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Lo que el hombre sembrare, eso cosechará

En la misión a Perú que acabo de terminar, tuvimos la oportunidad de apadrinar unas familias y financiar sus necesidades por una temporada. Algunas de ellas vinieron a la misión para conocer a sus padrinos y platicamos con ellas. Después de haberlas conocido se me ocurrió preguntarles si las parejas estaban casadas por la iglesia y si los niños estaban bautizados. Me  contestaron con varias excusas, por ejemplo la falta de recursos o de tiempo. Les expliqué que aunque nos da mucho gusto poder ayudarles con las necesidades corporales, las espirituales son muchísimo más importantes. ¿Qué valor tiene llenar las panzas mientras pierden sus almas? Esta vida acaba rápido, y luego viene la eternidad.

Por otro lado, hace unos días celebramos la fiesta de San Luis Rey de Francia que a pesar de sus riquezas y su poder, tenía sólo una preocupación que lo motivaba en todo que hizo – el evitar el pecado mortal y vivir de una manera que agradara a Dios. Este consejo escribió a su hijo en su último testamento, lo mismo que San Luis aprendió de su mamá que le dijo:

“Te amo muchísimo pero preferiría mil veces verte muerto antes que saber que has cometido un pecado mortal.”

¿Cuántos de nosotros pensamos así? ¿Cuántos valuamos la vida de gracia tanto como apreciamos la corporal?

En el evangelio de hoy vemos una de las tres veces en que nuestro Señor resucitó a un muerto. Y el impacto en la gente fue grande. Pero San Agustín dice que el Señor frecuentemente resucita muertos en una manera aún más impresionante cuando derrama vida en un alma ya muerta por el pecado. “Mejor es resucitar para vencer siempre que resucitar para volver a morir.”

Se puede ver en este milagro el caso de cada persona. Todos entran al mundo muertos por el pecado original, y el Señor los resucita cuando los toca con las aguas bautismales. También se puede ver el caso de cada pobre pecador quien, por un solo pecado mortal, pierde la gracia y mata su alma. A ellos también viene el Señor con su toque sanador en el sacramento de penitencia para reestablecer en ellos la vida verdadera. Nos damos cuenta que el Señor resucitó muertos no sólo para mostrar su poder y divinidad, sino también para darnos cuenta de la resurrección que quiere realizar en cada uno de nosotros. Con gracia en el alma, vivimos; sin ella estamos muertos.  Y nuestra madre la iglesia, como la viuda en el evangelio, llora y se preocupa por nosotros hasta que volvamos a la vida de gracia. ¡Si tan solo pudiéramos apreciarla como ella!

El teólogo Tanquerey describe la gracia así:

La gracia modifica la naturaleza y los poderes de una persona y por eso la hace similar a Dios, capaz de poseer a Dios directamente a través de la visión beatifica y de contemplarlo cara a cara, aún como Él se mira a sí mismo eternamente, y entonces la gracia al fin será transformada en la gloria. Este privilegio de conocer y amar a Dios como el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo se conocen y se aman uno a otro supera todas las exigencias incluso las de la más perfecta creatura porque nos hace realmente compartir la naturaleza divina.

Si Dios quiere ofrecer a cada persona un don tan increíble, hay que entender lo que es. Nuestra vida sobrenatural empieza porque Dios nos regala primero gracias actuales que se definen como “las gracias que disponen y mueven para obrar o recibir algo en orden a la vida eterna. Sirven para disponer el alma a recibir las gracias mayores cuando uno todavía no las tiene o para ponerlas en movimiento cuando ya existen en uno.” Sus funciones son tres: primero, disponer el alma para recibir la gracia santificante, como en el caso de la conversión; segundo actuar los poderes sobrenaturales en uno que ya tiene la gracia santificante, por ejemplo inspiraciones para actos virtuosos; y tercero, preservar esta gracia santificante, por ejemplo cuando uno recibe fortaleza contra las tentaciones.

Estas gracias de hecho están al servicio de una gracia mucho mejor, que es la gracia santificante. Esta gracia es el principio de nuestra vida sobrenatural. Es una participación en la naturaleza divina, y nos eleva al rango de hijos de Dios y herederos de la gloria del cielo. En verdad la gracia es “lo único necesario” de lo cual habla nuestro Señor. San Pedro habla de ella cuando dice: “Y nos hizo merced de preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza.” Esta gracia nos une a Dios de una manera física y formal, dice el Padre Royo Marín, con un amor de amistad. Las almas en el estado de gracia son verdaderamente la imagen sobrenatural de Dios.

Santo Tomás dice que la gracia es el comienzo de la gloria en nosotros. Con esto quiere decir que cuando Dios infunde gracia en un alma, ésta así empieza a vivir su cielo, y cuando la pierde, empieza su infierno.

