Uno de los más vesánicos mecanismos con que esta sociedad nuestra nos demuele la cordura es, sin duda, la perversión del lenguaje, esa suerte de alboroto semántico al que nos someten los fautores del Nuevo Orden Mundial, siempre ávidos de continuos disparates. Con ella, se trastocan los conceptos —o se sepultan bajo una abstrusa farfolla de eufemismos tontorrones—, y las muchas iniquidades que nuestros políticos pergeñan terminan por diluirse entre la confusión o, incluso, por cobrar prestigio de gran logro social. Así, y como por arte de birlibirloque democrático, palabras como “matrimonio”, “familia” o “espiritualidad”, tan denostadas hoy por los prebostes del Nuevo Orden, terminan por fenecer en el légamo  de la estupidez modernista, hueras de sentido o vueltas del revés, como una escurraja vergonzante de lo que antaño fueron, o arrojadas dentro de un destartalado “cajón de sastre”, que viene a ser el crisol cochambroso donde se forjan, de modo inadvertido o como de matute, las nuevas sociedades —o suciedades, que casi viene a ser lo mismo.

Ello ha pasado, también, con la palabra “derecho”, que hogaño trae al Partido Popular por la calle de la impostura, tan a menudo recorrida por ellos al albur de ese relativismo abyecto ante el que se han postrado. Pues en rigor, desde un punto de vista ontológico —el único punto de vista, en verdad, desde el que se han de otear estas cuestiones—, los derechos provienen de nuestra cualidad de ser, por nuestra propia condición de ser humano, y no, como se nos ha intentado hacer creer, por razones más o menos adventicias o coyunturales, a modo de graciosas concesiones que un gobierno majete nos concede porque sí, creándolos ad nutum o ex nihilo. No son fruto, por tanto, de reyertas políticas ni de iniciativas legislativas populares más o menos afortunadas, sino que son como añadidos a la dignidad que Dios nos dio.

Esta clara evidencia, sin embargo, es hoy acallada sin recato por el común de las gentes, y su lugar ha pasado a ser ocupado por una concepción mucho más mundana y, a un tiempo, estúpida y trastabillada; trastabillada concepción que nos lleva a proclamar, transidos de ardor democrático, que hemos de disfrutar de guarderías públicas por la cara, de limpiezas bucales gratuitas y de cuantos medicamentos se nos antojen, engolosinados como estamos de sustancias químicas; e, incluso, que nos asiste la sacrosanta libertad de ciscarnos en las más arraigadas creencias de los contrarios sin temor a ser culpados por ello, pues alguna ley habrá que nos permita afrentas y felonías. Así, si por mor de la arbitrariedad política se nos arrebata una de esas graciosas concesiones, nos enfurruñamos como mocosetes y salimos a la calle sin reparo, dispuestos a pagarla con el mobiliario urbano. En cambio, cuando se nos roba aquello que en realidad nos constituye, nos callamos cual borregos, nos repantigamos en el sofá y nos dedicamos al nefando vicio de la telebasura.

Sucedió así con el tema del aborto, cuando unos políticos de seso descalabrado, deshabitados de piedad y de moral, nos dijeron que se trataba de un derecho irrenunciable; que las mujeres, en plena posesión de ese derecho, podían vaciarse sin remordimiento alguno de las criaturas que engendraban, como quien se extirpa un grano o se inyecta a saber qué extraña sustancia en los morros o en los glúteos, demoliendo, así, el inviolable derecho a la vida —éste sí— del desvalido nasciturus.

Ahora, movidos por esa inevitable esquizofrenia que caracteriza a los relativistas, por la que convierten su discurso en un rimero todo de no asuntas palinodias, los del Partido Popular intentan evitar, por no zaherir las sensibilidades de sus más conservadores simpatizantes, que el aborto sea tenido por derecho en la nueva legislación, como si ello supusiera algún cambio sustancial en la ley que de modo harto cínico han urdido. Pretenden erigirse, así, en nobles y valientes paladines del Derecho Natural, revestidos con corazas de una candidez inmaculada y coruscante, propia de angelotes y de santos, como cabalgando en sus corceles albos y dispuestos siempre a dar mandobles en defensa de una vida que, en realidad, se les da un ardite. Pero la suya será, en este caso, una doble perversión, pues simulan defender un concepto probo mientras cuelan, huérfanos de dignidad, el más pernicioso efecto de la perversión semántica primera. Y es que la defensa de la moral hace ya tiempo que salió por la ventana de la política española, expulsada a base de patadas en el culo y de perversiones del lenguaje que, a la postre, por desgracia, pasan tristemente inadvertidas para el votante católico fetén. ¡Pero no nos preocupemos, hombre! Repantiguémonos en el sofá, dediquémonos a la telebasura y olvidémoslo todo, que sin duda los remordimientos terminarán por silenciarse.

Gervasio López