Sermón para la Dominica Duocécima después de Pentecostés 

Curam illius habe. Cuídame este hombre (Luc. X, 35)

 

Dice el santo Evangelio de hoy, que cayó cierto hombre en manos de ladrones, los cuales después de haberle despojado de cuanto llevaba, le cubrieron de heridas dejándole medio muerto. Pasando casualmente por el mismo camino un samaritano, llegóse al herido, y viéndole, movióse a compasión y se compadeció de él. Primeramente le vendó las heridas, y después, subiéndole a su cabalgadura, le condujo  un mesón, y encargó con mucho celo al dueño del mismo, que cuidara de él.Curam illius habe. Estas mismas palabras repito yo hoy, oyentes míos, a cualesquiera que, entre vosotros se halle con el alma despedazada con las heridas ocasionadas por los pecados, y que, en vez de curarlas, las encona más y más con nuevas culpas, abusando de la misericordia de Dios que le conserva la vida movido de su bondad infinita , para que se enmiende y no pierda su pobre alma, redimida con la sangre de Jesucristo. Yo digo también el que se halle en tan lamentable estado:curam illius habe; ¡cuidado! compadécete de tu alma que se halla muy enferma, y lo que es peor todavía, está próxima a la muerte eterna del Infierno; puesto que quien demasiado abusa de la misericordia divina, está próximo a verse abandonado de Dios. Éste será el único puno del presente discurso.

1. Dice San Agustín que “de dos maneras engaña el demonio a los cristianos; a saber: desesperando y esperando”. Después que el hombre ha cometido muchos pecados, el enemigo le incita a desconfiar de la infinita misericordia de Dios, poniéndole a la vista el rigor de la justicia divina. Pero, antes de pecar le dá ánimo para que no tema el castigo que merece el pecado, recordándole la divina misericordia. Por eso el santo aconseja, que después del pecado, confiemos en la misericordia; y antes de pecar, temamos la justicia divina. Porque quien abusa de la misericordia de Dios para ofenderle más, no merece que el Señor sea misericordioso con él. El abulense escribe: que quien ofende a la justicia, puede recurrir a la misericordia ; más quien ofende e irrita contra sí a la misericordia; ¿a quién recurrirá?

2. Cuando tu quieres pecar, pecador que me estás oyendo, ¿quién te promete la misericordia de Dios? Seguramente no te la promete Dios; te la promete, sí, el demonio, para que pierdas a Dios y te condenes. Por eso dice San Juan Crisóstomo: “Guárdate de dar oídos jamás a aquél perro que te promete la misericordia de Dios” (Hom. 50, ad Pob) Si en tu vida pasada has ofendido a Dios, oh pecador, espera, y tiembla; si quieres dejar el pecado y lo detestas, espera, puesto que Dios promete el perdón a quien se arrepiente; si quieres empero, seguir en la mala vida, teme que el Señor no te espere más tiempo, y te envíe a los Infiernos. ¿Con que fin espera Dios al pecador? ¿Es acaso, para que siga injuriándole? No; Dios espera a los pecadores para que abandonen el pecado y pueda de este modo, ser misericordioso para con ellos, según aquellas palabras de Isaías ( xxx, 18): Por esto da largas el Señor, para poder usar de misericordia con vosotros: Propterea expectat Dominus ut  miseritur vestri. Pero, cuando el Señor ve, que el pecador que emplea el tiempo que le concede para llorar las culpas cometidas, en aumentarlas todavía más, echa mano del castigo, y le corta los pasos, haciéndole morir en el pecado, para que, muriendo, deje por fin de ofenderle. Y entonces llama a juzgarle, negándole el tiempo que le había concedido para hacer la penitencia. “Ha aplazado contra mí el tiempo de la ruina”, dice Jeremías: Vocabit adversus me tempus. (Thren. 1, 15) San Gregorio interpretando estas palabras, dice: Que el mismo tiempo que le concedió para hacer penitencia, vino a juzgarle: ésto es, a servir de fiscal contra el mismo pecador.

