ONE PETER FIVE

¿Pueden los fieles católicos cuestionar la reforma litúrgica?

Guillermo: Amigo mío, no puedo estar de acuerdo contigo en que el Novus Ordo es de por sí defectuoso. Un papa jamás podría promulgar una liturgia que fuera perjudicial para los fieles.

Teófilo: ¡Me dejas boquiabierto! ¿Qué te impide ver lo que nos salta a la vista no sólo a mí sino a muchos otros católicos? Por supuesto que un papa puede hacer eso, porque Pablo VI lo hizo a diestra y siniestra. Y así andamos, metidos hasta el cogote en el desastre. La porquería nos envuelve por los cuatro costados en las innumerables liturgias aburridas e insulsas, por no decir irreverentes y sacrílegas que se celebran a diario.

Guillermo: Eso se debe únicamente a que se ha preferido celebrarla así, Teófilo. La liturgia en sí no tiene nada de malo; ni podría tenerlo. La culpa no es de ellos.

Teófilo: Retrocedamos un poco. Si no me equivoco, tu vacilación hunde su raíz en una ansiedad subyacente por las posibles consecuencias de que se reconociera que Pablo VI cometió un error al promulgar el Novus Ordo Missae ( y un nuevo orden de todo lo que pillara). ¿Qué repercusiones tendría en la vida o los deberes de los católicos creer que la nueva liturgia era un desvío, una vía muerta; que la liturgia tradicional era fundamentalmente sólida y capaz de atender las necesidades del hombre moderno, y sería necesario volver a ella lo más posible?

Guillermo: Sí, tienes bastante razón. Ahora que lo dices, creo que las repercusiones serían considerables. Si no podemos fiarnos del Papa con la liturgia no creo que podamos dejar ninguna otra cosa en sus manos. Podría venirse abajo todo el Credo y la práctica del catolicismo.

Teófilo: Te sorprendería saber que por lo que a mí se refiere no habría ninguna consecuencia grave. A pesar de lo que pienso de la reforma litúrgica, sigo profesando el Credo y aceptando los dogmas definidos y la moral que la Iglesia ha enseñado con toda claridad. Procuro imitar en mi vida el ejemplo de Nuestro Señor, su Madre y los innumerables santos. He recibido y transmito la doctrina de los catecismos que gozan de autoridad. Doy culto a Dios sin apartarme de la tradición apostólica que la Iglesia ha transmitido en su integridad por ser la fuente primordial de su santidad. En realidad, la única diferencia entre los católicos de hace un siglo y yo es que ellos tenían más acceso a todo eso, mientras que yo tengo que buscarlo con empeño y enfrentándome a la ignorancia, el error, la hostilidad y la indiferencia de clérigos y seglares.

Guillermo: Eso son palabras mayores, pero supongo que no te hace muy diferente de un católico de los tiempos de la Reforma que viviera rodeado de corrupción eclesiástica y confusión doctrinal mientras trataba de conocer la doctrina y ajustar su vida a ella.

Teófilo: Exactamente. ¿Y acaso eso quiere decir que voy camino de repudiar el Pontificado o la máxima autoridad del Papa para definir o fallar en cuestiones de fe y costumbres? Ni mucho menos.

Guillermo: Entonces, ¿cómo explicas la tremenda falta de prudencia para con el Sumo Pontífice que exige tu postura? ¿No te parece que podría socavar la reverencia debida al Papa y la confianza que le tenemos?

Teófilo: Ahí está el quid de la cuestión. Ocupar la cátedra de San Pedro no excluye en principio deficiencias graves en la prudencia y en cuestiones relativas a enseñanzas no definidas. Ejemplos de semejantes deficiencias podrían ser aprobar ritos litúrgicos o sacramentales defectuosos en cuanto a elementos secundarios (es decir, no en cuanto a forma y materia), que pudieran dar lugar a que se entendieran mal o de modo insuficiente los misterios a los que se refieren. Ni la Escritura ni la Tradición ni el Magisterio nos han enseñado nunca que ello sea imposible. No lo impide la doctrina de la infalibilidad pontificia decretada por el Concilio Vaticano I. Luego es posible.

Guillermo: Para evaluar lo que dices tendría que estudiar más a fondo el Concilio Vaticano I.

