7.— NACIMIENTO Y CIRCUNCISIÓN DEL BAUTISTA: Lc. I, 57-80

Evangelio de la Misa del Nacimiento del Bautista, 24 de junio (vv. 57-68)

57Y a Isabel se le cumplió el tiempo de parir, y parió un hijo: 58 Y oyeron sus vecinos y parientes que el Señor había señalado su misericordia para con ella, y la felicitaban. 59Y acon­teció que al octavo día vinieron a circuncidar al niño, y le lla­maban Zacarías, del nombre de su padre: 60 Pero tomando su madre la palabra, dijo: De ningún modo, sino que será llamado Juan. 61 Y le dijeron: Nadie hay en tu familia que se llame con este nombre. 62 Y preguntaban por señas al padre del niño como quería que se le llamase: 63 Y pidiendo una tableta escribió esto: Juan es su nombre. Y se maravillaron todos. 64 Al instante se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios.65 Y el temor se apoderó de todos sus vecinos, y se divulgaron todas estas cosas por toda la montaña de Judea: 66 Y todos los que las oían las conservaban en su corazón, diciendo: ¿Quién pien­sas que será este niño? Porque la mano del Señor era con él.

67 Y Zacarías, su padre, fué lleno del Espíritu Santo, y pro­fetizó, diciendo : 68 Bendito el Señor, Dios de Israel, porque vi­sitó y obró la redención de su pueblo : 69Y nos suscitó un Sal­vador poderoso en la casa de David su siervo, 70 como lo dijo por boca de los santos profetas de los tiempos antiguos:71 que nos salvaría de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian: 72para ejercer su misericordia para con nues­tros padres, y acordarse de su santo testamento :73 juramento que juró a nuestro padre Abraham que él nos concedería 74 que, libres de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor, 75 en santi­dad y en justicia delante de él todos los días de nuestra vida. 76 Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo porque irás ante la faz del Señor para aparejar sus caminos:77 A fin de dar a su pueblo el conocimiento de su salvación para la remisión de sus pecados, 78 por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, según las que nos visitó de lo alto el Oriente :79 para ilu­minar a quienes están sentados en tinieblas y en sombra de muerte : para enderezar nuestros pies por el camino de la paz.
80Y crecía el niño y se fortalecía en espíritu : y moraba en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.

Explicación.       

Los maravillosos sucesos que en este fragmento se relatan ocurrieron el mes de junio del año del nacimiento del Señor. Hay que distinguir aquí los varios hechos relativos al nacimiento y circuncisión del Bautista y el hermoso cántico proferido por su padre Zacarías.

NACIMIENTO Y CIRCUNCISIÓN DE JUAN (57-66). – Mien­tras se desarrollaron los sucesos que acaban de narrarse, llegole a la prima de María la hora del parto: Y a Isabel se le cumplió el tiempo de parir, y parió un hijo: quedaba cum­plida la primera parte de la predicción del ángel a Zacarías. Fué ello causa de admiración y alegría para la parentela y vecindad de los esposos: Dios había dado a la anciana madre hermosa prueba de su misericordia haciendo desaparecer su esterilidad y el oprobio que ésta llevaba consigo: el hecho del milagroso parto fué para las relaciones de los santos es­posos la revelación de cuánto Dios les quería: Y oyeron sus vecinos y parientes que el Señor había señalado su miseri­cordia para con ella. Y la felicitaban: se alegraban con ella, porque si era Isabel dichosa con su hijo, éste, a juzgar por la visión de Zacarías, que era cosa pública, debía ser presa­gio de bienandanzas para todos.

