¡Que los Obispos (argentinos) no separen lo que Dios ha unido!

De la “perspectiva” a la “ideología” de género en una visita guiada

La palabra ´talismán´, escribiera Gustavo Corbi en ´Lenguaje y Logomaquia´, y que Abzug suelta como al pasar es ´construcción social´. Es palabra obligada de la Neo-Lengua disolvente que introduce el Caballo de Troya en la Conferencia Episcopal Argentina para abatirla sin demasiado derramamiento de sangre.

El constructivismo, social y pedagógico, es ideología opresora, ella sí hegemónica, y no tiene nada de útil, ni de valioso. Brillantemente lo fustigó entre nosotros un Obispo, emérito ya, Monseñor Héctor Aguer, en una disertación del año 2007 a propósito de la introducción de la asignatura “Construcción de Ciudadanía” en la provincia de Buenos Aires, denunciando también la ideología de la transformación educativa.

En resumidas palabras, dice allí Aguer que con el término construcción “se trata de emplear un nuevo lenguaje gnoseológico, un nuevo lenguaje para describir el conocimiento humano (…) pergeñado y promovido por una escuela de pensamiento (…) de nombre constructivista” (…) Es así como suele decirse que el conocimiento se hace, se elabora, se construye; al afirmar que el objeto del conocimiento se construye se está confesando qué se piensa acerca del conocimiento humano. El objeto del conocimiento no es ya el ser, la realidad, que posee una inteligibilidad intrínseca (…) sino el resultado de un proceso de construcción, de organización, de múltiples enlaces. Una producción (…) identificándose el conocimiento como poder”. Con razón, observa Monseñor Aguer que “el antecedente histórico de este constructivismo se encuentra en la filosofía de Kant. Según Kant nosotros no conocemos la cosa en sí, la esencia de la cosa, sino que sólo conocemos fenómenos, una representación de la realidad que arma nuestra mente. Nuestras facultades producen una representación de la realidad, que es en sí misma incognoscible (…)”.

Por lo tanto, si el ´género´ es la construcción socio-cultural del sexo, o bien la interpretación psicológica del “sexo asignado al momento de mi nacimiento”, en términos de auto-percepción, esto es, la “vivencia interna e individual del género”, o bien “la vivencia personal del cuerpo, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado” (artículo 2 de la Ley 26.743 de Identidad de Género); luego, entonces, el ´género´ no resulta una “categoría útil de análisis cultural” sino una categoría perversa de demolición antropológica y cultural que pretende reducir la realidad del varón y de la mujer, la de la familia y de los hijos, a los siempre ´malvados´ roles, estereotipos, prejuicios y discriminaciones provenientes del sexismo, del patriarcado, de la burguesía, de los curas y de la Iglesia.

Si el ´género´ no está sujeto sino a procesos históricos de construcción social y cultural, entonces, en buena lógica, lo que fue, no debe ser más; y lo que hoy tiene vigencia, no deberá reclamarla mañana. De allí que la ´teoría queer´, como lo tengo escrito en otra parte, no consista sino en la evolución natural – ¡pecado de leso constructivismo! – del ´género´, pues de la reivindicación de identidades sexuales ´emergentes´, homosexualidad y lesbianismo, habrá que pasar a una sexualidad dinámica y polimorfa (trans, inter, bi, queer, cyborg, etc.).

Llegados a este punto de una imaginaria ´visita guiada´ hete aquí que el/la guía(a) nos da la bienvenida a la sala llamada “ideología de género”. “¿Pero cómo?” – preguntarían tal vez azoradas las tres Comisiones Episcopales – “¿no estábamos en la sala de la ´perspectiva de género´?” – “Bueno, es el mismo Salón apenas dividido por esa puerta minúscula, que acaban de traspasar”.

El guía – ¡y no puedo quitarme de encima el ´binarismo de género´! – adopta una pose un tanto academicista y pontifica que en la, así llamada, ´ideología de género´ “el género es pensado como una actuación multivalente, fluida y autoconstruida, independientemente de la biología, por lo que la identidad propia podría diseñarse de acuerdo al deseo autónomo de cada persona”.

“¡Pero eso no es otra cosa que el ´género´ como construcción social! ¡Lo que nos dijo usted de la tal Abzug!”, exclama entre enfático y agitado un Prelado de alguna de las Comisiones”. – “Exacto, Señor, es el género como construcción social”, replica el guía. “Es el detalle un tanto inadvertido en la pintura ´perspectiva de género´ que acabamos de admirar en la sala que lleva su nombre”, concluyó con precisión matemática nuevamente el guía.

Nadie entendió nada más y la confusión agobió a todos los Prelados, dominados por la penosa sensación de no saber en qué sala estaban realmente parados, y, peor, incapaces de hablar de pinturas y de salas a los fieles seguidores que los aguardan.

