La acción ecuménica de Pablo VI en la ejecución de la reforma litúrgica, la cual desembocó en el misal de 1969 –que es, en resumidas cuentas, el actual–, merece un comentario aparte. En efecto: la santa misa es el corazón de la Iglesia, el sostén de su misma vida sobrenatural. Las plegarias y los gestos que la Iglesia manda que cumpla el sacerdote y, en parte, los fieles poseen todos un significado preciso que remite directamente a la fe propia de la Iglesia, ya a la relativa a sus dogmas en general, ya a la que tiene por objeto, en particular, el valor del sacrificio expiatorio de la misa y el dogma de la presencia real y permanente de Cristo bajo las especies eucarísticas. De ahí que ni siquiera un Papa esté autorizado a realizar modificaciones que atenten contra la pureza y la claridad doctrinal de las oraciones oficiales de la Iglesia, con las cuales expresamos las verdades de nuestra fe. En cambio, las modificaciones que hizo introducir Pablo VI tienden casi todas a rebajar, ofuscar, embrollar y volver ambiguas dichas verdades, y ello con la mira puesta, sobre todo, en bailarle el agua al mundo protestante.

Como primera etapa hacia la creación de una nueva “misa ecuménica”, la constitución Sacrosanctum Concilium del concilio Vaticano II contenía ya en sí, según la conocida táctica neomodernista, los gérmenes de la revolución futura, la que verificó Pablo VI en 1969, los cuales consistían en unas pocas frases que pasaron entonces casi inadvertidas, porque parecía que las contrarrestaban otras opuestas de cuño totalmente tradicional, pero que, en realidad, desempeñaban la misma función que el clásico “espejuelo para cazar alondras”.

La Sacrosanctum Concilium, en efecto, mantenía aún intacto, aunque sólo en apariencia, el rito tradicional de la Iglesia, y no hablaba, al menos expresamente, de sustituir en el futuro el rito antiguo de la misa por otro nuevo. Pero ya en marzo de 1964, todavía en pleno desarrollo del concilio Vaticano II, Pablo VI se disponía a sacar personalmente “las conclusiones implícitas” (Schillebeeckx, o. p.) en la constitución conciliar sobre la liturgia. Instituyó una comisión expresamente para la ejecución de la reforma litúrgica: el Consilium ad exequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, con el cardenal Giacomo Lercaro como presidente y el liturgista monseñor Annibale Bugnini –auténtica mente directriz– como secretario. Un procedimiento extraño y anómalo, no cabe duda, pero que le permitía a Pablo VI pasar por encima de la Sagrada Congregación de los Ritos, a la cual le habría debido corresponder el cometido, como era lógico: la presidía el cardenal Larraona, a quien se reputaba por demasiado “tradicionalista” y, por ende, difícil de manejar con vistas a la delicada operación litúrgico-doctrinal de trasplante de corazón que debía practicársele a la santa Iglesia.

En 1965, después de poco más o menos de un año de trabajo, monseñor Bugnini se arrancaba la máscara con estas palabras reveladoras de las verdaderas intenciones de los neomodernistas:

«Se pensó que era necesario afrontar este trabajo [la reforma de las oraciones solemnes del Viernes Santo; n. de la r] para que la oración de la Iglesia no fuera un motivo de malestar espiritual para nadie (…). A la Iglesia la guiaba el amor a las almas, así como el deseo de hacer todo lo que estuviera en su mano para facilitar el camino de la unión a nuestros hermanos separados, en la remoción de toda piedra que pudiera entrañar para éstos aunque sólo fuera la sombra de un riesgo de tropiezo o de pesar» (1).

Estaba claro, a la vista de ello, que se seguiría operando con el mismo bisturí “ecuménico” en todo el resto de la “reforma”.

Ahora bien, lo que en la misa constituía motivo de “malestar espiritual” y entrañaba un “riesgo de tropiezo o de pesar” para los protestantes era ni más ni menos que las palabras y los gestos que expresaban las verdades dogmáticas que los mismos rechazaban (ante todo el sacerdocio que deriva del sacramento del orden, el valor propiciatorio y expiatorio del sacrificio de la misa y la presencia real y permanente de Nuestro Señor Jesucristo bajo las sagradas especies eucarísticas). De ahí que no fuera difícil comprender que la denominada “reforma” de Pablo VI se reduciría a una supresión, o al menos a una ambigua atenuación, de las partes de la misa incriminadas porque eran demasiado claramente católicas y, por ende, antiecuménicas; se reduciría, en último análisis, a una traición a la fe y a una lenta, pero progresiva, protestantización del clero y de los fieles católicos (pues se reza igual que se cree por lo que, tarde o temprano, se termina también por creer igual que se reza).