3. ¡Engaño común de tantos pobres cristianos que se condenan! digo común, porque con dificultad se halla un pecador tan desesperado que diga: Yo me quiero condenar. Los cristianos, aún cuando pecan, quieren salvarse, y dicen: Dios es misericordioso, cometeré éste pecado, y después lo confesaré. He ahí el engaño, o por decirlo mejor, he ahí la red con la que el demonio conduce tantas almas al Infierno: Peca, que después te confesarás. Pero escuchad lo que dice Dios: Et ne dicas: Miseratio Domini magna est, multitudinis peccatorum meorum miserebitur:No digas: ¡Oh, la misericordia de Dios es grande; El me perdonará mis muchos pecados. (Eccl. v, 6.) Es verdad que la misericordia de Dios es grande; y aún diré más, es infinita; pero sus actos son finitos. Dios es misericordioso, pero también es justo; y ya que nos acordamos de la misericordia que perdona, justo es, dice San Basilio, no olvidamos la justicia que castiga. El Señor dijo un día a Santa Brígida: Yo soy justo y misericordioso; pero los pecadores olvidan lo primero, y solamente se acuerdan de lo segundo. Por lo mismo que Dios es justo, está obligado, está obligado a castigar a los ingratos. El venerable Juan de Ávila decía: que el soportar al pecador que abusa de la misericordia de Dios para ofenderle, no sería misericordia, sino injusticia. La misericordia está prometida al que teme a Dios, y no al que le desprecia, como cantó la virgen María: Est misericordia ejus… timentibus eum. (Luc. I, 50).

4. Pero Dios, dicen los hombres temerarios, ha usado conmigo tantas veces, de misericordia, ¿Por qué no he de esperar que la use también de aquí adelante? Voy a responder a éstos tales: la usará con vosotros, si queréis mudar de vida; pero si queréis seguir ofendiéndole, dice Dios en el Deuteronomio (XXXII, 35): Mea est ultio et ego retribuam in tempore, ut lbatur pes eorum: Juxta est dies perditionis, et adesse festinant tempora. “Mía es la venganza, y yo les daré el pago a su tiempo, para derrocar su pie: cerca está ya el día de su perdición, y ese plazo viene volando”. Y David también nos dice en el Salmo VH, 13: Nisi conversi fueritis, arcum suum vibrabit. Si no os convertiréis, vibrará su espada. El Señor tiene entesado su arco, y espera que os convirtáis, y lanzará por fin contra vosotros su abrasadora tarea y quedaréis condenados. Algunos hay que no quieren persuadirse de que han de ir al Infierno; pero cuando estos desgraciados vayan allá, ya no habrá para ellos misericordia. ¿Podréis caso, oyentes míos, quejaros de la misericordia de Dios, después que ha usado tantas veces de misericordia con vosotros, esperándoos tanto tiempo? Vosotros deberíais estar con el semblante hundido en el polvo, diciendo sin cesar: Es una misericordia del Señor el que nosotros no hayamos sido ya consumados (Thren. III, 22) Si las ofensas que habéis hecho contra Dios las hubieses hecho contra un hermano vuestro, no os hubiese sufrido; pero el Señor os ha sufrido con suma paciencia; y aún después de tanto sufrir, os está llamando al presente. Si al fin os envía al Infierno, ¿no tendrá razón para ello? Impíos, dirá el Señor, ¿que es lo que debía yo hacer y que no haya hecho por vosotros? ¿Quid debui ultra facere vineœ meœ, et non feci? (Isa. v, 4)

5. Escribe San Bernardo, que la esperanza que tienen los pecadores confiando en la bondad de Dios mientras le ofenden, no les concilia la bendición, sino la maldición divina: Est infidelis fiducia solius ubique maledicionis capax, cum videlicet in spe peceamus. (S. Bern. serm. 3, de Annunc.) ¡Oh falsa esperanza de los cristianos, que arrastra tantas almas a los Infiernos! No esperan que Dios loes perdone los pecados que están ya arrepentidos, sino que sea misericordioso con ellos, aún mientras siguen ofendiéndole; pretendiendo nada menos, que la misericordia divina les sirva de pretexto para seguir pecando más y más: ¡Oh maldita esperanza! esperanza que abomina el Señor, como dice Job (XI, 20) Esta esperanza será la causa de que Dios acelere el castigo, así como un amo no diferiría el castigo contra un criado que le ofendiese porqué él es un amo bueno y misericordioso. San Agustín dice: El pecador, confiando en la bondad de Dios, sigue pecando y discurre de éste modo: Dios es bueno, haré lo que me pluguiere. Pero ¿a cuántos ha engañado esta vana esperanza, como dice el mismo santo Doctor? Leemos en San Bernardo, que Lucifer fué castigado porque esperó al tiempo de su rebelión que Dios no le castigaría. Amón, hijo del rey Manassés, viendo que Dios había perdonado los pecados de su padre, se abandonó él mismo al pecado con la esperanza del perdón; pero no hubo misericordia para él. San Juan Crisóstomo dice que: Judas se perdió por ésta vana esperanza: pues entregó a Jesucristo a los judíos, confiando en la benignidad del Señor.