Abandonado ya este ´Louvre de ensueño´, y queriendo poner fin a esta nota, un cielo celeste y limpio me confirma que para hablar de sexualidad, y Dios quisiera que poco debiésemos hacerlo, no necesitamos apelar al ´género´, moneda cuyas caras son la ´perspectiva´ y la ´ideología´, dependiendo todo de cómo caiga.

Más ponderado y más riguroso es el término, y la realidad por el significada, de ´identidad sexual´ articulado con el de diferenciación sexual mediante las beneméritas influencias que ejercen factores de naturaleza biológica y genética pero también mediante un número relevante de factores de muy diversa índole – educativos, familiares, comunitarios, sociales y culturales, a gran escala – que modelan el estilo comportamental con el que cada varón y mujer se hacen presentes en la realidad. Es evidente que la ´natura´ y la ´nurtura´, la naturaleza y la cultura, el cerebro y el aprendizaje, están presenten en la constitución personal, única e irrepetible, de la identidad sexual del varón y de la mujer.

Y si es absolutamente cierto que ´se nace varón o se nace mujer´, no debiera escandalizar, por otra parte, que en cierto sentido ´se aprende a ser varón y se aprende a ser mujer´ pues el padre y la madre han de ser ´ejemplares´ de imitación y de identificación para sus hijos, varones y mujeres. En efecto, ambos padres, en su genuina y bien lograda diferenciación y complementación, ayudarán a sus hijos todos a conquistar su madurez personal, psicológica y espiritual, en la que la identidad sexual habrá de estar bien delimitada en los fines y propósitos de la educación de la afectividad, del carácter y, finalmente, de la voluntad en orden al bien ético de la personalidad humana.

Bien ético para cuya consecución no precisamos de la perspectiva de género bajo ningún punto de vista; no necesitamos que se nos aleccione con la teoría de la construcción social de la sexualidad si sabemos, y estamos convencidos, que un joven, una niña, siendo lo que cada uno son por naturaleza, irán desarrollando sus propias virtualidades en el marco de un aprendizaje más hondo, más rico y más humano cual es el de ´ser hombres´, sobre todo, a través de las virtudes morales y de las sobrenaturales, que sanan y elevan.

¡Género, no quiero tu ´perspectiva´ y resisto la ´ideología´ que ocultas con malicia! ¡Prelados, cesen vuestras falaces distinciones, gritad ya las rectas definiciones!

¡Y a Dios, mi Padre, ruego que sean los niños los victimarios de quienes quieren arruinarlos, esos ´perversos polimorfos´ que deambulan como ´leones rugientes´!; lo proclama el Salmo VIII cuando afirma que “de la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos, para reprimir al adversario y al rebelde”.

La palabra ´talismán´, escribiera Gustavo Corbi en ´Lenguaje y Logomaquia´, y que Abzug suelta como al pasar es ´construcción social´. Es palabra obligada de la Neo-Lengua disolvente que introduce el Caballo de Troya en la Conferencia Episcopal Argentina para abatirla sin demasiado derramamiento de sangre.

El constructivismo, social y pedagógico, es ideología opresora, ella sí hegemónica, y no tiene nada de útil, ni de valioso. Brillantemente lo fustigó entre nosotros un Obispo, emérito ya, Monseñor Héctor Aguer, en una disertación del año 2007 a propósito de la introducción de la asignatura “Construcción de Ciudadanía” en la provincia de Buenos Aires, denunciando también la ideología de la transformación educativa.

En resumidas palabras, dice allí Aguer que con el término construcción “se trata de emplear un nuevo lenguaje gnoseológico, un nuevo lenguaje para describir el conocimiento humano (…) pergeñado y promovido por una escuela de pensamiento (…) de nombre constructivista” (…) Es así como suele decirse que el conocimiento se hace, se elabora, se construye; al afirmar que el objeto del conocimiento se construye se está confesando qué se piensa acerca del conocimiento humano. El objeto del conocimiento no es ya el ser, la realidad, que posee una inteligibilidad intrínseca (…) sino el resultado de un proceso de construcción, de organización, de múltiples enlaces. Una producción (…) identificándose el conocimiento como poder”. Con razón, observa Monseñor Aguer que “el antecedente histórico de este constructivismo se encuentra en la filosofía de Kant. Según Kant nosotros no conocemos la cosa en sí, la esencia de la cosa, sino que sólo conocemos fenómenos, una representación de la realidad que arma nuestra mente. Nuestras facultades producen una representación de la realidad, que es en sí misma incognoscible (…)”.

Por lo tanto, si el ´género´ es la construcción socio-cultural del sexo, o bien la interpretación psicológica del “sexo asignado al momento de mi nacimiento”, en términos de auto-percepción, esto es, la “vivencia interna e individual del género”, o bien “la vivencia personal del cuerpo, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado” (artículo 2 de la Ley 26.743 de Identidad de Género); luego, entonces, el ´género´ no resulta una “categoría útil de análisis cultural” sino una categoría perversa de demolición antropológica y cultural que pretende reducir la realidad del varón y de la mujer, la de la familia y de los hijos, a los siempre ´malvados´ roles, estereotipos, prejuicios y discriminaciones provenientes del sexismo, del patriarcado, de la burguesía, de los curas y de la Iglesia.

