En nuestro curso sobre música de un año de duración en la Universidad Católica de Wyoming, los estudiantes leen y discuten un capítulo del libro de Joseph Ratzinger titulado Una nueva canción para el Señor: “La imagen del mundo y de los seres humanos en la liturgia y su expresión en la música eclesial”, (1) una de las mejores opiniones escrita sobre música religiosa. Ratzinger muestra magistralmente cómo la música que empleamos en la Iglesia siempre encarna y comunica una eclesiología, una Cristología y una antropología ¡es así de significativa! No hay escapatoria, cada pieza de música que interpretamos en la Iglesia expresa una visión del todo y lo inculca en todos aquellos que la escuchan. Es por esto que los músicos litúrgicos tendrán el día del juicio final mucha gloria o una gran vergüenza.

Siempre surge una pregunta en conexión con esta lectura. Parece ser que los misioneros que fueron al Nuevo Mundo eran capaces de escoger elementos de la cultura de la gente que encontraron allí, incluyendo algo de su música. El Vaticano II nos dice que deberíamos hacer lo mismo cuando se predique el Evangelio. ¿Por qué no podemos entonces tomar elementos de la música popular actual como los estilos de rock o popular, y convertirlos en vehículos de evangelización para nuestros contemporáneos?

Mi respuesta—por lo menos en cuanto concierne al reino de la liturgia—es un fulminante no, por las siguientes razones:

La malentendida interculturización, es un proceso cuidadoso de discernimiento e integración de elementos armoniosos de una cultura indígena, en la enseñanza y la práctica de la fe, para así hacer que ésta más primitiva se sienta como en casa en la nueva cultura. De esta manera, la receptora la experimenta no como algo completamente ajeno, sino como algo que completa y eleva el bien que ya está presente en medio de ellos. En verdad la Iglesia promueve la interculturización entendida de la siguiente manera:

Puesto que el Reino de Cristo no es de este mundo (cf. Juan 18 36), sin embargo, la Iglesia o la gente de Dios al establecer ese Reino, no le quita nada al bienestar temporal de nadie, sino todo lo contrario. Fomenta y toma para sí las habilidades, las riquezas y las costumbres de cada gente, en cuanto sean buenas, y al tomarlas, las purifica, las fortalece y las ennoblece. En esto la Iglesia es cuidadosa ya que debe unir a las naciones para aquel Rey a quien le fueron dadas como herencia (cf. Salmo 2 8), y a aquella ciudad traen regalos y ofrendas (Salmo 71[72]10; Is 60 4-7; Apoc. 21 24). Esta característica de universalidad, que adorna a la gente de Dios, es un regalo del Señor mismo, razón por la cual efectivamente la Iglesia católica continúa luchando para traer a toda la humanidad con todas sus cosas buenas de regreso a su fuente en Cristo, bajo su liderazgo, en la unidad de su espíritu. (2)

Con una prudente sensibilidad, las grandes misiones adoptaron y adaptaron algunas de las costumbres y formas artísticas que encontraron, para poder evangelizar a los paganos más efectivamente, y para enriquecer los tesoros de la Iglesia con el oro de Sheba. Podemos ver ejemplos de tal interculturización en las vestimentas, la arquitectura y la música. El Nuevo Movimiento Litúrgico ha sacado varias piezas sobre cómo las misiones chinas y japonesas inteligentemente promovieron este acercamiento. (3) Se pueden encontrar ejemplos maravillosos de interculturización en la fusión del cántico y de la polifonía europeos con los instrumentos nativos de América así como textos. (4)

Sobre la base del modelo actual, entonces, ¿no se supone que debemos encontrar formas que encarnan la fe en la cultura secular del medio, para que podamos llegar a nuestros contemporáneos más efectivamente? ¿No se supone que esto fue lo que hicieron los misioneros? Sin embargo, hay diferencias cruciales entre esto y lo que los misioneros originales realizaron.

En primer lugar existe un hecho innegable y abrumador, cuando los misioneros católicos llegaron a las gentes nativas en la Era de la Exploración, trajeron con ellos una religión “lograda”, fundada en dogmas fijos, salida de enseñanzas morales definitivas, coronada y nutrida por una liturgia sagrada estable, toda entretejida con una rica cultura de arte y de pensamiento. Tuvieron la plena intención de sembrar esta religión y su cultura en tierra extranjera y de ganarse a los paganos para su verdad y superioridad. (5) La fe católica, en toda su especificidad y plenitud, fue el paradigma controlador no-negociable con la cual los elementos nativos tenían que ser juzgados y en la cual fueron colocados. Jugó pues el papel dominante; como la forma en la filosofía de Aristóteles, debía ser repartida a la materia receptiva. De esta manera los misioneros nunca retrocedieron de cara ante el “escándalo de lo particular”: estaban predicando a Jesús de Nazaret y estableciendo la Iglesia de Roma.

