Criarlos en el temor y amor del Señor: por qué la Misa Tradicional es provechosa para los niños (2ª parte)

Recientemente empezamos a explicar por qué es tan importante que los padres den la mayor prioridad a asistir a la Misa Tradicional por el bien de sus hijos (y el de su propia alma). Si todavía no lo han leído, pueden leelro aquí. Vamos a continuar, exponiendo los motivos 4 al 7.

En cuarto lugar, nos enseña que la Misa es algo serio y solemne

El venerable Rito Romano de la Misa se centra enteramente en el presbiterio, el altar el Sacrificio, el ágape celestial y el Pan de los Ángeles. Es un esfuerzo ordenado y disciplinado. Hay formalidad, hay armonía en los gestos y palabras, y uno se concentra en actitud de oración. Cuando los niños varones en particular observan la ardua labor del sacerdote en la Misa Tradicional, la esmerada atención que pone en los detalles y su dominio de le celebración, quedan impresionados: puede suscitar una vocación que apela a su incipiente masculinidad. Estimula el sano deseo de superación del muchacho, de alcanzar metas y realizar sacrificios fructíferos.

La liturgia tradicional nos consuela y nos corrige. Al contrario que la moderna, no nos regala los oídos ni da prioridad a nuestros sentimientos. No mutila las lecturas de la Sagrada Escritura para eludir los pasajes difíciles. Decía Chesterton que no necesitamos tanto la religión para que nos diga lo que estamos haciendo bien como para decirnos lo que estamos haciendo mal. Las oraciones de siempre poseen un crudo realismo que tiene un efecto estimulante, como si de pronto nos despertaran arrojándonos un balde de agua fría. Quienes las redactaron no tenían los prejuicios, preferencias y puntos ciegos de nuestro tiempo. Por eso nos provoca y nos estimula a avanzar en nuestra vida espiritual.

El ayuno eucarístico tradicional más estricto, ya sea desde la media noche o durante las tres horas anteriores a la Comunión, la gimnasia católica, por así decirlo, que consiste en sentarse, ponerse de pie y arrodillarse, así como la penitencia de pasar largos ratos de rodillas, constituyen un ejercicio de disciplina corporal. Es algo que todos necesitamos, pero a los niños les aprovecha de una manera muy particular. ¿Quién no ha visto una gran maduración general en sus chicos cuando aprenden a ayudar a misa, o en sus niñas mientras leen el misal con el velo puesto?

Las majestuosas vestiduras sagradas y el impecable atuendo de los acólitos recuerdan a todos los que sirven ante el altar que deben glorificar a Dios en su indumentaria. Desgraciadamente, el ambiente eclesiástico se parece cada vez más al mundo empresarial en que la gente es cada vez más despreocupada en cuanto a vestimenta. La ropa de los domingos ya no es lo que era. Con su seriedad y solemnidad, la Misa de siempre fomenta la sensibilidad a la belleza, el recato y la propiedad.

En quinto lugar, nos enseña que Cristo es el origen de nuestra unidad y espíritu comunitario                        

No hay una perspectiva y un acento en lo horizontal, un círculo cerrado que se afirme mutuamente como iglesia. En la Misa Tradicional nos orientamos verticalmente hacia Dios en adoración en busca de salvación, hermandad e identidad, que Él nos da. En particular, la novedad del darse la paz en el Novus Ordo, que irrumpe de golpe y porrazo en un momento de la celebración, comunica un mensaje subliminal de que la paz entre nosotros brota como un surtidor dentro de la comunidad humana. Es algo que, gracias a Dios, no existe en el Rito Romano. Todo lo contrario; si se asiste a una Misa muy solemne, se ve que la forma original de la Pax, verdaderamente presente en el altar, desciende como en cascada sobre el sacerdote, el diácono y el subdiácono, que se intercambian un ceremonioso beso de paz.

