ADELANTE LA FE

La Conciencia Moral

(Moral Católica 1.2)

“Pondré mi Ley en su pecho y la escribiré en su corazón, y Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”(Jer 31:33).

La ley de Dios es una norma objetiva hecha por Dios mismo para el hombre y para todas las cosas creadas. Esta ley es puesta por el mismo Dios en el corazón del hombre (conciencia) para que él pueda conocer lo que es bueno y lo que es malo sin mucho esfuerzo. Ahora bien, debido a las limitaciones propias del ser humano y las desviaciones que todos tenemos como consecuencia de nuestros pecados, esta ley escrita en nuestros corazones -que es clara de suyo- puede oscurecerse y cometer errores a la hora de juzgar sobre la moralidad concreta de los actos humanos. Es por ello, que para que no haya duda ni error, Dios la revela en sus mandamientos e instruye a la Iglesia para que nos los enseñe. La conciencia caminará segura y con verdad siguiendo las leyes de Dios si intenta vivir virtuosamente, cuida formarla adecuadamente y elimina los errores que pudiera haber en ella.

Definición de conciencia moral

La Ley es la norma objetiva de la moralidad de los actos. Se llama “ley” a los mandamientos de la ley de Dios, de la santa madre la Iglesia…, son esas normas externas a nosotros, determinadas por Dios y concretadas por la Iglesia que nos dicen si un acto es bueno o malo en sí mismo. El hombre ha de conocer la ley de Dios para así poder juzgar objetivamente la moralidad de sus actos.

Conciencia moral es la norma subjetiva de la moralidad de los actos. Se define la conciencia moral como: “el juicio de la razón por el que la persona reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho”.[1]

El concilio Vaticano II en su constitución Gaudium et Spes da una muy completa definición de conciencia:

“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado”.[2]

La conciencia y la verdad

Santo Tomás de Aquino define la verdad como “La adecuación del intelecto con la cosa conocida”.  Se dice que una conciencia es recta o está en la verdad cuando lo que su razón le dice está en consonancia con la ley objetiva dictada por Dios. Dicho con otras palabras más sencillas, se dice que una conciencia es recta o verdadera cuando lo que ella considera como bueno o como malo, es considerado como tal por la ley de Dios.

La relación entre la conciencia y la verdad trae como consecuencia que la conciencia no crea el bien y el mal, sino que los conoce, los explica y los juzga. La conciencia no crea la verdad, sino que goza de una capacidad innata para descubrirla. Por eso, mientras se tiene uso de razón, todo hombre discierne el bien y el mal. La conciencia es una luz que nos viene dada en la misma naturaleza. De aquí la necesidad de formar bien nuestra propia conciencia ya que no es infalible en sus juicios y necesita conocer la verdad.

La conciencia moral y ley de Dios                                    

Debido a que el hombre está dotado de inteligencia y libertad y a que hay una ley objetiva dictada por Dios al hombre, éste tiene la posibilidad y la obligación de conocer la moralidad de sus actos. La conciencia personal no es la única voz que debe guiar la moralidad de las acciones del hombre, ya que la voz de la conciencia no es siempre infalible, ni objetivamente es lo supremo; por encima de la conciencia está la ley de Dios.

Las normas están ahí y el hombre las ve o renuncia a verlas, pero no puede crearlas. Tratar de convertir la propia conciencia en norma última de moralidad es tanto como querer colocarse en lugar de Dios. El libro del Génesis nos lo dice claramente: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gen 2: 16-17). Así pues, la Sagrada Escritura nos enseña que el hombre no tiene el poder de determinar lo que es bueno o malo, sino sólo Dios.

El hombre es ciertamente libre, desde el momento que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios, pero esta libertad no es ilimitada. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena realización en la aceptación de la ley de Dios. Dios conoce perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en virtud de su mismo amor se lo propone en los mandamientos». En consecuencia, no hay una autonomía del hombre frente a Dios. El hombre descubre dentro de sí una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer.

La conciencia y la Sagrada Escritura

Frente a algunas voces que en la modernidad dicen que la conciencia es una fabricación de la religión o de la sociedad para tener controlados a los hombres, vemos cómo el hombre de todos los tiempos ha tenido una experiencia personal de la misma. Todos experimentamos esa capacidad de reflexión sobre nosotros mismos que nos hace caer en la cuenta de lo que hacemos, juzgando su bondad o malicia.

La Sagrada Escritura atestigua en muchos casos la existencia de esta conciencia en el hombre y nos habla de sus propiedades…:

Tened mis preceptos escondidos en vuestros corazones” (Prov 3: 1-3).

Dios investiga la conciencia del hombre” (Ecle 42:18).

Ante la mala conducta, el pecador se verá acosado “por los remordimientos de su propia conciencia” (Sab 17:11).

