El maestro

 Días atrás me invitaron a un partido de futbol, y ante la gambeta pintoresca de uno de los jugadores del equipo contrario y que finalizó exitosamente en gol, alguien le dijo al que anotó el punto: “sos un maestro”. La expresión elogiosa estaba indicando, claro está, la realización de una acción brillante, deslumbrante, asombrosa, digna de aplauso. La frase parecería referirse a una cuestión “artística”. Me quedé pensando en lo ocurrido, y de la cancha de futbol pasé a lo que es la cátedra, lugar este donde encontramos a quien enseña.

Una cosa es ser maestro y otra muy distinta es hacer de maestro: uno enseña, otro hace que enseña; uno sabe, el otro aparenta saber. ¿Qué es ser maestro?

El Doctor Angélico, Santo Tomás, escribió una muy breve pero profundísima y esclarecedora obra que tituló De Magistro (El Maestro). Quisiera en este escrito dar ha conocer algunos conceptos para compartir las riquezas de tamaño tesoro. A su vez quedará patente cuánto antagonismo hay entre las nociones tomistas sobre el maestro y la enseñanza, y lo que hoy se considera un maestro y enseñar.

Va decir Tomás que enseñar es “producir de algún modo ciencia en otro” (De Magistro, ed., Ágape, Buenos Aires, 2006, p. 43). Lo que intenta producir el maestro en el discípulo es un conocimiento cierto sobre la materia enseñada. No produce la verdad, sino que intentará acercar a la verdad para que se la pueda poseer. Da a conocer la verdad. El gigante dominico lo dirá con estas palabras: “Quien enseña no produce la verdad, solo produce el conocimiento de la verdad en quien aprende. En efecto, las proposiciones que se enseñan, son verdaderas antes de ser enseñadas, pues la verdad no depende de nuestra ciencia, sino de la existencia de las cosas” (ob. cit. p. 137). Es importantísimo hacer aquí una advertencia respecto de lo que hoy muchos consideran ciencia, al menos en el orden de las llamadas “humanistas”, tal el caso de la filosofía, la psicología, la sociología, la política, el derecho. Se ha fijado tanto el foco en lo subjetivo, que la elucubración desprendida de la realidad (incluso despreciada esta última ex profeso) es considerado ciencia. De modo que “ciencia” no será ya un conocimiento cierto por las causas que engarza en su base en primeros principios y que se ve iluminada por la luz de la razón y el sentido común, sino que será algo iluminado (mejor sería decir oscurecido) por la invención propia tantas veces fundada en la sinrazón presentada como razón. Lejos así de la verdad, el seudomaestro produce en su aprendiz una rebelión mental. Nótese bien que el Doctor Angélico da por sentado que quien enseña, esto es, el maestro, debe basarse en proposiciones verdaderas. Quien se presente como docente sin estar seguro en la verdad o despreciándola, ese tal no puede enseñar.

Tomás dirá también que “quien enseña a otro lo lleva a la ciencia de las cosas desconocidas” (ob. cit. p. 75). Mas todo tiene comienzo de esta manera: “Dios enseña internamente en nuestra inteligencia natural en cuanto causa en nosotros una luz natural y la inclina a la verdad” (ob. cit. p. 77). “El conocimiento de los principios es lo que produce en nosotros la ciencia de las conclusiones, y no el conocimiento de los signos” (p. 79). Ciertamente el maestro enseña mediante la comunicación de signos, vale decir, palabras que dan a entender conceptos, mas la ciencia se adquiere cuando la mente liga la conclusión al principio primero. Los signos entonces son vías para la ciencia, ayudan a causarla.