6. Quien peca con la esperanza del perdón, diciendo: Después me arrepentiré del pecado y Dios me perdonará; éste tal, dice San Agustín, no está arrepentido, sino que se burla de Dios. Pero, firma el Apóstol, que Dios no puede ser burlado. Lo que un hombre sembrare, eso recogerá, añade San Pablo: “El que siembra pecados no puede coger que odio de Dios en esta vida,  y el odio de Dios y el Infierno en la otra. ¡Oh pecador! desprecias, tal vez, las riquezas de la bondad, de la paciencia y de la tolerancia que Dios usa contigo? La misericordia que Dios usa con nosotros, no castigándonos inmediatamente que pecamos, son riquezas más preciosas para nosotros que todos los tesoros del mundo. Ignoras, prosigue diciendo el Apóstol ¿No reparas, que la bondad de Dios te está llamando a la penitencia? No nos espera el Señor, ni es tan benigno con nosotros para que sigamos pecando, sino para que lloremos las culpas que hemos cometido contra Él. Y si sí no lo practicamos, con nuestra obstinación e impenitencia atesoramos ira para el día del justo juicio de Dios.

7. A la dureza del pecador seguirá el abandono de Dios que dirá al alma endurecida en el pecado, como dijo otro día en Babilonia: “Hemos medicinado a Babilonia, y no ha querido aprovecharse de la medicina: abandonémosla”. (Jer. LI, 9) Más ¿como abandona Dios al pecador? O le envía una muerte repentina, y le hace morir en pecado, o le priva de aquellas gracias que le serán necesarias par convertirse de corazón, y le deja con la sola gracia suficiente, con la cual podría salvarse. Más no se salvará: porque su mente oscurecida con las tinieblas, su corazón endurecido, y los malos hábitos contraídos, imposibilitarán su conversión, y de éste modo quedará abandonado moralmente a sí mismo. Le quitarán su cerca y será talada. Cuando el dueño de una viña le quita su cerca, derriba su tapia para que cualquiera pueda penetrar en ella, es evidente que le abandona; de la misma manera, cuando Dios quiere abandonar al alma, le quita la cerca, la deja sin su santo temor, sin los remordimientos de la conciencia, y entonces entran en ella todos los pecados, todos los vicios, y finalmente la impenitencia. El pecador abandonado a sí mismo y sumergido en el abismo de los pecados, desprecia las amonestaciones, las excomuniones, la gracia de Dios, los castigos, y se precipita en los tormentos del Infierno.

8. El profeta Jeremías pregunta: ¿Porque motivo a los impíos todo les sale prósperamente?Quare via impiorum prosperatur? (Jer. XII, 1) Y se responde él mismo: Reúnelos como rebaño para el sacrificio. ¡Ay de aquél pecador que prosperó en ésta vida! Señal de que Dios quiere pagarle temporalmente algunas obras que ha hecho buenas; pero le tiene reservado para el Infierno como victima de su justicia. Será arrojado para arder por toda la eternidad como cizaña destinada al fuego, según las palabras de Jesucristo: In tempore messis dicam messoribus: colligite primum zizania, et alligate ea in fasciculos ad comburendum: “Al tiempo de la siega yo diré a los segadores: coged primero la cizaña y haced gavillas de ella para el fuego”. (Matth. XIII, 30)

