Hasta el Concilio Vaticano II (es decir, hasta hace unos 50 años), la Iglesia Católica se definía como el Arca de Salvación, en alusión al arca de Noé y el diluvio universal. De la misma manera que sólo las ocho personas a bordo del arca sobrevivieron el Castigo Divino en tiempos de Noé, en el Día del Juicio solamente los que se encuentran dentro de la verdadera Iglesia fundada por Jesucristo (la Iglesia Católica, por supuesto), se librarán de la ira de Dios. San Cipriano, haciendo eco de las palabras de San Pedro en su primera carta, habla del Diluvio como el “bautismo del mundo”, para lavarlo de su pecado y empezar de nuevo. San Agustín, en La Ciudad de Dios, hace una observación interesantísima: las medidas del arca que Dios da a Noé corresponden a las de un cuerpo humano, cuya longitud suele ser seis veces su anchura. Dice este santo que de esta manera el arca es una figura aún más perfecta del Cuerpo de Cristo, la Iglesia Católica, fuera de la cual nadie se puede salvar.

Desde que la Iglesia se ha “modernizado”, abriéndose al mundo, los católicos no suelen hablar así. Es demasiado excluyente y discriminatorio. Ahora se busca acoger a todos, tengan fe o no, en una especie de hermandad universal basada en poco más que el “buen rollo”. Tampoco ayuda el hecho de que ya prácticamente nadie cree en el relato del diluvio. Los católicos modernos han aprendido a leer las Escrituras de forma exclusivamente alegórica, dando la espalda a 1900 años de tradición exegética, al Magisterio de todos los Padres de la Iglesia y a lo que los católicos siempre han creído. Si la historia de Noé es puramente alegórica y carece de base histórica, ¿qué sentido tiene comparar el arca a la Iglesia Católica? ¿Será sólo una bonita alegoría la Iglesia?

Creo que lo que repela tanto a los modernistas del relato diluviano no es tanto la oposición de la pseudociencia materialista, que afirma que nunca ocurrió tal evento, sino la idea de la ira divina. Un modernista no soporta pensar en que Dios sea capaz de castigar a la humanidad por su pecado. La falsa misericordia, que tanto promociona el Papa Francisco, exige que Dios lo perdone todo, con o sin arrepentimiento por parte del pecador; que sea, en definitiva, una especie de Dios abuelito que lo consiente todo. El temor de Dios, uno de los siete dones del Espíritu Santo, ha desaparecido de la espiritualidad católica en círculos modernistas. Por esta razón, no se cree en la veracidad del diluvio, como tampoco se cree en la destrucción de Sodoma, ahora que el pecado al que dio nombre esa ciudad maldita es de lo más fashion en el Vaticano.

Nadie lo diría a tenor de cómo hablan y actúan los Papas y obispos modernos, pero es dogma de fe que fuera de la Iglesia no hay salvación, o como decían los antiguos: Extra ecclesiam nulla salus. El Credo Atanasiano reza:

Para salvarse es necesaria la fe católica.

El IV Concilio de Letrán declaró en 1215:

Hay solo una Iglesia Universal de los fieles, fuera de la cual nadie está a salvo.

El Papa Pío IX declaró:

Es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la eterna salvación.

El Papa Pío XI escribió en la encíclica Mortalium Animos de 1928:

Por si sola la Iglesia Católica mantiene la adoración verdadera. Esta es la fuente de verdad, esta es la casa de la fe, esta es el templo de Dios; Si cualquier hombre entra no aquí, o si cualquier hombre se aleja de ella, él será un extraño a la vida de fe y salvación.

El indiferentismo religioso, la idea de que todas las religiones valen lo mismo, es una herejía condenada oficialmente varias veces por la Iglesia. Además, es un error que trae consecuencias funestas, porque lejos de promover la paz en el mundo, como piensan los Papas postconciliares, provoca la ira de Dios. Así de claro lo dijo Gregorio XVI en 1832:

Poner la religión de origen divino en el mismo nivel con las religiones inventadas por los hombres es la blasfemia que atrae los castigos de Dios en la sociedad mucho más que los pecados de las personas y las familias.

El problema de los modernistas, al que no hay solución, es que una vez que han “desmitificado” las Escrituras, relativizado los imperativos morales, y reducido la Iglesia Católica a una opción más, la religión católica se hace totalmente prescindible. ¿Para qué van a querer convertirse a la fe católica los paganos de África y Asia, por hablar de los continentes menos evangelizados, si no se percibe ninguna necesidad apremiante? Abandonar la religión de tus padres para recibir el bautismo es siempre un paso difícil. En muchos casos es muy traumático para el neófito, porque suscita un gran rechazo entre sus familiares. Y si hablamos de un musulmán que se pasa al catolicismo, requiere auténtico heroísmo para asumir la sentencia de muerte que cae sobre el converso, tal y como estipula la “Religión de la Paz” (Obama dixit).

Nadie en su sano juicio estaría dispuesto a dar el paso de convertirse al catolicismo sin ver una razón de muchísimo peso. No es suficiente decir que la religión católica es la única verdadera, aunque por supuesto hay que decirlo, porque a muchas personas esto les puede dar bastante igual. Lo que no quiere nadie es causar dolor a sus familiares y meterse en complicaciones innecesarias. Un hindú podría decirle a un misionero: “vale, el catolicismo será verdad, pero déjame tranquilo con mis ídolos, que estoy muy a gusto así.” ¿Qué contestarle? Siguiendo la línea pastoral de la jerarquía católica actual, no habría nada que decir; si el hombre está contento en su idolatría, hay que respetar su libertad religiosa, porque según la neo-iglesia todos tienen derecho a profesar la religión que quieran. La actitud conciliadora de la Iglesia modernista rehúsa decir a los infieles lo único que realmente tienen que oír: para salvar su alma deben formar parte de la Iglesia Católica.

