En muchas ocasiones padres, que apenas conozco, pues no suelen venir frecuentemente por la Iglesia, se me acercan realmente agobiados solicitando recomendaciones para solventar los graves problemas que están teniendo con sus hijos adolescentes. Yo intento ayudarles en cada caso concreto, y aunque siempre se puede hacer algo, en la mayoría de las ocasiones el daño es tan profundo que una reparación íntegra es casi imposible.

Otro hecho también muy frecuente, es el de los padres realmente católicos y preocupados de formar cristianamente a sus hijos que se sienten angustiados y sin herramientas para luchar, pues ven cómo sus hijos, que habían sido formados en un ambiente realmente cristiano y de fe, conforme van llegando a la adolescencia, son absorbidos, embelesados y envenenados por el mundo. Llega un momento en el que estos jóvenes ya no quieren saber nada de la Iglesia, de su religión e incluso de sus propios padres. ¿Cómo puede ser, que estos jóvenes que habían sido educados según unos principios cristianos hayan sido destruidos tan fácilmente en el corto plazo de dos o tres años? ¿Qué pueden hacer los padres para que el mundo no destruya lo que a ellos les ha costado tanto trabajo? ¿Qué pueden hacer los padres para que los hijos realmente se llenen de Dios y luego tengan armas suficientes para luchar contra este mundo?

La solución no es fácil, pero a lo largo de varios artículos intentaremos analizar los problemas más frecuentes con los que se tienen que enfrentar los padres en la educación de sus hijos desde que estos son bien pequeños; e intentaremos orientar, ofreciendo las posibles soluciones que pueden aplicar antes de que sus hijos “vuelen y se les escapen”.

Hace años, hablando con mi madre ella me decía: “Una de las misiones más difíciles que tenemos que realizar los padres es la educación de los hijos. Los hijos, me decía, son como un pajarito que tienes entre tus manos, si aprietas demasiado los ahogas, y si abres demasiado la mano, se escapan. Es realmente un milagro, que los padres tenemos que pedir continuamente a Dios”.

Gravedad de la situación actual

El primer problema que tenemos que afrontar es el hecho de que los padres sean conscientes de la gravedad de la situación actual, con el fin de que desde la infancia empiecen a educar cristianamente a sus hijos siguiendo unas pautas correctas.

Un hecho muy común que me encuentro a diario, es el de que cuando le aconsejo a los padres que se preocupen de educar cristianamente a sus hijos desde la más tierna infancia, se sonríen y me responden inocentemente: “mis hijos son buenos y a ellos no les va a pasar nada de lo usted dice”. Pero la triste realidad es que cuando esos niños tienen quince o dieciséis años, le preguntas de nuevo por sus hijos, y te dicen ya bastante preocupados: “nuestros hijos son buenos, pero…”. En esa respuesta uno es capaz de adivinar su angustia y preocupación, pues ya no pueden controlarlos. En una palabra “el mundo ya se los ha tragado”.

Uno de los problemas más graves y preocupantes con el que se han de enfrentar los padres verdaderamente cristianos, es el de la formación humana y cristiana de sus hijos. Es por ello que este escrito está dirigido especialmente a esos padres buenos y preocupados.

Hay otros padres, que desgraciadamente son la mayoría, y que se llaman a sí mismos, cristianos, que nunca se han preocupado seriamente de educar a sus hijos según los principios cristianos. Estos padres, no creo que saquen mucho provecho de la lectura de estos artículos –si es que cayeran en sus manos-, pues les supondría un cambio de actitudes tan radical que nunca estarían dispuestos a realizarlo. Ahora bien, que estos padres sepan, que serán severamente juzgados por Dios cuando les toque presentarse ante el Trono del Altísimo.

Una labor urgente y sin posible demora

Aunque los padres son tales durante toda su vida, sólo disponen de los primeros quince o veinte años de sus hijos para realizar de un modo eficaz esta labor. Pasados esos años, los hijos ocasionalmente oirán algún consejo de sus padres. En la mayoría de los casos ya se verán con la suficiente autonomía para tomar sus propias decisiones y elegir los caminos, buenos o malos, que prefieran tomar. Y si me aprietan un poco, y dada la situación actual de nuestra sociedad, los padres sólo disponen realmente de los primeros diez o doce años de sus hijos; al cabo de los cuales, en la mayoría de casos, los hijos se cerrarán en banda y antes escucharán a los amigos que a sus progenitores.

Les cuento un hecho real que me ha ocurrido este mismo año. Hace dos años comencé en una de mis parroquias catequesis de Confirmación con un grupo de unos veinte jóvenes de entre 10 y 12 años. El primer día le hice un plan general y ya les dije que lo primero que tenían que hacer era confesarse cuanto antes para que la catequesis diera fruto y al mismo tiempo pudieran recibir la Comunión. Ese mismo día se confesaron prácticamente todos. Yo me alegré tremendamente. Así siguieron haciendo la gran mayoría durante el primer año de la catequesis.

Este septiembre pasado, comenzábamos el segundo año. Los chicos ya habían pasado de los 10-12 años a los 11-13 años. El primer día les hice el mismo llamado para que se confesaran, y cuál fue mi sorpresa que ya no se acercó a confesarse ninguno. Después de mucho insistir semana a semana he conseguido que se confiesen cinco seis de esos veinte que comenzaron, pero los demás están esperando a que llegue el día anterior de la Confirmación para confesarse; pues ya les he dicho que si no se confiesan, no pueden confirmarse.

