¿Se están utilizando medios de sedación en pacientes terminales, sin que sean necesarios y cuya finalidad es simplemente el acortar su vida?

Desde que el hombre pecó al ceder a la tentación del demonio en el Paraíso Terrenal, escuchando su engaño y la promesa del “seréis como dioses”, una de las tentaciones más graves del ser humano y especialmente el actual, es precisamente la capacidad de abrogarse el derecho de tomar decisiones que no le competen, como es la de adelantar la muerte en casos de pacientes terminales, so capa de piedad o de misericordia ante el sufrimiento.

Veamos lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en referencia a ello:

En el numeral 2278 se nos dice“La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”. Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad o si no por los que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.”

En el numeral 2277 leemos“Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable. Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre (cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Iura et bona).”

Por tanto, y resumiendo lo dicho, queda clarificada la cuestión y la postura que todo católico debe tomar ante los cuidados a los enfermos terminales, y que en resumen afirma que sería lícito interrumpir todos aquellos tratamientos que alarguen la vida del enfermo de un modo irracional y encarnizado. Por el contrario, es totalmente ilícito usar cualquier medio que permita acortar la vida del paciente, en cuyo caso ya no estaríamos hablando de cuidados paliativos sino de eutanasia. La moral nos dice que nunca podemos usar de los avances científicos para conseguir este fin de acortar la vida por cuenta propia.

¿Pero cuál es la postura de la Iglesia cuando el enfermo terminal sufre dolores graves?

La respuesta la encontramos en la Encíclica Evangelium vitae del Papa Juan Pablo II, 25 de marzo de 1995. Habla de los “Cuidados Paliativos” en los siguientes términos:

“en la medicina moderna van teniendo auge los llamados cuidados paliativos, destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida.

En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento “heroico” no debe considerar se obligatorio para todos. Ya Pio XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales.

En efecto, en este caso no se requiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, “no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo”: acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios“ (n. 65).

En este contexto, comprendemos que cuando hay dolores severos, podemos suministrar al paciente los calmantes necesarios para que pueda sobrellevar dignamente su enfermedad, aunque ello tenga como consecuencia directa el acortar su vida, puesto que no es eso lo que se persigue, sino que es un efecto colateral, nunca un fin en sí mismo.

Hemos dejado clarificada entonces, la cuestión de la eutanasia y de la sedación, tal como nos enseña nuestra fe. La pregunta importante que nos hacemos es la siguiente: ¿Se están utilizando medios de sedación en pacientes terminales, sin que sean necesarios y cuya finalidad es simplemente el acortar su vida?

enfermoSabemos que tristemente, vivimos en un mundo donde impera la frase del “tanto tienes, tanto vales”. Contemplamos con estupor como la vida humana tiene el valor que cada cual quiera darle. Así, si me quiero “deshacer del problema de un embarazo no deseado”, recurro al aborto, y listo. La trata de mujeres en la prostitución para lucro de los proxenetas, es algo conocido y frecuente en todo el mundo. Los niños soldados, adiestrados para matar, son en ciertos países algo cotidiano. La pederastia busca ya en ciertos sectores de nuestra sociedad ser legalizada. Y así un largo etcétera de abusos del ser humano, de su libertad, de su dignidad. Si un anciano o impedido, está terminal y “no produce”, solo gasta y si además cobra una pensión vitalicia, puede ser “goloso” usar de ciertas técnicas que so pretexto de “que no sufra” nos ayuden a acortar su vida, que ya no sirve para nada, “molesta” y “preocupa a sus familiares”. ¿Nos extrañaríamos entonces, si supiéramos que muy posiblemente haya casos en que se esté franqueando la delgada línea que separa la Muerte Digna de la eutanasia?

