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El enfrentamiento entre Occidente y China en la asamblea de la OMS

La 73a. Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud -el máximo órgano de las Naciones Unidas, responsable de la protección de la salud de los ciudadanos de los Estados miembros- celebrada hace unos días en Ginebra en forma de videoconferencia entre los Ministros de Salud de los países miembros, en plena pandemia del Covid-19, constituyó un verdadero y propiamente dicho enfrentamiento en materia de política internacional. De hecho, es cada vez más apremiante la necesidad de abrir una investigación internacional sobre los perfiles de responsabilidad política internacional respecto al régimen comunista del dictador Xi Jinping que gobierna a China con puño de hierro.

Las fundamentadas acusaciones de la administración Trump, que desde hace meses detecta graves violaciones, por parte del gobierno de Pequín, de los protocolos internacionales en caso de crisis sanitarias epidémicas y pandémicas, habían sido desestimadas en un primer momento con superficialidad o cínico oportunismo por varias esferas diplomáticas entre las cuales desafortunadamente, también la italiana, como temerarias maniobras de una nueva «guerra fría» entre las dos potencias económicas nacionales más grandes del planeta. Estas maniobras ahora dejan en evidencia los lados más dramáticos de la informal y agresiva política exterior adoptada por el gobierno de Beijing para conquistar los roles de hegemonía dentro de las organizaciones políticas internacionales. Una estrategia que se ha manifestado en toda su evidencia en el caso del papel asumido por la OMS en la primera fase de la gestión de primera línea de la guerra contra el Coronavirus.

Parece que la pandemia del Covid-19 está comenzando a atenuarse en Europa, después de haber causado en el planeta el contagio de aproximadamente 4,7 millones de personas, con 315.000 víctimas oficiales, aunque los datos en cuestión son realmente mucho más bajos que el del número de víctimas reales, debido a las enormes complicaciones patológicas relacionadas con el Covid-19. Sin embargo, el Coronavirus no está en absoluto derrotado y es razonable prever nuevas oleadas de pandemia, incluso en áreas que ya han sido devastadas por el virus, con daños «colaterales» incalculables en términos de economía, estabilidad política, bienestar social, estrés de las comunidades civiles.

Téngase en cuenta que precisamente en estos días la República Popular China ha puesto nuevamente en lockdown toda la ciudad de Shulan (China septentrional) de un millón de habitantes: todos los edificios residenciales han sido aislados, solo una persona de cada familia puede salir dos horas cada dos días para comprar los bienes necesarios. La entrada y salida del territorio están prohibidas; considérese que hasta hoy China nunca ha admitido el acceso de científicos, médicos e investigadores extranjeros a sus laboratorios, de acuerdo con la lógica más consolidada de la brutal política exterior de los regímenes totalitarios que ignoran los protocolos de cooperación firmados.

Las preguntas cruciales que la Asamblea de la OMS ya no podía seguir ignorando. debido a la presión cada vez más intransigente de muchos Países miembros se justifican: ¿cuáles son los orígenes precisos del Coronavirus que se desarrolló en China?¿Ha encubierto China en su propio territorio la primera fase agresiva de la epidemia? ¿China ha intencionalmente ocultado a los otros países las informaciones cruciales sobre la agresividad del virus que los protocolos regulativos de la OMS imponen a cada miembro? Y una vez más: ¿China ha ejercido presiones políticas sobre la Organización Mundial de la Salud para retrasar o incluso minimizar los efectos dramáticos a nivel mundial? ¿El virus natural escapó al control del sistema de salud chino o deliberadamente se dejó que se desarrollara del otro lado de las fronteras?

