“Jesús tiene ahora muchos enamorados de su reino celestial, pero muy pocos que quieran llevar su Cruz. Tiene muchos que desean los consuelos y pocos la tribulación… Todos apetecen gozar con Él, pero pocos sufrir algo por Él”

 Tomás de Kempis

Martirio. ¡Qué palabra tan violenta para los tiempos que corren!

¡Qué palabra que provoca la sistemática sordera de tantos! Pero al mismo tiempo, qué actual, qué vigente, sobre todo para quienes, por la gracia de Dios, nos honramos con el título de católicos, a sabiendas de que por nuestra profesión de fe debemos justamente disponer nuestra alma para el mismo.

Significa en griego “testimonio”, y en el cristiano se manifiesta en una triple proyección: el de la palabra, el de la conducta y el de la sangre.

Consecuentemente, debemos ser testigos de Cristo con nuestra palabra. ¿Cómo? Sencillamente no siendo cómplices de la mentira o del error, llamando a las cosas por su nombre, hablando claramente con el “sí, sí; no, no” que el mismo Jesucristo enseñara. Y aunque al mundo le disguste.

Pero ese testimonio de la palabra tiene que estar apoyado en el de la conducta, en el ejemplo, en una recta elección de vida, siendo coherentes con nuestra fe, capaces de nadar incluso contra la corriente y sin temor a las borrascas y tempestades que implican el enfrentar las falacias de estos tiempos tenebrosos.

Hasta aquí estos dos testimonios revisten un carácter ordinario, pero resta uno, el de la sangre, que es extraordinario. Y precisamente por estar revestido de esa naturaleza excepcional, queda reservado solo para algunos, por lo que no sabemos si Dios nos lo pedirá, tanto como tenemos la certeza de que sí nos reclama el de los otros dos.

Aunque esa entrega suprema supone el dar la vida misma por Dios y por Su Iglesia, concretando el máximo acto de la Caridad (“Nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos” – Jn. 15, 13); también podemos afirmar que implica la culminación de una secuencia cotidiana en el testimonio; plasmada en la fidelidad de cada día cumpliendo con los deberes del propio estado (con la familia, el trabajo, el estudio, el apostolado, etc), porque todo esto supone un acto de verdadero heroísmo, atento a este particular tiempo de apostasía.

En esta lucha tenemos la posibilidad certera de testimoniar con la palabra y el ejemplo que queremos vivir nuestra vocación de católicos.

Contamos con las mejores armas: la comunión frecuente y la oración constante; pudiendo decir con el salmista: “Si un ejército acampase contra mí, mi corazón no temería; y aunque estalle contra mí la guerra, tendré confianza”.

Insistimos: en nuestra alma debe estar la natural disposición a la dación suprema, con prescindencia de que Dios nos la pida; pues lo trascendente radica justamente en esa disponibilidad constante a ofrecernos en una entrega total, según la Divina Voluntad.

Podrá parecer que tal actitud no es martirio en el sentido estricto de la palabra, pero lo es.

No dejemos de pedir a Nuestro Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, ser siempre fieles a ese testimonio silencioso, constante, difícil, incomprendido y heroico.

Daniel Omar González Céspedes

Daniel Omar González Céspedes
Nació en la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, Argentina, el 21 de septiembre de 1970. Es profesor para la Enseñanza Primaria desde hace dos décadas. Ha escrito artículos para las revistas Memoria, Cabildo, Gladius, Diálogo, Para que Él reine y en los periódicos nacionalistas Patria Argentina, Lucha por la Independencia y Milo. Con ocasión de la beatificación del Cura Brochero (2013) escribió el libro “Breve semblanza de nuestro cura gaucho”.