9. El no ser castigado un pecador en ésta vida, es el mayor castigo con el cual amenaza Dios por Isaías a los pecadores obstinados, con éstas palabras: Téngase compasión del impío, y no aprenderá el camino de la justicia. Acerca de éste texto dice San Bernardo: No quiero yo ésta misericordia, porque es peor que la ira. ¿Que castigo puede haber mayor que verse el hombre abandonado al pecado? Porque permitiendo Dios que caiga uno de pecado en pecado, es preciso que al fin sufra tantos Infiernos, cuanto pecados hay cometido, según aquellas palabras de David: permitirás que añadan pecados a pecados, y no acierten con tu justicia. Sobre las cuales palabras dice el cardenal Belarmino: “Que no hay ninguna pena mayor que aquella por la cual un pecado es pena de otro pecado”. Mejor fuera para esta clase de pecadores morir en el primer pecado; porque muriendo después de haber cometido tantas iniquidades, sufrirán tantos Infiernos, cuantos fueron los pecados cometidos. Esto sucedió cabalmente en la ciudad de Palermo a cierto comediante llamado César. Paseando éste un día con un amigo suyo le dijo: que el padre Lanuza, que era un misionero, le había vaticinado doce años de vida, y que si en ellos no mudaba de costumbres, tendría una muerte desgraciada. Más yo, -añadió el comediante- he andado por muchas partes del mundo, he sufrido muchas enfermedades, una de las cuales me redujo al último apuro, sin embargo, en este mes, en el cual se cumplen los doce años, me siento mejor que en toda mi vida pasada. Y enseguida le convidó a asistir a una comedia compuesta por él. Pero ¿que sucedió? al tiempo de presentar la comedia, y cuando le tocaba a él presentarse en la escena, le sobrevino un ataque de apoplejía, y murió de repente, terminando de esta manera tan triste para él, la escena de éste mundo.

10. Voy a poner fin a éste discurso; pero antes, hermanos míos, os suplico que deis una hojeada, recorriendo todos los años de vuestra vida. Recordad cuantas ofensas graves habéis hecho contra Dios, y cuantas misericordias ha usado Dios con vosotros; cuantas inspiraciones os ha hecho y cuantas veces os ha llamado a una vida más santa y penitente. Hoy mismo os ha vuelto a llamar por medio de esta plática, y parece que os está diciendo: ¿Que es lo que he podido hace, y que yo no haya hecho por mi viña, esto es, por las almas redimidas con mi preciosa sangre? (Isa. V, 4) ¿Que respondes ahora, pecador? ¿Quieres entregarte a Dios, o quieres seguir ofendiéndole? Piensa, dice San Agustín,que se te ha diferido el castigo para más tarde, pero no se te ha perdonado. Si prosigues abusando de la misericordia divina, serás cortado como el árbol que no da fruto, y vendrá sobre ti el castigo de repente. ¿Que esperas, pues? ¿Esperas acaso, que Dios te envíe al Infierno? El Señor ha callado hasta ahora, pero no callará siempre, y cuando llegue el tiempo de la venganza, te dirá: “Tales cosas has hecho, y yo he callado; pensaste injustamente que yo había de ser en un todo como tu; más yo te pediré cuenta de ellas, y te las echaré en cara”. (Psal. XLIX, 21) Dios te hará ver las gracias que te concedió y tu despreciaste; y ellas mismas te juzgarán y condenarán. ¡Ea, pues! no resistas por más tiempo a la voz de Dios que te llama; y teme que este clamor de hoy sea el último para ti. Confiésate sin tardanza, y haz desde ahora una firme resolución de mudar de vida: porque de nada te sirve confesarte, si vuelves de nuevo al pecado. Pero me dirás: Yo no tengo fueras para resistir a la tentación. Pídeselas a Dios, te digo yo, porque el Señor, como asegura el Apóstol, no permitirá seas tentado sobre tus fuerzas (I. Cor. X, 13) ¿No nos dice el mismo Dios, que pidamos y recibiremos? (Joann. XVI, 24)¿No nos dice David, que Él nos librará de nuestros enemigos? (Psal. VIII, 4¿No nos dice San Pablo, que todo lo puede en Aquél que le conforta, esto es, con la ayuda divina? (Phil. IV, 13) Pedídsela, pues, a Dios hermanos míos, cuando os veáis tentados, y Dios os dará fuerzas para resistir al mundo, al demonio y a la carne; para triunfar de todos vuestros enemigos, y conseguir en fin la vida eterna.

San Alfonso María de Ligorio

[Fuente Ecce Christianus]