Pocos lugares despiertan en el hombre actual tanta aversión como los cementerios. Tiznados de un temor supersticioso, como si su presencia en los camposantos les contagiara de un mal indefinido, los hombres de nuestra época ponen tierra de por medio y evitan en lo posible poner sus pies en el espacio reservado para el sueño de los muertos. Por eso, y por su falta evidente de fe, les resulta más cómodo incinerar a los mayores y echar sus cenizas después en cualquier riachuelo o jardín donde crezcan flores bonitas que enfrentarse al momento de abandonar a un ser querido en un cajón que nunca más será abierto.

Pero precisamente por eso, y aunque resulta paradójico, el cementerio es uno de los pocos testimonios vivos que nos quedan de lo que verdaderamente somos: seres de aliento prestado, granizo que se deshace —recordando a Shakespeare— bajo los rayos del sol. Las ciudades dormitorio, los cementerios, dan fe sin embargo de que hay una misma suerte para todos, como recuerda el autor del Eclesiástico (9, 3). Son por tanto los museos más necesarios para la humanidad, donde se hace ostensible la memoria de un pueblo y aun de una civilización entera. Las cenizas esparcidas al son de los vientos en cambio no generan recuerdo.

Será ésta quizá una medida desesperada por burlar a la muerte, aunque sea de momento, para poder seguir comiendo y bebiendo sin demasiadas compunciones y desasosiegos. Pisar un cementerio, por el contrario, impone respeto. Por lo pronto nos baja de las nubes en las que vivimos habitualmente encaramados, para devolver nuestros pies a la tierra, que es nuestro hábitat más seguro. Nos recuerda el cementerio, como decíamos, adónde vamos todos, con más o menos gana.

El autor de los Salmos no titubea: «Aunque seáis dioses e hijos del Altísimo todos, moriréis como cualquier hombre, caeréis, príncipes, como uno de tantos» (Salmo 82). Ricos y pobres, poderosos y humildes, santos y grandes pecadores, gentes comunes con mil historias, cientos de detalles y también de ignominias. Evidente asimismo para los paganos era la igualdad a la que reducía a los hombres la muerte, que «golpea con pie igualitario las cabañas de los pobres y las torres de los ricos»[1].

Son por todo ello los cementerios lugares impresionantes. Reúnen personas de todos los géneros y edades, buenos y malos, salvos y réprobos, y en su mayoría hombres y mujeres que, como confesó Dios a Jonás, no saben donde tienen su mano derecha. Claro está, el más allá es una fonda que no revela a sus clientes; naturalmente no es posible conocer el destino de los nombres que aparecen en las lápidas: no hay forma de saber si gozan en la presencia del Señor de las maravillas del Cielo; si, como confió la Virgen en Fátima a las niñas preguntada por éstas acerca de una amiga, permanecerán en el Purgatorio hasta el fin del mundo; o si agonizan —de modo tal que a nosotros nos sobrecoge un simple esbozo de sus tormentos— en el Infierno.

De lo que no hay duda no obstante es que en los cementerios se siente una paz imperecedera, no ordinaria, difícil de encontrar en el resto de la naturaleza. Quizá sea el respeto que engendra tan absoluto silencio; tal vez la seriedad que imprime en el ambiente algo llamado misterio. Sea como fuere, en medio de un cementerio cualquiera, y entre docenas de almas, ni una sola palabra interrumpe el silencio. Enmudece incluso el propio tiempo, que pasa por los hierbajos que crecen, las cruces de piedra que se desgastan y la cancela que se desconcha y rechina al abrirse. Las garitas no hablan. Ya nadie dice allí palabras de más o de menos. Pero en medio de aquel sigilo se sabe con claridad que bajo ese silencio subyace una verdad profunda, un océano de inquietudes y oraciones elevadas al cielo que nutren desde antiguo los mitos y la religiosidad de los hombres. En medio de un camposanto cualquiera, en definitiva, se intuye como en pocos sitios la evidencia de lo divino.

Ignoro la causa de la paz sagrada que en ellos se proclama. También la suerte de los muertos. Abrahán respondió al rico epulón que para creer en las realidades de ultratumba tenemos a los profetas[2]; y el Profeta con mayúsculas fue Jesucristo.

Curiosamente en los cementerios es donde más cerca me siento del hijo del carpintero, donde más le quiero y donde más le echo de menos. ¿Será su presencia, que late en los camposantos con más fuerza que en otras partes? ¿O la obediencia a su ley, que aquí se acata inexorablemente?

Luis Segura

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[1] Horacio: Odas I, 4.

[2] Cf. Lucas 16, 19-31.

Luis Segura
Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros