos difíciles de la Iglesia, es un gran consuelo que recomiendo vivamente. Les dejo un hermoso texto -del más grande sacerdote argentino- sobre el misterio de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, publicado en “El Evangelio de Jesucristo” (p. 350, Evangelio del Nacimiento), donde el autor muestra todas las facetas de su genialidad.

“…Dante Alighieri dice muy alegre que Cristo es romano, porque eligió nacer en el Imperio Romano y obedeciendo a una orden del Emperador. Si, nació en el Imperio para pagar un nuevo impuesto, y para no encontrar una alcoba donde nacer; y al final de su vida, los soldados imperiales lo crucificarán.

El lugar fue una caravanera y un pesebre. “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre; porque no había lugar para ellos en la posada”. No hubo para Cristo recién nacido ni un cubículo de fonda; y este rasgos asombroso y de tan gran patetismo está puesto por Lucas de paso, en una frase incidental. ¡Si habrán decantado sobre él los predicadores!

Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacernos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enternece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de ese misterio: no es el misterio. El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aunque haya nacido en el Palatino, en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante Él, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el Universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y de verdad; ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los misterios de la Fe. Bueno es que los niños se enternezcan ante las pajas del pesebre, la mula y el buey…y que los predicadores derramen lágrimas sobre la pobreza del Verbo Encarnado; pero los adultos han de hacerse capaces de la grandeza del misterio y han de espantarse no tanto de que Dios sea un niño pobre, sino simplemente que sea un niño.

La herejía contemporánea, que consiste en una especie de naturalización del dogma, no tiene inconveniente en celebrar la “Fiesta de la Familia” y en enternecerse ante el “niño divino”; con tal que sea divino como todos los otros niños son “divinos”. El cristianismo debe estar atento: no es un niño como los otros niños.

Los paganos de hoy celebran “el día del Niño” y después se vuelven a sus espiritismos; cuando no lo celebran con hechicerías o con excesos paganos o animales. El cristiano celebra la Noche-Buena con santa alegría, pero con profundo sobrecogimiento.

El acontecimiento de los acontecimientos fue anunciado antes que a todos a unos pobres pastores que velaban en torno de una hoguera en la noche helada. Ellos creyeron, y corrieron, y hallaron “lo que el Señor les había hecho saber”; aunque al ver al espíritu luminoso “temieron grandemente”; más no pudieron temer al rey de los ángeles hecho niño pequeño. Ellos fueron los primeros ciudadanos del Reino, y sus primeros evangelistas. Ellos presenciaron el júbilo de los “ejércitos celestiales” sobre la caravanera, después de María y José, y antes que los Magos. Salieron contando el suceso y hubo pasmo y una gran esperanza entre la pobre gente.

Y así paso esa noche que habría de ser recordada como Buena por excelencia en todo el mundo por siglos sin fin, sin que nada pasara en el mundo fuera de un movimiento de pastores y una nueva estrella desconocida que vieron tres astrónomos caldeos en el cielo de Oriente. El Verbo de Dios se hizo hombre, y los periodistas de aquel tiempo no se enteraron de nada. Pasó la noche y vino el Alba y un nuevo día. “Caído se le ha un clavel- Hoy a la Aurora del seno.”

Y pecaron los hombres como todos los días”, dijo el poeta Paul Fort.

El pueblo judía era un buey pesado y bruto; y era cabezudo como una mula y tan ignorante y mistificado como el pueblo argentino; tenía que haber pensado que si Dios se hacía hombre –si se realizaba en el mundo la perfección de la Humanidad en un hombre- ese hombre iba a pasar desapercibido; y que había que abrir bien los ojos. Así que el buey reconoció a su Señor; y el Pueblo Elegido pasó la Noche Buena como todas las otras noches; y sigue pasándola…”

Hildebrando Tittarelli