En sexto lugar, nos enseña que las palabras mismas de la Misa son sagradas e importantes

La verdad queda simbolizada con suma eficacia con el latín que se expresa de principio a fin (salvo en la homilía, que no es parte de la liturgia), sino la explicación de algunos aspectos del Credo o de las lecturas para beneficio de los fieles. Una lengua arcaica demuestra sin necesidad de explicaciones que la liturgia no es cosa de todos los días, no es algo prosaico como la lengua que hablamos a diario. Igual de relevante es la reverencia con se tratan los libros litúrgicos a lo largo de la celebración. El misal del altar se apoya en un atril o un cojín dorados, y lo llevan de un lado a otro los acólitos ceremoniosamente. En la Misa solemne, el epistolario y el evangeliario se manejan con un cuidado exquisito, y la lectura del Evangelio se acompaña de velas e incienso. En el rito antiguo todo es objeto de un trato esmerado, y es palpable la veneración de todo lo que es sagrado.

En séptimo lugar, nos damos cuenta de que la música –y sobre todo el canto– es muy peculiar y está dedicada a Dios

El efecto de una lengua arcaica sagrada se ve reforzado cuando los textos litúrgicos se cantan con las delicadas melodías del canto gregoriano, que posee unos modos y un ritmo natural que lo hacen muy diferente de cualquier otra cosa que podamos encontrar en el mundo de la música. El canto gregoriano no apareció por otra razón que el culto divino, y no se presta a otra cosa; está dedicado exclusivamente a Dios. Es el equivalente sonoro del incienso, las casullas y los cálices de oro, que sólo sirven para el culto. Esas cosas son la guardia de honor y los sirvientes de Cristo.

Aunque a veces también se puede encontrar el latín en celebraciones del Novus Ordo, hay que tener presente algo fundamental: lo más hermoso que se nos ha dado en la Iglesia es la belleza del propio culto, que se expande para abarcar e inspirar otras formas artísticas. El latín y el canto son las vestiduras del rito tradicional, o mejor dicho, el cuerpo que corresponde a su alma. Son propiedades inseparables de la liturgia antigua mediante las que se expresa su esencia, no baratijas estéticas añadidas por la osadía de algún párroco.

Es más, el magnífico legado de música sacra que se emplea en la Misa Tradicional posee la particular cualidad de que se diría que surge del silencio y al silencio regresa. Cualquier feligrés se da cuenta enseguida de que en la Misa de siempre hay mucho silencio, lo cual no es un simple añadido intercalado a modo de descanso, sino una propiedad que procede de exigencias más complejas impuestas al sacerdote, cuyas palabras y gestos están en muchos casos envueltos en silencio. El Rito Romano nos enseña el valor de la oración en silencio y la adoración, que poseen un gran valor nutritivo para fomentar la fe y la devoción.

Misa solemne en África: igual que en el resto del mundo

Octavo: nos enseña que la Misa va más allá de nuestra parroquia

En teoría, toda Misa que se celebra para los mil millones de católicos repartidos por el mundo es el mismo sacrificio del Calvario. Ahora bien, como la Misa nueva se reza en cientos de idiomas y con numerosos estilos de culto y de música que contrastan entre sí, lo cual da lugar a una gran variedad de opciones, el sabor local puede superponerse al de la receta, por así decirlo, de modo que cualquiera diría que hay tantas liturgias como templos. Esto promueve una actitud de campanario comparable a los millares de sectas de los protestantes.

La Misa Tradicional, por el contrario, se celebra de un extremo a otro de la Tierra con las oraciones de toda la vida en una misma lengua universal y exactamente con las mismas rúbricas. Conforme los niños van creciendo y empiezan a viajar saliendo de la localidad donde viven, cualquier Misa en latín a la que asistan en otras ciudades o países les hará ver palpablemente la unidad y universalidad de la Iglesia. Gracias al contacto con las diversas culturas, la Misa de siempre transciende inevitablemente las fronteras y las particularidades de los pueblos. Es innegable que este culto divino transnacional nos conecta orgánicamente con todas las generaciones anteriores y con las que habrán de venir hasta el fin de los siglos. Las frecuentes invocaciones a los ángeles (la mayoría de ellas suprimidas en el Novus Ordo) nos hermanan y unen con los coros celestiales que sirven en este mundo, más allá del ámbito de la carne mortal.

