5.— ANUNCIACIÓN DE LA VIRGEN Y ENCARNACIÓN DEL VERBO: Lc. 1, 26-38

Evangelio de la fiesta de la Anunciación

Se lee también íntegro el miércoles de las Témporas de Adviento, y en las fiestas de la Expectación del Parto (18 Dic.), Santísimo Nombre de María (12 Sept.), Santísimo Rosario (7 Oct.), Traslación de la Santa Casa de Loreto (10 Dic.), y San Gabriel (18 Marzo). — Los versículos 26-28 se leen en la fiesta de la Inmaculada (8 Dic.): los 26-31 en la fiesta de la Aparición, Lourdes (11 Feb.); y los 28-3 en la de la Pu­reza de la Virgen (Dom. 3 Oct., antes).

26Y al sexto mes, el ángel Gabriel fué enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen despo­sada con un varón que se llamaba José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María.
28 Y habiendo entrado el ángel adonde estaba, dijo: Dios te salve, llena de gracia: El Señor es contigo Bendita tú entre las mujeres.

29Y cuando oyó ella esto, se turbó con las palabras de él, y pensaba qué salutación fuese ésta. 30Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: 31He aquí que concebirás en tu seno, y parirás un hijo, y le darás el nombre de JESÚS. 32Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre y reinará para siempre en la casa de Jacob, 33y su reino no tendrá fin. 34 Y María dijo al ángel: ¿Cómo será esto, por­que yo no conozco varón? 35 Y el ángel le respondió: El Espí­ritu Santo vendrá sobre ti, y te cubrirá con su sombra la vir­tud del Altísimo. Y por esto lo que nacerá de ti, será llamado Santo, Hijo de Dios.36Y he aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido también un hijo en su vejez: y este mes es el sexto de aquella que es llamada estéril:37 porque no hay cosa alguna imposible para Dios. 38 Y María dijo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y se retiró de ella el ángel.

Explicación.

—CIRCUNSTANCIAS HISTÓRICAS (26.27). — Este fragmento es bellísimo y llenísimo. Ni se podían decir más cosas en menos palabras, ni podía tratarse con mayor ingenuidad y sencillez el más grave negocio de la humanidad en sus relaciones con Dios. Todo aquí es grande: Dios que envía el ángel mensajero, el motivo del mensaje, la profun­didad del misterio, la excelsitud de la Virgen. Pero todo es asimismo pequeño: el país, la ciudad, la casa en que el hecho histórico ocurre. Es el símbolo de la pequeñez humana, a la que el poder y la misericordia de Dios van a levantar a las alturas del mismo Dios.

La Anunciación del nacimiento del Mesías tiene lugar al sexto mes del embarazo de Isabel, en marzo del mismo año del nacimiento. Para el fausto anuncio, el ángel Gabriel fué enviado por Dios: es Gabriel el ángel de la anunciación : había anunciado el Mesías a Daniel (8, 9); más tarde a Zaca­rías; hoy es el día de la realización de las promesas. Es el mismo Dios quien le envía a la tierra, porque así lo deman­daba la grandeza del mensaje. Gabriel es enviado a una ciu­dad de Galilea, provincia la menos noble de la Palestina, des­preciada por los moradores de Jerusalén: la ciudad es llamada Nazaret, tan obscura, que de ella no ocurre mención en el An­tiguo Testamento y que era tenida en poco por los judíos (Ioh. i, 46); contaba, según algunos, en aquellos tiempos, unos 12.000 habitantes. Hoy cuenta unos 8.000. Nazaret significa “tallo” o “pimpollo”, nombre simbólico de la Vir­gen que en aquella ciudad moró — tallo salido de la raíz de Jessé —, y del divino Niño, flor delicada de aquel vástago. Está la ciudad emplazada en forma de anfiteatro en medio de una serie de altas colinas, a unos 350 metros sobre el nivel del mar y a 120 kilómetros de distancia al norte de Jerusa­lén. Toda ella está llena de recuerdos de la Sagrada Familia, a la que por tantos años albergó. El recuerdo de la bella vi­sión de Nazaret y sus contornos no se borra de la memoria de quien una vez estuvo allí.

