cementerio

“Dispone domui tuae, quia morieris tu, et non vives.” (Dispón de tu casa, porque morirás y no vivirás) Isaías, 38. Los tanatorios se han convertido en centros especializados de recogida y destrucción de mercancía. Todo preparado en un pak, para que el mal trago pase cuanto antes. Y es que, de un tiempo a esta parte, lo digamos o no, hemos convertido en “mercancía” a nuestros difuntos.

Resulta curioso nada más entrar en un velatorio, los primeros consejos que se escuchan, invitando a la gente a echar el cierre, a irse a dormir y a recordar que lo que había que hacer, ya se le hizo en vida .Yo no sé lo que cada uno hace en vida, lo que si sé, es que en muerte y con el cadáver aún caliente, somos bastante cafres.
La muerte no es más que un tránsito y si la preparamos bien, puede ser como ir por una Autopista y en caso contrario, como hacerlo por una camino de cabras.

Cada vez es más frecuente que las familias llamen al Sacerdote, una vez fallecido el protagonista, o cuando su agonía, ya no le permite reconocer a nadie. Por lo visto, algunos creen que la llegada del Cura, acelera el proceso final. Esta es la deformación que tenemos. Y así sucede, que por nuestra ignorancia, privamos a la gente de poner su alma en paz y sin darnos cuenta, obstaculizamos el camino de la salvación.

Los tanatorios se han convertido en sitios de recreo, en los cuales, incluso, se sirve café y pastas y el objetivo principal, es hacernos olvidar que ante nosotros hay un cadáver. Ni mucho menos se plantea nadie, salvo excepciones, tenerlo en casa hasta el momento de la inhumación.
Las cruces, salvo que las pida la familia, han desaparecido de la vista y al difunto se le pone en un lugar poco visible, para que nadie duerma esa noche, con el recuerdo de un muerto en su cabeza y es que podemos ver en la televisión todo lo que nos echen, pero en directo, nuestra sensibilidad está a flor de piel.

Debemos de preguntarnos si es esa la respuesta que tenemos que dar los Católicos ante una sociedad que cada vez se aleja más de Dios. ¿Qué se espera de nosotros en estas situaciones? No hace tantos años, la oración ocupaba el primer lugar en los momentos luctuosos. Cabe preguntarse porque nuestras sugerencias no van encaminadas a organizar turnos de oración, a revivir la palabra “velar”, que no tiene otro significado, más que “pasar la noche al cuidado del difunto”. Es posible, sí, que en vida hayamos hecho mucho por ellos, todo es posible, pero aún así, nos queda una deuda pendiente si vivimos coherentes a nuestra fe. Debemos de rezar por el alma del finado, que aunque en esos momentos lo Canonicemos con nuestro discurso, la pureza de nuestro interior, sólo la conoce Dios y se purifica, entre otras cosas, con la oración.
¿Qué sentido tiene velar? Sencillamente, un sentido Cristiano. Nos retorcemos ante una noche con un cadáver, pero nuestro cuerpo no manifiesta la misma repulsa ante una noche de fiesta, riendo y charlando hasta el amanecer. ¡Que hipócritas somos tantas veces! ¡Cuanto amor le negamos a Dios e incluso a nuestros seres queridos!

¿Qué hicieron las hermanas de Lázaro? No dejaron el cuerpo y se fueron por ahí hasta que llegó Jesús, NO. Lo velaron hasta la llegada de Nuestro Señor y su persistencia tuvo su recompensa: la resurrección
No hace tantos años, las noches en vela con el difunto, tenían sugerencias tan atractivas como el Santo Rosario completo, el Vía Crucis, el Oficio Divino, lecturas Bíblicas…
Llenamos los tanatorios de flores que terminan en la basura y no nos planteamos, ni siquiera, como alternativa altamente recomendable, aplicar una Misa. Lo único que buscamos es terminar cuanto antes con el mal trago y si el tanatorio hace la Eucaristía en una sala en la que hace cinco minutos hubo una ceremonia Budista, nos da igual, lo importante es el pak “acaba pronto” y así, entre otras cosas, nos hemos cargado los funerales en las Parroquias, que es donde tienen su sentido, dando la posibilidad a la Comunidad Parroquial de rezar por el alma de uno de sus fieles. Realmente, lo que de verdad hemos perdido, es el sentido Cristiano de la vida y de la muerte

“¿Qué es nuestra vida?… Es como un tenue vapor que el aire dispersa y al punto acaba. Todos sabemos que hemos de morir. Pero muchos se engañan, figurándose la muerte tan lejana como si jamás hubiese de llegar. Mas, como nos advierte Job, la vida humana es brevísima: El hombre viviendo breve tiempo, brota como flor, y se marchita” (San Alfonso María de Ligorio)

SONIA VÁZQUEZ

LA CORUÑA (ESPAÑA)