Lo dicho anteriormente se completa así: “Dios ha puesto en nosotros la luz de esta razón por la que estos principios nos son conocidos, a modo de cierta semejanza de la verdad increada, hecha presente en nosotros. Y, como toda enseñanza humana solo puede tener eficacia en virtud de aquella luz, es manifiesto que Dios es el único que enseña interior y principalmente, al igual que la naturaleza es quien interior y principalmente causa la salud. No obstante, se dice propiamente que el hombre cura y enseña” (ob. cit. p. 77). La luz de la razón natural y los primeros principios son creación divina, por eso dirá el Aquinate que Dios enseña interior y principalmente. El hombre enseña, en tanto que, usando de signos que transmite contribuye con esa luz interna, del mismo modo que quien cura en realidad es la naturaleza misma, mas el hombre contribuye con ese proceso.

La importancia de asirse, guiarse y no despreciar los principios es capital para nuestra vida mental, incluso para el equilibrio psicológico aunque esto último no es objeto de este escrito. Tomás dirá: “Toda la certeza de la ciencia deriva de la certeza de los principios, pues se conocen con certeza las conclusiones cuando se las reduce a sus principios. Por tanto, si se sabe algo con certeza es en virtud de la luz de la razón, que es infundida interiormente por Dios y por la que Dios habla en nuestro interior” (ob. cit. p. 91). Vengamos a un ejemplo notable para ilustrar lo que nos enseña Santo Tomás en aplicación a la actualidad. La ciencia jurídica habiendo olvidado el “haz el bien y evita el mal”, primer principio supremo de la ética, deja en eso de ser ciencia cuando consagra el aborto como un “derecho”. La conclusión abortiva, se aparta de lo justo, objeto del Derecho, por haberse despreciado el primer principio de base sobre el que debería asentarse. De modo que no hay ciencia en eso sino que incluso es algo que le repugna: es una aberración intelectiva. Claro está que la seudociencia jurídica al despreciar la luz de la razón no puede tener verdadera certeza y, por tanto, se apoya en la oscuridad del capricho.

Modernamente campea una idea de “enseñanza”, la cual pretende con singular estupidez que el docente va a aprender al aula, de modo que maestro y alumnos, todos juntos, “se enseñan”. No solo implica una gran pérdida de tiempo para todos, no solo torna inservible la enseñanza, sino que lleva a un perjuicio espiritual considerable, dado que no conduce a la verdad y favorece la ignorancia y la pereza espiritual. La moderna elucubración está en radical oposición con lo enseñado por Tomás: “Lo propio es que el docente tenga la ciencia, y que no la tenga el que aprende” (ob. cit. p. 101). “La enseñanza implica, por parte del docente o maestro, capacidad perfecta de causar la ciencia, por lo cual necesariamente quien enseña, o sea el maestro, debe poseer explícita y perfectamente la ciencia que causa en otro, pues así es como la adquiere quien aprende” (ob. cit. 105). Queda claro que en la enseñanza uno tiene la ciencia y otro carece de ella. Mas el que no posee la ciencia que dice enseñar, no podrá lógicamente causar nada y estará en cierto modo estafando al aprendiz.

Respecto al receptor de la enseñanza, comentará Santo Tomás: “Cuando uno enseña a otro, es necesario que quien aprende, capte los conceptos del docente” (ob. cit. p. 111). Esta tarea en la actualidad se torna aún más compleja por los múltiples estímulos que acaparan la atención del discípulo haciendo que la misma corra bastantes riesgos de perderse.

“La ciencia es siempre de cosas necesarias y que existen siempre” (ob. cit. p. 115). ¿Qué decir ante eso, cuando hoy se quiere hacer ciencia diciendo que el triangulo puede ser cuadrado, esto es, que el hombre puede ser mujer y la mujer hombre (lo que es peor que lo sucedido con las figuras geométricas), y se otorgan tesis doctorales a quien determinó que el baño de los hombres tenía cinco centímetros más que el de la mujer, constituyendo eso una discriminación?

Algo exquisito, realmente digno de ser grabado a fuego, es lo siguiente: “Si el hombre es verdadero maestro es necesario que enseñe la verdad” (ob. cit. p. 47). Se trata de una máxima que hoy aplicada dejaría fuera del “ser maestro” a legiones y legiones de personas que, parados frente a los discípulos, poco y nada les importa la verdad o directamente pasan a atacarla furibundamente.