Va dirigido el mensaje a una virgen, que virgen debía ser la madre del Emanuel, según la célebre profecía de Isaías (7, 14). Es una doncella humilde, que la tradición nos dice había sido educada en el templo de Jerusalén, probablemente bajo los cuidados de Zacarías, donde había hecho, ya en su infancia, el voto de perpetua virginidad. A los doce años, época de la mayor edad para las hijas de Israel, retornó la Virgen María a Nazaret, fijando su residencia en la pobre casa de sus padres, que la misma tradición nos dice se lla­maban Joaquín y Ana.

La humilde Virgen estaba desposada con un varón que se llamaba José. Desposada equivale a verdaderamente casada, aunque no se había celebrado la ceremonia solemne de la entrega de la esposa al esposo en casa de éste. No puede determinarse el tiempo que mediaba entre los desposorios y la entrega solemne, que podía ser de un mes hasta un año, y aun solamente de días antiguamente. El nombre de José equivale a “Dios dé crecimiento”: se ha realizado en el humilde nazaretano la significación de su nombre: es hoy Patrón de la Iglesia universal, y el amor del santo varón está entrañado en el alma del pueblo cristiano.

La Virgen era de la casa de David, que a Ella, más que a José se refieren las palabras del texto: en los vv. 32 y 69 ya se supone que la Virgen era de la casa de David. Tam­bién lo era José, como se afirma en Lc. 2, 4. Ambos descen­dían del gran rey: la virgen, por la línea de Salomón, y José por la de Natán. Así será Jesús Hijo de David en el sentido natural por parte de su santísima Madre, y en el sentido le­gal por la de su padre putativo (Rom. 1, 3; Hebr. 7, 14). José y María no vivirán bajo un mismo techo hasta que el esposo la haya recibido solemnemente en su propia casa, que será luego la morada común.

Y el nombre de la Virgen era María. Nombre dulcísimo para el cristiano, y lleno de altísimas significaciones: “Seño­ra”, “Iluminación mía”, “Hermosa”, “Robusta”, “Estre­lla del mar”, “Mar amargo”, “Amada por Jahvé”, son, de entre las 50 interpretaciones diversas del santo Nombre, las que cuentan mayor número de votos entre los exégetas. Vir­gen castísima, que no contaría más que unos catorce años y estaría dedicada a los quehaceres propios de las doncellas de su condición en Nazaret.

LA SALUTACIÓN ANGÉLICA (2-8). – Y habiendo entrado el ángel adonde estaba, dijo… — Entra el ángel con lo que se significa que revistió la forma humana para llevar a la tierra el fausto anuncio : así convenía, dice Santo Tomás, por­que se trataba de anunciar la “encarnación” del hijo de Dios; para deleitar a la futura Madre en el espíritu y en los senti­dos; y para mayor certeza del estupendo misterio.

El ángel del Señor entra y sale del lugar donde se halla la Señora, lo que supone se encontraba la Virgen en un re­cinto cerrado, contra el sentir de los griegos cismáticos, que afirman haberse realizado la anunciación en la fuente pública de Nazaret, seguramente la que conserva aún el nombre de María. Muchas casas de Nazaret constan de dos partes o sistemas de construcción: una interior, cavada en la roca donde la casa se apoya por la parte posterior, y otra saliente,  de mampostería o adobes, terminada por una azotea plana. Probablemente estaría la Virgen en la parte hueca de la peña, donde se halla hoy el altar de la Anunciación con la inscripción, en el suelo y debajo del altar: VERBUM CARO HIC FACTUM EST. Una tradición afirma que en 1291 manos angélicas trasladaron la parte exterior de la Santa Casa a la Dalmacia, y tres años más tarde a la glo­riosa montaña de Loreto, en Italia.

María y el ángel, solos en la humilde habitación de aqué­lla, que según común sentir de los expositores estaría en alta contemplación y expresaría en ardientes súplicas el deseo de que viniera el Mesías, van a parlamentar sobre el negocio más trascendental de la humana historia. Así se ha compla­cido en representarla, en múltiples formas, el arte cristiano.

Dios te salve, dice el ángel, rompiendo el silencio. Es palabra de paz y de alegría: es, al mismo tiempo, augurio del cúmulo de todos los bienes apetecibles. Es saludo lleno, señal de benevolencia, amistad y amor, y que, por venir del cielo, es gaje de toda suerte de bendiciones.

