Criarlos en el temor y amor del Señor: por qué la Misa Tradicional es provechosa para los niños (1ª parte)

A pesar de la estabilidad que se observa en muchos lugares, en los últimos meses hemos asistido a una agresiva oleada de supresiones de la Misa Tradicional por parte de obispos de EE.UU. Se diría que tienen miedo de que León XIV revierta las restricciones de Francisco, o que quisieran provocar una reacción apresurada por parte del Pontífice. En tiempos tan difíciles como los que vivimos, no podemos dejar de preguntarnos: ¿a qué desvivirnos por seguir con la Misa Tradicional si tenemos que desplazarnos grandes distancias, o acogerse a una capilla de la FSSPX, o hasta irse a vivir a otra ciudad o región para integrarse a una floreciente parroquia dirigida por la Fraternidad San Pedro o el Instituto Cristo Rey?

Se puede responder a estas preguntas de muchas maneras. En este caso concreto, trataré de hacerlo desde la perspectiva de cómo beneficia la Misa de siempre a nuestros hijos.

Los católicos fieles saben por intuición lo crucial que es que a los domingos y días de precepto se les conceda la importancia debida y estén solemnizados por una liturgia reverente, nutritiva y edificante. Conocemos igualmente la trascendencia del Santo Sacrificio de la Misa, en el que rendimos un culto perfecto a Dios por medio de Jesucristo y recibimos su santísimo Cuerpo como alimento de vida eterna. Tenemos el deber de buscarnos un culto apropiado, pero hay algo más importante: tenemos que buscarlo también para nuestros hijos. Una vez que los niños irrumpen en nuestra vida, debemos preocuparnos más por la clase de liturgia a la que asistimos cada semana.

Son ante todo los padres los que tienen la obligación de formar espiritualmente a sus hijos. No es algo que se pueda dejar exclusivamente en manos de sacerdotes y catequistas. Por mucha formación que se dé a los hijos fuera de casa, probablemente no será suficiente, y hasta es posible que no sea buena. Debemos ocuparnos de que la fe de nuestros hijos se nutra a partir de fuentes puras e impolutas; de que su esperanza se canalice hacia el Cielo; de que se les despierte la caridad al ver cómo se rinde homenaje al Dios que nos ama, y que otros devotos creyentes lo pongan a Él por encima de todo.

La buena catequesis y la buena liturgia son necesarias porque se fortalecen mutuamente. Ahora bien, el ambiente de oración y reverencia en que se crían los niños, tratándose santamente lo que es santo, tiene mucho más impacto que la catequesis que se les imparta. Lo más necesario es una forma de culto y una comunidad de creyentes que confirme e ilustre lo que enseña el Catecismo. En ese sentido, me inclino a creer que la catequesis empieza por la familia en el templo arrodillada rezando en Misa, y que el componente académico o intelectual viene después. Entra por el corazón y continúa por la mente.

Lex orandi, lex credendi, lex vivendi. Nuestra manera de rezar manifiesta lo que creemos y le da forma, lo cual a su vez conforma nuestra vida a imagen y semejanza de ello. ¿Qué clase de fe profesamos, y de qué forma la vivimos como católicos? Para saberlo, basta con fijarse en la liturgia.

Protejamos a los niños de la disonancia cognitiva

Por naturaleza, los niños son curiosos y absorben fácilmente lo que ven y oyen. Podríamos añadir que son también ingenuos, inocentes y confiados. De ahí que sus experiencias les enseñen mucho sobre la naturaleza de cuanto ven y oyen con mucha más eficacia que la experiencia de las personas de más edad que han visto y oído mucho más y tenido tiempo para asimilarlo, además de la oportunidad de aprender a partir de otras fuentes. Los adultos podemos hacer caso omiso de lo que vemos, cerrar los ojos o meditar en algo bueno que hayamos conocido, o bien ofrecer como penitencia eso que nos desagrada, pero los niños tienen los ojos abiertos de par en par y les entra todo por ellos, y los va modelando. Lo que vean será lo que crean.

Si vamos a tener que estar constantemente corrigiendo sus deducciones erróneas de lo que ven, el lema fundamental lex orandi, lex credendi dejará de cumplirse. A fin de cuentas, nuestra forma de dar culto y reverenciar a Dios debería manifestar lo que creemos, y lo que creemos tiene que ser un reflejo exacto de la forma en que adoramos. Por eso, hay que proteger a los niños para que no asimilen contradicciones.