Me decidí a escribir estas líneas porque conocí de primera mano varios casos recientes de personas que dada su enfermedad, entraron en contacto con Cuidados Paliativos y que me hicieron pensar que se estaría franqueando esa línea delgadísima que separa dichos cuidados de la eutanasia directa. Las personas eran enfermos terminales, y que iniciaron tratamientos paliativos, unos en su hogar, y otros en hospitales de paliativos. En todos los casos, se rescindió la medicación prescrita por los facultativos que llevaban la especialidad del enfermo. En todos los casos se empezó a usar la medicación paliativa. En por lo menos dos de los pacientes, no había dolores severos que hicieran precisa la utilización de calmantes extraordinarios. Simplemente con un calmante común desaparecían los dolores. Estando en estado de consciencia antes de iniciar el tratamiento paliativo, extrañamente, empezaron a caer en un estado de semiinconsciencia, y los médicos que los atendían dijeron que habían empeorado. En 2 de los casos se les dijo a los familiares que su ser querido tenía una semana de vida. ¿No es eso extraño? No soy médico, y desde luego puedo estar muy equivocada, pero me parece muy arriesgado decir una fecha tan exacta para predecir la muerte de alguien. Esa seguridad me causa dudas, porque precisamente, en los casos graves que yo he vivido en mi familia, uno la operación a corazón abierto de mi hija menor cuando tenía 4 meses, otra la de un familiar joven con un ictus, nunca quisieron decirnos en los momentos delicadísimos en que ambos se encontraron, cuánto tiempo les quedaba, si vivirían o morirían, si quedarían bien o mal. Nuestras preguntas siempre fueron respondidas con un interrogante, como supongo que cualquier buen profesional debe responder, porque aún con estadísticas en la mano, es muy arriesgado cualquier pronóstico, bueno o malo. Como personas de fe sabemos que Dios es quien tiene siempre la última palabra.

Pues bien, una de las pacientes a la que se diagnosticó una semana para su muerte, fue sacada del centro por expreso deseo de la familia, a lo que se negaban inicialmente en el centro. Curiosamente, al regresar a su hogar y empezar de nuevo con su tratamiento contra el cáncer que padece y que le habían suprimido en el hospital de paliativos, ha vuelto a su estado anterior de consciencia y ya lleva un mes así, sin apenas dolores y en estado de plena consciencia. La otra paciente que continuó en el centro de paliativos, murió en la fecha que los doctores habían predicho. Una semana exacta. ¿Casualidad? ¿Conocimiento? ¿Dios tuvo la última palabra?

Habría más cosas que contar. Pero el motivo de este artículo es únicamente el de generar un toque de atención en los familiares de las personas que están en cuidados paliativos. Sin tratar de causar alarma, solo una alerta. Es bueno verificar qué medicaciones se les suministran a nuestros enfermos, y cuales se les suprimen y poder tener la opinión de otro doctor o del equipo de médicos que llevaba al paciente antes de su ingreso en estos centros. Saber cada uno de los pasos que se sigue en su tratamiento, y exigir que se nos informe de cualquier cambio.

Sabemos la labor encomiable de muchos sanitarios que trabajan en dichos hospitales o ayudando a los pacientes a sobrellevar su enfermedad con dignidad en su propio hogar y que se desviven por hacer que su vida sea lo más normal posible, feliz y sin dolores hasta que llegue el desenlace. Pero creemos que nunca está de más el estar atentos a cualquier cambio, a cualquier eventualidad que nos pueda hacer pensar en un posible abuso de ciertos medicamentos, si consideramos que el enfermo no los precisa. La vida es un don de Dios y es Él solamente quien tiene en sus manos el momento de su inicio y el de su final. Nosotros solamente, podemos ayudar a que esa vida sea lo más gozosa posible, y procurar que la persona muera con la dignidad de un hijo de Dios, atendida con los recursos que la ciencia nos ofrece para su bienestar hasta el momento que Dios tenga dispuesto. Nunca confundiendo con “piedad” el acortar ese tiempo, que además, puede ser decisivo para su alma. Acompañarla, amarla, hacerla sentirse querida y necesaria, esa es nuestra misión y la misión de todos aquellos que están en este bello servicio sanitario.

Que San José, el patrono de la buena muerte, nos ayude a cumplir con esta tarea a nuestro alrededor y permita que nuestros seres queridos, llegada su hora, expiren con paz, gozo y en los brazos de Jesús, José y María, la más dulce de las muertes.

Montse Sanmartí