Al nacimiento seguía la circuncisión, que se celebraba después de ocho días, ordinariamente en la sinagoga: en este caso tendría lugar en la misma casa de Zacarías, ya que a la ceremonia asiste Isabel, que no puede, según la ley, salir de su casa sino pasados cuarenta días. La circuncisión es el rito de la admisión del varón en el pueblo de Dios (Gen. 17, 12): asociábase a ella la imposición del nombre: era como la ins­cripción del infante en el catálogo de los hijos de Israel: Y aconteció que al octavo día vinieron a circuncidar al niño, y le llamaban Zacarías, del nombre de su padre. El santo sacerdote no interviene en la ceremonia del niño sino quizás como testigo de vista: era mudo, y probablemente sordo, desde el día de la visión. Es Isabel la que se opone a que se le llame con el nombre de su esposo ella conocía el secreto de Zaca­rías, quien por escrito se lo revelaría; y aunque ve en los parientes el deseo de honrar al padre imponiendo su nombre al hijo, pero tomando su madre la palabra, dijo: De ningún modo, sino que será llamado Juan. A la decisión de la madre oponen los parientes un atendible reparo: Y le dijeron: Na­die hay en tu familia que se llame con este nombre. Y, ape­lando en la duda, quizás en la persistencia con que cada cual defendía su punto de vista, preguntaban por señas al padre del niño cómo quería que se le llamase. A él, como padre correspondía indicar el nombre: se lo dicen por señas, para dárselo a entender si era sordo también, como creen muchos ; o para no ser oídos de Isabel al buscar la solución de la controversia. Y Zacarías, pidiendo una tableta de madera recubierta de cera, de las que se usaban en su tiempo para escribir , escribió esto: Juan es su nombre: cumplía con ello el mandato de Gabriel. Y se maravillaron todos: ya de la coincidencia con el dictamen de la esposa, ya principalmente porque reconocieron había misterio en todo ello.

Juan equivale a “gracia de Dios”: la primera gracia la logra el padre tan pronto impone al hijo el nombre de gra­cia: recobra la palabra al abrirse su boca y soltarse la lengua que el ángel había atado: Al instante se abrió su boca y su lengua. Hombre de Dios como era Zacarías, el primer uso que hace de su voz y de su lengua es para alabar y dar gra­cias a Dios por tal beneficio: Y hablaba bendiciendo a Dios. Consecuencia natural de tantos prodigios, el parto de una anciana, el mutismo del padre, la rareza del nombre impues­to, el milagro de la curación del mutismo, es el temor de los vecinos, efecto de tan claras demostraciones del poder de Dios : Y se apoderó el temor de todos los vecinos. Y, como los famosos sucesos, y más los de orden sobrenatural, se pro­pagan con rapidez entre los hombres, se divulgaron todas estas cosas por toda la montaña de Judea.

Termina el Evangelista esta parte con un detalle histó­rico revelador de la psicología del pueblo: la narración de tantos prodigios, de los que no cabía duda, se adentraba en el pensamiento y corazón de los ingenuos moradores de la región montañosa de Judea : Y todos los que las oían las conservaban en su corazón: y, como espontáneamente se co­munican los hombres aquello que profundamente les impre­siona, así lo hacían aquellas gentes, diciendo: ¿ Quién pien­sas que será este niño?, porque estas extraordinarias ocurren­cias permiten augurar cosas mayores en lo futuro. Y con razón se pasmaban y preguntaban, dice por su cuenta el Evan­gelista: Porque la mano del Señor era con él, revelando con tales prodigios los grandes designios que Dios abrigaba sobre el niño.

EL BENEDICTUS (67-79). – Dios es generoso con Zaca­rías, como suele serlo con sus servidores. No sólo le devuelve el habla, sino que le llena del divino Espíritu y le levanta a las alturas de la profecía, poniendo en sus labios las palabras que Él mismo le dicta, haciéndole su intérprete en el bellí­simo cántico Benedictus, pieza de alto valor lírico y profé­tico que, como el Magnificat, ha sido incorporada por la Iglesia al rezo diario de sus ministros. Y Zacarías, su padre, fué lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo… Consta el cántico de dos partes: en la primera, 68-75, se narran los bienes que derivan de la salvación mesiánica; en la segun­da, 76-79, se describen los oficios del Precursor para con el Mesías.