Hasta cierto punto es posible aclarar los malentendidos de los niños que juzgan por las apariencias, pero se vuelve complicadísimo cuando una forma determinada de culto transmite constantemente un mensaje que contradice lo que afirman todos los catecismos tradicionales publicados a lo largo de los últimos mil años. En realidad es peor: es imposible armonizar esa liturgia con las modalidades de culto que el propio Dios dio a su pueblo y que recogieron intencionalmente todas las liturgias anteriores a los años sesenta. Un amigo me escribió en una ocasión:

Soy catequista en mi parroquia y tengo siempre muy presente lo que nuestra cultura y la crisis de la Iglesia están haciendo con los chiquillos. (…) Hoy nos fijamos en el modelo del tabernáculo de los israelitas en el desierto y vimos paralelos con la Iglesia y la Misa; la actividad estuvo muy bien y observé que la seguían con mucho interés. Pero cuando luego fuimos a la Misa, el paralelo saltó por los aires con la celebración versus populum, la clericalización del laicado y la verborrea que profanaba. No tenía nada que ver con el Tabernáculo, que es precisamente lo que da sentido al Templo, la Epístola a los Hebreos y el Apocalipsis. Ante semejante desconexión, ¿cómo quieren que los fieles católicos entiendan algo de lo que dicen las Escrituras sobre el culto?

Me viene a la cabeza la expresión disonancia cognitiva, y veo la disonancia a muchos niveles. No hace falta que los padres nos tomemos la gran molestia de explicar, en una especie de autopsia litúrgica, los errores, la fealdad y la falta de reverencia de una Misa a la que acabamos de asistir. En el mejor de los casos es desagradable, y en el peor desalentador.

El mejor catequista: la liturgia

Michael Fiedrowicz (Traditional Mass, 214–15) pone de relieve la tremenda ventaja que nos brinda asistir a la Misa de siempre:

Las formas externas de veneración y adoración propias del rito clásico de la Misa constituyen la mejor manera de garantizar las actitudes internas correspondientes. Las oraciones preliminares, las genuflexiones y las inclinaciones no son trivialidades que puedan omitirse sin mermar la plena realización de la acción litúrgica. Es preciso que el encuentro interior con la realidad sagrada se manifieste externamente mediante unas formas externas que le sirvan de respaldo. La liturgia tradicional insiste en que los sentimientos internos solo son verosímiles si al mismo tiempo se manifiestan de un modo externo apropiado. De la misma manera, la liturgia conoce la capacidad formativa que pueden ejercer los actos sensibles en el  estado  espiritual.
Con la diversidad de signos sagrados, el esplendor de los altares, la hermosura de los cálices y las vestiduras sagradas y las continuas manifestaciones de reverencia, el rito clásico garantiza esa correspondencia entre las creencias interiores y las formas externas. El rito queda, por así decirlo, a salvo de toda posible incongruencia entre lo que se cree y lo que se ve. Hay plena unidad y armonía entre la acción y la manera en que se realiza. El rito clásico no exige que se crea nada que, simbólicamente, no se vea.

La liturgia tiene por objeto la honra y gloria de Dios, pero precisamente porque lo honra y glorifica muy bien, nos alimenta de paso. Resulta paradójico que cuando la liturgia se realiza para el pueblo termina por no serle de provecho al no dirigirlo adecuadamente a Dios, nuestro Creador y Señor soberano. Entre otras cosas, es muy importante que el celebrante mire ad orientem porque cuando él y el pueblo están enfocados en la misma dirección, hacia Oriente –símbolo de Cristo, Sol de Justicia, que de Oriente volverá para juzgar al mundo, como nos ha dicho (Mt.24,27)– todos nos damos cuenta enseguida sin necesidad de tediosas explicaciones de que la sagrada liturgia es algo que se ofrece a Dios.

Por eso, toda práctica tradicional de la Iglesia Católica posee una gran eficacia catequética, y no hacen falta explicaciones. El Novus Ordo ha tirado por la borda o invertido muchos de esos símbolos, con lo que los asistentes terminan recibiendo una catequesis errónea.

¿Cuáles son, entonces, algunas de las verdades fundamentales que aprenderán los niños de la Misa Tradicional y que no es probable que aprendan de la Misa moderna de Pablo VI? Enumeremos las diez principales:

En primer lugar, la Misa es un misterio de fe, un santo sacrificio

El rito romano tradicional sostiene y expresa del modo más perfecto que la Misa es un sacrificio verdadero y apropiado, el ofrecimiento de Jesucristo en la Cruz que nos trajo y sigue trayendo la salvación, para nosotros y para todo el mundo. Poca catequesis es hasta cierto punto necesaria para entender cómo los gestos principales del sacerdote ilustran ese sentido central. Con la más mínima noción que se tenga de lo que hizo Jesús el Jueves Santo y lo que padeció el Viernes, los gestos y oraciones de la Misa de siempre manifiestan de forma contundente toda una serie de misterios, como meditación, redención, expiación, satisfacción y adoración. El Ofertorio arroja mucha luz sobre este Sacrificio; el Canon Romano está imbuido de lenguaje expiatorio; la consagración y elevación de la Hostia y el Cáliz en medio de un impresionante silencio que es precedido y seguido de genuflexiones. Todo ello evoca la actualización del Sacrificio del Calvario.