En el Nuevo Testamento se menciona la conciencia en más de treinta ocasiones: se alabra la buena conciencia ( 1 Tim 1:5); se recuerda el respeto a la conciencia propia y ajena (1 Cor 10: 25-29); se contrapone la conciencia de los cristianos a la de los paganos (Rom 2:15; 13:5); se recomienda respetar la conciencia de los débiles (1 Cor 7:13); tendremos que dar a Dios cuenta de los juicios de nuestra conciencia (2 Cor 4:2)…

Clases de conciencia

a.- Por razón de su conformidad con la ley de Dios, la conciencia puede ser:

  • Recta o verdadera: si sus dictados se adecuan a la ley de Dios.
  • Errónea: según si sus dictados no se adecuan esa ley. La conciencia errónea puede ser:
    • Vencible: cuando se pueden poner los medios para salir del error.
    • Invencible: cuando, a pesar de poner los medios, no se puede salir del error.
  • Se debe seguir la conciencia recta y verdadera y también la invenciblemente errónea.

b.- Por razón del asentimiento o firmeza del juicio que prestamos a lo que la conciencia nos dicta ésta se divide en:

  • Cierta, probable y dudosa, según el grado de seguridad subjetiva que se tenga. Se dice que una conciencia es cierta cuando juzga con firmeza y sin temor a equivocarse. Ahora bien, uno puede estar cierto de que algo es pecado o que no lo es y luego estar objetivamente equivocado. Más abajo explicamos con más detalle este concepto.
  • Perpleja: Se dice que una persona tiene conciencia perpleja cuando en un acto concreto piensa que comete pecado tanto si actúa como si no actúa. San Alfonso María de Ligorio nos dice que estos casos se ha de proceder así: “Si puede suspender la acción, que pregunte; si no, que elija el mal menor. En el caso que no pueda discernir cuál es el menor mal, elija la parte que quiera, en lo cual no habrá pecado, pues en tales circunstancias falta la libertad para que haya pecado formal”.
  • Se debe seguir la conciencia cierta; en algunos casos la probable, pero nunca la dudosa. Cuando uno tiene una seria duda sobre la moralidad de un acto, antes de obrar hay que salir de la duda. Ejemplo: Si uno tuviera una seria duda de si es obligatorio ir a Misa el día de la Asunción de la Virgen (15 de agosto), no podría quedarse tranquilamente en casa y pensar: como no estoy seguro, me quedo viendo la televisión y no peco. Tendría que salir de la duda preguntando en su parroquia…, y en el supuesto de no poder salir de la duda, entonces tendría que hacer lo que considerara más virtuoso.

c.- Por razón del momento en el que se emite el juicio, puede ser:

  • Antecedente: la que precede a la acción. Antes de actuar piensa si es bueno o malo lo que va a hacer.
  • Concomitante: es la que acompaña a la acción mientras esta se lleva a cabo.
  • Consecuente: es el juicio moral que se hace después de haber ejecutado el acto.

d.- Por razón del modo habitual de juzgar la conciencia puede ser: laxa, escrupulosa, delicada, farisaica y cauterizada.

  • Conciencia delicada: Es aquella que juzga rectamente hasta en los menores detalles.
  • Conciencia laxa: Es aquella que juzga que los actos objetivamente malos no son pecado o no tienen gravedad. Dentro de la conciencia laxa hay grados: cauterizada (ceguera para los valores morales), farisaica (darle importancia a lo que no tiene y quitarla a lo que tiene).
  • Conciencia escrupulosa: Ve pecado en casi todo o en todo lo que hace; desconfía de la confesión y del perdón de los pecados. Es una preocupación obsesiva por el valor moral de los propios actos, necesitando dar en la confesión múltiples detalles y circunstancias que no cambian el valor moral de los actos. Hay también terquedad en el propio juicio a pesar de los consejos que busca y recibe.

e.- En razón de la responsabilidad con la que se emite el juicio cabe distinguir:

  • Conciencia recta: es la que se ajusta al dictamen de la razón. Se llama prudente al hombre que elige conforme a este dictamen o juicio (CEC, nº 1780)
  • Conciencia torcida: es la que no se somete a la propia razón. Responde al hombre que actúa de modo imprudente o temerario.

Diferencia entre conciencia verdadera y conciencia cierta.

  • Conciencia cierta es cuando subjetivamente uno cree que está en la verdad; pero puede que lo esté o que no lo esté.
  • Conciencia verdadera es cuando objetivamente uno está realmente en la verdad.
  • No basta con «estar seguro» (conciencia cierta), además hay que actuar de acuerdo a lo que nos manda la ley (conciencia verdadera).
  • Por la limitación humana puede ocurrir que un hombre esté cierto de algo que no sea verdadero. Por eso mismo, hay que buscar tener una conciencia recta o verdadera.