Llena de gracia, mejor, “la llena de gracia”: es parti­cipio con que el Evangelista substituye el nombre propio de la Virgen, como si ella fuera la llena de gracia por antono­masia. No sólo “bella” o “hermosa”, como quieren los pro­testantes, tan mezquinos cuando de ensalzar a esta criatura se trata, sino llena de toda suerte de gracia, en el sentido de la nueva Ley, es decir, de gracia divina, de dones y bendi­ciones de orden natural y sobrenatural: libre por ello de pe­cado original y actual, y repleta de todo carisma del Espí­ritu Santo. Llena de gracia antes que conciba a Jesús, autor de la gracia, y en previsión de cuyos méritos quiso Dios hacer de Ella habitación digna del Hijo de Dios encarnado.

El Señor es contigo; no en sentido optativo, “sea contigo”, sino en la significación positiva de una inhabitación especial de Dios en esta criatura de privilegio. El Señor es contigo por el sumo amor con que quiere darte a su Hijo por Hijo tuyo; para estar en tu corazón y en tus entrañas; para llenar tu espíritu y tu cuerpo. El Señor es contigo desde tu Concepción Inmaculada y de una excelsa manera, porque has sido elegida para ser Madre suya.

Bendita tú entre las mujeres. Es frase de encomio, como la dirigida a Jael (Jud. 5, 24) y Judith (13, 23). Ellas li­braron al pueblo escogido de la ruina temporal; María lo librará de la ruina eterna: es una bella indicación de María corredentora del género humano. Todas las mujeres han in­currido en la maldición de la primera: tú eres la única ben­dita con toda plenitud: todo lo grande que una mujer puede ambicionar, la virginidad y la maternidad: la fecundidad sin contacto carnal y el alumbramiento sin dolor: ser honor de la raza humana y recibir las bendiciones de todos los hom­bres, de todos los siglos: todo ello te lo alcanza la plenitud de la gracia y la inhabitación de Dios en ti.

EL MISTERIO (29-38). – Y cuando oyó ella esto, se tur­bó con las palabras del ángel.— Túrbase la Señora, no por el temor que pudiera infundir la presencia de un ángel en for­ma humana, sino por la grandeza del elogio, jamás oído ni leído por ella, versadísima en las Escrituras, y que no puede compaginar con su humildad profundísima. Por ello dialo­gaba, por decirlo así, consigo misma, para hallar la razón de esta situación peregrina: Y pensaba qué salutación fuese ésta.

Disipa el ángel la turbación de la Virgen: Y el ángel la dijo: No temas, María. No hubiese la Virgen penetrado toda la grandeza de la promesa que iba a hacerla el ángel en su estado de turbación: es preciso que se serene: por ello la llama por su nombre propio, que es señal de familiaridad y cariño, y la ruega blandamente que aleje todo temor. Y añade la razón altísima: Porque has hallado gracia delante de Dios: Dios, que es el Autor de la paz, te ha hecho y hallado acepta a sus ojos: espera todavía de su gracia grandes cosas.

Y explica entonces el ángel en forma enfática, categórica, aunque en frase sencilla y clara, el faustísimo anuncio, impregnado todo él del sentido de las viejas profecías me­siánicas, a las que se añade la luz de la revelación nueva: He aquí que concebirás en tu seno, y parirás un hijo, y le darás el nombre de JESÚS. Se señalan aquí las tres primeras etapas de la vida del Verbo humanado: concepción, naci­miento e imposición de nombre: en cada una de ellas tiene la Virgen la principal función, como Madre del futuro Hijo del hombre. Hay en estas palabras manifiesta alusión a las de Isaías: “He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se le llamará Emanuel…” (7, 14). Jesús es el Emanuel, porque es “Dios Salvador”: su misma madre le impondrá el nombre, en virtud de los derechos de la mater­nidad, como otras madres lo hicieron antes que ella (Gen. 4, 1; 19, 37.38; 29, 32-35).

