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“Hubo un profeta en medio de ellos”

I. «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». En esta frase resume el mismo Jesucristo la reacción de sus paisanos de Nazaret ante el anuncio del Evangelio (Mc 6, 1-6). «Empezó a enseñar en la sinagoga» y quienes le habían visto crecer y trabajar en el hogar de la Virgen María y de San José, cuestionan la autoridad de su palabra: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos?». Habían oído hablar de los milagros de Cristo, y reconocen que los realiza, pero por conocer a sus parientes y familiares desestiman sus poderes y se «escandalizan» de Él. Desconfían del valor de sus obras.

En su respuesta, Jesús se aplica a sí mismo el título de «profeta» que era bien conocido entre sus oyentes. En las escrituras del Antiguo Testamento aparecen con frecuencia personas a las que se llama así y cuya misión esencial es hablar en nombre de Dios. Así, la 1ª Lectura (Ez 2, 2-5) nos presenta al profeta Ezequiel que se convierte en portavoz del mensaje de Dios para los judíos exiliados en Babilonia: «Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos»

A través de sus profetas, Dios ilumina el pasado, el presente y el porvenir de la vida humana; descubre las enseñanzas que en el plan divino revisten los acontecimientos de cada día y anuncia las etapas históricas de la realización de su designio de salvación; recuerda las normas que deben regir la conducta humana en relación con el mismo Dios y con el resto de los hombres.

«Los profetas fueron los órganos por excelencia de la divina revelación, Los teólogos, los pastores diligentes de Israel, que claman por la continuación de la obra del gran Moisés, sin innovar nada, aclarándolo todo y devolviendo a todo su justo valor. Es la misma voz de Dios, lo cual explica por qué aún hoy sus acentos conmueven y subyugan al inculcar el santo temor a la suprema justicia y de inmenso agradecimiento a la infinita misericordia del Eterno»[1].

II. El Mesías se presenta ante Israel como el profeta por excelencia. La palabra hebrea «Mesías» y su equivalente en griego («Cristo») quiere decir «ungido». En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, en ocasiones, de los profetas (cfr. 1 Re 19, 16). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey (cfr. CATIC, 436).

El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, «ungido» por el Espíritu Santo: incorporado a Cristo, participa también del carácter profético de Cristo.

La función profética de Jesucristo puede resumirse en este versículo del evangelio de San Mateo: «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35). Predicar y hacer el bien: eso es todo lo que hizo Jesucristo durante su vida pública y eso es lo que, a imitación de su Maestro, ha de realizar el cristiano en la medida de sus posibilidades[2]. Esto se concreta en:

El apostolado en el propio ambiente, es decir el que podemos ejercer de una manera inmediata sobre las personas que habitualmente nos rodean: la propia familia, los amigos, los compañeros de profesión…

Hacer todo el bien que pueda mediante el ejercicio de los múltiples aspectos de la caridad para con el prójimo.

*

En las manos de cada uno, actuando con sentido sobrenatural está la tarea de hacer de este mundo, un lugar más cristiano y un medio para la santificación personal. Si nos esforzamos en cumplir con los mandamientos y también con los deberes sociales que nos imponen, seremos fieles al Señor. Y mantendremos esa fidelidad si un día el Señor nos pide una actuación más heroica. Como a los profetas y a los mártires. Porque «El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel» (Lc 16, 10).


[1] Francesco SPADAFORA (dir.), Diccionario bíblico, Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1959, 483.

[2] Cfr. Antonio ROYO MARÍN, Jesucristo y la vida cristiana, Madrid: BAC, 1961, 530-564.

Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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