Primera parte. — Lleno el pecho de santo gozo por su paternidad y por los horizontes que el espíritu profético le descubría, empieza el sacerdote de Israel, amador de las glo­rias de su pueblo, con una alabanza llena a su Dios: Bendito el Señor, Dios de Israel, en contraposición a las falsas divi­nidades de los pueblos paganos. Digno es de toda loa, porque visitó, mirándolo benignamente, y obró la redención de su pueblo, con rescate nuevo y definitivo. Porque ya no se trata de la liberación de la esclavitud de Egipto, ni del cautiverio de Babilonia, sino de la tiranía del demonio y del pecado: es la fuerza de un Salvador poderoso, hijo de la casa de David, el Mesías prometido, la que erigió Dios triunfadora en medio de Israel: es el Verbo encarnado, las glorias de cuyo reino ve Zacarías como si fuesen ya un hecho: Y nos suscitó un Salvador poderoso en la casa de David, su siervo. Es la reali­zación de las promesas de Dios hechas a Israel por boca de los santos profetas, cuyos vaticinios conoce Zacarías, y alaba a Dios por su fidelidad en cumplirlos: Como lo dijo por boca de los santos profetas de los tiempos antiguos: llámase san­tos a los profetas, ya por ser inspirados de Dios, ya porque fueron consagrados por Él para llenar una misión santa. La preparación secular con intervención directa de Dios, que por sus profetas anuncia al pueblo de Israel el advenimiento del Mesías y señala, siglo tras siglo, sus características per­sonales y las de su obra, denota la importancia trascendental del hecho que canta Zacarías.

Describe luego el padre del Bautista las gestas gloriosas del poderoso Salvador. El versículo 70 es un paréntesis: la fuerza del Hijo de David hará triunfar al pueblo de Dios de todos sus enemigos, interiores y exteriores, terrenales y espirituales: romanos, idólatras, el demonio y el pecado: Que nos salvaría de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian. Doble fin de la acción salvadora del Mesías es manifestar su misericordia con los antepasados de Israel, librándolos del limbo y dándoles una participación de su glo­ria, y demostrar que recuerda y cumple fielmente la santa alianza que contrajo con su pueblo: Para ejercer su miseri­cordia para con nuestros padres, y acordarse de su santo tes­tamento. Dios había confirmado su pacto con juramento hecho a Abraham (Gen. 22, 16): en virtud de este juramento, Dios se comprometía a conceder a su pueblo la pacífica po­sesión de la Palestina (Ex. 33, 1 ; Num. 11, 12; Deut. 1, 8), a fin de que, libre de todo enemigo, le sirviese sin temor, en piedad y religión para con Dios y en la observancia de su ley: Juramento que juró a nuestro padre Abraham, que él nos concedería que, libres de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor.

Pero el reino que el Mesías funde sobre las ruinas de sus enemigos no será al estilo de los humanos reinos, constituido y regido por las armas, con fines de orden exclusivamente temporal, sino que sus súbditos deberán servir a Dios en santidad y en justicia delante de Él; en santidad, es decir, en piedad y reverencia para con Dios y en la observancia per­sonal y social de las relaciones que derivan del hecho de la creación y redención, especialmente del culto; y en justicia, por la rectificación de la vida según la ley divina, la peniten­cia y el perdón de los pecados, y por el ajustamiento de toda la humana actividad a las normas del bien obrar según Dios. Y el nuevo reino que fundará el Mesías, la santa Iglesia, no será repudiado, como el pueblo de Dios, tantas veces infiel, sino que durará para siempre: Todos los días de nuestra vida. Contrasta la concepción espiritual que Zacarías tiene del reino mesiánico con las preocupaciones terrenales e imperialistas de sus contemporáneos que soñaban en la hegemonía de Is­rael sobre el mundo y en el goce de las riquezas y bienestar. Es obra de la inspiración de Dios, que hace revivir en el Benedictus todo el sentido de las antiguas profecías.

Segunda parte. — Zacarías, en un apóstrofe lleno de énfasis y nobleza, se dirige luego a su hijito, y recordando, bajo la acción del divino Espíritu, las promesas de Gabriel en la visión del templo, en orden a la misión del Precursor, le dice: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, por­que irás ante la faz del Señor para aparejar sus caminos: será llamado Juan, y lo será en realidad, profeta, el último de Israel, el que indicará con su dedo al Mesías, el más grande de los profetas, como le llamará Jesús (Lc. 7, 28). El hijo de Zacarías preparará los caminos del Mesías dando a cono­cer a su pueblo la naturaleza de la salvación mesiánica, que no vendrá por el triunfo sobre los romanos o de un partido político sobre otro, sino por la remisión del pecado, que es el mayor enemigo del hombre : A fin de dar a su pueblo el conocimiento de su salvación, para la remisión de sus pecados: en realidad, fué esto el tema principal de la predicación del Bautista (Le. 3, 3.7-14; Mt. 3, 7-1o).