Teófilo: Además de lo que enseña el propio Magisterio en cuanto a condiciones y limitaciones, tenemos que tomarnos en serio las pruebas que nos aportan la razón, los sentidos y la inteligencia. Dios es tan autor de la naturaleza como de lo sobrenatural. Cuando observamos un desastre, aceptamos que es un desastre y reaccionamos como corresponde.

Guillermo: Digo lo mismo que siempre: si la nueva liturgia da lugar a que un laico o un sacerdote no entiendan bien la fe o la moral, la culpa es de él, porque no se le exigió que interpretara mal nada, como sería el caso con una liturgia claramente herética; por ejemplo, la de los calvinistas.

Teófilo: No me convence, porque la autoridad competente tiene el deber de facilitar los medios que permitan entender en la medida de las exigencias de la naturaleza humana, y evitar, hasta donde sea posible, todo lo que se pudiera entender fácilmente de modo errado. Si una gran cantidad de personas entiende mal lo que se les da, el problema está en lo que se les da, y toda la culpa es de quien lo da.

Guillermo: Ten paciencia conmigo, que todavía no termino de entender los entresijos de este debate. ¿Me podrías poner algunos ejemplos?

Teófilo: El Novus Ordo elimina los medios tradicionales que permitían entender y dar culto como es debido. Al fin y al cabo, eso es lo que significa la ortodoxia: doctrina correcta y culto correcto, inseparable el uno del otro. Esto incluye elementos antiguos o novedosos que promueven conceptos errados de la Misa. Por ejemplo, volver de forma anacrónica a costumbres eucarísticas arcaicas que, posteriormente al desarrollo de la religiosidad medieval, cuyos efectos alcanzan al mundo moderno, no podrían menos que tener una deriva modernista a consecuencia de la cual se debilitaría la fe en la Presencia Real. No sólo eso; las opiniones dudosas o explícitamente modernistas de los compiladores de la nueva liturgia están más que documentados, y dejan sentado que los mismos que la compilaron tenían la intención de eliminar ciertos medios de ayuda e introducir determinadas novedades.

Guillermo: Si es cierto, serían verdaderamente pruebas incriminatorias.

Teófilo: Está bien documentado por las mismas personas que revisaron la liturgia en los años sesenta y setenta.

Guillermo: Vale, ya me enseñarás algunas de esas fuentes. Supongamos que tienes razón en cuanto a las intenciones de los reformadores. ¿Qué parte de responsabilidad le correspondería al Papa?

Teófilo: ¿Podemos afirmar impunemente que un pontífice que fomenta tal producto –teorías cuestionables, innovaciones sospechosas y patentes desviaciones del consenso general de los padres del Concilio según está documentado en   el decreto  Sacrosanctum Concilium–, y luego lo promulga para que lo utilice la Iglesia que sigue el Rito Latino no es, en realidad, responsable de los deletéreos efectos de esa nueva liturgia en los fieles? ¿Podemos afirmar que no tiene que responder en alguna medida de sus defectos?

Guillermo: No me parece que pudiéramos.

Teófilo: Tanto la razón natural como el juicio de la fe responderían con un rotundo no. Ese papa, llamado Montini, es responsable del mal que supuso la ruptura. Es responsable de cada uno de los incontables abusos cometidos en el rito que promulgó, porque tanto en la manera en que fue redactado como en su propia existencia y aprobación se desvía del camino seguro de la Tradición y abre la puerta a falsas inculturaciones, a un incesante pluralismo, y se presta al individualismo, el egoísmo y el narcisismo en la celebración.

Guillermo: Me siento incómodo viendo por donde vas, pero me resulta difícil negar que sea como dices. El Papa es responsable de lo que promulga, y si es algo que ya viene con defectos de fabricación, por así decirlo, es tan autor como Bugnini o cualquier otro miembro del Consilium. Mejor dicho, es autor en mayor medida, ya que adopta formalmente la obra como propia al promoverla ejerciendo su autoridad y bajo su nombre.

Teófilo: Así es.

Guillermo: Pero, ¿por qué estás tan seguro de que las consecuencias de la reforma han sido sin excepción malas?

