Durante los debates sobre la Constitución, se produjo una intervención a la cual merece dedicarle algunos instantes. El Padre Bouyer, presintiendo el futuro de la liturgia después del Concilio, hizo esta alusión: “Algunos piden una revisión, buscan hacer de nuevo, de una forma más o menos integral, el Canon. Se ha visto en el Concilio a más de un obispo proponer lo que se llama una ‘liturgia ecuménica’, en la que el Canon romano sería abandonado en beneficio de una plegaria redactada nuevamente y que podría satisfacer tanto a los no católicos como a los católicos” 1. Sucedió que, algunos años más tarde, con un poco de mal humor afirmaba: “Hay que sorprenderse, una vez más, no pudiendo encontrar satisfacción por tales tendencias que, no están inspiradas ciertamente, ¿algunos quieren aprovechar la reforma litúrgica en curso para obtener o imponer lo que sería una completa deformación? Mezclando así, tal y como se pretende, el ecumenismo en boga con la ‘conversión del mundo’, se nos propone, reformas de la Misa que, en un principio, intentarían llevarla a sus orígenes evangélicos, pero dejando en ella (y si falta, incluirlo), lo que pueda convenir, se nos dice, con el ‘hombre de hoy día’, ¡un hombre que se proclama actualmente totalmente desacralizado! A falta de haber podido proponer en el Concilio un proyecto de su gusto, un prelado, en una conferencia de prensa que tuvo lugar, para asegurar una (reforma) más amplia, reclamó una ‘misa ecuménica’ y secularizada, que el hombre de hoy en día, podría comprender sin tener necesidad de aprender nada. Un teólogo conciliar, de su cuerda, no osando aventurarse tanto, sugiere, que por lo menos, se deseche el Canon y sea reemplazado por la liturgia de Hipólito acomodada al clamor del tiempo” 2.

¿Qué había pasado entonces? Para poder comprenderlo hay que trasladarse a los historiadores del Concilio. H. Fesquet escribe el 6 de noviembre de 1962 en “Le monde”: “Durante el medio día del lunes, Monseñor Duschak, Obispo de Filipinas, tuvo una conferencia de prensa sobre la necesidad de instaurar, fuera y en lugar del rito latino, una misa ecuménica inspirada en la Santa Cena, que sería celebrada enteramente en lengua vulgar, en voz alta y frente a los fieles, de tal manera, que sería accesible sin explicaciones ni comentarios, y aceptable para todos los cristianos cualquiera que fuera su confesión” 3. Más fue el Padre Wiltgen quien explicó, de una forma más completa este interesante episodio, y así lo vamos a ver: “Uno de los oradores de la mañana, Monseñor Duschak, Obispo titular de Abidda y vicario apostólico de Calapán en las Filipinas, nativo de Alemania, insistió sobre la necesidad de lo que el mismo llamaba una misa ecuménica que, estrictamente modelada sobre la Última Cena, existiera junto con la forma actual de la misa de rito latino.

El comunicado difundido ese día por la Oficina de prensa del Concilio no hizo mención de la propuesta de Monseñor Duschak. (…). Pero una conferencia de prensa había sido organizada (por el Padre Wiltgen mismo), al medio día para Monseñor Duschak (…). Monseñor Duschak dijo a la prensa que había consagrado su vida al estudio de la liturgia pastoral, y lo que sugería era fruto de más de treinta años de actividad sacerdotal en las Filipinas. ‘Mi idea, dijo él, sería introducir una misa ecuménica, desprovista en todo lo posible de superestructuras históricas, basada en la esencia misma del Santo Sacrificio y firmemente arraigada en las Santas Escrituras. Pienso que debería contener todos los elementos esenciales de la Última Cena, utilizando un lenguaje y gestos que sean comprensibles, adaptando el método y espíritu de las plegarias y las palabras que deban pronunciarse. Debería ser una suerte de celebración de la misa que todos los miembros de la comunidad, lo mismo si asisten por primera vez como si lo llevan haciendo toda su vida, puedan comprender pronto, sin que haya necesidad de explicaciones complicadas y de comentarios históricos particulares’. Las plegarias de origen humano deberían ser, seguía diciendo, utilizadas muy rara vez; Se debería poner el acento, al contrario, en las palabras pronunciadas por Cristo en la Última Cena, cuando instituyó la Eucaristía y proclamó su plegaria sacerdotal por la unidad, así como las admoniciones de San Pablo concernientes a la Eucaristía tal y como se encuentran en su primera epístola a los Corintios (…). La sustancia del Santo Sacrificio, continuaba, quedaría inalterable, más los ritos, las formas, la lengua y los gestos se habrían acomodado a los gustos del momento, lo que permitiría al hombre moderno obtener un mayor beneficio espiritual. Y además, toda la misa debería ser celebrada en voz alta, en lengua vulgar y frente al pueblo. ‘Creo que si se ofrece al mundo esta forma ecuménica de celebración eucarística, la fe de las comunidades cristianas no católicas en la presencia sacramental de Cristo podría ser renovada o igualmente rectificada’. Monseñor Duschak señalaba que no se proponía la abolición de la forma existente de la misa latina. No hacía más que proponer la introducción de una forma, de una estructura suplementaria”4. El Padre Wiltgen concluye su relación del incidente de la forma siguiente: “Antes de que finalizara el Concilio, la Comisión para la aplicación de la Constitución sobre la santa liturgia aprobó, de forma experimental, tres fórmulas distintas de la misa, en las cuales la totalidad de la misa, y comprendiendo el Canon, debía ser dicha en voz alta, en lengua vulgar, por el sacerdote vuelto hacia el pueblo. Una parte de la proposición de Monseñor Duschak se había puesto en práctica”5.
(continuará)

G. Celier

[Traducido para Adelante la Fe por María Teresa Marín]

1 L. Bouyer: ¿En qué se van a convertir los ritos sagrados? VS 521, noviembre de 1965, pág. 539.

2 L. Bouyer: “Eucaristía. Teología y espiritualidad de la plegaria eucarística”, Desclée, 2ª edición, 1968, pág. 17.

3 H. Fesquet: “El periódico del Concilio”, Robert Morel editor, 1966, pág. 85 y 86.

4 R.M. Wiltgen: “El Rhin desemboca en el Tiber”, Ediciones del Cedro, 4ª edición, 1982, pág. 37, 38, Cf. Igualmente ICI 181, Primero de diciembre de 1962, pág. 12

5 R.M. Wiltgen: Ibid. pág. 38 y 39.

Artículos anteriores