Hace una semana que mi hermano cura, Cristián, está de vacaciones y ha aprovechado para venir a Chile por unos días. Pasaron dos años desde la última vez que lo vi y todos en casa le hemos extrañado enormemente. Siempre me quejo con mi hermano menor  diciéndole que a su familia nos deja para el final, él se ríe y me dice que nosotros no le necesitamos tanto como otras pobres almas que están desamparadas y que reciben los sacramentos únicamente cuando él o algunos de sus compañeros de la fraternidad, los visitan una vez al año en lejanos y solitarios lugares alrededor del mundo. Aunque mi hermano no es misionero, sino que pertenece a una fraternidad que es de semi-clausura, al estilo de los benedictinos, y se dedican a la oración, a la predicación y a apoyar a los párrocos con la preparación de los fieles para los sacramentos. Es un cura tradicional y por serlo, se ha enfrentado en más de alguna ocasión, a la humillación de ser sacado prácticamente a patadas de las sacristías donde ha ido a ofrecer su ayuda a los párrocos.

Todos los días Cristián reza la misa en las mañanas a eso de las 6:30, y hoy tuve el privilegio de ser su acólito. La reza en la pequeña capilla que tienen los padres de su fraternidad. Junto a ésta se levanta una casita que ocupa mi hermano cuando viene de visitas y que hasta hace algún tiempo era la residencia  de uno de los padres de la fraternidad, el cual tuvo que irse al no contar nunca con la aprobación del obispo.  Cada vez que alguno de los padres viene de visita aprovecha para limpiar y arreglar la capilla, y por supuesto,  para rezar la misa de manera privada, cosa que a mi hermano le duele en el alma. Quisiera rezarla con la capilla abierta, llena de fieles, pero bueno…es lo que hay.

Los días anteriores habían venido mis hermanos, mis padres, mis cuñados, sobrinos, mi esposa y mis hijos, pero hoy estábamos solos los dos porque había adelantado el horario de la misa para mucho más temprano de lo habitual. Él tenía que partir a primera hora al sur a visitar a los padres de un sacerdote amigo suyo que estaba en el extranjero y que había enviado con él algunos presentes. Eran casi las cinco de la mañana. En la sacristía le ayudé a revestirse, pero Cristián notó desde que puse mis pies en el eremitorio, que yo estaba distraído y ensimismado. Después, en la misa, me quedé en un par de ocasiones completamente ido en mis cavilaciones y en el momento de cambiar el misal al lado izquierdo yo estaba de rodillas con los ojos cerrados y Cristián tuvo que llamarme la atención golpeando un par de veces con las palmas, como lo hacen los maestros de ceremonias para ordenar las posturas a sus acólitos. ¡Vaya acólito que le había tocado al pobre cura! ¡Cómo si yo nunca hubiera servido en el altar! Debo confesar que no estaba de ánimo. Me hubiera encantado hacer desaparecer la tarde del día anterior, porque  durante esa jornada sufrí un par de incidentes que me golpearon el ánimo dejándome a mal traer. Al final de la misa rezamos juntos la acción de gracias en la sacristía, tras lo cual nos quedamos conversando. Sentía curiosidad por mi comportamiento tan errático y percibía que mi ánimo estaba por el suelo.

– ¡Qué manera de estar distraído hoy en misa Mateo!

– Lo siento tanto Cristián, hermanito, mi cabeza no anda bien hoy.

– Bueno, a decir verdad, tu cabeza nunca ha andado muy bien que digamos…- me lo dijo medio en broma, medio en serio.

-Ja, ¡qué chistoso! Lo que sucede, padre Cristián,  es que ayer en la tarde fui testigo de algo horrible y después me llevé otro desaguisado con el rector del colegio donde hago clases. ¿Tienes tiempo antes de irte para escuchar mi relato?

Me respondió afirmativamente y nos dirigimos a la ermita de Cristián a tomarnos un frugal desayuno y a conversar sobre mi incidente.

