12º Domingo después de Pentecostés
Lc 10: 23-37

En la parábola del buen samaritano hemos de considerar dos elementos esenciales: El primero, el ejercicio de la compasión como algo esencial en la vida cristiana. Y el segundo, las diferentes actitudes de las personas que se encuentran con el pobre desgraciado que había sido asaltado.

Analicemos el primer elemento de esta parábola: El buen samaritano no se fija en los ladrones que habían hecho daño al pobre hombre sino en éste, para así ayudarle. Cristo nunca intenta justificar a los ladrones, ni a la mujer adúltera, ni al pecador en general, Cristo reconoce su pecado, y al mismo tiempo ejerce su misericordia sobre el pecador arrepentido. La situación de desgracia en la que viven muchas personas puede ser culpable (la mujer adúltera) o no culpable (el pobre hombre que había sido asaltado por los ladrones). Jesús ejerce su misericordia sobre el que sufre; y si este sufrimiento es culpable –como en el caso de la mujer adúltera-, le dice que no peque más.

La misericordia se ejerce sobre la persona desgraciada, pero no se justifica ni se legaliza su pecado. Si Dios perdona a la mujer adúltera es porque era una pecadora; si no hubiera pecado entonces Cristo no tendría nada que perdonar.

El buen samaritano ayuda al hombre que sufre, pero no justifica a los ladrones por su mala conducta. Justificar o legalizar el pecado sería un grave error; error propio del demonio. Ello haría que el pecador nunca se arrepintiera ni reconociera su pecado. Dios ejercita la misericordia sobre el pecador arrepentido. Dios no justifica al pecador, pues eso sería estafarle, ya que no se le ayudaría a salir de su situación de pecado.

Analicemos el segundo elemento de esta parábola: Jesús presenta a un sacerdote (que pasó de largo), un levita (que hizo lo mismo) y un samaritano (que fue quien ayudó hasta el final). Tanto el sacerdote como el levita eran los representantes de las clases dirigentes, tanto política como religiosa; ambos vieron el problema y pasaron de largo. No podemos negar que cuando Cristo utiliza estos “personajes” es con una intención muy clara. Las clases políticas y religiosas son las menos inclinadas a ejercer la misericordia. Jesús hace una crítica continua a los escribas y fariseos a lo largo del evangelio. A ellos les importa un bledo la justicia, la misericordia y la fidelidad a la ley. Quieren aparecer como misericordiosos pero lo único que buscan es el aplauso. En cambio el samaritano se vuelca por amor con la persona que sufre. La misericordia siempre es discreta. El samaritano fue misericordioso de verdad, y además hasta el final. No se conformó con “parches” para que fuera vista su buena conducta.

Padre Alfonso Gálvez
Nació en 1932. Licenciado en Derecho. Se ordenó de sacerdote en Murcia en 1956. Entre otros destinos ha estado en Cuenca (Ecuador), Barquisimeto (Venezuela) y Murcia. Es Fundador de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, aprobada en 1980. Desde 1982 reside en El Pedregal (Mazarrón-Murcia). A lo largo de su vida ha alternado las labores pastorales con un importante trabajo redaccional. Ha publicado Comentarios al Cantar de los Cantares (dos volúmenes), La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios, La oración, El Amigo Inoportuno, Apuntes sobre la espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Esperando a Don Quijote, Homilías, Siete Cartas a Siete Obispos, El Invierno Eclesial, Los Cantos Perdidos y El Misterio de la Oración. Para información adicional visite su web http://www.alfonsogalvez.com