En la mañana del 25 de julio de 1968, festividad del Apóstol Santiago, después de celebrar la misa, el Papa Paulo VI ponía su firma al pie de un documento que estaba destinado a suscitar un enorme revuelo fuera y dentro de la Iglesia: la Encíclica Humanae vitae sobre el control de la natalidad. Se ha dicho, y con razón, que con esta firma el Papa Montini inauguró su via crucis personal: en efecto, a partir de la publicación de esta Encíclica llovieron sobre el Papa toda suerte de críticas, de ataques, de burlas y aún de abiertos desafíos a su autoridad apostólica de parte de vastos sectores de la progresía católica. De este modo se dio la paradoja de que un Sumo Pontífice, considerado como un portaestandarte del modernismo, pasó a ser de pronto el blanco sobre el que los modernistas dispararían sus dardos más acerbos.

La Humanae vitae contiene una segura y firme doctrina moral sobre un aspecto particular, a saber, el uso de los medios contraconceptivos. Pero, por otro lado, es una estupenda afirmación de los principios de la moral católica en general y aún de la moral natural. La afirmación de estos principios, tan en crisis en los días que corren, hace de este documento un texto de extraordinaria actualidad y vigencia por lo que, próximo a cumplirse el cincuentenario de su publicación, resulta oportuno y necesario rescatarlo del olvido y volver a abrevar en sus páginas.

Para entender mejor el sentido y la importancia de la Encíclica es conveniente situarla en su contexto histórico. En aquel ya lejano año 1968 las turbulencias posconciliares sacudían vivamente la vida de la Iglesia. El “espíritu conciliar” soplaba fuertemente pero más bien como un devastador huracán antes que como un benéfico soplo de renovación. Todo, o casi todo, era agitación y confusión en la Iglesia. Al mismo tiempo, el mundo vivía uno de sus períodos más convulsos. La llamada “revolución del mayo francés” resonaba como un grito poderoso de liberación: liberación de toda autoridad (“la imaginación al poder”), liberación de toda norma (“prohibido prohibir”), liberación sexual entendida en términos de liberación de las ataduras del matrimonio o de cualquier relación estable y, sobre todo, de la carga de la paternidad. Una de las consignas de aquella auténtica borrachera revolucionaria era “hagamos el amor y no el hijo”.

En coincidencia con toda esta locura la investigación médica y farmacológica acababa de descubrir la famosa “píldora anticonceptiva” entrevista en aquellos turbios días como la definitiva emancipación de la mujer respecto ya no sólo del matrimonio sino, ahora también, de la odiosa limitación del embarazo y de la maternidad. En medio de tanta algarabía, tan ruidosa como insubstancial, el uso de los anticonceptivos se generalizó de manera vertiginosa e incontrolada (entre otras cosas representó un pingüe negocio para los laboratorios) con el agravante que, algunos años después, comenzarían a reportarse una serie de efectos secundarios nocivos para la salud de la mujer, algunos de ellos bastante graves.

En medio de este panorama no faltaron quienes en el ámbito católico pensaron que era necesario que la Iglesia cambiase su postura sobre la ilicitud moral de los métodos anticonceptivos y diese su aprobación al uso de la famosa “píldora”. La presión en este sentido, proveniente de los sectores progresistas y aún de algunos que sin serlo juzgaban que era imposible oponerse a dicho uso, iba in crescendo. De la importancia del tema da prueba, entre otras cosas, la creación, en 1963, por el Papa Juan XXIII de una comisión especial de teólogos, moralistas y científicos, la llamada Comisión para el estudio de problemas de población, familia y natalidad, con el cometido específico de analizar el tema desde todas sus vertientes. Al morir el Papa Juan, su sucesor Paulo VI dispuso la continuidad de esa Comisión la que, como veremos enseguida, tuvo a su cargo la elaboración de dos informes, uno de mayoría y otro de minoría.

Por su parte, el 23 de junio de 1964, al cumplirse el primer año de su elevación al Pontificado, Paulo VI en un Discurso pronunciado ante el Sacro Colegio Cardenalicio hacía expresa mención al tema de la anticoncepción y aludía al trabajo de aquella Comisión de expertos.

“El problema -sostenía el Papa- está sometido a un estudio lo más extenso y profundo posible, es decir, lo más grave y honrado, como conviene a materia de tanta importancia. Está sometido a un estudio, decimos, que esperamos prontamente concluir con la colaboración de muchos e insignes estudiosos. Daremos pronto sus conclusiones en la forma más adecuada al objeto tratado y al fin que se trata de conseguir[1]”.

Pero añadía inmediatamente a continuación:

“Digamos, entre tanto, con franqueza, que todavía no tenemos motivos suficientes para creer superadas y, por tanto, no obligatorias las normas establecidas por el Papa Pío XII a este respecto; han de tenerse, por tanto, como válidas, al menos hasta que no nos creamos en conciencia obligados a modificarlas[2]”.

Claro presagio de lo que dos años después el mismo Paulo VI daría a conocer mediante la Encíclica.