Sólo ha pasado un año; pero en ese año han ocurrido muchas cosas; cosas que han ensuciado su corazón y como consecuencia ya no se atreven a confesarse.

Es duro decirlo, pero una vez que se confirmen probablemente ya no veré a muchos hasta…, hasta el entierro.

Todos hemos oído miles de veces el famoso ejemplo del arbolito que es plantado y que hay que guiar y enderezar cuando todavía es tierno. Cuando el tronco se haga leñoso ya será casi imposible enderezarlo. Esa es la razón por la cual los padres han de extremar el cuidado durante los primeros años de sus hijos, pues será el momento en el cual estarán más receptivos.

Las virtudes y defectos de los padres en los hijos

Los defectos que tienen los padres son  casi siempre “heredados” por los hijos. Las virtudes, en cambio, en ocasiones sí y en otras no.

Con bastante frecuencia los padres se quejan de las malas costumbres de sus hijos y no se dan cuenta de que en muchas ocasiones, esos malos hábitos que tienen sus hijos los han aprendido en el hogar familiar. Si los padres no son honestos, virtuosos, veraces, ordenados, piadosos…, difícilmente podrán esperar que sus hijos lo sean.

Me hace mucha gracia cuando los padres de los niños de la catequesis de primera comunión  dejan a sus hijos para la Misa, y mientras tanto, ellos se van al bar más cercano para ver el partido de fútbol. Acabada la Misa vuelven a recoger a los niños y les preguntan: “¿te lo has pasado bien?” Cuando ese niño crezca, lo más probable es que haga con sus hijos exactamente lo mismo.

Cuando un niño de siete años suelta una blasfemia, si hacemos una investigación podremos comprobar, que la ha aprendido de otro niño o de sus padres. Y si la ha aprendido de otro niño, es porque éste a su vez la aprendió de sus padres. Los padres son los primeros formadores de sus hijos, tanto para lo bueno como para lo malo.

Hace años oí una simpática historia de una familia de cangrejitos que es muy reveladora. La historia decía así:

“Érase una vez una familia de cangrejitos que vivía en el fondo del mar. Un buen día el padre cangrejo, preocupado por la formación de sus hijos le dijo a su querida mujer:

  • Vida mía. Sería para mí un gran placer si nuestros hijos fueran el día de mañana cangrejos bien formados, que caminaran siempre hacia adelante y no de lado como lo hacemos nosotros. Así que para conseguirlo, mañana a las doce del mediodía reúne a todos nuestros hijitos cerca de aquella roca, y tú y yo les enseñaremos a caminar de frente.

Llegó el día siguiente y mamá cangrejo reunió a toda su prole frente a la roca que les servía de guarida. En eso que llegó papá cangrejo muy orgulloso y con hermosa oratoria dijo a sus hijos:

  • Queridos hijos, tanto vuestra madre como yo queremos que seáis cangrejos bien formados y que caminéis siempre hacia adelante. Así que a partir de hoy nos reuniremos todos aquí para hacer prácticas y enseñaros a caminar de ese nuevo modo.

Los cangrejitos pequeños se quedaron extrañados ante la ocurrencia de su padre. Mamá cangrejo no pudo decir nada, pues no quería dejar en mal lugar a su marido.

Durante varios días estuvieron haciendo prácticas. Papá cangrejo se ponía el primero de la fila y detrás de él, en fila india, cada uno de los niños. La comitiva estaba cerrada por la madre, la cual llevaba en brazos al cangrejo más pequeño que todavía estaba aprendiendo a andar.

Acabado el exitosamente el experimento, papa cangrejo volvió a reunir a todos sus hijos y les dijo:

  • Ya sabéis queridos hijos. De ahora en adelante tenéis que andar siempre así. No andéis nunca más de lado como hacen el resto de los cangrejos. Vosotros tenéis que ser los cangrejos del futuro.

Papá cangrejo, muy orgulloso de la lección enseñada, cogió del bracete a su mujer y se fueron los dos caminando a visitar a otra familia de cangrejos que vivía cerca; pero no se percataron de que iban caminando de lado. Cuando los cangrejitos vieron a sus padres andar, se miraron los unos a los otros y dijeron:

  • ¡Y para qué cambiar! ¡Hagamos lo mismo que nuestros padres pues es mucho más fácil!

Y es que no es suficiente con dar buenas lecciones; si los padres no son los primeros que las ponen en práctica, difícilmente los hijos las seguirán.

A lo largo de los próximos artículos, analizaremos e intentaremos ayudar a los padres. Comenzaremos analizando cuál ha de ser su modo de actuar durante los primeros diez o doce años de los chicos (asistencia a Misa, oraciones, lecturas, uso de la TV, internet, móviles, qué hacer durante las vacaciones, horas de sueño, enseñarles a comer, y un larguísimo etcétera). Posteriormente entraremos en los años más problemáticos que suelen ser desde los doce hasta los veintitantos. Y por último intentaremos dar algo de luz para que puedan seguir ayudando a sus hijos cuando estos ya se han emancipado pero no han tomado el camino correcto (viven juntos sin casarse, caen en el alcoholismo o la droga, pierden la fe, contraen hábitos sexuales contra natura…).

Al mismo tiempo, les ruego me ayuden en esta misión a través de sus comentarios y preguntas. Si alguna cosa no quedara suficientemente clara, no dudaré en explicarla de nuevo.

Padre Lucas Prados