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“El sacerdote es para el sacrificio”

Don Edward Poppe (1890-1934), natural de Morzeke (Bélgica) fue “sacerdote de fuego”, pero de vida breve (sólo 44 años). Hoy es beato gracias también a su biografía, querida inmediatamente después de su muerte por el card. Mercier y escrita por su amigo mons. Odilon Jacobs.

“Un solo sacrificio para Ti”

Quien conoce un poco los escritos del beato don Poppe, ha pensado espontáneamente a una página incandescente en la que él escribía: “Oblatus est, Jesús se ofreció. El me amó, El se inmoló por mí. O Jesús, heme aquí contigo, pegado a la cruz, unido a Ti, hasta la locura de tu cruz. O salutaris Hostia! He aquí que por medio de tu muerte, Tú has engendrado la vida. He aquí el Cordero de Dios… He aquí el buen Pastor que ha dado la vida por sus ovejas y, por medio de la muerte, ha vencido al mundo. Oh Jesús, yo soy feliz de ser tu sacerdote-víctima, muerto y sepultado, resucitado contigo”.

Del Calvario don Poppe pasa al altar, “el Calvario místico”: “Oh Jesús eucarístico, Víctima ofrecida perennemente al Padre por los pecadores, yo quiero imitarte, yo, tu sacerdote, yo, otro-Tú mismo. Heme aquí, Amado mío, hostia de salvación contigo, heme aquí, víctima por los pecadores para siempre. Cada día, me ofrezco, me consagro, me inmolo contigo, por mí y por todas las almas. No quiero pensar ya a nada más, gustar ya nada más, esperar ya nada más, Jesús, Jesús-Hostia”.

Pasando de su coloquio-ofrenda con Jesús sobre el altar, don Poppe, dirigiéndose a sus hermanos en el sacerdocio, recomienda: “Permaneced hostia con la Hostia. Nuestra vida no tiene ningún sentido si no somos víctimas. Sin esta obra continua de configuración a su sacrificio (victimatio, en el texto original) nuestros sermones son palabras echadas al viento. Un corazón de sacerdote que no sangra con Jesús, no es un corazón de sacerdote”.

Verdaderamente don Poppe llegó a vivir la esencia del Sacerdocio, tal como aparece en el Nuevo Testamento, Sacerdocio que es esencialmente participación e imitación del divino y eterno Sacerdocio de Jesús. Participación en el ser, proporcionada a la participación en la acción, porque la acción supone la existencia del sujeto adecuado para llevarla a cabo.

¿Quién es el sacerdote?

Lo que vamos a escribir lo tomamos de algunas páginas de mons. Francesco Spadafora, que no se detiene en las apariencias, sino que siempre penetra en la sustancia que permanece y no cambia.

Pues bien, Jesús es Sacerdote por esencia (¡no un laico marginal, como dicen los estúpidos modernistas!), en cuanto Hombre-Dios y, por tanto, cualificado y único Mediador entre los hombres y el Padre. El ejerce su suprema acción salvífica en la inmolación acaecida sobre el Calvario y perpetuada en la S. Misa para aplicar sus frutos. Precisamente en la S. Misa, se renueva el supremo Acto sacerdotal de Cristo, de modo que constituye el vértice de su divina acción salvífica en la historia y el supremo acto de Religión.

Jesús ha querido hacer llegar la participación sacerdotal de su ministro hasta este vértice: “Haced esto en conmemoración mía” (Lc. 22, 19). La participación ministerial se extiende a toda la acción sacerdotal y salvífica de Jesús, pero alcanza su culmen en esta acción. Esta es tan emergente que se debe afirmar que los sacerdotes sobre todo ejercen el sagrado ministerio en el Culto eucarístico.

Nada es más grande y más esencial en Jesús que su Sacrificio; por tanto, nada hay más grande y esencial que su Sacerdocio. El Sacrificio de Jesús sobre el Calvario, en adoración y alabanza al Padre, en expiación de los pecados y por la salvación de la humanidad, para que retorne en comunión de vida con Dios, es representado sobre el altar en la S. Misa por El, que continua su Sacerdocio en el ministro ordenado precisamente para este sublime fin. El sacerdote es esencialmente para la Eucaristía (“sacerdos propter Eucharistiam!”).

Todo esto es clarísimo en la vida y en los escritos de don Edward Poppe: su visión de fe en el Sacerdocio -como debe ser para todos- depende esencialmente de la visión de fe que tiene de la Eucaristía, de manera que una está ligada estrechamente a la otra. Si se ve, como se debe ver en la Eucaristía, verdaderamente la Presencia real de Jesús en el plano del ser, que consiente que su Sacrificio sea verdaderamente presentado y ofrecido a Dios para su adoración y por la salvación del mundo (a diferencia de todas las otras “presencias” de Jesús, que son en el plano de la operación), la acción consecratoria que la produce es el más clamoroso y exaltante prodigio de la omnipotencia de Dios.

Sólo el divino Sacerdote, Jesús, el Hombre-Dios, puede llevarlo a cabo con su divino poder. La participación en su divino Sacerdocio conlleva, por tanto, la participación en dicha divina omnipotencia como causa secundaria, pero real.

Hay mucho más en el Sacerdote católico, Ministro de Dios, que un solo primado de presidencia y de oficio: está la real elevación de su ser, mediante el carácter y los conjuntos poderes sagrados, a la participación de la Omnipotencia divina. Esta participación es tanto más exaltante por el modo en el que se ejerce en la Consagración eucarística, pronunciando sus palabras omnipotentes en primera persona (“in persona Christi”): “Esto es mi Cuerpo”; “Esta es mi Sangre”.