Si el ´género´ no está sujeto sino a procesos históricos de construcción social y cultural, entonces, en buena lógica, lo que fue, no debe ser más; y lo que hoy tiene vigencia, no deberá reclamarla mañana. De allí que la ´teoría queer´, como lo tengo escrito en otra parte, no consista sino en la evolución natural – ¡pecado de leso constructivismo! – del ´género´, pues de la reivindicación de identidades sexuales ´emergentes´, homosexualidad y lesbianismo, habrá que pasar a una sexualidad dinámica y polimorfa (trans, inter, bi, queer, cyborg, etc.).

Llegados a este punto de una imaginaria ´visita guiada´ hete aquí que el/la guía(a) nos da la bienvenida a la sala llamada “ideología de género”. “¿Pero cómo?” – preguntarían tal vez azoradas las tres Comisiones Episcopales – “¿no estábamos en la sala de la ´perspectiva de género´?” – “Bueno, es el mismo Salón apenas dividido por esa puerta minúscula, que acaban de traspasar”.

El guía – ¡y no puedo quitarme de encima el ´binarismo de género´! – adopta una pose un tanto academicista y pontifica que en la, así llamada, ´ideología de género´ “el género es pensado como una actuación multivalente, fluida y autoconstruida, independientemente de la biología, por lo que la identidad propia podría diseñarse de acuerdo al deseo autónomo de cada persona”.

“¡Pero eso no es otra cosa que el ´género´ como construcción social! ¡Lo que nos dijo usted de la tal Abzug!”, exclama entre enfático y agitado un Prelado de alguna de las Comisiones”. – “Exacto, Señor, es el género como construcción social”, replica el guía. “Es el detalle un tanto inadvertido en la pintura ´perspectiva de género´ que acabamos de admirar en la sala que lleva su nombre”, concluyó con precisión matemática nuevamente el guía.

Nadie entendió nada más y la confusión agobió a todos los Prelados, dominados por la penosa sensación de no saber en qué sala estaban realmente parados, y, peor, incapaces de hablar de pinturas y de salas a los fieles seguidores que los aguardan.

Abandonado ya este ´Louvre de ensueño´, y queriendo poner fin a esta nota, un cielo celeste y limpio me confirma que para hablar de sexualidad, y Dios quisiera que poco debiésemos hacerlo, no necesitamos apelar al ´género´, moneda cuyas caras son la ´perspectiva´ y la ´ideología´, dependiendo todo de cómo caiga.

Más ponderado y más riguroso es el término, y la realidad por el significada, de ´identidad sexual´ articulado con el de diferenciación sexual mediante las beneméritas influencias que ejercen factores de naturaleza biológica y genética pero también mediante un número relevante de factores de muy diversa índole – educativos, familiares, comunitarios, sociales y culturales, a gran escala – que modelan el estilo comportamental con el que cada varón y mujer se hacen presentes en la realidad. Es evidente que la ´natura´ y la ´nurtura´, la naturaleza y la cultura, el cerebro y el aprendizaje, están presenten en la constitución personal, única e irrepetible, de la identidad sexual del varón y de la mujer.

Y si es absolutamente cierto que ´se nace varón o se nace mujer´, no debiera escandalizar, por otra parte, que en cierto sentido ´se aprende a ser varón y se aprende a ser mujer´ pues el padre y la madre han de ser ´ejemplares´ de imitación y de identificación para sus hijos, varones y mujeres. En efecto, ambos padres, en su genuina y bien lograda diferenciación y complementación, ayudarán a sus hijos todos a conquistar su madurez personal, psicológica y espiritual, en la que la identidad sexual habrá de estar bien delimitada en los fines y propósitos de la educación de la afectividad, del carácter y, finalmente, de la voluntad en orden al bien ético de la personalidad humana.

Bien ético para cuya consecución no precisamos de la perspectiva de género bajo ningún punto de vista; no necesitamos que se nos aleccione con la teoría de la construcción social de la sexualidad si sabemos, y estamos convencidos, que un joven, una niña, siendo lo que cada uno son por naturaleza, irán desarrollando sus propias virtualidades en el marco de un aprendizaje más hondo, más rico y más humano cual es el de ´ser hombres´, sobre todo, a través de las virtudes morales y de las sobrenaturales, que sanan y elevan.

¡Género, no quiero tu ´perspectiva´ y resisto la ´ideología´ que ocultas con malicia! ¡Prelados, cesen vuestras falaces distinciones, gritad ya las rectas definiciones!

¡Y a Dios, mi Padre, ruego que sean los niños los victimarios de quienes quieren arruinarlos, esos ´perversos polimorfos´ que deambulan como ´leones rugientes´!; lo proclama el Salmo VIII cuando afirma que “de la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos, para reprimir al adversario y al rebelde”.

Ernesto Alonso