El llamamiento a Pablo VI de los cardenales Ottaviani y Bacci

El fruto más importante de los trabajos del Consilium, o sea, el nuevo misal romano reformado, lo promulgó Pablo VI en 1969 (primera promulgación), y suscitó de inmediato la reacción de algunos cardenales, obispos, sacerdotes y fieles más preparados, quienes se opusieron a esta inaudita y descarada tentativa de protestantización de la santa misa.

En efecto: a renglón seguido de la promulgación del nuevo misal, los cardenales Antonio Bacci, miembro de la Congregación de los Ritos, y Alfredo Ottaviani, ex prefecto del Santo Oficio, remitieron a Pablo VI un enérgico llamamiento junto con un estudio crítico de la nueva misa.

«Beatísimo Padre –escribían los dos purpurados–:

Después de haber examinado y hecho examinar el Novus Ordo Missae preparado por los peritos del Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, y tras haber reflexionado y orado largamente, sentimos de nuestro deber, ante Dios y Vuestra Santidad, expresar las consideraciones siguientes:

  1. Como lo prueba suficientemente, a despecho de su brevedad, el examen crítico adjunto, obra de un grupo escogido de teólogos, liturgistas y pastores de almas, el Novus Ordo Missae, si se consideran los elementos nuevos que supone e implica, aunque sean susceptibles de una apreciación diferente, se aleja de manera impresionante, tanto en su conjunto cuanto en los detalles, de la teología católica de la santa misa tal cual la formuló el concilio tridentino en su XXII sesión, que, al fijar definitivamente los “cánones” del rito, erigió una barrera infranqueable contra cualquier herejía que mellase la integridad del misterio.
  2. No parecen suficientes las razones pastorales aducidas para justificar tan grave fractura, suponiendo que tuvieran derecho a subsistir frente a las razones doctrinales. Tantas novedades figuran en el Novus Ordo Missae, y, en cambio, a tantas cosas de siempre se las relega a un puesto menor o a otro sitio –si es que gozan todavía de cabida en alguna parte–, que podría trocarse en certeza una sospecha que, por desgracia, cunde ya subrepticiamente en numerosos ambientes, a saber, la de que pueden mudarse o silenciarse verdades siempre creídas por el pueblo cristiano sin pecar por ello de infidelidad contra el sagrado depósito doctrinal al cual se halla vinculada para siempre la fe católica.
  3. Las recientes reformas han demostrado suficientemente que nuevos cambios en la liturgia no llevarían sino a la total desorientación de los fieles, quienes dan ya muestras de impaciencia y de una inequívoca disminución de la fe. En la parte mejor del clero se concreta esto en una crisis de conciencia torturadora de la que tenemos a diario innumerables testimonios.

Estamos seguros de que estas consideraciones, que sólo pueden nacer de la voz ardiente de los pastores y del rebaño, no dejarán de hallar eco en el corazón paternal de Vuestra Santidad, siempre tan profundamente preocupado por las necesidades espirituales de los hijos de la Iglesia. Los súbditos, para cuyo bien se promulga la ley, siempre han tenido, más que el derecho, el deben de pedirle al legislador, con confianza filial, que la abrogue cuando la misma cede en perjuicio suyo en lugar de beneficiarlos. Por todo esto, suplicamos encarecidamente a Vuestra Santidad que, en un momento de tan dolorosas laceraciones y de peligros cada vez mayores para la pureza de la fe y la unidad de la Iglesia, no nos quite la posibilidad de seguir recurriendo a la integridad fecunda del Missale Romanum de San Pío V, ese misal tan alabado de Vuestra Santidad y tan profundamente amado y venerado por todo el mundo católico» (2). Dicho llamamiento no obtuvo respuesta, como era de esperar.

La filoprotestantatización de la Misa de Pablo VI

Examinemos ahora someramente las principales mudanzas de índole filoprotestante que se verifican en la “misa de Pablo VI”, tanto en la arquitectura litúrgica cuanto en el rito mismo; pero vaya por delante una aclaración: nos ocuparemos aquí tan sólo de las más fáciles de percibir incluso para los fieles de a pie.