El discurso que hacemos no es solamente descriptivo, “fenomenológico” según el modo del filosofar y “teologizar” vacío de hoy, sino que es un discurso ontológico, que se refiere no a la apariencia, sino a la esencia.

El sacerdote, por tanto, no preside (como ahora se suele decir, errando muchísimo), no es “un presidente”, sino que, como sacerdote, ofrece el santo Sacrificio de la Misa a Dios Padre. No es sólo el presidente de la comunidad, sino el Sacrificador-uno-con-Cristo-Sacerdote que ofrece su mismo sacrificio para la gloria de Dios y por la comunidad, aunque esta fuese físicamente ausente. Verdaderamente en el altar, en la realidad más plena, el Sacerdote es alter Christus, en el acto más sublime e impactante. ¿Cómo puede el Sacerdote, sabiendo y pensando todo esto, ser dejado y descuidado y distraído en la celebración como se han convertido muchos sacerdotes y mucho Obispos nuestros?

No basta que el sacerdote, al comienzo de la celebración eucarística según el Novus Ordo, diga, como sucede a menudo, “estamos aquí para dar gracias a Dios, reunidos en torno a su misma mesa para escuchar la palabra y nutrirnos del pan común”. Esto es absolutamente insuficiente y, tomado al pie de la letra, limitaría la celebración a lo que hacen los protestantes, la palabra y la cena, en la que Jesús no está ni real ni sustancialmente presente y no acontece ningún sacrificio.

Es necesario que -a la luz del Magisterio perenne de la Iglesia, del Concilio de Trento en particular, que don Poppe vivió de manera heroica- todo sacerdote se recuerde a sí mismo y a los fieles que va al altar (el altar del Sacrificio el “ara crucis”) para transustanciar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, en Cristo mismo inmolado, “ofrecido en sacrificio” de adoración, de expiación y de salvación; que la mesa es esencialmente mesa sacrificial, donde se acoge al Cristo Víctima y se deviene víctimas con El.

Por esto es indispensable el específico Sacramento del Orden sagrado, por el cual el Sacerdocio ministerial es Sacerdocio sacramental: el Sacerdocio en su sentido verdadero, en sentido estricto, está siempre caracterizado -como es clarísimo para don Poppe- por la ofrenda del Sacrificio, la cual implica antes que nada su actuación ritual.

Sólo quien ha recibido la capacidad mediante el Sacramento del Orden es en sentido verdadero sacerdote, no, como hoy se suele decir, “todos somos sacerdotes”, ¡lo que es una grave herejía!

Dignidad sublime

Y así es que ser Sacerdote católico es una realidad que exalta a todo aquel que, en virtud del Orden sagrado, es investido de tal dignidad, y que puede entusiasmar, hasta la ofrenda suprema de sí mismo, a muchos jóvenes en el caso de que fueran puestos en conocimiento de que ser sacerdote de Cristo no es solamente ser un poco más hombre que los demás, un poco más cristiano que los demás, no solamente animador de la comunidad, mucho menos un hombre de la base y del diálogo y portador de valores humanos por medio de la palabra, sino que ser sacerdote es ser Cristo Sacerdote que Se hace presente inmolado para volver a presentar cada día al Padre su Sacrificio.

La Misa no es un encuentro de fe, de fraternidad, sino que es el mismo Sacrificio del Redentor que da a Dios la gloria suprema, expía los pecados del mundo y conduce a todo hombre que lo acoge a la intimidad con Dios. Algo formidable, divino, diría “una locura”, aún más si se piensa que la verdadera civilización del mundo, así como la felicidad eterna de todo hombre, está asegurada solamente por este Sacerdocio y por este Sacrificio.

Se siente vértigo reflexionando sólo un poco sobre esto… Todo lo contrario que despreciar al sacerdote y convertirlo en un “hombre como los demás”, todo lo contrario que reducir el número de las Misas o degradar su celebración como demasiado a menudo sucede hoy. El Sacerdocio es la más sublime dignidad de la tierra y del cielo.

Y he aquí entonces el mensaje del Beato don Edward Poppe: meditando sus escritos y sus ejemplos, se siente toda la impresionante divinización del ser y de los poderes sacerdotales, la sublime realidad que marca el nivel absolutamente original al que se eleva su actividad sacerdotal. Verdaderamente “sacerdote y hostia”, verdaderamente “la Eucaristía al centro de su vida y de su ministerio”, así como el anuncio del Evangelio y la catequesis, la oración personal y comunitaria, el ministerio de las Confesiones, todo acto, toda palabra, todo prepara al sacerdote para celebrar el Sacrificio eucarístico así como la misión, el servicio a los pequeños y a los pobres para conducirlos a Dios, la santidad, todo, completamente todo brota del mismo Sacrificio.

Del Sacerdocio, vivido con el Sacrificio eucarístico al centro, se comprende toda la fascinación y la atracción que don Poppe ejerció siempre sobre los jóvenes y sobre los sacerdotes, en particular sobre los jóvenes que aspiran a servir a Dios y a la Iglesia como futuros sacerdotes. “Solo Jesucristo amado -escribía él- cuenta todavía para mí. Yo no me pertenezco ya. Extasis, entrega del amante en el Amado, en El puedo gritar lleno de gozo y al máximo: Ya no soy yo el que vive, sino que Jesucristo vive en mí (Gál. 2, 2).

Candidus

[Traducido por Marianus el Eremita. Equipo de traducción de Adelante la Fe]




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