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¿Por qué se ha retirado el tabernáculo o sagrario del altar mayor o de una posición central en tantas iglesias a lo largo de los últimos cincuenta años? Hay muchas razones tras este desgraciado apartamiento de Nuestro Señor Jesucristo en el milagro de su presencia eucarística constante entre nosotros. Entre ellas, engañosas lógicas intelectuales que con mucha frecuencia han sido rebatidas por mejores especialistas que los que las introdujeron. Pero es posible que estuviera también en juego una dinámica más sutil, que –lamentablemente– a veces sigue en acción.

El rito tradicional consagra y expresa a la perfección la naturaleza sacrificial de la Misa, que lo que goza de una importancia infinita y tiene un carácter más central es ciertamente el Sacrificio del Calvario, la inmolación de Nuestro Señor Jesucristo que efectuó y sigue efectuando nuestra salvación y la del mundo entero. Francamente, no es que la expresión de esta dimensión sacrificial quede oculta en la Misa Novus Ordo; es que está en gran medida ausente. En una Misa en lengua vernácula rezada de cara al pueblo como es habitual, con la apresurada oración eucarística 2ª por defecto, ¿cuánto hay en el texto o en o en el rito que exprese de forma clara y contundente el Sacrificio de la Cruz? En el Rito Romano tradicional el Ofertorio prefigura con meridiana claridad ese mismo Sacrificio, declarando inequívocamente la intención del sacerdote. El Canon Romano está empapado del lenguaje de la oblación y el sacrificio. Las consagraciones que prepara el ofertorio, con las dobles genuflexiones y las gloriosas elevaciones envueltas en un sublime silencio, son una resonante evocación y un hacerse presente del Calvario. En contraste, se podría decir que el Novus Ordo pone de relieve la presencia de Cristo entre nosotros, pero no su sacrificio. [1]

De esta distinción fenomenológica se sigue una distinción catequética.

Al enseñar a los niños lo que sucede en la Misa, a veces se les dicen cosas de este estilo: “Cuando Jesús murió en la Cruz ofreció su vida a Dios para limpiar nuestros pecados con su sangre preciosa. Jesús quería hacer posible que estuviéramos allí mismo para podernos lavar de los pecados y unirnos con Él. Por eso nos dio la Misa. En el altar, el sacerdote toma pan y vino, como hizo Jesús en la Última Cena, y por el poder de Dios los transforma en el Cuerpo y la Sangre de Jesús y los alza, como fue alzado el Señor en la Cruz. Dios se alegra con el regalo perfecto de su Hijo y, rebosando de amor por Él y por los que somos de Él, deja que recibamos en la comunión el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Eso hace que estemos totalmente unidos a Jesús, tanto como podamos estarlo en esta vida. El Padre está tan contento con nosotros como lo está con su Hijo. Y nosotros nos preparamos para el Cielo, para cuando nos toque hacer como Jesús y ofrecer la vida a Dios a la hora de nuestra muerte.”

No digo que no haya mejores maneras de explicarlo, pero se podría empezar por algo así. Pero lo que me llamó más la atención al instruir a mis hijos fue la poca catequesis que, relativamente, hizo falta para que entendieran las acciones del sacerdote en la Misa tradicional y la efectividad de dichas acciones para recordar el sentido ya aprendido y recalcarlo continuamente, grabándolo en la memoria. Una vez que se tiene una idea de lo que hizo Jesús en la Última Cena y el Viernes Santo, las acciones y oraciones del celebrante, te toma por asalto una serie de misterios: mediación, redención, expiación, satisfacción, adoración. Se capta sin mucha preparación que la Misa tradicional es un impresionante sacrificio que vincula la tierra y el cielo, el pecador al Salvador, el altar a la Cruz.

Del mismo modo, descubrí que era habitual que tanto mis hijos como otros no vieran la misma relación en las Misas del Rito Ordinario a las que asistíamos. No era tan evidente. Esa Misa parecía un rito vagamente relacionado pero muy diferente, y más centrado en el pueblo, donde se hablaba mucho y la comunión la metían al final. Lo que más oculto estaba a los sentidos era que esa liturgia es un sacrificio. Parece que consistiera en manipular pan y vino sobre una mesa, en una comida a imitación de la Última Cena. Descubrí con preocupación que me obligaba a afirmar sin muchas pruebas que la Misa Novus Ordo era el Santo Sacrificio, aunque no lo pareciera y careciese de la riqueza de textos y ceremonias que subrayan la naturaleza sacrificial del rito.
Eso me molestaba, y me sigue molestando. Parece como si el rito lo hubiera ideado alguien que no quería que se entendiera con facilidad mediante la eficacia conjunta de una catequesis sencilla y una liturgia compleja que la Misa es una renovación del sacrificio cruento del Señor en el Calvario. En contraste, dentro del ámbito del Rito Ordinario, hace falta una catequesis compleja junto a una liturgia sencilla, pues de lo contrario la verdad pasa inadvertida. Como la liturgia no la encarna y proclama de la misma manera, nos vemos obligados a dedicar más tiempo a explicar y declarar y rezar porque el frágil fideísmo no ceda ante la devastación causada por el olvido, el aburrimiento o la herejía.