Teófilo: No diría necesariamente que todas sean malas; pero sí la mayoría. ¿Es posible poner seriamente en duda que la nueva liturgia ha tenido los efectos más perniciosos desde que fueron impuestos hace casi medio siglo? Sin tener en cuenta las estadísticas sobre el acelerado y devastador declive en la asistencia a Misa en todo el mundo católico (tendencia que se inició con el fervor inicial de la experimentación litúrgica sesentera y sigue a día de hoy, como nos recuerda la imparable clausura de iglesias), reina la confusión en cuanto a qué es la Misa, a si el Señor está presente o no en la Eucaristía, a la diferencia entre sacerdotes y laicos y otros aspectos fundamentales (¡digo fundamentales!) de la fe católica. Y esto incluso entre los católicos que todavía van a Misa, según revelan cuestionarios sencillos que podría haber respondido con bastante facilidad un niño de los años cincuenta que estuviera preparándose para la Primera Comunión. Lo primero es que ni se te ocurra preguntar a un católico si la Misa es un sacrificio. Prácticamente los únicos que responderían de modo afirmativo y podrían dar una explicación sencilla serían los católicos que asisten a misas de comunidades de Ecclesia Dei, la Hermandad San Pío X y las escasas parroquias que quedan en el mundo que todavía tienen una vida litúrgica como Dios manda.

Guillermo: Sin duda alguna, muchos de esos problemas, por no decir todos, tienen su raíz en una mala aplicación, una predicación inadecuada y la falta de buenos colegios católicos, ¿no?

Teófilo: Oportunamente pasas por alto que en todas partes se entendió la nueva Misa como algo que invitaba a, e incluso exigía, una ejemplificación moderadamente tradicional, que se presta a improvisaciones y en la que se predica como quien cuenta historias, y no se hizo nada por impedirlo.

Guillermo: Pero el Vaticano ha publicado tantos documentos…

Teófilo: ¡No empecemos! La enorme pila de documentos insulsos, la montaña de verborrea inútil, constituyen un lamentable testimonio del estrepitoso fracaso de una auténtica pastoral. Lo cual resulta paradójico en una época en que ha escogido como referente la palabra pastoral. Si de verdad se hubiera querido restablecer la sacralidad, la reverencia, la belleza, la solemnidad, la seriedad, la buena música y todos los demás elementos de la liturgia, hace tiempo que lo habrían conseguido. No lo han hecho ni lo harán, porque el Novus Ordo no está fundamental, inflexible y dogmáticamente comprometido con el sentido tradicional del culto, como tampoco lo están los papas que lo respaldan.

Guillermo: Entonces, ¿te parece que el Novus Ordo está condenado al fracaso? ¿Que no se puede corregir?

Teófilo: No hay que darle más vueltas al asunto; el solo hecho de tirar por la borda una liturgia heredada que había sido objeto de dilección en todo tiempo y lugar para imponer una neoliturgia en gran medida diferente a unos fieles que no la habían pedido explica sobradamente porque no la ha bendecido Dios con el fruto que caracteriza a la única Iglesia verdadera ni con la aceptación universal que cabría esperar de un acto pontificio.

Guillermo: Explícate mejor.

Teófilo: Los malos frutos se hicieron patentes enseguida, y la falta de aceptación en ciertos sectores del laicado y el clero fue una señal inequívoca de que algo andaba muy, pero muy mal. Una señal que en las últimas décadas no se ha mitigado, sino que ha ido en aumento. Salvo en algunos lugares que contaban con un rito propio de larga data y lo mantuvieron a toda costa, la liturgia tridentina gozaba de aceptación universal en todo el mundo y con cada vez mayor unanimidad. En marcado contraste con ello, el rito nuevo de Pablo VI suscitó controversia desde el primer momento. Una cantidad nada desdeñable de católicos, conocidos y desconocidos, lo puso en tela de juicio en muchos países, y nunca llegó a ganarse atraer a todas las personas para las que se había creado. Nunca ha sucedido nada parecido en la historia de la Iglesia. ¡Es bastante sintomático de los límites de la capacidad que tiene cualquiera, así sea el amo indiscutible del mundo o el papa todopoderoso de Roma, para dictar a la realidad como tiene que ser!

Guillermo: Veo que no compartes la opinión de ciertos blogueros para los que la Tradición es flor de un día, una moda pasajera destinada a quedar en nada como la secta amish*

Teófilo: Dejando de lado la fascinante cuestión de que los amish son cuatro gatos insignificantes al lado de los sectores principales del protestantismo, desde luego que no comparto esas posturas excesivamente optimistas. A pesar de las ilusiones que se hacían su inventores, la Misa Novus Ordo jamás podrá quedar fijada como forma única del Rito Romano. Las congregaciones centradas en la Misa Tradicional son ricos viveros, con gran diferencia, de vocaciones sacerdotales y religiosas [1], debido a que las familias son siempre más numerosas y están mejor catequizadas.