Dirá el Aquinate que hay un doble modo de adquirir la ciencia: “uno, cuando la razón natural llega por sí misma al conocimiento de las cosas ignoradas, y este modo se llama invención, y otro, cuando alguien ayuda exteriormente a la razón natural, y este modo se llama disciplina” (ob. cit. p. 73).

Veamos esto otro: “En las cosas que son efecto de la naturaleza y el arte, el arte obra del mismo modo y por los mismos medios que la naturaleza. Por ejemplo, la naturaleza cura al enfermo calentando su cuerpo frío  y lo mismo hace el médico. Dícese, por esto, que el arte imita la naturaleza” (ob. p. 73). Y esto otro: “La razón natural del discípulo adquiere el conocimiento de lo ignorado por los signos que se le proponen, a modo de instrumento. Igual que se dice que le médico causa la curación en el enfermo por la acción de la naturaleza, también se dice que el hombre es causa de la ciencia en otro por la acción de su razón natural” (ob. cit. p 75). Podemos completar así la idea: “al igual que se dice que el médico causa la curación, aunque obra exteriormente y que solo la naturaleza actúa interiormente, así también se dice que el hombre enseña la verdad, aunque solo la anuncia exteriormente mientras que Dios enseña interiormente” (ob. cit. p 83). El maestro entonces ayuda a causar la ciencia desde el exterior, con signos. Redondeemos: “El hombre puede llamarse con propiedad verdadero maestro, capaz de enseñar y de iluminar la mente, no como si infundiera la luz de la razón, sino como si ayudara a la luz de la razón para alcanzar la perfección de la ciencia por medio de lo que propone exteriormente” (ob. cit. p. 85). “El maestro (…) estimula el entendimiento a saber lo que enseña haciendo pasar de la potencia al acto” (ob. cit. p 91). La inteligencia con la ayuda del maestro pasa entonces de lo desconocido (potencia) a lo conocido (acto).

Y lo siguiente es asaz esclarecedor: “La ciencia que adquirimos por la enseñanza es de cosas indefectibles, la ciencia en sí puede fallar. No es por ello, necesario que la iluminación de la doctrina venga de luz indefectible” (ob. cit. p. 137). Lo que puede llegar a fallar es la ciencia que no es indefectible, mas las cosas sí son indefectibles. Digamos que la imperfección o la falla puede estar en el modo de transmitir, mas eso no perjudica a la cosa sobre la que se enseña sino, en todo caso, a nuestras limitadas mentes. Por ejemplo, la máxima oposición se da entre las contradictorias, en donde se oponen no solo en cantidad sino también en cualidad, una es universal afirmativa y la otra es particular negativa, una necesariamente verdadera y la otra necesariamente falsa: Todo hombre es mortal (UA), algún hombre no es mortal (PN). Objetivamente es así, tanto en materia necesaria como en materia contingente. Mas quizá alguien no comprenda bien dichos conceptos creyendo haberlos entendido y los transmita mal. Fallará en la ciencia, mas dicha falla no hace que la objetividad siga siendo del modo que es.

“La visión del docente es el principio de la enseñanza, pero la enseñanza misma consiste más en la comunicación de la ciencia de las cosas vistas que en su visión. Luego la visión del docente pertenece más a la contemplación que a la acción” (ob. cit. p 155). “La vida contemplativa es el principio de la enseñanza, como el calor es la causa del calentamiento; no el calentamiento. Y así, acaece que la vida contemplativa es el principio de la activa, porque la dirige” (ob. cit. p. 157). Es fundamental que el maestro sea contemplativo, pues el causará en principio la visión intelectual de lo que antes intelectualmente ha visto. El alumno despierto suele captar cierto gozo en la enseñanza transmitida fruto de la contemplación, pues advierte en el maestro un disfrute mental. Esto último no lo posee el activista, el informante, el repetidor o ‘robótico abre libros’ que se la pasa la hora dictando y dejando la mano del alumno como jamón de chancha.  