– Tuve que ir a Santiago para hacer unos trámites. Suelo ir en bus, pero como estaba apurado porque tenía que volver antes de mediodía para una reunión con el rector del colegio, me fui en auto. Iba tranquilo por una avenida de alto tráfico en pleno centro de Providencia. Delante de mí venían tres autos que anteriormente me habían adelantado a gran velocidad. El primero frenó cuando cambiaron la luz del semáforo, luego el segundo quedó casi encima de éste y finalmente el tercero, como venía tan rápido, le dio un pequeño topón al segundo, y éste al primero. Yo me mantuve a una distancia prudente, así que no me vi involucrado en la colisión, lo mismo que otro auto que venía delante de mí. De pronto vi que el conductor del primer vehículo se bajó a discutir con el que le había chocado. Tras discutir por un minuto con éste,  ambos se acercaron al conductor del vehículo causante del choque, un hombre como de mi edad que venía con un chico de diez años.  Fue un choque menor, apenas un topón en el parachoques, y  además nadie  resultó herido, pero los dos individuos que habían sido chocados estaban muy alterados. El conductor del tercer vehículo se deshacía en disculpas, mientras que su hijo estaba muy asustado y a punto de ponerse a llorar. De pronto el individuo del primer vehículo se devolvió  a su auto, abrió la maletera y extrajo de ella un bate de baseball. Cuento corto: le hizo pedazos el parabrisas al tercer automóvil, y entre él y el conductor del segundo vehículo, golpearon al pobre hombre frente a su hijo y lo dejaron muy mal herido. Si no fuera porque otros conductores y yo nos bajamos a detener la golpiza estoy seguro que lo hubieran matado. Llamé a la policía  y mientras tanto llegaban, hice lo posible por ayudar a este hombre y a su hijo que estaba en estado de shock. Los tipos se dieron a la fuga y cuando llegó la policía, me contaron que esto era pan de cada día, que la gente ha llegado a un nivel de agresividad descomunal, con cero respeto por la vida ajena. Ante el mínimo error, cada cual se siente con el derecho a desquitarse con el otro, sin que ningún tipo de freno. A estos tipos del accidente ni siquiera les importó que el chico estuviera ahí.

– Ay Mateo, sigues siendo tan cándido, parece que vives en una burbuja. Los policías tienen toda la razón cuando dicen que la violencia es pan de cada día. Porque fuiste testigo del hecho has tomado conciencia que existe y que no solamente pasa en las películas o en los noticiarios.  Yo he visto cosas peores y hay personas que  viven  la violencia a diario, en sus casas, en sus barrios, en las calles, en sus trabajo, en los colegios…La agresividad está desatada y se desencadena al más mínimo incidente. Buscan cualquier excusa para tener la ocasión de largar para fuera toda la tensión que llevan acumulada, todo el stress, todos los problemas. La gente se siente agredida y sobre reacciona.  Sumado a esto está el consumo de drogas, las frustraciones por no poder tener todo lo material que quieren.  Mucha gente ya no ven en el otro a un prójimo,  sino que a un potencial enemigo, un competidor. Es lamentable, como ya no tienen a Dios en sus vidas, como no le aman, no aman a nadie, se aman a sí mismos y no son capaces de ceder ni en lo más mínimo, porque se sienten pasados a llevar. Como dice aquel adagio: sin Dios, sin ley. Cada uno es dueño y señor de su vida,  y piensan que no han de rendirle cuentas a nadie. Toda parte en la casa, Mateo, del ejemplo que de niños ven.– Cristián dijo esto mientras colocaba en una de mis manos una taza de chocolate caliente y en la otra, un pedazo de pan algo añejo que seguramente estaba en su cocina desde que llegó. Se sentó a mi lado con la mirada perdida. El cura ha viajado por el mundo y le ha tocado vivir en diferentes realidades y ya nada le escandaliza, creo que está curado de espanto, a diferencia mía que, tal como él dice, vivo en una burbuja y sigo siendo bastante ingenuo.

