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El sepulcro vacío

(Extraído del libro RESURRECTIO, de Laureano Benítez Grande-Caballero)

La resurrección de Jesús, el hecho más importante de la historia, ¿es un mito, una fábula, una manipulación con la que se quiso alterar la cruda realidad de un predicador fracasado que terminó humillado en una cruz, como dicen sus detractores? ¿O es un hecho luminoso producto de una realidad sobrenatural que produjo un cambio decisivo en la historia de la humanidad?

Para decirlo de otra manera, ante la resurrección de Cristo sólo caben dos posturas: o se cree que es el fraude más descomunal y perverso que nunca se haya tramado, capaz de engañar a una parte importante de la humanidad durante 20 siglos; o bien que se trata del acontecimiento más decisivo de la historia.

Las corrientes racionalistas desarrolladas a partir de la Ilustración ―que alcanzaron su plena formulación con el modernismo― han construido una gran variedad de hipótesis para argumentar la imposibilidad de la resurrección, la mayoría de ellas absurdas para el sentido común y los criterios científicos e históricos. Estas hipótesis  siguen dos líneas fundamentales de investigación: afirmar que Jesús no murió realmente en la Cruz; o sostener que, aunque muriera en el Gólgota, no resucitó, ya que la supuesta resurrección no fue tal, sino un fraude ―perpetrado especialmente con el robo del cadáver por sus discípulos, como sostiene Reimarus, y ya en la Antigüedad los judíos Celso y Porfirio―, un producto patológico de imaginación y alucinación (Renán),  la cristalización de un mito (Strauss), etc.

Sin embargo, frente a las teorías que no consideran la resurrección como un hecho histórico ni científico, integrándola exclusivamente en una dimensión sobrenatural cuyo carácter milagroso es recusado como antihistórico, y calificado de mítico, apologético y legendario, el fenómeno por el cual Jesús se levantó de entre los muertos  presenta un conjunto de evidencias históricas que pueden considerarse como auténticas pruebas.

En primer lugar, tenemos el sepulcro vacío, cuya realidad fue innegable a los contemporáneos. Aunque los críticos se han inventado historias fantasiosas sobre otras tumbas, en las cuales Jesús afirman delirantemente que Jesús está enterrado, después de sobrevivir al Gólgota y recorrer mundos perdidos, incontestables pruebas arqueológicas demuestran que aquel sepulcro vacío estuvo en Jerusalén, en el monte Calvario.

Y en ese sepulcro vacío había un objeto arqueológico de primera magnitud, que puede considerarse como una evidencia científica de la resurrección: la Sábana Santa, cuya autenticidad está demostrada por los foros científicos de la Sindonología, que afirman que la Síndone es un lienzo del siglo I, que se formó según un fenómeno desconocido de radiación ―que muchos científicos asocian con la resurrección―, y que las evidencias a favor de que el cadáver que amortajó fuera el de Jesús de Nazareth son abrumadoras.

Pero los primeros cristianos no sostuvieron su fe en la resurrección solamente por el sepulcro vacío,   ya que su creencia se fundamentó en la incontestable realidad de las apariciones del resucitado, imposibles de asociar con alucinaciones colectivas o fabulaciones de los apóstoles, ya que éstos no creyeron en la resurrección hasta que se les apareció Jesús resucitado.

Otra evidencia incontestable es la prodigiosa transformación que experimentaron los discípulos de Jesús, que de ser un grupo acobardado pasó a ser un arrollador movimiento misionero que cambió el mundo, lo cual demuestra que fueron impulsados por una poderosísima fuerza que les hizo capaces de arrostrar todos los peligros, y bajo cuyo hálito derrotaron al mayor imperio que jamás ha existido.

Como dice Benedicto XVI, «¿No emana tal vez de Jesús un rayo de luz que crece a lo largo de los siglos, un rayo que no podía venir de ningún simple ser humano, y un rayo a través del cual entra realmente en el mundo el resplandor de la luz de Dios? El anuncio de los apóstoles, ¿podría haber encontrado la fe y edificado una comunidad universal si no hubiera actuado en él la fuerza de la verdad?».

Junto a esta impresionante aventura misionera,  las primeras comunidades cristianas practicaron un modo de vida desconocido en la Antigüedad, basado en la fraternidad, una manera de vivir que llamó poderosamente la atención de sus coetáneos, que anticipaba el mundo nuevo que se proclamaba en el kerigma, que era la demostración palpable de que el Reino había llegado, de que estaba allí, entre ellos, animado y sostenido por una poderosa energía, que emanaba de la presencia viva de Jesús, el Viviente, el Resucitado.

Éste fue el gran milagro, la gran evidencia de la resurrección: el mundo nuevo había comenzado. Y este mundo sigue entre nosotros, acercándose a su plena consumación en la segunda venida del Resucitado.