¡Qué triste que pocos entiendan esta verdad tan sencilla, la meta de esta vida es poseer la gracia, y ya. Así será nuestro juico. Si Dios encuentra gracia en el alma, pasará al cielo porque  ya tiene vida sobrenatural, si no, pues, descenderá al infierno porque ya ha decidido vivir sin Dios, aunque Dios no le haya negado las gracias necesarias para salvarse.

Y la evidencia de que despreciamos el don de Dios es que no vivimos como si fuera la única cosa importante: sin ella estamos muertos, con ella vivimos una vida divina. Qué triste ver gente que demora en bautizar a sus hijos con miles de pretextos, prefiriendo tener por criatura a un hijo muerto por el pecado original en lugar de a un hijo de Dios destinado para reinar en el cielo.

Qué triste si no nos preocupamos mucho por caer en pecado mortal, que mata la gracia viva en el alma y no luchamos contra las tentaciones y enemigos del alma con las mismas fuerzas con que lucharíamos contra un agresor que amenazara nuestra vida corporal. San Francisco de Sales explica esto:

En verdad el cielo está asombrado de que una creatura pueda renunciar a su Creador por algo tan insignificante como las seducciones del pecado. Si Dios estuviera sujeto a las pasiones, se desmayaría al ver este infortunio.

Si estuviéramos enfermos del cuerpo, conseguiríamos medicina o consultaríamos a un médico para sentirnos mejor, pero ¿cuánta gente hay que no se preocupa mucho por quedarse en el estado de pecado? ¡Qué tontos podemos ser! En realidad es una decisión entre la vida y la muerte, entre el cielo y el infierno. No es algo de poca importancia. Hoy decidimos por la beatitud o la condenación.

Nos damos cuenta también de que después de una caída Dios sigue ofreciéndonos una nueva resurrección, otorgándonos gracias actuales de conversión. ¿Las aprovechamos?

Qué triste que haya tanta gente que pone mucho esfuerzo para mantener su salud física, para crecer en fuerzas corporales, para aumentar su ciencia mientras casi no hace nada por sí mismo ni por sus familias para que crezcan en gracia y mérito. ¿Por qué no llevamos a nuestros amigos y familiares que viven en pecado, como la gente llevó al joven muerto a Jesús, para que los toque con su gracia y los resucite a la vida verdadera? ¿Por qué no lloramos por ellos, como la viuda, y así conseguimos para ellos la misericordia del Señor? ¿o acaso nosotros tampoco apreciamos la gracia suficientemente?

Dice Santa Maria Magdalena de Pazzi:

“Oh, si pudieras ver la belleza de un alma en la gracia de Dios, te lo enamorarías tanto que no harías nada más que pedirle a Dios por más almas. Por otro lado, si fuera puesta un alma en pecado mortal delante de ti, no harías nada más que llorar y odiarías al pecado más que el diablo mismo lo odia, y rezarías siempre por la conversión de los pecadores.”

Una vez que ha empezado la vida de gracia en un alma, debe de seguir creciendo continuamente por toda la vida hasta que brote y florezca en la gloria del cielo. Hay que alejarse de toda ocasión de pecado y corresponder con cada gracia que Dios se ofrece y así merece más. La gracia no simplemente añade algo nuevo a nuestras capacidades naturales, sino que en verdad las transforma. A través de esta transformación cada buena obra, cada oración, cada sacrificio aceptado con motivo de amor tiene el poder de merecer. Y puede merecer no simplemente como un suplicante o mendigo, sino como Jesucristo mismo merece, cuyo poder está activo en el alma viviendo en gracia siempre ganándose más premios en el cielo. Como dice San Pablo en la epístola, si vivimos según la carne, ganaremos el fin de la carne, que es la corrupción. Si sembramos actos que proceden de gracia, cosecharemos premios divinos porque en verdad es Cristo que actúa en nosotros.

La diferencia es enorme. Si queremos que Dios escuche nuestras oraciones, hagámonos sus amigos e hijos a través de la gracia. Si queremos mejorar nuestro mundo, vivamos en gracia y santifiquémonos. Si queremos hacer el bien para otra persona, crezcamos en gracia y así merezcamos las gracias de conversión y perseverancia para los demás.

Dice Santa Rosa de Lima: “¡Si tan solo los mortales pudieran aprender cuán magnífico es poseer la divina gracia, cuán bella, cuán noble, cuán preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántas alegrías y gozos!”

Padre Daniel Heenan, FSSP




Padre Daniel Heenan
Padre Daniel Heenanhttp://www.fsspmexico.mx/
Miembro de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro. Es Párroco de la cuasiparroquia personal de San Pedro en Cadenas en Guadalajara, México

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