Desde su creación, el Consilium se puso a trabajar sin tardanza, porque la obra de la restauración que había que realizar era gigantesca. Comenzó con una reforma fácil y de grandes consecuencias: El 7 de marzo de 1965, después de “que durante muchos meses, y muchas experiencias que se habían hecho, con el mejor resultado, en el mundo entero”1 promulgó un decreto reestableciendo la posibilidad de la concelebración y de la comunión bajo las dos especies.

Estos dos ritos habían sido discutidos largamente durante el Concilio y el sentido ecuménico de su reintroducción parecía adecuado a todos: “La renovación litúrgica, escribía H. Fesquet, el primero de noviembre de 1962, en la cual trabaja el Concilio, tiene repercusiones sobre la reconciliación de las Iglesias. El tronco común de las liturgias de diversas confesiones cristianas podría limpiarse en profundidad. Restaurando la comunión bajo las dos especies, el catolicismo daría un paso hacia las Iglesias reformadas y ortodoxas”2. “La concelebración constituye también un paso hacia una práctica unificada con Oriente, aportando su contribución a la reconciliación ecuménica.”3 “Para algunos, recordaba R. Laurentin al final de la primera sesión, la comunión bajo las dos especies no daba de forma más eficaz el Cuerpo de Cristo que la comunión bajo la sola especie de pan. Pero tenía un mayor significado. Esta convendría más en los ritos de las alianzas (matrimonio).

Por otra parte, sería bueno destacar, desde el principio, que no existe ninguna razón que prohíba la recepción del cáliz a los laicos. Existiría un prejuicio cada vez menor, y sería un ejemplo de gran alcance ecuménico, cuando la Iglesia se hace estimar y amar, renunciar a principios del pasado, sin un vano temor de ser mal juzgada”4. “Hemos señalado en el volumen precedente, la importancia de esta restauración. Tiene importancia para el ecumenismo puesto que el rechazo de dar el cáliz a los fieles fue un factor de oposición inútilmente violenta con los protestantes. Éstos insistían, no sin peso, sobre las palabras “tomad y comed todos de él”5.

Y volviendo sobre el tema en el resumen final del Concilio: “Se trataba, en el doble punto de vista teológico y ecuménico, de afirmar bien, desde el principio, que los fieles tienen un derecho fundamental al cáliz, con el mismo título que el sacerdote, cualquiera que sean las razones prácticas o higiénicas que recomienden el uso ordinario de la comunión con la hostia sola para los fieles”6. Un autor precisaba algunos meses antes de la aparición del decreto: “Ahora que la comunión con el cáliz ha sido despojada de su carga polémica, reviste una significación ecuménica muy destacada. Los protestantes, como las Iglesias de Oriente, lo apreciaron profundamente”7. Después de su aparición, un comentarista del decreto intentó destacar una razón evidente, arriesgándose a caer en error: “La restauración de este rito, decía él, hay que reconocer, no había sido reclamada por los fieles claramente, ni por los clérigos”8. La razón era otra: “Si la Iglesia emprende esta restauración, es porque tiene una voluntad positiva de hacer redescubrir un valor olvidado muy importante. Desde luego esta restauración tiene un alcance ecuménico. El cáliz no es un signo de adhesión anticatólica, como en los tiempos de la Reforma y de la Contra-Reforma. Al contrario, la unificación de los cristianos, muestra el deber de arrancar todo lo que parezca rechazar o contradecir la Institución de Cristo.

Esta restauración es coherente con el clima ecuménico de hoy en día”9. Volviendo a esta forma (la comunión bajo las dos especies), nos reúne con la tradición oriental y se favorece la unidad con los hermanos separados”10. Finalmente, la Congregación para el culto divino destacaba en 1970 la unión íntima entre esta restauración y la unidad cristiana: “La catequesis (preparatoria a la comunión bajo las dos especies) podrá destacar el hecho que la comunión bajo la dos especies permaneció siempre en vigor en la Iglesia católica (principalmente en los ritos orientales), en la Iglesia ortodoxa, y se tiene en gran consideración por las otras confesiones cristianas. De lo que se desprende la gran importancia de la nueva disciplina para el ecumenismo”11.

(Continuará)

G. Celier

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[Traducido por María Teresa Marín para Adelante la Fe]

1 “Decret général promulgant le rite de la concelebration et celui de la comunión sous les deux espèces”, DCC V, pág. 163 o EDIL 392.

2 H. Fesquet: “Le Journal du Concile”, Robert Morel éditeur, 1966, pág. 72.

3 R. Swaeles: “Valeur de la concélébration eucharistique”, en “Eucharistie et vil conventuelle”, Publications de Saint-André, 1968, pág. 62.

4 R. Laurentin: “L’enjeu du Concile. Bilan de la première session” Seuil, 1963, pág. 24.

5 R. Laurentin: “L’enjeu du Concile. Bilan de la première session”, Seuil, 1964, pág. 249.

6 R. Laurentin: “Bilan du Concile Vatican II”, Seuil, Livre de vie, 1967, pág. 157.

7 G. Danneels: “La communion sous les deux espèces”, Conc. 2 de febrero de 1965, pág. 137.

8 Ch. Michel-Jean: “La comunión au calice”, LMD 85, Primer trimestre 1966, pág. 173.

9 Ch. Michel-Jean: Ibid. Pág.173-174.

10Le renouveau liturgique”, RCR 4, julio-agosto 1965, pág. 152.

11Notulae ad instructionem de ampliare facultate sacrae communionis sub utraque specie administrandae”, Not. 57, septiembre-octubre de 1970, pág. 328 (Traducido del latín por el autor).