LA CRISIS INTERNA DE LA IGLESIA ESPAÑOLA DESPUÉS DE 1965

La división “política“ de la Iglesia está en mutua interacción con su profunda crisis interna iniciada en el posconcilio, radicalizada en los setenta y empezando a ser aminorada a finales de los ochenta.
Respecto al Concilio Vaticano II, se ha repetido que su aplicación en España era difícil porque la Iglesia no estaba preparada: esto contradice a la evidencia histórica. Los Obispos españoles no se diferenciaban de la media del episcopado mundial. Las cuestiones relativas a la sociedad civil se han dado en muchos países, en cada uno según la variedad de las situaciones; y las resistencias graves al Concilio (por ejemplo en reforma litúrgica) apenas han existido en España y sin embargo han calado más en países supuestamente preparados como Francia (donde tiene más presencia el movimiento fundado por Monseñor Lefebvre).
La Iglesia anterior al Concilio estaba en uno de los momentos más altos de unidad y tensión evangelizadora; casi todas las aportaciones del Concilio son formulación autorizada de movimientos anteriores cronológicamente. La intención del Concilio era movilizar en actitud misionera todas las energías de la Iglesia para que ésta iluminase, de manera adaptada a las condiciones presentes, un mundo que se está unificando. El diagnóstico del Papa Pablo VI, en 1972, fue que, inesperadamente, muchas fuerzas, en vez de fluir por los cauces del Concilio, se detuvieron, dudaron de su misión, se diluyeron en el mundo descuidando lo específico de la fe cristiana, y la Iglesia se llenó de confusión y divisiones.
La Iglesia de España no fue excepción. Según la apreciación del mismo Pablo VI, fue una de las naciones más sacudidas por desconexión imprudente de sus propias raíces tradicionales. Ciertamente, donde había solicitud apostólica, siguió actuando estimulada por el Concilio, y es un hecho la perseverante dedicación catequética de innumerables creyentes silenciosos, de numerosos sacerdotes y personas consagradas. Pero, en el panorama histórico, el hecho más patente es el de la desorientación y división interna.
Al igual que en otras partes, el fenómeno caracteriza a muchos dirigentes en el campo del pensamiento o de la acción, y no se trata sólo de las incertidumbres o desaciertos inherentes a la búsqueda o revisión de formas pastorales y/o catequéticas; muchos profesores, publicistas y cargos pastorales (de la confianza de la Jerarquía) no ocultan su reticencia o abierta oposición (o disenso) a la doctrina del Magisterio ya sea en eclesiología, cristología, liturgia o moral. Las campañas pro ley del aborto y del divorcio son impulsadas por católicos y apoyadas por instituciones ligadas al Episcopado. En consecuencia, se extienden prácticas pastorales desviadas de la doctrina católica, sobre todo en la praxis del matrimonio y la confesión (por la pérdida de sentido de pecado a causa de una catequesis que obvia o minimiza la redención). En el momento en que los cambios socioeconómicos ocasionan una inundación del laxismo moral (ya a finales de los años sesenta) gran parte de la Iglesia se va distanciando del problema moral (sobre todo en la formación sexual donde se inicia en abandono progresivo de la educación en la castidad y valor de la virginidad, en convergencia plena con las ideas de moralistas disidentes del Magisterio como Häring o Vidal). Como siguiente guión se va implantando, sutilmente, un mensaje pastoral que plantea la dicotomía entre justicia como virtud posible frente a pureza como virtud imposible o desfasada. Además, muchos pastores desprecian las formas usuales de piedad popular (en los años setenta; pues en los ochenta, sin embargo, se empieza a ver en la religiosidad popular la única alternativa pastoral ante el avance del laicismo).
Y, a la vez que todo lo dicho, en sectores cada vez mayores de la Iglesia española se va dando un proceso simultáneo de:
  • Secularización interna (en mimetismo con la cultura dominante); este aspecto es considerado como el problema principal, el problema de fondo al que se enfrenta la Iglesia de España (16)
  • Protestantización y fuerte complejo de todo lo típico de la identidad católica
  • Formación humanista desligada de la Revelación (o si acaso solo ligada al “Jesús histórico” separado del “Cristo de la fe”)
  • Descentramiento de la Iglesia, menos venerada como Madre y como Cuerpo de Cristo, al servicio de una esperanza total y trascendente; y más aceptada como empresa de objetivos temporales a nivel social
  • Exigencia de pluralismo en lo que para la Iglesia es esencial (disenso de ideas ante el depósito de la fe, camuflado como “reformulación del dogma”) y a la vez pretensión de uniformar lo que para la Iglesia es opinable
Ya en 1973 los Obispos españoles manifestaron que su tarea más importante era promover la unidad del pueblo cristiano. Pero ciertas modalidades de la actuación pastoral, especialmente llamativas desde finales de los años sesenta, se añaden como nuevo factor de malestar a las causas ya indicadas:
1ª: Equívocos acerca de la autoridad de la Conferencia Episcopal (órgano nacido tras el Concilio y que sustituye a la “Asamblea de Obispos” anterior). Lo que de ordinario es simplemente un ejercicio conjunto de la función pastoral que compete a cada Obispo, aparece ante la opinión pública como una instancia superior, intermedia entre cada Obispo y el Magisterio universal de la Iglesia. Circulan “normas” que carecen de autoridad canónica.
2ª: Algunos órganos de acción pastoral, incluida la misma Conferencia, se han acostumbrado a “canonizar” como “oficiales”, sin autoridad verdadera, posiciones que son legítimamente discutibles. Resultado: en la apariencia social esos órganos funcionan como un partido mayoritario, introduciendo en la Iglesia lo que Pablo VI, en su carta de 1974 sobre la reconciliación, llamaba contagio del partidismo civil, causa de escisión y no de comunión.
3ª: En consecuencia, algunos órganos nacionales se contagian del estilo de propaganda de los partidos, y frente a la actitud clásica de la Jerarquía, sobria en declaraciones, se multiplican las manifestaciones típicas del “marketing” moderno, la preocupación por la imagen que parecerá normal a la clase política pero que lesiona el corazón de la Iglesia.
4ª: Escasea la proposición directa y sencilla del mensaje cristiano. Abunda un lenguaje sobrecargado de análisis y valoraciones de procesos históricos, siempre discutibles, con la consiguiente erosión de la autoridad del Magisterio.


5ª: Hay una presunción de superioridad moral sobre los pastores “de ayer” (que incluye el juicio severísimo sobre la actuación de la Iglesia en la guerra civil del lado del franquismo). Incluso se rezuma gran reticencia hacia los Mártires (verdadera gloria de la Iglesia), dando la sensación de que la Iglesia se avergüenza de sus mártires pero no de sus apóstatas (17). De hecho, hasta 1986 no se beatifican los primeros mártires de la guerra civil (tres carmelitas de Guadalajara) gracias al impulso que a estos procesos dará Juan Pablo II.
Continuará…
NOTAS:
(16): Carta Pastoral del Arzobispo de Sevilla, Noviembre de 2009
(17): A. Garralda, diario “El Alcázar”, 29 de Agosto de 1984


Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".