Formación de la conciencia

Dado que está en juego la propia salvación, el hombre tiene la obligación grave de formar su conciencia. El Catecismo de la Iglesia católica nos dice que “hay que formar la conciencia y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz; formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas”.[3]

Decía Pío XII, la moral cristiana hay que buscarla “en la ley del Creador impresa en el corazón de cada uno y en la Revelación, es decir, en el conjunto de las verdades y de los preceptos enseñados por el Divino Maestro. Todo esto lo ha dejado Jesús Redentor como tesoro moral a la humanidad, en manos de su Iglesia, de suerte que ésta lo predique a todas las criaturas, lo explique y lo transmita, de generación en generación, intacto y libre de toda contaminación y error”.[4]

Difícilmente podría hablarse de rectitud moral de una persona que desoiga o desprecie el Magisterio eclesiástico: “el que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia; y el que me desprecia, desprecia al que me envió” (Lc 10:16). Por tanto, para un cristiano, sí no hay unión con la Jerarquía -con el Papa y con el Colegio Episcopal en comunión con el Papa-, no hay posibilidad de unión con Cristo.

Si deseamos formar rectamente nuestra conciencia necesitaremos pues: buscar seriamente a Dios y pedir la ayuda del Espíritu Santo, ser humildes y sinceros con nosotros mismos, buscar ayuda de un buen director espiritual, estudiar las enseñanzas que la Iglesia nos brinda a través de sus libros de moral y reflexionar antes de actuar.

  • Buscar a Dios seriamente y pedir la ayuda del Espíritu Santo: Él es el camino, la verdad y la vida. Si le seguimos, podemos estar seguros de no equivocarnos y de encontrar la verdad. Quien intenta vivir y practicar las virtudes cristianas, Dios le ayuda a formar una conciencia recta.
  • Ser humildes y sinceros con uno mismo. El que es humilde y sincero no tiene miedo a la verdad y a reconocer su error. Es la falta de humildad la que intenta justificar una conducta que es de suyo inmoral; en cambio, el que es humilde reconoce su falta y acude a Dios para pedirle perdón y que le enseñe el buen camino.
  • Dado que nosotros no lo podemos saber todo, es bueno buscar la ayuda de aquellos que en materia de moral se supone han de ser unos “expertos”, dígase de los sacerdotes. Se supone que ellos han estudiado la Sagrada Escritura y conocen la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, lo cual es necesario para poder tener un conocimiento verdadero de las leyes de Dios.
  • Es obvio que si la Iglesia es la depositaria e intérprete auténtica de la verdad revelada, un medio muy importante de nuestra formación será el estudio de los documentos del Magisterio, y de otros libros con buena doctrina, avalados por la autoridad eclesiástica competente.
  • Ayuda también a formar la conciencia adquirir el hábito de reflexionar antes de actuar.

La deformación de la conciencia

Del mismo modo que tenemos que buscar la recta formación de la conciencia, debemos también evitar la deformación de la misma.

La deformación de la conciencia se puede producir por:

  • Causas personales como por ejemplo la falta de formación, la justificación de los propios pecados, la falta de lucha.
  • Causas sociales, como por ejemplo el relativismo moral que hay en la actualidad.

Ahora bien, en la raíz y en el desarrollo de una conciencia deforme siempre hay una voluntad torcida. 

Diferencia entre “libertad de conciencia” y “libertad de las conciencias”

No confundamos la libertad de conciencia con la libertad de las conciencias:

  • Libertad de conciencia: es la que pretende situarse al margen de toda norma o ley, incluida la ley de Dios, con el fin de hacer lo que le plazca. Libertad de conciencia así entendida es totalmente erróneo. La conciencia no goza de una libertad en términos absolutos, sino que está sometida a la norma moral, la cual ha de atender siempre los designios de Dios. Libertad de conciencia entendida en este sentido no es ningún derecho de la persona.
  • Libertad de las conciencias: hace referencia a la dignidad de la conciencia de cada persona, por lo que ha de ser respetada. Ésta, no sólo ha de ser reconocida por todos, sino que debe ser garantizada jurídicamente, de forma que esté protegida y se pueda defender ante los poderes públicos, incluso ante el Estado.

Resumiendo

Resumiendo pues lo más esencial de toda esta información diremos:

  • La conciencia, para ser norma válida del actuar humano tiene que ser recta y cierta, y no dudosa ni culpablemente errónea.
  • Una persona que actúe contra su conciencia, peca; pero también peca por no ajustar deliberadamente sus dictámenes a la ley de Dios, que es la norma suprema de actuación.
  • No se puede apelar a la conciencia para eludir la norma, que quizá por falta de formación o incluso por mala fe, se desconoce.

Es cierto que hemos de decidir con nuestra propia conciencia, y también que nadie nos puede forzar a actuar contra ella, pero no es menos cierto que tenemos el grave deber de que los dictados de esa conciencia se ajusten a lo que Dios quiera, que es tanto como decir que esté bien formada.

Padre Lucas Prados


[1] Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), nº 1796.

[2] Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, nº 16.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), nº 1783.

[4] Pío XII, Alocución, 23-III-1952

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com

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