Esta precedencia de una universal y tradicional ortodoxia y ortopraxia católicas—la doctrina del concilio de Trento, digamos, y los ritos sacramentales desarrollados orgánicamente de la Iglesia romana, repletos con el cántico gregoriano—no es lo que los proponentes de una inculturización modernizante asumen, de hecho, lo más probable es que ignoren y marginalicen o que excluyan tales cosas, fallando en ver cómo podrían ser alguna vez relevantes a nuestros contemporáneos. De esta manera, corren el riesgo de no seguir la inculturización de la fe católica. Incluso puede que terminen fabricando nuevas micro-religiones, algo así como la proliferación de cervezas artesanales locales (¡sin ofender a los cerveceros artesanales!).

Segundo, cuando los misioneros se toparon con los paganos, estos últimos no tenían de ninguna manera la herencia cristiana. Eran una pizarra en blanco en este aspecto, aunque estaban dispuestos, para bien o para mal, a escuchar los Evangelios debido a sus creencias, sentimientos y rituales religiosas pre-existentes. Los verdaderos paganos no son ateos “científicos”, agnósticos elegantes, liberales pagados de sí, o consumidores materialistas; creen en un dios o en muchos dioses, les temen y los aplacan y están maduros para la conversión a una religión más divina y más humana. Acercándose a estos no-cristianos religiosos, los misioneros podían discernir cuáles elementos de un medio genuinamente pagano podían tomar, siempre acordándose de que el mensaje que traían era autoritario y controlador.

En contraste, los occidentales de hoy, son alienígenas post-cristianos, alejados de su propia historia y de la gran síntesis cultural que podría y que debería ser suya. La historia de la música moderna, bien sea atonal, jazz, rock o pop, es una historia deliberada de rebelión y revuelta en contra de la gran tradición de la música occidental, en contra de sus elevadas formas artísticas, de su lenguaje musical desarrollado lentamente, de su mensaje explícito o implícitamente cristiano. En sus orígenes y en su mensaje íntimo, mucha de la música occidental moderna es un rechazo a la tradición católica (y europea). Como resultado de ello, no es ni moral, ni intelectual, ni culturalmente “neutra”; ya está cargada con un significado anti-institucional, anti-sacral, y anti-tradicional. Esta música no es una materia prima inocente esperando a ser cristianizada, sino más bien una propaganda anti-cristiana altamente articulada. Rechaza los ideales más altos de belleza y de grandeza, de seriedad espiritual, de evocación de lo divino, de apertura hacia lo trascendental y de disciplina artística, en favor de lo vacío e inocuo, lo frívolo, lo profano, lo sensual y lo banal. Como David Clayton observa acertadamente:

La cultura dominante contemporánea del Occidente hoy en día, es la cultura secular de la anti-cultura. Se define a sí misma no por lo que es, si no por lo que no es. Está fundada en una reaccíon en contra del cristianismo. Por lo tanto, es una distorsión de ella y como tal es un parásito con el cual tiene que cargar. (6)

Dados los requerimientos y expectaciones específicas que van de la mano con el cultus Dei, el admitir en el templo este tipo de música es profanarlo, es violarlo en su santidad. Estamos viendo no una inculturación sino una “exculturización”, en la cual lo que está bien para una religión unida e histórica es diluida o destruida por su oponente.

Tercero, los paganos tenían una genuina cultura folklórica—una cultura que era, para decirlo así, de una gente, por la gente, y para la gente. Era vital, personal e inmediata. Cuando los misioneros trabajaron en y con esta cultura, estaban trabajando con algo orgánico, espontáneo y, en un sentido, desinteresado. En total contraste, los paganos de hoy son mayoritariamente consumidores pasivos de una comida chatarra sonora de baja calidad producida en masa, que saca enormes ganancias para las corporaciones capitalistas, quienes saben cómo manipular los sentimientos de las audiencias pobremente educadas y emocionalmente volátiles. (7)

Entonces, lo que los paganos tenían que ofrecer, eran tradiciones locales de dimensiones verdaderamente humanas, expresivas de su identidad y creatividad como un pueblo, y no los epifenómenos cancerígenos del capitalismo, poco profundos artísticamente y monótonos. En aquellas afortunadas culturas paganas donde no estaban anonadados con la adoración al demonio ni con la violencia ritual, los misioneros se toparon con un terreno ricamente antropológico listo para la siembra del Evangelio, la cual hicieron con un ahínco confiado. Lo que encontraron permitió un verdadero enriquecimiento de devoción y de adoración. Por el contrario, la cultura popular de hoy en día, en cuanto ha crecido en una revuelta en contra de los principios, certezas y demandas unificadoras del cristianismo, es una verdadera fundición de ideologías conflictivas de moda, una mezcolanza de ‘tribalización, globalización y barbarismo técnico’. Su antropología subyacente no es apta ni para los santos y ni para los héroes, sino para los narcisistas y los manipuladores.