La atención se centra simultáneamente en el altar, el sagrario y el crucifijo
La atención se centra simultáneamente en el altar, el sagrario y el crucifijo

Seguidamente explico mi teoría sobre el desplazamiento del tabernáculo. El milagro inenarrable de la Presencia Real de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento reservado en el Sagrario hace la competencia a la Misa. Expresándolo en torpes vocablos humanos, la única manera en que la Misa puede ser o hacer algo más grande que un milagro, de que no haya confusión, es que la liturgia disponga de los medios para demostrar el sacrificio mismo que permite la presencia constante de la divina Víctima en el sagrario. En cierto sentido, la Misa debe verse y sentirse como algo con más peso que el tabernáculo para que no haya confusión entre el Sacrificio y la Presencia. No me cabe la menor duda de que así sucede en el caso de la Misa tradicional cara al tabernáculo. En iglesias europeas con enormes sagrarios dorados cubiertos de barrocos adornos la Misa tradicional no pierde brillo; atrae todas las miradas y corazones y sigue señoreando en el templo, el altar y los paramentos. Está claro que es la razón de todo lo demás, y el espíritu ferviente de oración, con brazos invisibles extendidos y elevados, lo absorbe todo en una ofrenda única de alabanza.

En cambio, el sagrario tiene capacidad para prevalecer sobre la liturgia del Novus Ordo, que en muchos aspectos es débil, endeble, tenue; apenas consigue estar a la altura en medio de una iglesia espléndida o un suntuoso altar mayor. Se podría decir que, fenomenológicamente, el Sacrificio queda desbancado por la Presencia (tanto la que reside en el Sagrario como la que estará sobre la mesa-altar de la protestantizada Misa Novus Ordo, que no es otra cosa que una negación artística del sacrificio). Así pues, por una suerte de malévolo instinto de compensación, el tabernáculo tiene que desaparecer. Es preciso retirarlo, quitarle su posición central, ocultarlo, para que una liturgia floja tenga suficiente fuerza comunicadora. Es como si se retira al mejor alumno de la clase porque el profesor no es lo suficientemente inteligente para educarlo. La liturgia no debe tener trabas. Debe estar libre de competencias y de contextos para que no se diluya y pase desapercibida. Necesita todo el espacio que pueda abarcar y ahuyentar cualquier vestigio de un mundo con mayor masa y gravedad. ¿Verdad que así se entiende mejor la moda posconciliar de introducir innovatástrofes y monstruosidades? No sólo hay que retirar el tabernáculo, sino también el altar mayor, y a lo mejor también el crucifijo y las vidrieras, el ambón, los reclinatorios para comulgar y todo lo que usted quiera. Quizá haya que arrancarlo todo y sustituirlo por un cajón vacío gris sin curvas simétricas ni ornamentación. En semejante escenario, las líneas nítidas, eficientes y sucintas del Novus Ordo resonarán con claridad diáfana. Y los que todavía gusten de esas devociones podrían encontrar el Sacramento reservado detrás o a un costado, como un futbolista en el banquillo.

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¿Por qué tiene la Iglesia desde la reforma litúrgica tanta necesidad de pastores que pongan de relieve la verdad –que nunca había sido puesta en duda desde el Concilio de Trento– de que la Misa es verdadera y ciertamente un sacrificio? ¿Por qué se ha escrito tal torrente de documentos papales y de la Curia, de la mayoría de los cuales no se ha hecho el menor caso?

La respuesta es bien sencilla. Si se notara que lo que se hace en la Misa Novus Ordo es un sacrificio, si expresara la realidad sacrificial de un modo sensible e inteligible, no habría necesidad de hacer incesantes declaraciones y aclaraciones. La doctrina la enseñó de fide el Concilio de Trento, y la Misa de S. Pío X encarna a la perfección esa doctrina. En tanto que la Misa se mantenga fiel al principio fundamental de su carácter sacramental –es decir, que signifique lo que se hace y haga lo que se significa–, se sabrá que hace lo que en realidad hace porque su significado será patente e inequívoco. Es evidente que no sucede así con la Misa de Pablo VI.

A lo largo de los años hemos visto innumerables sondeos que revelan la pérdida de la fe por parte de los católicos en la presencia real y sustancial de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento del altar. A mí me gustaría ver una encuesta que, identificando a los católicos del montón y los católicos tradicionales por medio de un par de preguntas astutas (tal vez tan sencillas como “¿Ha oído usted hablar de Summorum Pontificum?”), preguntara a cada uno: “¿Cree usted que la Misa es el sacrificio verdadero y adecuado de Cristo en la Cruz?” No es difícil imaginar los resultados: los del primer grupo contestarían en su mayoría que no (la verdad es que más de uno se asombraría de la pregunta, que podría dar lugar a una afirmación que nunca oyeron), mientras que los últimos responderían de forma casi unánime que sí. Las respuestas reflejarían fielmente su experiencia litúrgica.

Aunque tiene por objeto la glorificación de Dios y la santificación del hombre, la liturgia siempre ha ejercido una eficaz función catequética a pesar de todo; y ahora, con el Novus Ordo, hay un vacío de catequesis en el corazón de la misma vida católica. Nos vemos obligados a repetir constantemente que la Misa es ciertamente un sacrificio porque tiene muy poco que manifieste que lo es. Asusta pensar lo mucho que se parece a lo que hacen los gobiernos democráticos, que siempre están diciendo “la voluntad del pueblo es tal y cual”, precisamente porque no es esa la voluntad del pueblo. Cuesta horrores convencer a la gente de algo que no puede captar con los sentidos.

Peter Kwasnieski

[Traducción de J.E.F para Adelante la Fe]

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[1] Tampoco debería sorprender a los que conozcan la historia de la reforma litúrgica, cuyos arquitectos estaban tan enamorados del ecumenismo que reconocieron que se proponían reformular el Rito Romano para hacerlo aceptable a sus consejeros protestantes. Los protestantes conservadores concedieron más que gustosos que había una cierta presencia de Cristo en la Misa, pero la idea del sacrificio es anatema para ellos (por decirlo de alguna manera). El magnífico ensayo de Joseph Ratzinger Teología de la liturgia habla mucho de ese rechazo del sacrificio.

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).