Este era el mensaje que predicaban los grandes misioneros del pasado, empezando por San Pablo, porque es el mensaje del Mismísimo Jesucristo, quien dijo:

Id por todo el mundo y predicad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. (Marcos 16: 15-16)

Cuando los misioneros de verdad, como San Francisco Javier, anunciaban el Evangelio a los infieles, les animaban a bautizarse, porque su salvación dependía de ello. Yo me imagino que los paganos de Asia que oían al santo navarro no se quedaban impasibles. Pasaría una de dos cosas: o caerían de rodillas, implorando el bautismo para el perdón de sus pecados, o, entre los que se resistían a la gracia, la predicación suscitaría en ellos un rechazo tan grande que desearían ver muerto al misionero. Ante la verdad en estado puro no hay neutralidad posible. Lo mismo pasaba con Nuestro Señor; algunos se convertían y cambiaban radicalmente de vida, mientras que otros rechazaban sus palabras y tramaban su muerte.

Ahora, se habla de lo bueno que es Dios, de cuánto quiere a todo el mundo, bla, bla, bla, y el efecto principal en la mayoría de los oyentes es el aburrimiento. Nadie puede molestarse por las banalidades que se dicen en la mayoría de sermones modernistas, descartando que se pronuncia alguna herejía. El discurso acaramelado induce al sueño, y pocos son los que mantienen la atención más de diez minutos, ya que una vez que se ha dicho que Dios es muy bueno y que perdona a todos 17 veces, el tedio empieza a ser insoportable. Se regala los oídos de los asistentes, y se procura que nadie se pueda sentir ofendido. Se evita hablar de temas polémicos o desagradables; nada sobre los pecados personales (de “pecados sociales” todo lo que quieras, porque de ellos nadie tiene la responsabilidad), y nada del Juicio o el Infierno. El sabor dulzón que deja produce una falsa seguridad en sí mismo; justo lo contrario de lo que haría falta para remover conciencias.

Como decía, el problema de los modernistas es que este tipo de discurso soporífero pero agradable al oído es totalmente contraproducente para la misión de la Iglesia. Jesucristo no fundó Su Iglesia para dar de comer a los pobres, para enseñar a leer y escribir a los niños, ni para cuidar de los enfermos, aunque todas estas cosas son muy buenas y loables. Mucho menos la fundó para dialogar con religiones falsas. Vendría muy bien que los obispos tuvieran en cuenta esta verdad: la misión primordial de la Iglesia es la salvación de las almas. Las almas no se salvan con caricias y autocomplacencia, sino con llamadas a la conversión. El modelo para todos los misioneros tiene que ser Nuestro Señor, quien predicaba así: “arrepentíos y creed la Buena Nueva”.

Para que una predicación sirva para salvar almas tiene que afrontar la realidad del pecado. Hablar todo el rato de lo buenos que somos es una pérdida de tiempo. Es como si un médico se niega a hablar de las enfermedades, porque “hay que tener una actitud positiva”. Ahora por lo general no se habla del pecado, o se pasa muy por encima del tema, para no espantar a nadie. Como consecuencia, los que oyen a los modernistas nunca llegan a convencerse de que tienen un problema. Y si no les preocupa su pecado, si no sienten hambre de Dios ¿para qué iban a necesitar a la Iglesia? Los modernistas han logrado hacerse totalmente prescindibles.

Pensemos en una empresa multinacional. Para poder vender sus productos tiene que existir por parte de los consumidores una necesidad, real o imaginaria. Si nadie demanda lo que vende, lógicamente la empresa irá pronto a la quiebra. Me resulta llamativa la forma en que ahora nos creemos tan necesitados de aparatitos como los iPad o moviles de última generación; a través de la publicidad nos han inducido a pensar que nuestra vida estaría vacía sin ellos. Es mentira; se puede vivir perfectamente sin esos trastos, pero hay que admirar la astucia comercial de las multinacionales que crean una necesidad artificialmente, para poder enriquecerse a nuestra costa. Desde el Concilio la Iglesia Católica no ha tenido una estrategia de marketing tan inteligente. En lugar de anunciar al mundo entero la necesidad (en este caso, una necesidad REAL) de convertirse a Jesucristo y recibir los sacramentos que sólo Ella puede impartir, ha decidido convencer al mundo de que cualquier religión es igualmente válida que la católica, porque todas conducen a la paz.  

¡Menuda campaña promocional! Es como si una empresa que cría cerdos hiciera una campaña a favor del vegetarianismo. La jerarquía actual pretende que alguien “compre” su producto, a la vez que anuncian que no sirve para nada, porque el de sus competidores es igualmente válido. Además, la religión católica, al ser la única de origen divina, es mucho más exigente que todas las demás. Es decir, la religión católica es más “cara” que las demás. Si no se ofrece ninguna razón por la que merece la pena convertirse al catolicismo, es bastante previsible que la gente se quedará con la religión que más le conviene. Y esto es exactamente lo que ha pasado. Si aún ocurren conversiones a la fe católica, a pesar de las herejías que promueven los obispos modernistas, con Francisco a la cabeza, es una prueba de que Dios todavía no se ha cansado de hacer milagros.

Christopher Fleming