HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO HOY EN SANTA MARTA
Consolad, consolad a mi pueblo”, acabamos de leer en el Libro del Profeta Isaías, libro del consuelo de Israel. El Señor se acerca a su pueblo para consolarlo, para darle paz. Y esa labor de consuelo es tan fuerte que “rehace” todas las cosas. El Señor realiza una verdadera “re-creación”: recrea las cosas. Y la Iglesia no se cansa de decir que esa re-creación es más maravillosa que la creación. El Señor recrea más maravillosamente. Y así visita a su pueblo: con el poder de recrear. El pueblo de Dios siempre tuvo esa idea, ese pensamiento, de que el Señor vendrá a visitarlo. Recordemos las últimas palabras de José a sus hermanos: “cuando el Señor os visite, llevad mis huesos con vosotros”. El Señor visitará a su pueblo. Es la esperanza de Israel, y lo visitará con ese consuelo, el consuelo de rehacer todo, no una vez, sino muchas veces, con el universo y también con nosotros. Y ese rehacer tiene dos dimensiones que es importante subrayar: la esperanza y la ternura.
Cuando el Señor se acerca, nos da esperanza; nos rehace con esperanza; siempre abre una puerta, siempre. Cuando se nos acerca, el Señor no cierra las puertas, las abre. En su cercanía, nos da la esperanza, que es verdadera fortaleza en la vida cristiana. Es una gracia, un don. Cuando un cristiano olvida la esperanza, o peor, pierde la esperanza, su vida no tiene sentido. Es como si su vida estuviese ante un paredón: nada. Pero el Señor nos consuela y nos rehace, con esperanza, para seguir adelante.
Y también lo hace con una cercanía especial a cada uno, porque el Señor consuela a su pueblo pero también nos consuela a cada uno. Qué bonito ese texto de hoy que termina: “Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”. Esa imagen de llevar los corderos en brazos dulcemente a sus madres: esa es la ternura. El Señor nos consuela con ternura. Dios, que es poderoso, no tiene miedo de la ternura. Él se hace ternura, se hace niño, se hace pequeño. En el Evangelio de hoy, Jesús mismo lo dice: “Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”. A los ojos del Señor, cada uno de nosotros es muy, muy importante. Y Él se da con ternura.
Así nos hace avanzar, con esperanza y ternura. Esa fue la principal tarea de Jesús en los 40 días entre la Resurrección y la Ascensión: consolar a los discípulos; acercarse y darles consuelo. Acercarse y dar esperanza, acercarse con ternura. Pensemos en la ternura que tuvo con los Apóstoles, con la Magdalena, con los de Emaus. Se acercaba con ternura: “¿Tenéis algo de comer?”. Y con Tomás: “Mete aquí tu dedo”. Siempre es así; así es su consuelo.
Que el Señor nos conceda a todos la gracia de no tener miedo del consuelo del Señor, de estar abiertos: pedirla, buscarla, porque es un consuelo que nos dará esperanza y nos hará sentir la ternura de Dios Padre.

Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".