San Macario, un eremita del Egipto del siglo cuarto, un día regresó a su celda donde el diablo lo encontró e intentó cortarlo a la mitad con una hoz. Pero falló. Entonces, lo reintentó varias veces pero no lo logró matar porque cada vez que este se acercaba al santo perdía sus fuerzas. Luego, lleno de ira, el diablo le dijo. “He sufrido mucho por tu causa, Macario, pues, aunque tanto me empeño en dañarte, no puedo. Hago todo que tú haces, y más. Tú ayunas de vez en cuando. Yo nunca como. Tú duermes poco, yo nunca cierro mis ojos. Eres casto y yo también. Solamente en una cosa me superas.”

¿Y qué es?” Preguntó Macario.

Tu humildad,” respondió el diablo y desapareció.

En el evangelio de hoy, Cristo atrae nuestra atención hacia la humildad de San Juan Bautista al preguntar a los discípulos de San Juan:

¿Por qué salió tanta gente al desierto para verlo? ¿Qué estaban buscando?

¿Una caña movida por el viento? Es decir ¿Alguien que les diga lo que quieren oír? Ciertamente, no – su mensaje no era cómodo.

¿Un hombre con ropa delicada? Tampoco. Porque su apariencia era plenamente humilde.

Sin embargo Cristo dice que él es aún más que un profeta y en otro lugar dice que de todos los nacidos de mujer, no hay ninguno mejor que Juan Bautista. Es el ángel enviado ante su faz que prepara su camino ante Él. Pero al mismo tiempo San Juan dice de Cristo: “Conviene que Él crezca y que yo mengüe.” Y, “el que ha de venir después de mí, el cual ha sido preferido a mí, y a quien yo no soy digno de desatar la correa de su zapato.”

Recuerden que la semana pasada consideremos el daño hecho por la soberbia y cómo es un obstáculo al recibir Cristo. Si queremos preparar nuestros corazones para su venida, si queremos derrocar la soberbia, necesitamos cultivar la humildad.

Fue el orgullo,” dice San Agustín, “que cambió a los ángeles en diablos; es la humildad que hace los hombres sean como los ángeles. La humildad es la base de todas las demás virtudes, por eso, en un alma donde no existe no puede haber ninguna otra virtud, excepto en apariencia.”

Y San Francisco de Sales dice:

Me parece que la humildad es la primera y más necesaria de todas las virtudes. La humildad y la caridad están unidas como Juan Bautista y nuestro Señor. La humildad es la precursora de la caridad, como San Juan Bautista lo fue para el Salvador, prepara el camino, es la voz gritando: “Haz recto el camino del Señor.” Y como Juan vino antes que el Mesías, igual la humildad tiene que venir para vaciar los corazones para que en seguida puedan recibir la caridad, la cual nunca puede habitar en un alma donde la humildad no ha preparado una morada”

Si la vida espiritual es un templo,” explica el gran teólogo el Padre Garrigou-Lagrange, “entonces las columnas principales son la fe y la esperanza. Y, la cúpula es la caridad. Pero, la humildad es los cimientos. Y si queremos edificar un templo más alto, es necesario que tengamos una cimentación más profunda.”

La humildad está definida así: “Una virtud derivada de la templanza que nos inclina a cohibir el desordenado apetito de la propia excelencia, dándonos el justo conocimiento de nuestra pequeñez y miseria principalmente con relación a Dios.”

Santo Tomás también explica que la palabra “humildad” viene del latín “humus” que significa tierra o barro y se refiere al origen del hombre. Su acción más apta es degradarnos ante Dios e inclinarnos a la tierra mientras adoramos todo lo que es de Dios en cada criatura, manteniéndonos dentro de nuestros propios límites, no alcanzando a las cosas que nos sobrepasan.”

Aunque practicar esta virtud nos cuesta bastante, gracias a Dios, tenemos muchos maestros.

Sabemos que mientras ciertos santos son más conocidos por ciertas virtudes, no existe ningún santo que no fuera excelso en la humildad, porque es una de las dos virtudes específicamente señaladas por el Señor.

En una manera especial,” dice San Agustín, “el Señor nos ha propuesto sus humillaciones para que lo imitemos. No nos ha dicho, ´Aprendan de mí cómo hacer el cielo y la tierra y todas las cosas, ni cómo hacer milagros, ni como resucitar a los muertos sino que ha dicho: aprendan de mí cómo ser mansos y humildes de corazón, porque la humildad sólida es mucho más poderosa y segura que las grandezas vacías.”

Consideremos, entonces, la humildad del Hijo de Dios.

Teniendo la naturaleza de Dios, no fue por usurpación sino por esencia el ser igual de Dios. Y no obstante se anonadó a sí mismo tomando la forma o naturaleza de siervo, hecho semejante a los demás hombres y reducido a la condición de hombre. Se humilló a sí mismo,” dice San Pablo en la carta a los filipenses.

