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Jesús crucificado es olvidado

No sé si muchos cristianos tendrán conocimiento del Dios que representa Jesús. No el Dios puramente milagrero ni el curador de toda clase de enfermedades, ni el compasivo dominador de todas las miserias humanas, todo esto lo fue Jesús, pero no solamente eso, y el secreto consiste en averiguar las facetas principales de Cristo como Dios.

Y uno se pregunta inquieto, ¿cuál es el Dios que nos revela Jesús? De pronto un Dios coherente con las expectativas mesiánicas de su tiempo, en continuidad con el Dios de Abraham, de Moisés y los profetas, el Dios inefable, absoluto, el que concentra todas las virtudes, la verdad, la bondad, el bien, la belleza, el amor en un grado incomparable, lo cual hace que sea totalmente otro, incomprensible, el Dios poderoso que llevara adelante las promesas de liberación y de santificación que ha hecho a su pueblo.

En fin, el Dios de la plenitud. Pero en Jesús se nos revela algo más sobre Dios, y éste algo más, constituye lo original y específico del Dios cristiano.

Jesús es el Siervo de Yahvé, y en él Dios se nos revela como un pobre, como el que experimentó el dolor, la necesidad, la persecución y el fracaso. Esto era una prueba para las expectativas y para la imagen de Dios que tenían los judíos. Por eso bienaventurado el que no se escandalizare de Mí después de haberme encontrado. Todavía más, el Dios que nos revela Jesús es un Dios oprimido, desamparado. En este Dios no aparece ni la belleza, ni la justicia, ni la plenitud, ni el poder, éste también es el Dios cristiano, en ruptura con todas las religiones y con todas las imágenes divinas. Este es el gran escándalo de la revelación de Jesús.

«El Hijo unigénito murió por nosotros para no ser el único hijo. No quiso ser único quien, único, murió por nosotros. El Hijo único de Dios ha hecho muchos hijos de Dios. Compró a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado para acoger a los réprobos, vendido para redimirnos, deshonrado para honrarnos, muerto para vivificarnos».[1]

San Pablo habla del escándalo de la Cruz, y la piedra de toque de la fe de sus seguidores. El seguimiento no es sólo seguir al Dios de la plenitud, sino al Dios de la impotencia y del sufrimiento.

Jesús de Nazaret nos ha enseñado el verdadero seguimiento del Dios cristiano, a Él se puede ir a partir de la plenitud o a partir de la Cruz, lo podemos seguir en los valores y en las carencias. Asusta, estremece y hasta horroriza contemplar al Jesús descoyuntado y aniquilado en la Cruz, pero es el auténtico Jesús que eligió voluntariamente ese camino, cuando podía haber optado y recorrido el del placer, el de la comodidad, el del poder.

«Es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo».[2] «Ahí tenéis los dos bandos con los que a diario nos encontramos: el de Jesucristo y el del mundo (Jn 15,19; 17,14.16).

A la derecha, el de nuestro amado Salvador (+Mt 25,33). Sube por un camino que, por la corrupción del mundo, es más estrecho y angosto que nunca. Este Maestro bueno va delante, descalzo, la cabeza coronada de espinas, el cuerpo completamente ensangrentado, y cargado con una pesada Cruz. Sólo le siguen una pocas personas, si bien son las más valientes, sea porque no se oye su voz suave en medio del tumulto del mundo, o sea porque falta el valor necesario para seguirle en su pobreza, en sus dolores, en sus humillaciones y en sus otras cruces, que es preciso llevar para servirle todos los días de la vida (+Lc 9,23).

A la izquierda (+Mt 25,33), el bando del mundo o del demonio. Es el más numeroso, y el más espléndido y brillante, al menos en apariencia. Allí corre todo lo más selecto del mundo. Se apretujan, y eso que los caminos son anchos, y que están más ensanchados que nunca por la muchedumbre que, como un torrente, los recorre. Están sembrados de flores, llenos de placeres y juegos, cubiertos de oro y plata (7,13-14)».[3]

Jamás poseeremos una perspectiva exacta de la vocación y de la personalidad de Jesús, si tratamos de apartar de nuestra consideración al crucificado.

San Pablo se gloriaba de Jesús su Maestro en cuanto era crucificado como prueba de su inmenso amor a los hombres.

«¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar. Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado.

La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes».[4]

Gusta mucho el Jesús bondadoso, amable, hacedor de milagros compasivo con toda miseria humana, pero para un retrato exacto de Cristo, no debemos ni podemos apartar la figura destrozada voluntariamente en la Cruz y sólo por nuestra salvación eterna.

Germán Mazuelo-Leytón

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[1] SAN AGUSTÍN, Sermón 171.

[2] SAN PIO X, Carta Encíclica Pascendi, sobre las doctrinas de los modernistas, 1.

[3] MONTFORT, SAN LUIS MARÍA, Carta a los amigos de la Cruz, 7.

[4] AQUINO, SANTO TOMAS, Conferencia 6, sobre el Credo.




Germán Mazuelo-Leytón
Germán Mazuelo-Leytón
Es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines

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