Durtal se dirigió por el gran camino de entrada hacia el entramado de la derecha y se sentó; éste brazo exiguo del transepto estaba provisto de un altar estampado con una cruz griega en relieve sobre una esfera de color púrpura. Por doquier, en el aire, la bóveda enorme y arqueada pendía pesadamente, tan bajo que el brazo levantado de un hombre podía alcanzarla; y estaba negra, tal como un fondo de chimenea, calcinada también por los incendios que consumieron las catedrales construidas encima de ella.

Poco a poco, el golpeteo de los zuecos se escuchó, a continuación pasos ahogados de religiosas; hubo un silencio, al cual le siguieron estornudos contenidos por pañuelos, y todo quedó en silencio.

Messe01Un sacristán se introdujo por una pequeña puerta abierta en la otra ala del transepto, encendió los cirios del altar mayor y rosarios de corazones bermejos brillaban en la media luna, a todo lo largo de los muros, rodeada de una aureola, con el fuego de los cirios que reverberaban, una estatua de la Virgen, rígida y oscura, sentada con un niño sobre sus rodillas. Era la famosa Nuestra Señora del Subsuelo (Notre-Dame de Sous-Terre) o más bien su copia, pues la original había sido quemada en 1793, frente al gran pórtico de la iglesia, en medio de una partida delirante de revolucionarios (sans-culottes).

Un monaguillo apareció, seguido de un viejo sacerdote y, por primera vez, Durtal vivió el servir realmente una misa, comprendió la increíble belleza que puede liberar la observancia meditada del sacrificio.

Este niño arrodillado, el alma tensa y las manos juntas, hablaba, en alta voz, lentamente, recitaba con tanta atención, con tanto respeto, las respuestas del salmo, que el sentido de esta admirable liturgia, que no nos asombra ya, porque no la apreciamos después de tanto tiempo, que balbuceada y despachada, en voz baja, precipitadamente, se revela súbitamente a Durtal.

Y el sacerdote, incluso inconscientemente, lo quisiera o no, seguía el tono del niño, se inspiraba en él, recitaba con lentitud, no profiriendo simplemente los versículos desde el fondo de los labios, sino que se impregnaba de las palabras que debía decir, jadeaba, sobrecogido como en su primera misa, por la grandeza del acto que iba a realizar.

Durtal escuchaba, en efecto, temblar la voz del celebrante, de pie ante el altar, así como el Hijo mismo que él representaba ante el Padre, pidiendo perdón por todos los pecados del mundo que él presentaba, socorrido, en su aflicción y en su esperanza, por la inocencia del niño cuyo amoroso temor era menos consciente que el suyo y menos vivo.

Y cuando pronunciaba ésta apesadumbrada frase: « Dios mío, Dios mío, ¿por qué mi alma está triste y por qué me turbas?» el sacerdote era de hecho la figura de Jesús sufriendo en el Calvario, pero el hombre permanecía también en el celebrante, el hombre volviendo en sí mismo y empleando en sí por supuesto, en razón de sus ofensas personales, y de sus propias faltas, los sentimientos de angustia citados por el texto inspirado del salmo.

Y el pequeño ayudante le consolaba, le incitaba a esperar y, después de haber murmurado el Confiteor ante el pueblo que se purificaba a su alrededor, por una idéntica ablución de confesiones, el celebrante, ya más tranquilo, subió los escalones del altar y comenzó la misa.

Verdaderamente, en esta atmósfera de oraciones replegadas por el pesado techo, en este entorno de hermanas y de mujeres arrodilladas, Durtal tuvo la noción de un primer cristianismo sepultado en las catacumbas; era la misma ternura incesante, la misma fe; y podría insinuarse un poco de temor de ser sorprendido y del deseo de afirmar ante el peligro sus creencias. Así como en una confusa estampa, se encontraba, en este divino sótano, una vaga escena de neófitos antaño reunidos en los subterráneos de Roma.

Joris-Karl Huysmans
La Catedral
1898

[Traducido por Mauricio Cruz. Artículo original]

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