1. — LA CIRCUNCISIÓN : Lc. 2, 21

Evangelio de las fiestas de la Circuncisión y del Nombre de Jesús

21 Y después que se cumplieron los ocho días, cuando el niño debía ser circuncidado, se le impuso el nombre de JESÚS, como le había llamado el ángel, antes que fuese concebido en el seno materno.

Explicación.

El Evangelista no hace más que indicar el hecho de la circuncisión del Señor, y aun se fija más en lo accesorio de la ceremonia, que es la imposición del nombre, que en el mismo hecho. El mismo Evangelio narra más mi­nuciosamente la circuncisión del Bautista y las maravillas que la rodearon.

Era la circuncisión una prescripción legal fundamental en el pueblo de Dios. Dios mismo la había instituido como señal corporal de la alianza que contrajo con Abraham, padre del pueblo israelítico (Gen. 17, 13). Este pueblo, que debía ser el depositario de las divinas promesas y del cual había de nacer el Mesías, Redentor del mundo, tenía en la circuncisión un signo característico que le distinguía y separaba de todas las naciones profanas. Por parte del circuncidado, que por ella era incorporado al pueblo de Dios, importaba la circun­cisión el deber de cumplir toda la ley (Gal. 5, 3). Consistía la circuncisión en la excisión del prepucio, y era operación dolorosísima.

Por lo que atañe a su simbolismo espiritual y moral, era la circuncisión un signo colativo de gracia, enseñando mu­chos teólogos que borraba el pecado original, no en virtud o fuerza de la ceremonia, sino en méritos de la fe y por las oraciones de los circuncidantes, al tiempo que se insinuaba con ella la necesidad de la circuncisión del corazón o repre­sión de los malos afectos y concupiscencias.

La parte ceremonial revestía cierta solemnidad y tenía lugar en casa del infante o, con más frecuencia, en la sina­goga, nunca en el Templo. Practicaba la circuncisión el padre del niño: más frecuentemente aún un operador versado en ello. Asistían por lo menos diez testigos. “Bendito sea el Se­ñor nuestro Dios -decía el operador -, que nos ha santi­ficado con sus preceptos y nos ha dado la circuncisión.” — A. lo que respondía el padre del circuncidado: “Que nos ha con­cedido introducir a nuestro hijo en la alianza de nuestro padre Abraham.” — Y decía a coro la concurrencia: “Dichoso aquel a quien elegiste y recibiste…” (Ps.64, 5). Seguía la imposición del nombre y se terminaba con modesto ágape.

No debió Jesús sujetarse a la sangrienta ceremonia. Ni estaba sujeto a la ley, ni debió pensar jamás en circuncidar su Corazón de Dios. Con todo, hecho hombre semejante en todo a nosotros, menos el pecado (Hebr. 4, 15), quiso también tomar sobre sí la carga del penosísimo precepto, derra­mando, ya de niño, las primeras gotas de su Sangre preciosísima. Por otra parte, de no haberse circuncidado se le hu­biese considerado entre los suyos como gentil e impuro: y El “había sido enviado a las ovejas de Israel que habían perecido” (Mt. 15, 24). Por todas estas razones, dándonos Jesús eximio ejemplo de humildad, después que se cumplie­ron los ocho días, cuando el niño debía ser circuncidado, lo fue en realidad, callando el Evangelista todas las circuns­tancias de la ceremonia, lugar, ministro (que creen algu­nos fué el mismo San José), concurrentes, etc.

Es verdad que es más para ser meditado que descrito este primer derramamiento de sangre de Jesús; dolorosísi­mo, porque se trataba de una verdadera operación quirúr­gica en sitio de sensibilidad extremada; y consciente, porque el Salvador estaba ya en pleno uso de su inteligencia. Ofre­cería ya sin duda las primeras gotas de su sangre y sus lá­grimas con espíritu sacerdotal, para la salvación del mundo, en el momento en que se le llamaba por primera vez Jesús, “Salvador”.

Sólo dice que se le impuso el nombre de JESÚS, como le había llamado el ángel antes que fuese concebido en el claus­tro materno. Jesús es nombre venido del cielo, y es, por lo mismo, expresivo de la naturaleza, oficios y misión del Hijo de María. Es “Dios Salvador”, y no hay otro nombre que el de Jesús en que puedan ser salvos los hombres (Acta 4, 12). Nunca más oportunamente impuesto que cuando derramó por vez primera su Sangre por la que vino la salvación del mundo; y como premio a sus humillaciones en aquel momento.

Lecciones morales.

a) v.21. – Y después que se cum­plieron los ocho días… — Empiezan los dolores de Jesús en la misma cuna. La Circuncisión es la inauguración de su Pasión: estas gotas de sangre del infante son preludio de la que a bor­botones derramará en las postreras horas de su vida. Al mezclar Jesús con sus primeros vagidos los agudos ayes del dolor producido por la cruenta incisión, nos exhorta a que aceptemos la ley del dolor como una ley normal de la vida humana: “El hombre nacido de mujer, dice Job, en los breves días de su vida está colmado de toda suerte de miserias” (Iob 14, 1). Con el dolor, voluntariamente acepado y unido a los dolores de Jesús, podemos cooperar a la de nuestra salvación. Es el mayor tónico del espíritu.

b) v.21 — Cuando el niño debía ser circuncidado… — La circuncisión era la señal de la aceptación de toda la ley por los judíos: para nosotros lo es el Bautismo. La circuncisión incor­poraba al pueblo de Dios: el Bautismo nos incorpora a la Santa Iglesia, que es el cuerpo místico de Jesús. Jesús cargó sobre sí toda la responsabilidad y toda la fuerza obligatoria de la ley, para librarnos a nosotros de su yugo y someternos al yugo, mucho más suave, de su fe y de su ley. ¿Cumplimos la ley cristiana conforme a la obligación que contrajimos al ser bau­tizados en Jesús? La circuncisión del corazón es ley fundamen­tal del Cristianismo, más que del judaísmo. Y son pocos los cristianos que piensan en ello.

c) v.21 — Se le impuso el nombre de Jesús… — El nom­bre de Jesús es nombre de liberación. Jesús, o Josué, que es una forma equivalente, se llamaba el hijo de Nun que intro­dujo a los israelitas en la Palestina, tierra de libertad para el pueblo de Dios. Jesús era el nombre del hijo de Josedec, que con Zorobabel sacó a los judíos de la cautividad, de Babilonia y los introdujo otra vez en la Tierra Santa. Jesús, Hijo de María, por aquéllos figurado, es nuestro libertador, de la ley ominosa del pecado, del yugo de Satanás, de toda fuerza con­traria a la libertad de hijos de Dios que nos conquistó. La gra­cia no es más que la fuerza liberadora de Jesús: la gloria es el estado definitivo de la humana libertad: y todo ello nos viene de nuestro libertador Jesús. Por todo ello le debemos acciones de gracias, generosa correspondencia, imitación, invocación, ma­yormente cuando sintamos peligrar nuestra libertad.

d) v.21. — Como le había llamado el ángel. El nombre de Jesús es el nombre de nuestro Rey. Nombre de majestad y poder, porque “ante él doblan las rodillas los cielos, la tierra y los abismos” (Phil. 2, 10). Nombre de santidad, porque es impuesto al santísimo Jesús por los Santos esposos, y viene del santo cielo. Nombre de dulzura, regalada miel para quienes le saborean. Es eficaz y santa y dulce la devoción al Santo Nombre de Jesús, alegría del corazón, ambrosía para la boca, armonía para el oído, dice San Bernardo.