Guillermo: Pero tienes que reconocer que el papa Francisco y sus partidarios de todo el mundo están haciendo lo que pueden por acabar con los tradicionalistas.

Teófilo: Cuando se persigue a los católicos tradicionalistas, como se está haciendo en este pontificado, no se dan por vencidos ni desaparecen. La sangre de los mártires es semilla de cristianos, y se puede decir algo parecido cuando se desplaza a los tradicionalistas: no se consigue otra cosa que contribuir a aumentar su intensa labor y oraciones por la verdadera reforma de la Iglesia, y confirmar su evaluación de la orientación modernista de sus adversarios, que en todo caso no es difícil de probar.

Guillermo: ¿No te parece que se corre el riesgo de que los tradicionalistas lleguen a tener un complejo de mártir y se crean mejores o más santos por los problemas que les causan?

Teófilo: Si a los tradicionalistas se los ve o se los trata peor que a los herejes y cismáticos porque creen y transmiten lo que todos los católicos creyeron durante siglos es clara señal de que están bien encaminados, de que van por la estrecha senda que conduce a la renovación. La renovación siempre nace de una plena convicción, de un compromiso intransigente con la verdad de la revelación divina en la Iglesia. Si nos fijamos en los movimientos de reforma, observaremos que son siempre obra de pocos, no de muchos. Las mayorías están demasiado cómodamente asentadas en sus cargos o en su suposición de cómo tienen que ser las cosas. La minoría tiene otra visión de la realidad, tiene mejores proyectos. Es motivo de honra padecer como católico a manos de otros católicos; es timbre de honra padecer por Jesucristo y por la fe de nuestros mayores en vez ceder aceptando el sucedáneo de los beneficios que obtenemos de nuestra red social.

Guillermo: Me parece que nos hemos apartado mucho del tema original. ¿Te importa que lo retomemos?

Teófilo: En absoluto.

Guillermo: Esto es lo que sostengo a toda costa: que el Papa, cuando promulga un uso litúrgico, no puede promulgar una liturgia sacramentalmente inválida o que contenga errores positivos de fe y costumbres.

Teófilo: ¿En eso se resume tu postura? Entonces estamos totalmente de acuerdo.

Guillermo: Explícate mejor; me tienes en ascuas.

Teófilo: No sé si considerarlo cuestión de fe o una conclusión deducible a partir de una cuestión de fe. Pero estoy convencido –y es mi opinión que en general los tradicionalistas estarían de acuerdo– de que el Papa no puede promulgar un uso litúrgico inválido o que contenga un error positivo en materia de fe o de costumbres. Hablando en plata, esta afirmación quiere decir que todo rito sacramental promulgado por un pontífice tiene como mínimo la forma y la materia que exige la realización del sacramento, y que no sería posible determinar que niegue expresamente ningún artículo de fe o afirma nada que se pueda interpretar como herético.

Guillermo: Hasta ahora, de acuerdo.

Teófilo: De todos modos, no se deduce de ello que toda la Fe católica tenga que estar contenida en el rito promulgado por un papa. No hay motivo por el que ese rito no pueda ser una expresión gravemente inapropiada de ciertas doctrinas o contener ambigüedades susceptibles de interpretaciones heréticas. En efecto, un rito válido puede quedarse corto en la expresión del contenido dogmático y moral de la Fe, y ser lo bastante superficial o ambiguo para que una interpretación herética no sólo sea posible sino probable. Y además, podría permitir o promover una falta de verdadera devoción, una reverencia defectuosa y hasta sacrilegios.

Guillermo: Una vez más, vendría bien que pusieras ejemplos. ¿A qué defectos te refieres?

Teófilo: Entre otros, la omisión deliberada en todo el Novus Ordo de 1ª Corintios 11,27-29, pasaje que amonesta severamente contra la recepción indigna de la Comunión. ¡No es una cuestión menor de doctrina, si tenemos en cuenta que tanto las Escrituras como la liturgia relacionan la comunión indigna con la condenación eterna!

Guillermo: Entiendo lo que dices. Lo concedo.