Esta feliz liberación del pecado vendrá al mundo por la misericordia, tierna y profunda, más que de entrañas ma­ternales, de nuestro Dios: Por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que, ante nuestra miseria, se conmovieron hasta el punto de que, desde las alturas donde mora la Luz eterna, desde el seno del Padre, viniese a visitarnos y ayu­darnos el que es “luz del mundo”, el Oriente, es decir, el Mesías, representado por las antiguas profecías por el sím­bolo de la luz (Is. 9, 2; 42, 6; Mal. 4, 2): Según las que nos visitó desde lo alto del Oriente. Doble motivo de esta mise­ricordiosa venida de la Luz del cielo señala Zacarías: Para iluminar a quienes están sentados en tinieblas y en sombra de muerte, en cuya metáfora se describe, breve y enérgicamente, el estado de ignorancia y error del mundo en su tiem­po, cuando estaba sumergido en los errores y miserias de la gentilidad ; y para enderezar nuestros pies por el camino de la paz: será el Mesías la luz esplendorosa que vio Isaías, qué iluminará los pasos de quienes quieran entrar en las sen­das de la paz, para lograrla sin tropiezo, en el tiempo y en la eternidad : es la visión del Mesías, doctor y guía de los pueblos, que los llevará por los luminosos caminos de la vida pacífica del espíritu unido a Dios. Suavísima conclusión del cántico, tan acomodado al espíritu de los antiguos profetas como a la naturaleza del cristianismo.

VIDA OCULTA DEL BAUTISTA (80).-Con un solo trazo abraza luego el Evangelista la vida del Precursor, desde los brazos de su madre hasta la plenitud de su edad, cuando llene, a los treinta años, sus santos oficios : Y el niño crecía: y, a medida del crecimiento del cuerpo y de las energías fí­sicas, se fortalecía en espíritu, porque eran cada día más vi­sibles sus progresos en toda virtud y las manifestaciones de la fuerza y eficacia del Espíritu de que estaba lleno. Y moraba en los desiertos: vivió, hasta que llegara la hora de ejercer su misión, en los parajes que se extienden a lo largo del Mar Muerto y en su lado occidental, conocidos con el nombre de Desierto de Judá; vasta y hórrida región, donde no hay vegetación alguna, azotada por toda inclemencia del cielo, lluvias torrenciales, calores tórridos y frío intenso, sin rastro alguno de poblado. Allí permaneció hasta el día de su manifestación a Israel, preparándose, por la penitencia y contemplación, para la hora en que le llamara Dios a ejer­cer pública y oficialmente, ante el pueblo de Israel, su mi­nisterio de Precursor.

Lecciones morales.

a) 57.58. — Y parió (Isabel) un hijo… Y la felicitaban. — En el nacimiento y circuncisión del Bautista se nos ofrece una deliciosa escena de familia. De ella debemos aprender la alegría y reverencia con que se ha de re­cibir a un recién nacido. Es como la prolongación de la vida de los padres: es un nuevo ciudadano: será miembro del cuer­po de Cristo, que es la santa Iglesia: nuevo retoño que será, en frase de David, el encanto de la mesa en que se sienten el padre y la madre.— Por desgracia no suele suceder así en nues­tros días, sobre todo en los países de civilización más refinada. Se mira al infante como un intruso. Se ha escrito con razón del “miedo al niño”. Es un signo de descristianización de nues­tro pueblo, de corrupción de costumbres y de decadencia so­cial. Y es un crimen para el que Dios tiene especiales castigos, que no impunemente se infringe la ley de Dios en punto tan fundamental de la vida de las humanas sociedades.

