Probablemente no exista nada peor en la Iglesia y la liturgia modernas que el estado en que se encuentran los funerales católicos, que casi parece como si estuviéramos asistiendo a una canonización o algún tipo de servicio funerario protestante de tipo pentecostal. Esto es particularmente cierto en cuanto a la mayoría de las homilías que uno encuentra en semejantes misas de difuntos. Los sacerdotes, a menudo tratando de actuar pastoralmente en tales situaciones, terminan empleando un lenguaje tal como “hoy nos reunimos y celebramos esto y aquello” o “no estemos entristecidos sino regocijémonos por esto y aquello, de quien ahora está con Dios en la alegría del Cielo”. Esta realidad, aunque pretende ser de naturaleza pastoral para los amigos y miembros de la familia en duelo, termina siendo un acto cruel tanto para con el difunto como para con sus amigos y familiares por muchas razones, y está basado en una falsa caridad y compasión.

Este tipo de pastoreo que se encuentra a menudo en la mayoría de los funerales católicos se encuentra alejado de lo que se supone debe ser el funeral ideal, concretizado en el ofrecimiento del Santo Sacrificio de la Misa (la oración y sacrificio perfectos de la Iglesia) para tales miembros de la familia. Como afirma Peggy Frye:

Olvidamos que el deber de un sacerdote (u Obispo o diácono) en una Misa de Difuntos, no es hacer que la gente “se sienta bien” diciéndoles que la Tía Flor o el Tío Beto está ahora “en el Cielo con el Padre”; está en cambio para rendir culto a Dios por la victoria de Cristo sobre la muerte, para confortar la pena con oraciones y con la Eucaristía, y para rezar por el alma del difunto – encomendándolo o encomendándola al amor misericordioso de Dios y punto. Únicamente la Iglesia tiene la autoridad para canonizar a una persona. El asumir que un difunto esté en el Cielo es asumir que conocemos el parecer de Dios. Por supuesto que podemos ir directamente al Cielo. Pero afrontémoslo, la mayoría de nosotros no.

 “Afrontémoslo”, tal como afirma la cita de Peggy Frye – aunque es posible para alguien el ir directamente al Cielo, para la mayoría de nosotros no. Hay muchas ocasiones en que una misa de difuntos es celebrada para personas que tal vez se alejaron de la Fe, que se convirtieron sólo en su lecho de muerte, o quienes pudieron haber tenido un estilo de vida pecaminoso, o que batallaron con algún pecado o vicio particulares. Al tratar a la misa de funeral como una especie de canonización ¿acaso no estamos también canonizando tal vicio y tal pecado como virtud? ¿Tal como el apartarse de la Fe, o cualquier otro vicio particular que la persona haya cometido?

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) establece lo siguiente acerca del propósito de la misa de difuntos:

Cuando la celebración tiene lugar en la iglesia, la Eucaristía es el corazón de la realidad Pascual de la muerte Cristiana. En la Eucaristía, “La Iglesia expresa entonces su comunión eficaz con el difunto: ofreciendo al Padre, en el Espíritu Santo, el sacrificio de la muerte y resurrección de Cristo, pide que su hijo sea purificado de sus pecados y de sus consecuencias y que sea admitido a la plenitud pascual de la mesa del Reino” (cf. Ritual de exequias, Primer tipo de exequias, 56). Así celebrada la Eucaristía, la comunidad de fieles, especialmente la familia del difunto, aprende a vivir en comunión con quien “se durmió en el Señor”, comulgando con el Cuerpo de Cristo, de quien es miembro vivo, y orando luego por él y con él. (CIC 1689)

La misa de difuntos ideal se apega muy bien a la enseñanza Católica sobre la doctrina del Purgatorio, de la cual da testimonio la Sagrada Escritura. La Sagrada Escritura y la Iglesia Católica siempre han mostrado la realidad del Purgatorio después de la muerte para “los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados; aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo”  (CCC 1030).

O como cuando San Pablo nos dijo aquello de que:

La obra de cada hombre quedará de manifiesto: pues en su día el fuego lo revelará y probará cuál fue la obra de cada uno. Aquel cuya obra subsista recibirá el premio, y aquel cuya obra sea consumida sufrirá el daño; él, sin embargo, se salvará pero como quien pasa por el fuego. (1 Cor 3, 13–15)

Por último, el pasaje bíblico de Segunda de Macabeos se enlaza adecuadamente con la misma idea de que la Misa que es ofrecida como una oración por los difuntos de manera que éstos entren en la alegría del Cielo:

Y mandó hacer una colecta en las filas, recogiendo hasta dos mil dracmas de plata, que envió a Jerusalén para ofrecer sacrificios por los pecados de los muertos; obra digna y noble, inspirada en la esperanza de la resurrección. Pues si no hubiera esperado que los muertos resucitarían, superfluo y vano era orar por ellos. (2 Mac. 12, 43–45)

Es por esta razón que el darle trato a la misa de difuntos como si fuera un proceso de canonización o como un servicio funeral protestante es todo lo contrario a ser pastoral y caritativo. ¿Y si la persona fallecida estuviera en proceso de ser purificada en el Purgatorio por sus pecados pasados? Cuando el sacerdote dice cosas que hacen parecer como que está en el Cielo, cuando claramente no lo está, entonces los amigos y la familia asumen que ya no necesitan rezar por esa persona nunca más. ¡Qué crueldad y falta de caridad! Cuando el sacerdote pudo haber empleado semejante oportunidad para instruir a los fieles a rezar por el alma de aquella persona para que pudiera entrar al Cielo tan rápido como fuera posible, permanecerá más bien atrapada en el fuego del Purgatorio durante mucho más tiempo.