Teófilo: Algunos ultramontanos afirman mucho más que tú y que yo. Dicen, por ejemplo, que si una liturgia está promulgada por un papa es necesariamente coherente; que inevitablemente fomenta el bien de la Iglesia en su conjunto; que es imposible que tenga efectos perniciosos en los fieles por culpa de omisiones, ambigüedades, añadidos u otras modificaciones. Siento desilusionarlos, pero en modo alguno pueden demostrar sus afirmaciones, sin tener en cuenta lo que les cuesta sostenerlas ante una montaña de pruebas en contrario. Tales afirmaciones son exageradas hasta lo absurdo y constituyen una burla de la doctrina católica sobre el propio Papa.

Guillermo.: Voy a resumir, a ver si lo entiendo. Los católicos tradicionalistas no afirman que la Misa Novus Ordo contenga errores positivos en materia de fe y costumbres. Lo que sí afirman es que no guarda continuidad con la tradición del Rito Romano, y que esa discontinuidad ha tenido consecuencias catastróficas en la vida de la Iglesia. Que la práctica de la Fe ha decaído de hecho a causa precisamente de lo que se ha hecho con la liturgia, y que las creencias y la moral ortodoxas han resultado perjudicadas con las omisiones, ambigüedades, modificaciones y abusos tolerados de la nueva liturgia.

Teófilo: Lo has resumido a la perfección.

Guillermo: Al mismo tiempo, Teófilo, sigo pensando que eres injusto con el Novus Ordo. Das por sentado que siempre se celebra defectuosamente, aunque hay que reconocer que con frecuencia es así. Pero la conclusión del debate es que tenemos que aceptar el Novus Ordo tal como lo promulgó y lo quiso Pablo VI.

Teófilo: Es totalmente ilusorio hablar de un Novus Ordo ideal por el que medir los demás, como el patrón de medida universal. Si vamos a esperar que la nueva liturgia se celebre observando plenamente la Instrucción general del Misal Romano y de acuerdo con la hermenéutica de la continuidad ratzingeriana –es decir, rezando en latín las partes que no cambian (como pidió el Concilio), ad orientem (como exigen las propias rúblicas del Ordo Missae [3], sin ministros laicos de la Comunión y demás, para el caso podríamos ir en peregrinación a los oratorios de Londres, Oxford o Toronto. Una rara avis así no se encuentra en la pajarería del propio barrio.

Guillermo: Pero ¿no tendría que ser así?

Teófilo: Ahí es donde te equivocas, amigo. Si Pablo VI hubiera dado algo concreto a la Iglesia, podríamos aceptar tu propuesta. Si nos dio algo que de fábrica ya era maleable, susceptible de inculturación, adaptación y variaciones, cuyos incontables abusos se toleran por doquier, ¿se puede hablar siquiera de que la nueva liturgia sea buena o mala? ¿De qué hablamos? El solo hecho de que sea algo tan inconcreto, indeterminado y complejo es un argumento irrebatible en su contra. Señal de que tiene un defecto de forma o de que la jerarquía (papas incluidos) han sido culpables de una grave dejación de funciones en su misión de velar por la liturgia y por que los fieles tengan acceso a ella en toda su integridad. En última instancia, la responsabilidad es del pescador, da igual que sus sandalias sean negras o rojas.

Guillermo: Hablábamos de lo que el propio Pablo VI quería, de cuál era su intención.

Teófilo: A menos que tengas el don de adivinar los pensamientos con extraordinaria claridad, Dios te la depare buena con los de Montini, que cambiaban en función de quién fuera el último que había hablado con él. Es más; ¿podemos decir seriamente que da igual qué clase de teología modernista inspirara a los compiladores del Novus Ordo en tanto que una vez que Pablo VI lo hubiera promulgado todas sus pretensiones erróneas se habrían evaporado y corregido, como por arte de magia pontificia? Como si la eliminación de la Septuagésima, contraria a la clásica Tradición y a la humana psicología, careciera de importancia porque después de la devastación del santoral en 1969 por orden de Pablo VI, si los fieles no sacan tanto provecho del nuevo santoral como sus antecesores la culpa es de ellos mismos?

Guillermo: Siempre das demasiada importancia a factores externos.