b) v. 59.— Y aconteció que al octavo día vinieron a circuncidar al niño… —Nos enseñan los santos esposos la fide­lidad y prontitud con que deben cumplirse las sagradas cere­monias prescritas por la santa Iglesia relativas a los infantes. No debe retrasárseles indebidamente la administración del san­to Bautismo, bajo ningún pretexto: es exponer sus almas a ser excluidas del cielo que tan fácilmente pueden lograr. Lo mismo puede decirse de la Confirmación y primera Comunión, — Cuidan los padres con celo laudable cuanto se refiere a la vida del cuerpo de sus tiernos hijos: mayores cuidados requiere su alma: el descuido puede acarrear responsabilidad enorme. Las madres piadosas, a más de los sacramentos y ceremonias oficiales de la Iglesia, procuran rodear a sus hijos de una at­mósfera de religión que predispone sus almas al bien y al culto y reverencia de Dios.

c) v. 66. — ¿Quién piensas que será este niño? —Es inte­rrogante que aparece al nacimiento de todo hombre: ¿qué será? Casi puede asegurarse que será lo que sus padres le hagan: de ellos puede decirse que el alma de sus hijos está en sus manos. No suele dejar el hombre, ni en la vejez, la ruta emprendida cuando niño; y el niño sigue la ruta que sus padres le indican o por donde lo llevan. — Ya se coligen de aquí los estrictísimos deberes que tienen los padres para con sus hijos. Dios se los ha dado para que hagan de ellos hombres perfectos como ciu­dadanos y cristianos. Las mejores condiciones del niño se ma­logran por una educación descuidada o falseada: los tempera­mentos menos recomendables pueden ser modificados, por la educación, en el sentido del bien. La misión de los padres re­clama un esfuerzo concienzudo y penoso para hacer de su hijo, con la gracia de Dios, un “miembro de Cristo”, que crezca cada día en la virtud de Cristo.

d) v. 69. – Y nos suscitó un Salvador poderoso… — Nues­tro poderoso Salvador es Jesús, “fuerza de Dios”, como le llama el Apóstol, a cuyo nombre doblan las rodillas los cielos, la tierra y los abismos. Dios nos lo ha dado y ha puesto en nuestras manos su fuerza para que podamos vencer. Pero tam­bién ha consentido Dios que tengamos poderosísimos enemigos. La redención por Jesús nos ha logrado en derecho la victoria sobre todos ellos: todo lo podemos en Aquel que nos conforta. Pecado, demonio, concupiscencias, el mundo, todo ha sido ven­cido por Jesús Salvador. También lo será por nosotros si lu­chamos con Jesús. Pero ello demanda un esfuerzo personal que debemos acoplar a la fuerza de Jesús. Ésta no nos faltará ja­más: es la gracia que a nadie niega Dios en la medida sufi­ciente para vencer. No desperdiciemos la gracia haciendo mal uso de nuestra libertad. Con ello será la redención un hecho en cada uno de nosotros; sin ello, haremos inútil para nosotros la sangre redentora de Jesús.

e) vv. 74.75. — Le sirvamos sin temor, en santidad y en justicia… — Son éstas las características de nuestra religión servir a Dios sin temor, porque ya no estamos en tiempos de la religión mosaica, en que predominaba el espíritu servil, sino que podemos acercarnos a Dios, que es nuestro Padre que está en los cielos, con la libertad de hijos. Servirle en santidad, que no es otra cosa que la pureza interior, la rectitud del espíritu, que ha de dar claridad a toda nuestra vida, como dice el mismo Jesucristo, y que consiste esencialmente en el amor de Dios. Servirle en justicia, por la observancia de todo precepto legítimo, de Dios y de los hombres. Todo ello “delante de Dios”, porque no nos basta la justicia de los fariseos o simple obser­vancia legal externa, ya que Dios mira y quiere el corazón.

f) v. 77. — A fin de dar al pueblo el conocimiento de la salvación… — Conocer la salvación es ante todo conocer los ca­minos de lograrla. La vida eterna está en el conocimiento de Dios y de su enviado Jesús, Salvador del mundo. El Precursor enseñó este camino al mundo de su tiempo, señalándoles a Je­sús. La Iglesia nos lo enseña a nosotros en mil formas y sin cesar. No debemos desperdiciar ninguna de sus direcciones, en ningún orden. — Los que tienen misión de enseñar a otros el ca­mino de la salvación, como el Bautista, deben trabajar, oportuna e importunamente, en todas las formas que estén a su alcance, para que nadie pueda alegar ignorancia de los caminos de Dios.