Y luego, con palabra ceñida, luminosísima, en la que apa­rece la gloriosa figura del Mesías, tal como le esperaba el pueblo de Dios, pero sin las sombras de las aberraciones de un falso patriotismo, describe el ángel las características del futuro Hijo de María: Éste será grande. Primero, por su origen divino: Y será llamado Hijo del Altísimo, es de­cir, lo será en verdad, y será reconocido como Hijo propio de Dios. En segundo lugar, por su dignidad real: Le dará el Señor Dios el trono de David, su padre: será el rey espe­rado por el pueblo judío: la genealogía de María le da la regia estirpe: Dios le dará el trono de su glorioso ascendien­te: David es el tronco y el tipo del futuro Mesías. Tercero, por la perpetuidad de su reino: Reinará para siempre en la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin; en lo que se revela definitivamente la mesianidad del hijo de María: cuando ha salido ya el cetro de la casa de Judá, lo recoge, en cumpli­miento de la antigua profecía, el Mesías prometido (Gen. 49, 10), para dar forma espiritual al reino de Dios y regirle en propiedad hasta el fin de los siglos (2 Reg. 7, 12 ; Os. 3, 5; Ez. 21, 26). Todas estas promesas del ángel entran en el espíritu de las antiguas profecías y en el de los mejores tiem­pos de las esperanzas de Israel. El mismo pueblo contempo­ráneo de María estaba imbuido de estas ideas, y esperaba por momentos al Hijo de David que restaurara para siempre el reino de Israel.

María ha meditado las profecías: tiene claro concepto del futuro reino mesiánico: en las palabras del ángel com­prende se le anuncia la maternidad del Mesías Salvador. Conoce por otra parte el vaticinio de Isaías, según el cual, nacerá el Emanuel de una virgen. Por ello no duda la virgen de Nazaret, como Zacarías, de la verdad del anuncio. Mas ella es virgen; ha hecho a Dios el voto perpetuo de su vir­ginidad; persiste en él, no obstante, la magnífica promesa de Gabriel: Y, queriendo la seguridad de que su virginidad quedará a salvo, en uso de un legítimo derecho, que arranca de la misma naturaleza del voto libre que ha emitido, María dijo respetuosamente al ángel: ¿Cómo será, esto, porque yo no conozco varón? La intención de la Virgen es conocer la forma como se realizará el misterio: tal vez no tenga clara idea, dice Lepicier, de la concepción y parto virginal: Y el ángel le respondió, entrando en la intención de la Seño­ra: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo. Al Espíritu Santo se atribuyen las obras del amor de Dios: la máxima de ellas es la encar­nación del Verbo: vendrá sobre María, con una inhabitación y una eficacia especial, el Espíritu de Dios, para formar el cuerpo santísimo del Hijo de Dios hecho hombre: y la di­vina omnipotencia, como la nube misteriosa que descansaba sobre el Arca de la Alianza (Ex. 40, 45), vendrá sobre esta Arca santísima del Nuevo Testamento para producir la es­tupenda obra. Es metáfora castísima que indica la acción de Dios, substitutiva de la obra del varón. Fruto de esta misteriosa acción será la procreación de la humana naturaleza de Jesús y su unión con el Verbo de Dios. Consecuencia ló­gica y consoladora es lo que añade el ángel: Y por esto lo que nacerá de ti será llamado Santo, Hijo de Dios: será santo lo que nacerá de la Virgen, porque es santo su doble origen: la Madre, que es llena de gracia, y la Santísima acción del Espíritu de Dios: no hay en la concepción del Hijo de María desorden ni mancilla. Y será hijo de Dios, por la forma admirable de la concepción y por la unión de la na­turaleza humana a la persona del Verbo.

Revelado el misterio, da Gabriel a la Virgen una razón de su credibilidad, anunciándola la concepción milagrosa del Bautista: Y he aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido también un hijo en su vejez: y este mes es el sexto de aque­lla que es llamada estéril: porque no hay cosa alguna impo­sible para Dios. Es entonces cuando María, que ve en salvo su virginidad ; que ha descubierto, sin duda, a una luz ex­traordinaria que Dios le ha comunicado en aquellos momentos, la sublimidad del misterio y la forma en que va a reali­zarse; que tiene una prueba de orden externo que garantiza la verdad del anuncio faustísimo ; se anonada ante el Dios que quiere levantarla a la cumbre altísima de la maternidad divina, y con obediencia pronta, con absoluta identificación con las palabras del ángel, pronuncia la sentencia, que lo es de liberación para el humano linaje : Y María dijo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra: es la cria­tura que se pliega a la voluntad de su Hacedor y hace el honor debido a la palabra de su mensajero. Y se retiró de ella el án­gel: había entrado saludándola llena de gracia: mayor reve­rencia la demostraría al despedirse de la que era ya su Reina y Señora, porque era ya la Madre de su Rey y Señor.