Teófilo: ¿Es que la estética, los signos externos de culto[4], no influyen en la creencia subjetiva? ¿O vamos a afirmar, una y otra vez, que si los fieles no obtienen el beneficio que deben de la Misa la culpa es exclusivamente de ellos, no de que se haya despojado a la liturgia precisamente de los elementos semióticos y prácticas ascéticas que transmitían y ratificaban la moral y las verdades del dogma?

Guillermo: Estoy de acuerdo.

Teófilo: De seguir argumentando con tan deslumbrante lógica, tendríamos que argüir que si la mayoría de los fieles católicos han dejado de hacer penitencia, a pesar de que las primeras palabras del Señor fueron una exhortación a la penitencia y a creer en el Evangelio, no tiene nada que ver con la supresión de la abstinencia obligatoria de los viernes y el ayuno diario en Cuaresma. La culpa es de los fieles, que son unos perezosos y tendrían que haberse ingeniado penitencias más originales en vez de seguir con lo que sus antepasados habían hecho durante siglos.

Guillermo: Hay que ser idiota para pensar así.

Teófilo: Al fin y al cabo, los ultramontanos acérrimos que defienden el Novus Ordo a capa y espada parecen cada vez más ingenuos, desgastados, poco convincentes y desconectados de la realidad. Sus argumentos en defensa de una ruptura monumental son un insulto al Dios que creó la razón y la elevó con su Gracia, que a lo largo de siglos dio forma a nuestra liturgia mediante el soplo de su Espíritu, que nos colocó sobre los hombros el suave yugo de la obediencia a sus mandamientos y la leve carga de la sumisión a su Providencia.

Guillermo: ¡Espero que no me cuentes entre esos defensores!

Teófilo: No, tú tienes mucho sentido común, y te ha venido muy bien en estos horripilantes tiempos.

Guillermo: ¿Qué te parece entonces que debemos hacer los católicos?

Teófilo: Por el amor de Dios (nunca mejor dicho), dejemos de lado toda apologética forzada de la reforma litúrgica, veamos con toda objetividad el tremendo desastre que ha sido y busquemos la salud en la vuelta a unos venerables ritos santificados por siglos de fe y devoción. La verdad es que esos ritos jamás caducaron, y hoy en día arraigan en cada vez más lugares, como verdadera fuente de alimento para una grey vergonzosamente descuidada.

Guillermo: ¿Qué consecuencias tendría ello para el Papa? A fin de cuentas, ha sido el papado lo que ha dado lugar a esta conversación…

Teófilo: Cuando Jesús exhortó solemnemente a San Pedro diciéndole: «Apacienta mis ovejas… apacientas mis corderos», lo que hizo fue pedirle que asumiera él la carga. ¡No le dijo: «Tú apacentarás mis ovejas y corderos», como si automáticamente lo fuera a hacer, quisiera o no! Todo papa –y de hecho todo pastor de almas– tiene a raíz de ello que hacer caso al Señor y optar libremente por seguirlo, apacentando con amor a las ovejas y corderos que adquirió al precio de la preciosa Sangre de Cristo. Ojalá despierten nuestros pastores si no lo han hecho ya, y se den cuenta de la urgente necesidad de restablecer plenamente el honor y la magnificencia del culto tradicional de la Iglesia, que jamás debería haberse menospreciado y dejado de lado.

Guillermo: Aunque discordemos en otras cosas, desde luego en eso estamos de acuerdo, Teófilo.

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(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

[1] Ver mi artículo “Traditional Liturgy Attracts Vocations, Nourishes Contemplative Life, and Sustains the Priesthood.”

[2] Ver mi artículo “The Omission that Haunts the Church — 1 Corinthians 11:27-29.”  MIGUEL: ESTE ARTÍCULO TE LO ENVIÉ HACE TIEMPO, PERO CREO QUE NUNCA SE PUBLICÓ. CREO RECORDAR QUE ME COMENTASTE QUE TE PARECÍA UN POCO FLOJO. NO LO HE ENCONTRADO EN ADELANTE LA FE.

[3] Ver mi artículo La obligación del culto ad orientem, según las rúbricas de la forma ordinaria

[4] “Why getting the ‘externals’ of Catholic Mass right is more important than most realize.”

* Los amish son una pintoresca y minoritaria secta anabaptista que vive en zonas rurales de Pennsylvania y se caracteriza por un puritanismo radical que los lleva a vivir apartados de la sociedad, llegando a extremos como no utilizar electricidad ni vehículos de motor (N. del T.).

Peter Kwasniewski

El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).
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