Como es sabido, el tercer Domingo de Adviento recibió el nombre de Gaudete por la primera palabra de su Introito, parcialmente conservado en la antífona de entrada de la liturgia reformada: «Gaudete in Domino semper, iterum dico: gaudete…»

«(Flp 4, 4-6) Alegraos en el Señor siempre. Otra vez lo diré: alegraos. Vuestra modestia sea patente a todos los hombres: porque el Señor está cerca. No tengáis solicitud de cosa alguna: mas con mucha oración sean manifiestas vuestras peticiones delante de Dios. (Salmo 84, 2). Bendijiste, Señor, a tu tierra: apartaste la cautividad de Jacob. V/ Gloria al Padre…» (Misal Romano, 1962).

Además, se observan también las prácticas características del cuarto Domingo de Cuaresma (llamado Laetare). Se toca el órgano en la Misa y los ornamentos son de color rosa: «¡Admirable condescendencia de la Iglesia que tan armónicamente sabe unir la seriedad de su doctrina con la graciosa poesía de las formas litúrgicas!» (dom Guéranger).

I. «Alegraos en el Señor siempre. Otra vez lo diré: alegraos» (Flp 4, 4). Las palabras de San Pablo están tomadas de la carta dirigida por el Apóstol a los cristianos de Filipos, comunidad fundada por él en esta ciudad de la provincia romana de Macedonia, al norte de la actual Grecia. Fue, por consiguiente, el lugar por donde se introdujo el cristianismo en Europa.

La Epístola fue escrita en Roma hacia el año 63, durante la primera cautividad de San Pablo en la Urbe (cfr. Flp 1, 12-14). Los cristianos de Filipos habían enviado una ayuda para aliviar su escasez de medios y, conmovido, por el gran cariño de sus hijos, les manda un texto que da fe de sus sentimientos hacia las Iglesias por el fundadas: «Hermanos míos, amados y muy deseados, gozo mío y corona mía, manteneos así en el Señor: amados» (Flp 4, 1).

Como, humanamente hablando, no parecían evidentes los motivos de su alegría, fácilmente podemos adivinar que su consejo nace de la esperanza de su alma. Puede decir en la prisión: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Ibid, v.13) y lo dice, arraigado en lo que antes escribió a los Gálatas (2, 20): «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Por eso, lleno de Cristo, rebosa de alegría.

El Apóstol invita a vivir alegres aun en medio de las necesidades y angustias, en medio de las inquietudes y sobresaltos, en medio de las dificultades y desalientos de la vida. Aun en medio de las tentaciones, de las luchas y dolores de nuestro tiempo. San Pablo habla de una actitud perseverante, que es cualidad permanente porque se funda en las virtudes de la fe, esperanza y caridad.

«No os inquietéis por cosa alguna» (Flp 4, 6). A primera vista parece difícil mantener la alegría en todas las incidencias de la vida pero en Cristo, recordando y agradeciendo los beneficios recibidos por su medio o sabiendo que estamos unidos a Él, es posible no ahogarse en medio los dolores y dificultades. «Y entonces la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, custodiara vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Ibid, v.7)

No es simplemente estar alegre, se trata del “gaudium”, gozo espiritual, uno de los frutos del Espíritu Santo. La alegría que es llamada “tesoro de santidad”: «La alegría del corazón es la vida del hombre, y un tesoro inexhausto de santidad; el regocijo alarga la vida del hombre» (Eclo 30, 23). La paz que da Jesucristo es una paz en el Amor y en la Cruz.

II. Pablo VI escribió una Exhortación apostólica sobre la alegría cristiana (Gaudete in Domino), promulgada el 9 de mayo de 1975. En ella se pone en relación directa la expresión de la alegría con el martirio (el testimonio de fidelidad a Jesucristo en el momento crucial de la prueba), la celebración del misterio eucarístico y el afán por el Reino de Dios. Como anota, Romano Amerio, el contraste entre el optimismo de ciertos pronunciamientos papales y el estado real de la Iglesia, que daba origen a otros de sentido opuesto, muestran la amplitud del excursus, entre extremos, del pensamiento de Pablo VI y cuán grande era la fuerza del olvido cuando se detenía sobre uno de ellos (Iota unum, cap. 3).

Las palabras del Apóstol que venimos glosando parecen dirigidas más que nunca a los cristianos europeos, de quienes fueron primicia los filipenses, y ¿por qué no? a los españoles, destinatarios de los desvelos misioneros de San Pablo. «Alegraos en el Señor siempre. Otra vez lo diré: alegraos».

El cristianismo de nuestro tiempo ha discurrido por opciones contradictorias con las que Pablo VI (con sorprendente clarividencia) señalaba como fundamento de la verdadera alegría: ha renunciado al testimonio de los mártires, ha desdibujado el sentido sacrificial y de adoración de la Santa Misa y ha renunciado a la necesidad de que Cristo reine en las almas y en las sociedades, en las familias y en las naciones. Esta es la triple raíz de una honda frustración que en buena medida se explica desde las opciones tomadas por el propio Pablo VI al implantar la reforma litúrgica y el Novus Ordo Missae; al renunciar a la canonización de los mártires de la Cruzada española y al promover los ideales maritenianos de la “democracia cristiana”.:

III. «El Señor está cerca» (Flp 4, 5). Entre los motivos que usa San Pablo para su exhortación a la alegría se encuentra esta referencia a su segunda venida que encuentra un marco especialmente apropiado en la Liturgia propia del tiempo de Adviento y nos recuerda que la vida del cristiano es la del que aguarda al Señor en la “dichosa esperanza”, nombre que recibe el advenimiento de Cristo en gloria y majestad:

«Porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres, la cual nos ha instruido para que renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos vivamos sobria, justa y piadosamente en este siglo actual, aguardando la dichosa esperanza y la aparición de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo; el cual se entregó por nosotros a fin de redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo peculiar suyo, fervoroso en buenas obras» (Tit 2, 11-14).

La Parusía nunca aparece en la Revelación como un acontecimiento relegado a la indeterminación de un futuro continuamente alejado de nuestro horizonte. Por el contrario, la Escritura y la Tradición la sitúan en una perspectiva que nunca debe perder de vista el cristiano: «Confirmad vuestros corazones porque la Parusía del Señor está cerca» (Sant 5, 8). Lagrange y Pirot, citando a de Maistre, a propósito de esto, dicen que esa impresión de que Jesús volvería en cualquier momento «es lo que hizo la fuerza de la Iglesia primitiva. Los discípulos vivían con los ojos puestos en el cielo, velando para no ser sorprendidos por la llegada del Señor, regulando su conducta ante el temor de su juicio… y de esa intensidad de su esperanza vino su heroísmo en la santidad, su generosidad en el sacrificio, su celo en difundir por doquiera la vida nueva, según el Evangelio» (Mons. Straubinger, in Sant 5, 8).

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Encontramos así, el sentido último de la invitación de San Pablo a la alegría, a no desalentarnos, superando las adversidades con la certeza de que el Señor no tardará en venir.

Para ello, hagamos nuestro el ejemplo de la Virgen María, que pronunció su “fiat” a la Encarnación, esperó en oración y en silencio al Redentor y preparó con cuidado su nacimiento en Belén.

Padre Ángel David Martín Rubio