El rito moderno se centra más en el pueblo, en lecturas, en lo que se dice y canta, y termina con la Comunión. Lo que queda más oculto a los sentidos es que esta liturgia es un sacrificio. Da más bien la impresión de ser un reparto de pan y vino en una mesa, una comida en imitación de la de la Pascua. En una Misa habitual en lengua vernácula y cara al pueblo, ¿hasta qué punto, tanto en el texto como en la ceremonia, se percibe la realidad de la Misa como supremo sacrificio que une el Cielo con la Tierra?

En segundo lugar, la Misa nos enseña que el sacerdote es un mediador entre el hombre y Dios

El celebrante mira hacia oriente, de espaldas al pueblo, hacia ¿quién? Hacia Dios, la Santísima Trinidad, a la que se ofrece el Sacrificio, y al Verbo hecho carne, verdaderamente presente en el altar del Sacrificio. El sacerdote nos representa ante Dios; y también representa a Dios para nosotros. La misión mediatriz del sacerdote es percibida como algo esencialmente diferente al de los laicos (V. Heb.5,1). Ante el altar, el sacerdote actúa in persona Christi, haciendo en su persona las veces del Eterno Sumo Sacerdote que se ofreció por amor a la humanidad en la Redención.

Como vemos, el rito antiguo establece una clara distinción entre sacerdote y pueblo. Al comienzo de la Misa, el celebrante reza primero el Confiteor por sí mismo, y a continuación los acólitos lo rezan por ellos y por el pueblo. En la Misa solemne, es él el único que entona el Gloria y el Credo, y sigue luego rezándolo por su cuenta mientras los fieles o el coro cantan. La oración Suscipe, Sancte Pater del Ofertorio destaca de forma patente el papel mediador del sacerdote, así como que él mismo es pecador a pesar de ejercer tan elevada misión.

Recibe, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, esta hostia inmaculada que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti, Dios mío, vivo y verdadero por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias; y por todos los circunstantes; y también por todos los fieles cristianos, vivos y difuntos, a fin de que a mí y a ellos nos aproveche para la salvación y vida eterna. Amén.

El celebrante comulga primero a fin de completar el Sacrificio, y seguidamente ofrece la Comunión al pueblo. Dice tres veces Domine, non sum dignus por él, y después, los acólitos y los fieles lo dicen otra vez por ellos mismos. El Placeat tibi que se reza al final de la Misa destaca nuevamente el cometido especial del sacerdote:

Séate agradable, oh Santa Trinidad, el homenaje de tu siervo; y este sacrificio que yo, indigno, he ofrecido a los ojos de tu Majestad te sea aceptable, y a mí y a aquellos por quienes lo he ofrecido, sea por tu piedad propiciatorio.

Quien reza estas palabras no es un simple presidente de la asamblea.

La liturgia tradicional nos enseña igualmente de forma muy clara y atinada la diferencia entre masculinidad y feminidad y sobre los cometidos particulares de clérigos y laicos.

Tercero: nos inculca una tremenda reverencia al Santísimo Sacramento

En la Misa Tradicional los niños ven que el sacerdote es el único que toca el Cuerpo del Señor en la Eucaristía. Y cuando asisten a una Misa de una solemnidad especial, observan que la Hostia se respeta con tanta reverencia que durante el Canon un subdiácono levanta el alto una patena vacía envuelta en un humeral. En ningún momento verán a un seglar subir al presbiterio ni tocar la Hostia ni el Cáliz.

Los feligreses reciben la Comunión postrados de rodillas, como los Reyes Magos ante el Niño Jesús. Y la reciben en la lengua, como niños chiquitos a los que sus padres dan de comer. Con una      bandeja que les colocan bajo el mentón. No es raro que la barandilla del comulgatorio esté cubierta con un mantel.

Acabada la Comunión, el sacerdote purifica con sumo cuidado sus manos y el Cáliz. La liturgia no escatima esfuerzos para proclamar alto y claro la fe de la Iglesia en el milagro de la transubstanciación. Por eso se desvive también porque no se pierda la menor partícula del Cuerpo de Cristo ni la más mínima gota de su Preciosísima Sangre.

Recibir la Comunión así y ver que otros lo hacen de la misma manera será mucho más elocuente e inolvidable que lo que les puedan enseñar en innumerables horas de catequesis.

La próxima semana expondré las siete razones restantes.

Gracias por su atención, y que Dios los bendiga.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

Del mismo autor

De medio siglo de desacralización a Amoris laetitia (Peter Kwasniewski)

Un descenso de 50 años hasta llegar a la nota 351:...

Últimos Artículos

La Tradición católica frente al dogma de Darwin

Permitiendo legítimas diferencias de opinión, vamos a exponer los...

Ecuador, la República del Sagrado Corazón

Estamos en el mes del Sagrado Corazón, no en...

Nociones básicas sobre la relación entre Iglesia y Estado

Alejandro Sosa Laprida “Dad a César lo que es de...