El Padre Garrigou-Lagrange explica:

Empezó a morar en el mundo en las condiciones más humildes, en este sentido, se vació. Mientras la naturaleza divina es la plenitud infinita de todas las perfecciones, la naturaleza humana es como el vacío, aunque anhela aquella plenitud. El Hijo del Padre unió a su persona divina la naturaleza de un esclavo, para que la misma persona fuera el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre, y pudiera ser el Unigénito desde la eternidad y, al mismo tiempo, el infante en la cuna de Belén y el Hombre de Dolores, clavado a la cruz.”

Y, según Fray Antonio Royo Marín, podemos encontrar grandes ejemplos de su humildad en las cuatro etapas de su vida.

Primero en su vida oculta, empezando en el vientre de María, como rezamos en las misas votivas de la Santísima Virgen: “El que no cabe en los cielos, hecho hombre se encerró en tu seno.” Él escogió esconderse en su nacimiento, pues, no había espacio ni personas para recibirlo y reconocerlo. También en su vida en familia donde pasó la mayoría de su vida terrestre, desconocido, como un obrero manual, sin estudios, sin poder, sin fama, obedeciendo a sus criaturas.

Segundo, en su vida pública. Escogió para discípulos gente ignorante y ruda, pescadores y publicanos. Vivía pobremente y con sencillez. No buscaba la atención sino que la evitaba. Hizo sus milagros sin ostentación y exigió silencio de los testigos y huyó cuando trataron hacerle rey.

Tercero, en su pasión. Entró en Jerusalén montado en un burro. Lavó los pies de sus apóstoles, incluyendo al traidor Judas. Recibió las burlas, los golpes, los insultos, los salivazos, y la corona de espinas, sin quejarse de nada. Y murió en la cruz mientras las muchedumbres se burlaban y blasfemaban sin defenderse aunque tenía el poder para vengarse.

Y Cuarto: Su humildad sigue como una enseñanza impresionante al mundo en la Santísima Eucaristía en la cual está perfectamente sujeto a sus ministros indignos. Se queda expuesto a los sacrilegios e indignidades del mundo. Queda siempre encerrado en el sagrario, muchas veces olvidado y no visitado y otras veces rechazado y hasta profanado no solamente por los increyentes, pero a veces aun por sus supuestos creyentes.

Reconociendo la profundidad de la humildad de Cristo, no es una sorpresa que todos los santos alaben la excelencia de esta virtud. Además notamos igual en los santos como en el Señor la unión de la humildad con otra virtud muy importante – la magnanimidad, es decir – el deseo de hacer grandes cosas para servicio de Dios.

Dice el Padre Garrigou-Lagrange:

La unión de la humildad profunda y la magnanimidad sobrenatural es particularmente misteriosa en los santos. En este sentido, reproducen la vida del Salvador. Por un lado los santos declaran que son los menores de los hombres por su infidelidad a la gracia y por otro lado que tienen una dignidad sobrehumana.”

La humildad no es excusa para la flojera ni para ser pusilánimes.

No es verdaderamente humilde el que simplemente se desprecia. Tampoco es humilde el que por miedo a las opiniones de los demás no se atreve a hacer cosas que Dios le exige.

Al contrario:

La humildad siempre fructifica en buenas obras.” Enseña Santo Tomás. “El siervo de Dios siempre debe considerarse un novato y siempre debe tender a una vida más perfecta y santa sin cesar nunca.”

¿Por qué? Porque la humildad es verdad. Y la verdad es que Dios quiere realizar grandes cosas a través de nosotros, quiere que seamos grandes santos, y si nos humillemos y lo dejemos libre para hacer lo que quiere.

Fray Marín lo explica: “La humildad, por consiguiente, se funda en dos cosas principales: en la verdad y en la justicia. La verdad nos da el conocimiento cabal que nada bueno tenemos sino lo que hemos recibido de Dios – y la justicia nos exige dar a Dios todo el honor y la gloria que exclusivamente a Él le pertenece. La verdad nos autoriza para ver y admirar los dones naturales y sobrenaturales que Dios haya querido depositar en nosotros, pero la justicia nos obliga a glorificar, no al bello paisaje que contemplamos en aquel lienzo, sino al Artista divino que lo pintó”

¿Qué hacemos, entonces, para cultivar esta virtud?

Primero: Que la pidamos incesantemente a Dios y la recibamos cuando nos la manda. Podemos, por ejemplo, rezar diario las letanías de la humildad. Y no debemos ser sorprendidos si le pedimos a Dios la humildad, y Él nos contesta y nos manda humillaciones.

Segundo es que pongamos nuestros ojos en el ejemplo de Cristo

Tercero es que nos esforcemos en imitar a María, Reina de los humildes, y perfecta imitadora de su hijo.

Pongámonos entonces a cultivar la humildad durante el adviento para que estemos entre los que reciben al niño Dios.

Penetremos por la herida del Costado en ese Corazón,” dice el Padre Mateo, “la escuela de humildad, y aprendamos ahí . . . Estén contentos de vivir escondidos en Él, perdido en el cielo de su Corazón.” Ay! Somos tan grandes, demasiado grandes para ser santos. Es de toda necesidad ser pequeño para ser santo, y más indispensable ser muy pequeño para ser muy santo. La grandeza divina – la única grandeza – es siempre un empequeñecerse y desaparecer.”

Padre Daniel Heenan, FSSP
Homilía de 2º domingo de Adviento