Aunque resulte materia compleja, es interesante saber que podemos ser enseñados por los espíritus angélicos buenos: “El entendimiento angélico está más en acto que el entendimiento humano. Luego el entendimiento humano puede ser conducido al acto de la ciencia por el entendimiento angélico y, por tanto, el ángel puede enseñar al hombre” (ob. cit. 125). “El ángel actúa en nosotros según el modo que le es propio, a saber, invisiblemente” (ob. cit. p. 127). “El ángel puede enseñar al hombre (…) imprimiendo especies en la imaginación, mediante la alteración del órgano corporal” (ob. cit. p. 131). “El ángel no infunde ni la luz de la gracia ni la luz natural; solo refuerza la luz natural infundida por Dios” (ob. cit. p. 135). En la cuestión 111 de la Primera Parte de la Suma Teológica, Santo Tomás, siempre adelantado, planteará a modo de objeción algo que casi seguro nos mueve a inquietud: “El que es iluminado tiene conciencia de ello. Pero los hombres nunca perciben que sean iluminados por los ángeles.” El Doctor Angélico responderá primeramente diciendo que  “los ángeles proponen a los hombres las verdades inteligibles bajo semejanzas de cosas sensibles” (Parte I, cuestión 111, respuesta general). Lo dicho es en relación a la razón natural. No obstante lo anterior, “no todo el que es iluminado por el ángel se da cuenta de que es iluminado por él” (Parte I, cuestión 111, art. 1, respuesta a la objeción 3). También ha de saberse que el “ángel que causa la visión imaginaria, simultáneamente ilumina a veces el entendimiento para que éste conozca lo que se significa con tales representaciones” (Parte I, Cuestión 111, art. III, en la respuesta a la objeción 4). En lo que hace a la fe, agrego que “los hombres son iluminados por los ángeles no sólo acerca de las cosas que deben creer, sino también sobre las cosas que deben practicar” (Parte I, cuestión 111, art 1, respuesta a la objeción 1).

Santo Tomás de Aquino hará ingresar a la enseñanza en lo que son las obras de misericordia, como una especie de limosna. Sabemos que por limosna no solo se entiende, por ejemplo, el dar un dinero, sino también aquellos bienes espirituales que alguien ofrece al prójimo: “Las obras de misericordia pertenecen a la vida activa. Y el enseñar se cuenta entre las limosnas espirituales. Luego el enseñar es de la vida activa” (ob. cit. p. 149). Pienso entonces que el que enseña el bien y la verdad, sea por vía oral o escrita, lleva a cabo una obra de misericordia de las llamadas espirituales.

Algunos anotan golazos en una cancha de futbol, muy provechosos para el equipo. Otros nos contentamos con anotar algunas ideas, las que, desde luego, pretenden ser provechosas para quienes deseen servirse de ellas.

Tomás I. González Pondal
Tomás I. González Pondal
nació en 1979 en Capital Federal. Es abogado y se dedica a la escritura. Casi por once años dictó clases de Lógica en el Instituto San Luis Rey (Provincia de San Luis). Ha escrito más de un centenar de artículos sobre diversos temas, en diarios jurídicos y no jurídicos, como La Ley, El Derecho, Errepar, Actualidad Jurídica, Rubinzal-Culzoni, La Capital, Los Andes, Diario Uno, Todo un País. Durante algunos años fue articulista del periódico La Nueva Provincia (Bahía Blanca). Actualmente, cada tanto, aparece alguno de sus artículos en el matutino La Prensa. Algunos de sus libros son: En Defensa de los indefensos. La Adivinación: ¿Qué oculta el ocultismo? Vivir de ilusiones. Filosofía en el café. Conociendo a El Principito. La Nostalgia. Regresar al pasado. Tierras de Fantasías. La Sombra del Colibrí. Irónicas. Suma Elemental Contra Abortistas. Sobre la Moda en el Vestir. No existe el Hombre Jamón.

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