– No piensan en el prójimo,  ni siquiera en la fila de espera o en el autobús o donde sea: ¿y por qué tengo que ceder? ¿por qué tengo que dejar pasar al otro? ¿por qué tengo que cederle el asiento al otro?” ¡Qué sociedad más agresiva es la que hemos construido! ¡Qué invivible se hace estar en sociedad con todos estos trolls sueltos! Cada cual piensa que se le está poniendo el pie encima y cree que tiene todo el derecho a usar la fuerza de modo desproporcionado. Son capaces de ceder en los principios, en los valores, en la moral, pero en cosas triviales, en estupideces, no, ahí sacan sus garras. Si fuésemos más conscientes de nuestra propia miseria, de la nada que somos, de lo malo que somos, nos avergonzaríamos de cómo nos relacionamos con los demás, de cómo nos tratamos entre nosotros…-

Me quedé sin palabras por un momento. Las imágenes del incidente que contemplé, se me venían a la mente una y otra vez. Hice lo posible por ayudar al muchacho y a su padre. Mis manos y mi ropa quedaron manchadas de sangre y no puedo sacar esa horrible escena de mi mente. La agresividad que contemplamos es síntoma de algo, es la consecuencia del egoísmo y de haber arrancado a Dios de la vida, de haber construido dándole la espalda a Él,  y como la Torre de Babel, todo el edificio, toda esta sociedad se ha corrompido viniéndose abajo.

– Mateo, hermano, trata de no pensar más en lo que viste y saca lecciones del accidente. Si la sociedad está agresiva, ensimismada y ciega nosotros tenemos que ser luz e iluminar con nuestro ejemplo, con  nuestras buenas obras, para que se manifieste a los hombres que Cristo mora en nosotros, porque Él nos ha amado a nosotros y nosotros le hemos amado a Él. Non turbetur cor vestum…que no se turbe vuestro corazón, dice el Señor. El  mundo nos mira y está esperando que demos testimonio de nuestra fe. Algunos se animarán, pues les daremos esperanza y se convertirán;  y otros nos rechazarán. Somos instrumentos de la Providencia. Recuerda, Mateo, que  la fuente de todos los males que vemos a diario y que por supuesto nos salpican de una y otra manera, es la falta de Caridad, esto es, la falta de amor a Dios. La lectura del Evangelio en la misa de Pentecostés ayer fue muy clara: Nuestro Señor nos llama a cumplir sus mandamientos. El que no me ama, no guarda mis preceptos. Qui non diligit me, sermones meos non servat, dice el Señor. Si no amo a Dios y no cumplo sus preceptos, ¿cómo voy amar a mi prójimo? La gente se ha olvidado de esto y por eso actúa sin caridad. Se les ha olvidado o nunca lo supieron porque nadie se los enseñó, y como siempre dices, no se ama lo que no se conoce. Dejamos a predicar a Cristo y su doctrina y ahora sufrimos las consecuencias.

–  El principio de los todos nuestros males actuales: la ignorancia religiosa y el retiro de la Iglesia, como dice Castellani.

– Y bueno, ¿qué fue lo otro terrible que viviste ayer?- me preguntó Cristián con curiosidad, pero ya que esto nos está saliendo demasiado largo,  lo dejaremos para otra entrega.

Beatrice Atherton

Beatrice Atherton
Esposa y madre de seis hijos, nací en Viña del Mar, Chile en 1969. Aunque egresé de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, mi vida giró posteriormente hacia otro rumbo y ahora vivo en un campo donde me he dedicado a la familia y a la casa. Amo la Liturgia Tradicional y me encanta colaborar en su promoción. ​ En mis tiempos libre intento escribir, que es lo que me apasiona aunque soy una aficionada. Tengo el blog Bensonians dedicado a difundir la obra de Monseñor Robert Hugh Benson