Noveno: nos enseña que la religión es algo transmitido, algo que recibimos

Las palabras de la Misa nos han llegado mediante la Tradición, representada por el misal del altar; desde el altar recibimos la paz de Cristo, y la Sagrada Eucaristía nos la da una mano consagrada. El carácter fijo y estable del rito, con su expresión inequívocamente antigua, nos transmite de un modo rotundo que la religión cristiana es anterior a nosotros, más antigua que nuestras intenciones, empeños y buenas ideas –o nuestra falta de ellas–, y seguirá mucho tiempo después de que nos hayamos convertido en polvo. ¡Qué bien que por una vez el hombre moderno no sea productor, fabricante o inventor, sino un pordiosero al que la generosa voluntad divina ha convidado a la mesa real! El opíparo banquete de bodas del Cielo ya estaba en todo su esplendor cuando llegamos nosotros, y seguirá por siempre.

Así aprendían a rezar gentes de toda clase y condición

Décimo: nos enseña que la Misa es la escuela suprema de oración

La liturgia tradicional en latín crea un ambiente ideal para despertar la vida interior del niño y le brinda una oportunidad de sentar cabeza, estar en silencio y descubrir el sentido y la eficacia de la adoración y otros modos de oración.

Nadie lo ha expresado mejor que el sacerdote inglés Bryan Houghton, cuyo personaje literario el obispo Edmund Forrester describe en su novela Mitre and Crook, de forma obviamente autobiográfica, cómo aprendió a rezar:

Mi madre me enseñó a rezar, y todavía rezo cada noche las oraciones que me enseñó de niño. Pero cuando aprendí a rezar de verdad fue cuando me llevaba los domingos a la iglesia sin mucha gana de mi parte. Observé que a papá y mamá les pasaba algo raro. No se hablaban ni miraban. Mamá solía pasar las cuentas del Rosario, mientras papá abría ora por esta página, ora por aquella, el devocionario Garden of the soul, que sigue usando uno de mis sobrinos. Mi hermana mayor Gertrude, que profesó como benedictina, permanecía arrodillada pero derecha con los ojos casi siempre cerrados. Si yo volvía la cabeza, observaba que los mismo pasaba con el resto de mis familiares y vecinos. Lo más llamativo era que nadie se fijaba en mí en absoluto. Si yo tiraba de la falda de mi madre, ella me apartaba con suavidad. Una vez intenté trepar a la espalda de mi padre y me quitó de encima y me puso entre el banco y el reclinatorio. Qué raro; aunque tenía puesta mi mejor ropa, la de los domingos, me dejaban andar a gatas por el suelo con tal de que estuviera calladito. A pesar de mi corta edad me daba cuenta de que allí pasaba algo importante.

Allá en el presbítero se encontraba un anciano de aspecto severo, el padre Gray. Cuando venía a casa yo me escondía en el cuarto de baño. Celebraba vistiendo ropajes coloridos y brillantes que hacían que me pareciera una mariposa gorda. La mayor parte del tiempo no decía ni pío. Miraba para el otro lado, y se fijaba tan poco en papá y mamá como ellos en mí.

No creo que yo fuera ningún niño precoz, pero desde luego era bastante pequeño cuando caí en la cuenta de que todas aquellas personas estaban rezando sin decir palabras con la boca como lo hacía yo. Como los niños lo imitan todo, se lo expresé a mi hermana Gertrude. «Tú quédate sentadito y bueno –me dijo–. Eres muy chico para ponerte de rodillas. Deja las manos quietas, sobre las piernas. Procura no volver la cabeza, y si puedes, ten los ojos cerrados. Repite muy bajito “Jesús”, despacito y sin parar. Y cuando te toque decir “Señor mío y Dios mío”, te daré suave con el codo para que lo puedas decir conmigo».

Mutatis mutandis, yo diría que fue así como todos aprendimos a rezar. A lo que voy es a que la propia Misa fue nuestra escuela de oración. Allí aprendimos a estar quietos, callados y recogidos, concentrarnos e integrarnos a la presencia de Dios. Así era también como rezaban a lo largo de su vida los fieles sencillos del pueblo. No sabrían mucha teología, pero rezaban mejor que muchos teólogos. No sólo eso; los más sencillos me superaban con mucho en vida de oración y en santidad.

Los anteriores son algunos de los muchísimos motivos por los que siempre debemos llevar a los niños a la Misa Tradicional. Y por las mismas razones, lo que es provechoso para ellos también lo es para nosotros.

En la próxima entrega trataré algunas cuestiones prácticas sobre cómo pueden los padres preparar los niños para asistir a la Misa en latín y ayudarles a participar con más provecho.

Gracias por su atención, y que Dios los bendiga.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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