I. Como es sabido, el nombre que designa al tiempo con el que comienza el Año Litúrgico (Adviento) guarda relación con la triple venida de Dios de que nos habla la Revelación. Cristo que es el mismo ayer, hoy y siembre (Heb 13, 8): vino, viene y vendrá. Como recordaba dom Gueranguer, este misterio es a la vez simple y triple. Simple, porque es el mismo Hijo de Dios el que viene; triple, porque viene en tres ocasiones y de tres maneras.

«En el primer Advenimiento, dice San Bernardo en el Sermón quinto sobre el Adviento, viene en carne y debilidad; en el segundo viene en espíritu y poderío; en el tercero viene en gloria y majestad; el segundo Advenimiento es el medio por el que se pasa del primero al tercero.”»i.

a) Vino en carne mortal a las entrañas purísimas de la Virgen y al portal de Belén, hace más de dos mil años.

Durante el Adviento, la Santa Iglesia se hace eco de las ardientes expresiones de los Profetas, a las que añade sus propias súplicas. Desde toda la eternidad, las oraciones del antiguo pueblo escogido y las de la Iglesia estuvieron presentes ante Dios.

b) Viene a las almas de los fieles siempre que la gracia santificante entra en nosotros o se aumenta después de recibida y cuando lo recibimos en la Eucaristía: «El que me ama guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos y haremos morada en él» (Jn 14, 24).

El primer advenimiento ya pasó: porque Cristo apareció en la tierra y convivió con los hombres. Ahora estamos en el segundo advenimiento: pero con tal de que seamos dignos de que venga a nosotros. Por eso, aunque durante este tiempo litúrgico se prescribe el uso de ornamentos morados, no se omite el canto del aleluya, porque «aunque se una al pueblo antiguo para implorar la venida del Mesías […] no olvida a pesar de todo, que el Emmanuel ha venido ya para ella, que está a su lado y que antes de que mueva los labios pidiendo redención, se encuentra ya rescatada y señalada para la unión eterna con su Esposo. He ahí por qué el Alleluia se mezcla con sus suspiros y las alegrías con las tristezas, en espera de que el gozo venza al dolor en aquella sagrada noche, que será más radiante que el más esplendoroso día»ii.

c) Cristo volverá, pero como Juez de vivos y muertos en el último día, al final de los tiempos. Este tercer advenimiento, es seguro que ha de ocurrir; pero muy incierto cuándo ocurrirá.

Dice el Catecismo Romano que toda la sagrada Escritura está llena de testimonios, no solamente para confirmar esta venida sino también para ponerla bien patente a la consideración de los fieles; para que así como aquel día del Señor en que tomó carne humana, fue muy deseado de todos los justos de la ley antigua, porque en aquel misterio tenían puesta toda la esperanza de su libertad, así también después de la muerte del Hijo de Dios y su Ascensión al cielo, deseemos nosotros con vehementísimo anhelo el otro día del Señor «esperando el premio eterno, y la gloriosa venida del gran Dios»iii.

Las promesas proféticas –como el pasaje de Isaías de la primera lectura de la Misa de este Domingo (Is 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!»)- alentaron la esperanza de los que vivieron antes de la primera venida histórica de Cristo; el cumplimiento de aquellas promesas y las palabras de Jesús anunciándonos su venida final, fundamentan la esperanza de los que vivimos hoy.

II. La Esperanza es una virtud sobrenatural, infundida por Dios en nuestra alma, y con la cual deseamos y esperamos la vida eterna que Dios ha prometido a los que le sirven y los medios necesarios para alcanzarla ha prometido a los que le sirven y los medios necesarios para alcanzarla.

Si en el mundo y en la Iglesia de nuestros días tantas veces falta la esperanza, ello se debe a tres motivos concretos, en buena parte derivados de la falta o crisis de fe:

1.- La desesperación de los que navegan a la deriva separados de Dios, sin saber ni cuál es el puerto de origen ni a qué destino los lleva la navecilla de sus vidas, sacudida por los imponentes oleajes de este mundo.

2.- La excesiva confianza del hombre en sus propias fuerzas, como si el progreso humano o el dominio sobre la tierra o los avances científicos y técnicos pudieran satisfacer todos los anhelos y esperanzas del hombre, incluso los trascendentes.

3.- El apego desmedido a las cosas de la tierra. Satisfechos con el presente y con el disfrute de los que poseemos, muchos no sienten la necesidad de la redención que Cristo ha alcanzado y de los bienes sobrenaturales que nos ofrece.

Por eso en nuestros días se requiere del cristiano una actitud específica, una actitud de firmeza para permanecer firmes en la fe, firmes en el Señor sin dejarse llevar por el oleaje de las falsas ideologías y los errores del tiempo, sin perder nunca de vista nuestro destino definitivo, con los ojos fijos en la eternidad.