Si el cristianismo triunfó, si la Iglesia hoy sigue viva a pesar de las persecuciones y de las corrupciones de personas y estructuras en su seno, a pesar de sus desviaciones del mensaje y el ejemplo de Jesús… si aún hoy sigue suscitando héroes y mártires, santos y titanes espirituales que iluminan con su vida y su palabra las tinieblas de esta época oscura y apocalíptica… Si a pesar de la terrible contradicción entre la santidad y la infidelidad que ha presidido gran parte de su historia la Iglesia ha sido capaz de transmitir ese mensaje luminoso después de 2000 años, eso quiere decir que ha contado  con una fuerza poderosa e invencible que la ha dirigido y guiado aun por las más tenebrosas sendas de su devenir y del devenir de la historia humana; que ha dispuesto de un torrente de luz y gracia, de bendición y providencia celestial de naturaleza divina, ante la cual las mismas puertas del infierno no han podido prevalecer.

Pero la portentosa aventura de la Iglesia no acabó cuando el cristianismo se convirtió en la religión del Imperio romano, y ni siquiera su posterior empresa misionera agota su valor testimonial sobre la presencia de un Cristo viviente que anima y sostiene tan colosal aventura del espíritu, arrostrando todos los peligros y adversidades.

Y una última evidencia, porque esta colosal aventura transformadora ―y resucitadora― sigue teniendo lugar dentro del corazón de los creyentes, 20 siglos después. En definitiva, probablemente la mayor y mejor prueba de que Jesús se levantó del sepulcro en aquel amanecer del 9 de abril del año 30 es el hecho de que su gracia y sus bendiciones, su amor, su fuerza y su misericordia se han derramado durante 20 siglos desde el Gólgota sobre todos los creyentes, pues la fuerza que movió la piedra del sepulcro es la misma que iluminó el gran acontecimiento de Pentecostés, la misma que nos lleva a los caminos de Damasco, la misma que realiza milagros innumerables, la que hiere nuestro corazón con esa llaga luminosa que nos hace entrever el Paraíso que nos aguarda junto al Resucitado, la que engendra santos y mártires…

Esa fuerza que movió la piedra en aquel amanecer, aparte de movilizar a los creyentes en una prodigiosa transformación de la historia humana, es la misma que día a día resucita a los cristianos de sus innumerables muertes, la que mueve las piedras que cierran las tumbas donde la fe moriría si no fuera por el hálito divino que despierta nuestros corazones del sheol: «La demostración por los hechos es más clara que todos los discursos… Los hechos son visibles: un muerto no puede hacer nada; solamente los vivos actúan. Entonces, puesto que el Señor obra de tal modo en los hombres, que cada día y en todas partes persuade a una multitud a creer en Él y a escuchar su palabra, ¿cómo se puede aún dudar e interrogarse si resucitó el Salvador, si Cristo está vivo o, más bien, si Él es la Vida?

¿Es acaso un muerto capaz de entrar en el corazón de los hombres, haciéndoles renegar de las leyes de sus padres y abrazar la doctrina de Cristo? Si no está vivo, ¿cómo puede hacer que el adúltero abandone sus adulterios, el homicida sus crímenes, el injusto sus injusticias, y que el impío se convierta en piadoso? Si no ha resucitado y está muerto, ¿cómo puede expulsar, perseguir y derribar a los falsos dioses, así como a los demonios? Con solo pronunciar el nombre de Cristo con fe es destruida la idolatría, refutado el engaño de los demonios, que no soportan oír su nombre y huyen apenas lo oyen (Lc 4,34; Mc 5,7). ¡Todo eso no es obra de un muerto, sino de un Viviente!… Si los incrédulos tienen ciego el espíritu, al menos por los sentidos exteriores pueden ver la indiscutible potencia de Cristo y su resurrección»[1].

«No podemos olvidar el testimonio de los creyentes cristianos. Históricamente hablando, ésta es quizá la razón que ha llevado a más personas a convertirse a Cristo y al cristianismo, más que todas las evidencias de la resurrección juntas. Y es que la resurrección queda impresa para que todos la puedan ver en las tablas vivas de las vidas de los creyentes. Los cristianos declaran que Jesús vive porque produce un cambio beneficioso en todas las áreas de sus vidas, desde el pensamiento y los sentimientos, hasta la voluntad y la conductas»[2].

Para Ratzinger, la resurrección es un «salto cualitativo» radical en el que se entreabre una nueva dimensión de la vida en el hombre. Una suerte de «mutación» que cambia para siempre la historia humana, pues la materia misma está formada en un nuevo género de realidad, ya que un hombre, Jesús, con su mismo cuerpo, pertenece ahora totalmente a la esfera de lo divino y eterno: «La resurrección de Jesús ha consistido en un romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; una vida que ha inaugurado una nueva dimensión de ser hombre.

Por eso, la resurrección de Jesús no es un acontecimiento aislado que podríamos pasar por alto y que pertenecería únicamente al pasado, sino que es una especia de “mutación decisiva” (por usar analógicamente esta palabra aunque sea equívoca), un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro para la humanidad»[3].

Como dijo Tertuliano en una ocasión, desde la resurrección de Cristo «espíritu y sangre» tienen sitio en Dios.

 Laureano Benítez Grande-Caballero

[1] SAN ATANASIO, De Incarnatione Verbi 20-32, citado en http://mercaba.org/ FICHAS/ ORACION/ CREDO/5_descendio_resucito.htm

[2] MURRAY HARRIS, Tres preguntas claves sobre Jesús, Clie, Barcelona, 2005, p. 60.

[3] JOSEPH RATZINGER, op. cit., p. 284.




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