Ahora bien, en tanto el Papa anunciaba que la cuestión estaba siendo considerada y mandaba que mientras durase el período de estudio debían tenerse por obligatorias las normas ya existentes, algunos moralistas comenzaban a hacer circular la idea de que la Iglesia, finalmente, modificaría tal normativa. La campaña en pro de la aceptación de la anticoncepción se intensificaba cada vez más; el tema llegó a la cúspide cuando se “filtró” a la prensa el informe de la mayoría de la Comisión (que se suponía secreto), suscripto por diecinueve de sus miembros francamente favorable a una aceptación de los métodos anticonceptivos. Trascendió, además, el informe de la minoría que mantenía la doctrina tradicional y una “respuesta” de la mayoría a la minoría. La indebida publicación de estos documentos que, repetimos, se suponían secretos y escritos para uso exclusivo del Papa, no hizo sino aumentar la presión de los grupos interesados al tiempo que encendió el debate y caldeó los ánimos hasta extremos impensables. Tal el clima que se vivía en la Iglesia al momento en que Paulo VI publica finalmente la Encíclica Humanae vitae que si bien puso punto final al debate y a las discusiones inició, no obstante, lo que con todo acierto se llamó la verdadera pasión del Papa Montini.

En los párrafos iniciales de la Encíclica Paulo VI menciona todas estas vicisitudes que precedieron a la publicación del Documento. Alude a los trabajos de la Comisión constituida en tiempos de Juan XXIII; aclara que esta Comisión estaba formada por un número elevado de estudiosos de las diversas disciplinas relacionadas con el tema y de parejas de esposos; afirma, además, que su finalidad era la de recoger opiniones acerca de las nuevas cuestiones suscitadas en torno de la regulación de la natalidad con el objeto de proveer al Magisterio de la Iglesia elementos de información a fin de que éste pudiese dar un juicio sobre el tema[3]. Pero aunque el Papa expresaba su agradecimiento a la labor de esta Comisión, sin embargo, dejaba bien en claro que no se podían considerar como definitivas sus conclusiones, entre otros motivos,

“[…] porque en seno a la Comisión no se había alcanzado una plena concordancia de juicios acerca de las normas morales a proponer y, sobre todo, porque habían aflorado algunos criterios de soluciones que se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza”[4].

Como se ve, Paulo VI no eludía la cuestión que se había suscitado en el seno de aquella Comisión en la que afloraban opiniones que el Papa no dudaba en calificar como contrarias a la doctrina moral de la Iglesia. Pese a tales opiniones, no obstante la enorme presión que ejercían constantemente ciertos círculos eclesiales, el Santo Padre, “después de madura reflexión y de asiduas plegarias”, daba al mundo católico y a toda la humanidad la única respuesta posible fundada en la Divina Revelación y en la afirmación de la ley natural. Con palabras claras e inequívocas decía Paulo VI:

“Estas cuestiones exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexión acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelación divina. Ningún fiel querrá negar que corresponda al Magisterio de la Iglesia el interpretar también la ley moral natural. Es, en efecto, incontrovertible -como tantas veces han declarado nuestros predecesores- que Jesucristo, al comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos, los constituía en custodios y en intérpretes auténticos de toda ley moral, es decir, no sólo de la ley evangélica, sino también de la natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento fiel es igualmente necesario para salvarse”[5].

El rico contenido doctrinal de Humanae vitae merece ser (y sin duda lo será a lo largo del próximo año) objeto de pormenorizados estudios y de oportunas reflexiones. Fuente de auténtica moral católica, este notable Documento conserva hoy una mayor actualidad y vigencia que en el momento de su publicación. Por otra parte, a la luz de los acontecimientos posteriores, resulta hoy más que evidente su carácter profético: en efecto, predijo con asombrosa exactitud los males que se derivarían de una mentalidad antinatalista que, limitada al principio al exclusivo ámbito de las familias, se extendería inevitablemente al ámbito social y político hasta imponerse a escala mundial.

“Reflexiónese también -sostenía el Papa- sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales. ¿Quién podría reprochar a un gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz?”[6].

Pero aparte de todo cuanto pueda decirse, es evidente que la Humanae vitae tiene para nosotros en los días que corren el inmenso valor de un acabado ejemplo y testimonio de la intrépida fortaleza de un Soberano Pontífice que desafiando el poder del mundo y aún a costa de la soledad y la incomprensión de muchos (fuera y dentro de la Iglesia) sostuvo en alto la integridad de la Fe.

Mario Caponnetto

[1] SS Paulo VI, Discurso de Su Santidad Pablo VI al Sacro Colegio cardenalicio con ocasión del Primer Aniversario de su Pontificado, martes 23 de junio de 1964, AAS, 56 (1964), páginas 581-589.

[2] Ibídem.

[3] Cf. SS Paulo VI, Carta Encíclica Humanae vitae, n. 5, AAS 60 (1968), páginas 481-503.

[4] SS Paulo VI, Carta Encíclica…, o. c., n. 6.

[5] SS Paulo VI, Carta Encíclica…, o. c., n. 4.

[6] SS Paulo VI, Carta Encíclica…, o. c., n. 17.

Mario Caponnetto
Nació en Buenos Aires el 31 de Julio de 1939. Médico por la Universidad de Buenos Aires. Médico cardiólogo por la misma Universidad. Realizó estudios de Filosofía en la Cátedra Privada del Dr. Jordán B. Genta. Ha publicado varios libros y trabajos sobre Ética y Antropología y varias traducciones de obras de Santo Tomás.