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Homilía Jueves Santo

Jesucristo dijo: “Yo no he venido a la tierra a traer la paz, sino la guerra”. Lo que ocurre es que normalmente no las tomamos en la realidad de lo que significan al pie de la letra. Los hombres tenemos muchas falsas ideas sobre la paz. Por ejemplo:
• La paz de los cementerios.
• La paz del pecador: que ha decidido olvidar a Dios y vivir su propia vida.
• La paz de la que más habla el mundo: Es la paz que intenta imponer por la fuerza el nuevo sistema de Nuevo Orden Mundial. Sobre su gobierno han de vivir todos los hombres, ideologías, religiones. Como consecuencia de ellos los hombres se convertirán en robots. Ellos deberán pensar según lo que determine ese nuevo orden mundial. Hasta el mismo Santo Padre habla a favor de ello.

Vivimos dentro de un falso concepto de paz, donde la humanidad está narcotizada y dormida. Con el cerebro exprimido por los medios de comunicación. Así vive gran parte de la humanidad.

Cuando el Señor dice “no he venido a traer la paz, sino la guerra” hemos de entender esas palabras con el significado que Cristo quiso darles. El Señor vino a “sacudirnos”. A sacarnos de nuestra dormición. Vivimos una vida de tibieza, en la que si nos planteamos algo es ser “buenecitos”. El Señor lo que quiere hacer de nosotros es “hombres nuevos”. En San Lucas 12 nos dice: “Yo no he venido a traer la paz, sino la división. En una casa estarán divididos tres contra dos y dos contra tres…”. El Señor ha venido a despertarnos y a hacernos conscientes de que la vida que llevamos no es tal vida. No ha venido a hacernos mejores, sino a cambiarnos por completo.

En la Carta a los Efesios 4, San Pablo nos recuerda que Jesucristo vino a hacer de nosotros unos hombres nuevos: “… para que os revistáis del hombre nuevo que ha sido creado y conforme a Dios, en justicia y santidad verdaderas”.
El cristianismo no es cualquier cosa. No es una doctrina para hacernos mejorcitos. Ha venido a transformarnos completamente. Jesús no dio esa nueva doctrina para enseñarnos a amar. Hemos sido creados por el amor y para el amor.

Jesucristo, Nuestro Señor, expone su doctrina a lo largo de su vida mediante sus palabras y su vida. En Jesús su vida y sus palabras son la misma cosa. “Jesús no fue un sí y un no; sino siempre fue un sí” (dice San Pablo). Cuando un hombre vive la verdadera vida, plena; cuando llega a su final, esa plenitud de vida eclosiona, estalla. Y esa plenitud se derrama fuera, como en el caso de Jesucristo, que en el último día de su vida, en la Última Cena, hace ese Sermón de despedida. En ese momento instituye esos tres misterios de profundidad infinita: el Sacerdocio, la Eucaristía y la Santa Misa.

La Eucaristía es algo muy distinto y mucho más de lo que nos pensamos. Jesucristo no vino a mejorarnos sino a transformarnos. Esto se hizo realidad con la institución de la Eucaristía: “El que come mi carne… vive en mí y yo en él”. Vamos pues, a vivir una nueva vida. Gracias a la Eucaristía comenzamos a vivir su vida; y Él, vivirá la nuestra. Así es el amor. Ese es el amor que Jesús nos tiene: Yo te ofrezco, tú recibes. Tú me das, Yo tomo. La vida que vivimos sigue siendo humana, pero transformada pues está divinizada. Es pues un cambio radical: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Por eso, la institución de la Eucaristía tiene tanta importancia.

En cambio, “el que trate vivir su propia vida, la perderá; pero el que pierda su vida por amor de mí, la encontrará”. “Ninguno de nosotros vive para sí… Si vivimos, para el Señor vivimos. Si morimos, para el Señor morimos…”

Gracias a la Eucaristía, no sólo cambia nuestra vida, sino también nuestra muerte. Participamos no sólo de su vida, sino también de su muerte. De tal modo que su muerte gloriosa, hace que nuestra muerte también lo sea. Para un cristiano, la muerte es participar en la muerte de Cristo. Y eso, gracias a la Eucaristía. Por eso la Eucaristía es prenda de la resurrección.

La Eucaristía transforma nuestra vida, nuestra muerte y toda nuestra existencia. “Ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2:20).

La transformación en Jesús, gracias a la Eucaristía, llega a su punto culminante o eclosión en el Sacerdocio. Todo cristiano está llamado a participar de la vida y la muerte de Jesús. Pero el sacerdote participa de un modo único de la vida de Cristo. Se suele decir que el sacerdote es “otro Cristo”. Cuando decimos eso lo decimos con toda su profundidad. Las palabras se quedan cortas para expresar esa nueva realidad.

El Sacerdocio fue instituido también esta tarde. La participación del sacerdote es especial en el ministerio de Jesucristo. El sacerdote perdona los pecados, habla en nombre de Cristo, celebra la Eucaristía en “memoria suya”. El sacerdote participa de la vida de Cristo como Mesías, como Profeta, como Salvador. El programa de vida de Cristo y del sacerdote es la misma: “Del mismo modo que el Padre me envió así os envío yo a vosotros”…




Padre Alfonso Gálvez
Padre Alfonso Gálvezhttp://www.alfonsogalvez.org/
Nació en 1932. Licenciado en Derecho. Se ordenó de sacerdote en Murcia en 1956. Entre otros destinos ha estado en Cuenca (Ecuador), Barquisimeto (Venezuela) y Murcia. Es Fundador de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, aprobada en 1980. Desde 1982 reside en El Pedregal (Mazarrón-Murcia). A lo largo de su vida ha alternado las labores pastorales con un importante trabajo redaccional. Ha publicado Comentarios al Cantar de los Cantares (dos volúmenes), La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios, La oración, El Amigo Inoportuno, Apuntes sobre la espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Esperando a Don Quijote, Homilías, Siete Cartas a Siete Obispos, El Invierno Eclesial, Los Cantos Perdidos y El Misterio de la Oración. Para información adicional visite su web http://www.alfonsogalvez.com

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