Admiro enormemente la misa de réquiem en su Forma Extraordinaria, la cual habitualmente es la encarnación del ideal de lo que una misa de difuntos debe ser. Todos los gestos del sacerdote en la misa de réquiem, incluyendo el uso de vestimentas de color negro, muestran la realidad de que el funeral no es un proceso de canonización para el difunto, ni alguna simple terapia para los dolientes. Por el contrario, muestra la realidad de que la misa de difuntos es ofrecida como una oración a Dios por el difunto, que él o ella pueda ser limpiado de toda mancha de pecado e imperfecciones de manera que pueda entrar en la gloria del Cielo tan pronto como sea posible.

Del mismo modo, no hay tal vez un himno más grande que pueda ser ofrecido en una Misa de Difuntos, que manifieste tan adecuadamente el propósito del funeral, como súplica a Dios por su divina misericordia, como el Dies Irae, el cual a todos recomiendo que lo escuchen y que lo sigan con el canto en Latín, acompañándolo de su traducción en Español [ver abajo]. Más que versar sólo sobre condenación y de muerte, el Dies Irae es probablemente uno de los mejores y más bellos poemas y oraciones medievales, que expresa la súplica misericordiosa de una persona a Dios.

Arturo Ortíz

[Traducción por M.M. Artículo original]

Texto original en latín
Dies iræ, dies illa,
Solvet sæclum in favilla,
Teste David cum Sibylla!
Quantus tremor est futurus,
quando iudex est venturus,
cuncta stricte discussurus!
Tuba mirum spargens sonum
per sepulcra regionum,
coget omnes ante thronum.
Mors stupebit et Natura,
cum resurget creatura,
iudicanti responsura.
Liber scriptus proferetur,
in quo totum continetur,
unde Mundus iudicetur.
Iudex ergo cum sedebit,
quidquid latet apparebit,
nihil inultum remanebit.
Quid sum miser tunc dicturus?
Quem patronum rogaturus,
cum vix iustus sit securus?
Rex tremendæ maiestatis,
qui salvandos salvas gratis,
salva me, fons pietatis.
Recordare, Iesu pie,
quod sum causa tuæ viæ;
ne me perdas illa die.
Quærens me, sedisti lassus,
redemisti crucem passus,
tantus labor non sit cassus.
Iuste Iudex ultionis,
donum fac remissionis
ante diem rationis.
Ingemisco, tamquam reus,
culpa rubet vultus meus,
supplicanti parce Deus.
Qui Mariam absolvisti,
et latronem exaudisti,
mihi quoque spem dedisti.
Preces meæ non sunt dignæ,
sed tu bonus fac benigne,
ne perenni cremer igne.
Inter oves locum præsta,
et ab hædis me sequestra,
statuens in parte dextra.
Confutatis maledictis,
flammis acribus addictis,
voca me cum benedictis.
Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis.
Lacrimosa dies illa,
qua resurget ex favilla
iudicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus.
Pie Iesu Domine,
dona eis requiem.
Amen.
Traducción
Día de la ira, aquel día
en que los siglos se reduzcan a cenizas;
como testigos el rey David y la Sibila.
¡Cuánto terror habrá en el futuro
cuando el juez haya de venir
a juzgar todo estrictamente!
La trompeta, esparciendo un sonido admirable
por los sepulcros de todos los reinos,
reunirá a todos ante el trono.
La muerte y la Naturaleza se asombrarán,
cuando resucite la criatura
para que responda ante su juez.
Aparecerá el libro escrito
en que se contiene todo
y con el que se juzgará al mundo.
Así, cuando el juez se siente
lo escondido se mostrará
y no habrá nada sin castigo.
¿Qué diré yo entonces, pobre de mí?
¿A qué protector rogaré
cuando apenas el justo esté seguro?
Rey de tremenda majestad
tú que, salvas gratuitamente a los que hay que salvar,
sálvame, fuente de piedad.
Acuérdate, piadoso Jesús
de que soy la causa de tu calvario;
no me pierdas en este día.
Buscándome, te sentaste agotado
me redimiste sufriendo en la cruz
no sean vanos tantos trabajos.
Justo juez de venganza
concédeme el regalo del perdón
antes del día del juicio.
Grito, como un reo;
la culpa enrojece mi rostro.
Perdona, Señor, a este suplicante.
Tú, que absolviste a Magdalena
y escuchaste la súplica del ladrón,
me diste a mí también esperanza.
Mis plegarias no son dignas,
pero tú, al ser bueno, actúa con bondad
para que no arda en el fuego eterno.
Colócame entre tu rebaño
y sepárame de los machos cabríos
situándome a tu derecha.
Confundidos los malditos
arrojados a las llamas voraces
hazme llamar entre los benditos.
Te lo ruego, suplicante y de rodillas,
el corazón acongojado, casi hecho cenizas:
hazte cargo de mi destino.
Día de lágrimas será aquel renombrado día
en que resucitará, del polvo
para el juicio, el hombre culpable.
A ése, pues, perdónalo, oh Dios.
Señor de piedad, Jesús,
concédeles el descanso.
Amén.