Para un cristiano que vive en estas circunstancias tienen especial sentido las palabras con las que concluye Jesús a manera de resumen las abundantes profecías que las preceden en los versículos anteriores: «Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!» (Mc 13, 37). Cristo afirma haberlo predicho “todo” (v. 23). Sólo ignoramos “día y hora”, aunque no falta la advertencia de que la vuelta de Cristo será como la de un ladrón en la noche (cfr. 1 Tes 5, 2 y 4; 2 Ped 3, 10; Mat 24, 43; Lc 12, 39; Ap 16, 15) y las principales señales que constan en la Sagrada Escritura:

«Es a saber la predicación del Evangelio por todo el mundo, la apostasía y el Anticristo. Y así dice el Señor: “Se predicará este Evangelio del reino de Dios en todo el mundo, en testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin” (Mt 24, 14). Y por otra parte el Apóstol nos avisa, que no nos dejemos engañar de nadie “como si ya instara, el día del Señor, porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía, y aparecido el hombre del pecado, el hijo de la perdición” (2 Tes 2, 3)»iv.

Comentando el versículo citado de 2 Tes 2, afirmaba Mons. Straubinger:

«Nadie niega que la apostasía (Lc 18, 8) ha comenzado ya (cf. v. 7), no sólo en los ambientes intelectuales, sino también en los populares, lo que Pío XI caracterizaba como el gran escándalo de nuestro tiempo. Lo peor es que los apóstatas en gran parte se queden dentro de la Iglesia (2 Tim 3, 1-5; cf. 1 Jn 2, 18s) e infecten a otros (cf. Ag 2, 12ss; Gal 5, 9 y notas). De ahí la tremenda advertencia de los vv. 10 y 11v».

III. «Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de nuestra fe.

Es un dogma de los más importantes, colocado entre los catorce artículos de fe que recitamos cada día en el Símbolo de los Apóstoles y cantamos en la Misa Solemne. “Et iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos”.

Es un dogma bastante olvidado. Es un espléndido dogma poco meditado.

Su traducción es ésta: el mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente, ni acabará por azar, dando un encontronazo con alguna estrella mostrenca, ni terminará por evolución natural de sus fuerzas elementales -o entropía cósmica, como dicen los físicos-, sino por una intervención directa de su Creador.

No morirá de muerte natural, sino de muerte violenta; o por mejor decir -ya que Tú eres Dios de la vida y no de la muerte-, de muerte milagrosa.

[…]

La enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar que Cristo no vuelve más; o al menos, no pensar que vuelve.

En consecuencia, el mundo moderno no entiende lo que pasa. Dice que el cristianismo ha fracasado. Inventa sistemas, a la vez fantásticos y atroces, para salvar a la humanidad. Está a punto de dar a luz una nueva religión. Quiere construir otra torre de Babel que llegue al cielo. Quiere reconquistar el jardín del Edén con sola las fuerzas humanas.

Está lleno de profetas que dicen: “Yo soy. Aquí estoy. Este es el programa para salvar al mundo. La Carta de la Paz, el Pacto del Progreso y la Liga de la Felicidad. ¡La Una, la Onu, la Onam, la Unesco! ¡Mírenme a mí! Yo soy.”

La herejía de hoy, descrita por Hilaire Belloc en su libro Las grandes Herejías, pareciera explícitamente no negar ningún dogma cristiano, sino falsificarlos todos.

Pero, mirándolo bien, niega explícitamente la Segunda Venida de Cristo; y con ella, niega su Reyecía, su Mesianidad y su Divinidad. Es decir, niega el proceso divino de la historia. Y al negar la Divinidad de Cristo, niega a Dios. Es ateísmo radical revestido de las formas de la religiosidad.

Con retener todo el aparato externo la fraseología cristiana, falsifica el cristianismo transformándolo en una adoración del hombre; o sea sentando al hombre en el templo de Dios, como si fuese Dios. Exalta al hombre como si sus fuerzas fuesen infinitas. Promete al hombre el reino de Dios y el paraíso en la tierra por sus propias fuerzas.

La adoración de la Ciencia, la esperanza en el Progreso y la desaforada Religión de la Democracia, no son sino idolatría del hombre; o sea, el fondo satánico de todas las herejías, ahora en estado puro.

De los despojos muertos del cristianismo protestante, galvanizados por un espíritu que no es el de Cristo, una nueva religión se está formando ante nuestros ojos.

Esto se llamó sucesivamente filosofismo, naturalismo, laicismo, protestantismo liberal, catolicismo liberal, modernismo… Todas esas corrientes confluyen ahora y conspiran a fundirse en una nueva fe universal; que en Renán, Marx, Rousseau tiene ya sus precursores.

Esta religión no tiene todavía nombre, y cuando lo tenga, ese nombre no será el suyo. Todos los cristianos que no creen en la Segunda Venida de Cristo se plegarán a ella. Y ella les hará creer en la venida del Otro. “Porque yo vine en nombre de mi Padre y no me recibisteis; pero otro vendrá en su propio nombre y le recibiréis” (San Juan V, 43)»vi.

«Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin» (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3)

Padre Ángel David Martín Rubio

i Prospero Gueranguer OSB, El Año Litúrgico, I, Burgos: Aldecoa, 1954, pág. 54.

ii Prospero Gueranguer, Ibid., pág. 62.

iii Cfr. Catecismo Romano, I, VIII, 2.

iv Catecismo Romano, ibid. 7.

v «Y con toda seducción de iniquidad para los que han de perderse en retribución de no haber aceptado para su salvación el amor de la verdad. Y por esto Dios les envía poderes de engaño, a fin de que crean la mentira»

vi Leonardo CASTELLANI, Cristo ¿vuelve o no vuelve?, Buenos Aires: Vórtice, págs. 13-16.