Consecuentemente, la cultura occidental popular prevalente, es inmune a, y, por momentos, subversiva del proceso de ‘inculturización cristiano’. Lo que quiero decir con subversiva es esto: no es el secularismo el que termina siendo cristianizado por el intento de una fusión, sino el cristianismo el que acaba siendo secularizado. No es el vasto imperio de mediocridad el que será moldeado y transformado, sino la fe católica. La única esperanza reside en la resistencia calmada, en el perseguir un curso tan obviamente opuesto a lo del mundo que no cesaremos en ser una luz brillando en la oscuridad, que no nos puede vencer siempre y cuando nos quedemos verdaderamente en la luz. Es por esto que el papa Juan Pablo II dijo en Veritatis Splendor: “Es urgente que los cristianos puedan redescubrir lo nuevo de la fe y su poder para juzgar una cultura que es prevalente y totalmente intrusa”. (8) Él estaba hablando de nuestra cultura contemporánea de liberalismo, relativismo y de hedonismo.

Clayton ha delineado vívidamente el problema:

Mucho de la música pop o rock es una forma que se ha desarrollado específicamente para reflejar la cultura del hedonismo… al cambiar total y simplemente las palabras de ella para los himnos cristianos, ignorando este aspecto del estilo de la música moderna, se corre el grave riesgo de comunicar algo muy malo sin importar cuán piadosas o santas sean las palabras de la canción. Porque adorar a Dios es la actividad en la cual más demostramos nuestras almas; es donde somos más vulnerables a las influencias adversas. Sugiero que deberíamos ser más conservadores y menos inclinados a correr riesgos al escoger la música en la liturgia que en la pista de baile local. La música de nuestra adoración debería estar enraizada en la tradición cristiana para que se convierta naturalmente en el estándar al cual todo lo demás apunta. Si hacemos de las formas seculares el estándar por el cual se miden las [formas] litúrgicas, entonces la jerarquía habrá sido invertida y el resultado será el desastre para ambas culturas –la cultura de la fe y, la cultura contemporánea– (9)

Para resumir: debido a sus orígenes en medio de un repudio a la herencia cultural cristiana, debido a su continua atracción por los apetitos de la carne, de su negación a la dimensión de misterio y a su consecuente pobreza de expresión artística, la música popular no puede ser materia apta para el proceso de inculturización; más bien, es un obstáculo formidable para la conversión de las almas y para la creación de una verdadera cultura cristiana.

Peter Kwasniewski

Traducción de Tina Scislow. Artículo original

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1.↑ En Joseph Ratzinger, A New Song for the Lord, (Un canto nuevo para el Señor) trad. Martha M. Matesich (New York: Crossroad, 1997), 111–27; también en Collected Works, (Obras Recopiladas) vol. XI, Theology of the Liturgy (Teología de la liturgia) (San Francisco: Ignatius Press, 2014), 443–460.

2.↑ Lumen Gentium, §13.

3.↑ Ver, inter alia, “Historical Examples of Inculturation in Catholic China,” (Ejemplos históricos de ‘interculturización’ en la China católica) “Liturgical Arts Quarterly 1935,” (Artes Litúrgicas Trimestral) y “Japanese Madonnas.” (Madonas Japonesas) El trabajo artístico de Daniel Mitsui actualmente se apoya en los diseños orientales con gran efectividad; vean por ejemplo este “Second Dream of St. Joseph.” (Segundo sueño de san José)

4.↑ El Conjunto de Artes Vocales de San Antonio (SAVAE) ha realizado unas maravillosas grabaciones de música católica misionera de la América Central. Escuchen unos ejemplos aquí.
5. ↑ Para unos pensamientos adicionales para estas líneas, vean mi artículo“Confusions about Inculturation.” (Confusiones sobre la ‘interculturización’)

6.↑ The Way of Beauty: Liturgy, Education, and Inspiration for Family, School, and College (Kettering, OH: Angelico Press, 2015), 48. (El camino de la belleza: liturgia, educación e inspiración para la familia, el colegio y la universidad)
7.↑ Véase Thomas Storck, “Popular Culture and Mass Culture.” [PDF Link] (Cultura Popular y Cultura Masiva)

8.↑ Veritatis Splendor, §88.

9.↑ Clayton, Way of Beauty, 41. (Camino de belleza)

Peter Kwasniewski
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado seis libros, el último de ellos, Noble Beauty, Transcendent Holiness: Why the Modern Age Needs the Mass of Ages (Angelico, 2017).