Lecciones morales.

a) v. 26.Y al sexto mes, el ángel Gabriel fué enviado por Dios a una ciudad de Galilea…Dios vincula casi siempre las grandes cosas a pequeñas causas: San Pablo concreta este gran principio de la política de Dios en el gobierno del mundo en su conocida sentencia: “Las cosas fla­cas del mundo escogió Dios para confundir las fuertes…, y aquellas que no son, para destruir las que son” (1 Cor. 1, 27.28). En el misterio de la Encarnación todo es pequeño: el país, la ciudad, la casa, la humilde Virgen, el diálogo silen­cioso de dos altísimas criaturas. Pero de aquí sale la obra .más grande y trascendental de la historia: la Encarnación del Hijo de Dios; la Redención, con todos los misterios que la siguen; la transformación del mundo; la gloria incomparable del reino de Dios en la tierra y en los cielos eternos.

b) 28. — Dios te salve, llena de gracia… — En la salu­tación angélica hemos de aprender y admirar la modestia, la humildad, la prudencia de la Virgen. En las alabanzas que se nos tributen hemos de ver sólo nuestra nada y la generosidad de Dios por quien somos todo cuanto somos: mendigarlas, se­ría prueba de vanidad e insensatez. Una comparación entre la conducta de la Virgen en su diálogo con el ángel y nuestra conducta ante las palabras de lisonja, nos dará, por contraste, idea excelsa de la grandeza de la Madre de Dios y pobre concepto de lo que nosotros somos.

c) 30. — No temas, María, porque has hallado gracia de­lante de Dios… —Nada tiene que temer, dice el Crisóstomo, el que ha hallado gracia delante de Dios, porque Dios es la fortaleza de sus amigos, y nadie puede nada contra Dios “Quien a Dios tiene, nada le falta”, decía Santa Teresa; y tiene a Dios quien está en su gracia. San Pablo desafiaba a todas las fuerzas contrarias, la tribulación, las congojas, los peligros, el hambre, la vida y la muerte, y de todas se sentía triunfador, porque la caridad de Cristo le unía a su Dios. —Procuremos esta tranquilidad y fuerza del espíritu que da la convicción de estar bien con Dios. Si algo nos reprocha la con­ciencia, pongámonos en paz con Él.

d) 33. — ¿Cómo será esto, porque yo no conozco varón?—Ni debió María dejar de creer al ángel, dice San Ambro­sio, ni tampoco prestar a sus dichos un asentimiento temera­rio. Porque Zacarías no creyó, fué castigado; porque María creyendo — porque no dudó del hecho —, asintió a las palabras del ángel, mereció que éste le explicara en nombre de Dios el profundo misterio. Se revela aquí, y nos da en ello admirable ejemplo, el profundo equilibrio del alma de la Virgen. Cree primero, y busca luego las razones de creer. Ante la autoridad del Dios que revela, debemos abajar nuestra inteligencia; pero Dios no veja la inteligencia del hombre; respeta sus fueros, y es pródigo en luz para quienes humildemente buscan la luz. Aceptemos las verdades reveladas, pero ilustremos nuestra fe buscando los motivos de ella. Se harán nuestras creencias más firmes y hallará mayor descanso nuestro espíritu, tan ávido de luz.

e) 38. — He aquí la esclava del Señor… — Dios, que respeta la voluntad del hombre y la gobierna con suma reverencia (Sap. 12, 18), quiso que a la encarnación del Verbo precediera la voluntad deliberada de la Virgen: no se encarna el Hijo de Dios sin el consentimiento de la que debía ser su Madre. — Tampoco se obra nuestra reparación y santificación sin la cooperación de nuestra voluntad. Son dos los factores de nuestra salvación: la gracia de Dios y nuestra propia volun­tad: sin gracia es imposible la vida divina; tampoco viviremos de Dios si no queremos. “Quien te creó sin ti, dice San Agustín, no te justifica sin ti.”

g) 38. — Hágase en mí según tu palabra.— Aprendamos, en este momento culminante de la vida de la Virgen y de la historia del mundo, el precio incomparable de la virginidad, que María santísima antepone a la misma dignidad de Madre de Dios. De la humildad, que atrae al Hijo de Dios, a la humilde palabra de la Virgen, a humillarse a su vez y tomar la forma de esclavo. De la conformidad con la voluntad de Dios, que levanta a una humilde virgen al rango de Madre de Dios, y salva al mundo.

 Cardenal Isidro Gomá