Considérese que todos estos pesados temas de investigación estarán en la base de la evolución, del estancamiento o incluso del colapso de las florecientes relaciones comerciales a favor del Dragón Asiático con relación a Occidente: la movilización de los estudios de abogados de derecho internacional más prestigiosos, los law firms anglosajones de los poderosos lobbies que tutelan los intereses de los consumidores, en algunos casos respaldados por los mismos gobiernos, en la solicitud de indemnización y class action a los daños de Pequín son la prueba de ello. Es decir, se hace cada vez más apremiante la solicitud de abrir una investigación internacional sobre el Coronavirus, que lleve al banco de los imputados no solo la conducta ambigua del gobierno chino sino aquella igualmente superficial, sino complaciente, de los líderes de la OMS a favor de Pequín.

En la reunión de la OMS en Ginebra, la Unión Europea inesperadamente tomó coraje y conciencia de su responsabilidad en el papel de segunda potencia política y económica mundial después de los Estados Unidos, presentando una resolución para una investigación independiente orientada a descubrir las causas de la pandemia del Covid-19.

El aspecto más importante de esta iniciativa está dado por dos factores: en primer lugar, la propuesta cuenta con el apoyo de más de 100 países, además de los 27 miembros de la UE, de los países vinculados a la Alianza Atlántica (OTAN) como los Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Canadá y Australia, aunque países tradicionalmente opuestos como competitors en política internacional en Occidente. La Rusia del presidente Putin, la India nacionalista del primer ministro nacionalista hindú Chandra Modhi, en Asia el verdadero principal antagonista político-militar de China, la rica Indonesia islámica, los países miembros del llamado BRICS, el grupo de los países económicamente relevantes del planeta en una posición antagónica en Occidente han «abandonado» al poderosísimo partner de Pequín al adherir a la resolución de una investigación internacional.

El segundo factor igualmente importante de esta resolución es que la misma crea “de hecho” una comisión de investigación independiente de la ONU, compuesta por Estados nacionales, que pone en discusión y bajo juicio el accionar de un organismo jurídico de las Naciones Unidas, la OMS, confirmando así la profunda crisis en que se encuentra el modelo utópico de la globalización política de los Estados bajo el auspicio de la ONU. La OMS resulta sustancialmente deslegitimada por parte de los Estados que son miembros de la misma, lo que abre así un grave vacío legal en la autoridad reconocida a los poderes supranacionales de las Naciones Unidas.

De hecho, lo que llevó a los temblorosos Estados miembros de la OMS a reconocer la necesidad de una respuesta tan enérgica a las dudas sobre las responsabilidades de China y de la misma OMS en el manejo de la crisis pandémica fue una serie de posturas muy categóricas, inamovibles, jamás vacilantes, a tambor batiente de la Administración Trump: en una carta del Presidente de los Estados Unidos al Director General de la OMS, Ghebresyus, publicada oficialmente, Trump enumera con precisión las graves lagunas y negligencias de la labor de la OMS, deplora una «proximidad» al gobierno de Pequín de dudosa oportunidad política y, tras haber suspendido el financiamiento de los Estados Unidos a la OMS, confirma la decisión de retirar la adhesión de Norteamérica a la ONU si no se logran radicales mejoras en 30 días.

La miopía diplomática de los principales países occidentales ante las gravísimas responsabilidades del Dragón chino lamentablemente ha quedado en evidencia desde hace mucho, demasiado tiempo: las pueriles tácticas a corto plazo de tantos gobiernos occidentales, destinadas a privilegiar los ingresos económicos de la cooperación con el régimen comunista de Xi Jinping, ignorando por completo el backfground político-cultural del modelo geopolítico chino, finalmente chocó con la lógica brutal de los intereses estratégicos de Pequín, que, según la lógica consolidada de los regímenes totalitarios del siglo XX, siempre ha ignorado de facto el cumplimiento de los tratados y acuerdos internacionales, en los casos en que ellos mismos se conviertan en un obstáculo a sus intereses ilícitos, en este caso, el total blackout -apagón- informativo y colaborativo sobre la crisis sanitaria, económica y política causada por la pandemia del Covid-19.

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