A) MUDANZAS EN LA ARQUITECTURA LITÚRGICA

  1. Supresión sistemática de las balaustradas que delimitaban el espacio sagrado del presbiterio. El área de este último, que se reservaba en un principio para los sacerdotes y los demás ministros sagrados, como revela el propio vocablo, se vuelve ahora una pasarela para la exhibición de los seglares enfermos de protagonismo. Resultado: supresión del concepto de “lugar sagrado”, desacralización del sacerdote y progresiva equiparación práctica del clero y el laicado.
  2. Orientación “hacia el pueblo” del altar para la celebración. El sacerdote no se vuelve ya a Dios para ofrecerle el divino sacrificio en favor de los fieles, sino hacia el pueblo, en el ámbito de una mera reunión de oración. Nótese que tampoco en la antigüedad el altar estuvo jamás vuelto “hacia el pueblo”, sino hacia Oriente, símbolo de Cristo, como, por lo demás, lo atestigua hasta la orientación topográfica de muchas antiguas basílicas. El altar, o, por mejor decir, la “mensa” vuelta “hacia el pueblo” es, por el contrario, una creación enteramente personal de Lutero y de los demás pseudorreformadores del siglo XVI.
  3. Disposición del altar casi siempre en forma de “mensa” o sea, mesa para cenar. La misa no es ya un sacrificio expiatorio, sino que se vuelve una simple cena fraternal. El altar, en efecto, remite a la idea de sacrificio ofrecido a Dios, mientras que la “mensa” remite a la de comida en común en el ámbito de un simple “memorial”. Por eso se usa siempre en los “templos protestantes”, allá donde existe, una mesa, nunca un altar.
  4. Puede removerse el tabernáculo del centro del presbiterio, a tenor de las nuevas rúbricas de la “misa de Pablo VI”. Disposiciones tan recientes cuanto traidoras, como, p. ej., las de la Conferencia Episcopal Italiana, han perfeccionado la obra al disponer un traslado gradual del tabernáculo a una capilla lateral ideada expresamente para ello. Todo para no irritar a los protestantes, es obvio: así la presencia permanente de Nuestro Señor Jesucristo en el tabernáculo no turbará ya el “irreversible camino ecuménico”.
  5. En el centro del presbiterio, generalmente en el lugar del tabernáculo, se sitúa ahora el asiento del sacerdote celebrante. El hombre ocupa en la actualidad el puesto de Dios, mientras que la misa se vuelve nada más que un encuentro fraternal entre la asamblea y su “presidente”, o sea, el ex sacerdote, el cual se reduce de ahora en adelante a ser nada más que un director, un “animador litúrgico”, un perfecto showman de la nueva y antropocéntrica iglesia conciliar. En esta atmósfera de quermese se inserta, con la aprobación entusiasta de los obispos, el escuálido venero pop-folk de las diferentes orquestinas parroquiales más o menos jóvenes, cuyo objeto es caldear el ambiente con varios ritmos y músicas de baile (se baila ya, a todos los efectos, en no pocas “eucaristías conciliares”).

B) MUDANZAS EN EL RITO DE LA MISA

  1. Se suprimen las preces iniciales al pie del altar, al término de las cuales, entre otras cosas, el sacerdote se reconocía indigno de entrar en el Santo de los Santos para ofrecer el sacrificio divino, e invocaba la intercesión de los santos para purificarse de todo pecado. En lugar de eso, en la nueva misa antropocéntrica los “presidentes de la asamblea” se deshacen en sandios sermoncillos preliminares de bienvenida, que constituyen, a menudo, meros preludios de la desenfrenada “creatividad litúrgica” más o menos anárquica a la que se entregan.
  2. Se suprime el doble Confiteor, que distinguía otrora al sacerdote de los fieles, quienes se dirigían a él llamándolo “pater”, “padre” (el primero lo recitaba solo el celebrante; el segundo lo recitaba el pueblo después). En la “nueva misa”, en la que el Confiteor lo recitan una sola vez todos juntos, el sacerdote ya no es “pater” para los fieles, sino nada más que un “hermano”, al igual que ellos, el cual, a la usanza democrática y protestante, se confunde cabalmente con los mismos hasta el punto de no distinguirse de éstos en el actual «Confieso ante Dios omnipotente y ante vosotros hermanos…».
  3. Las lecturas bíblicas pueden efectuarlas también los simples laicos, tanto hombres como mujeres (hoy podríamos decir, más bien, que son ellos los que las realizan invariablemente). Todo ello contra una prohibición que se remontaba a la Iglesia de los primeros siglos, la cual siempre había reservado tal cometido a sólo los miembros del clero a partir del lectorado, que era ni más ni menos que una de las órdenes menores a través de las cuales se hacía uno clérigo. Entre los protestantes, en cambio, no existe clero, sino sólo ministros y ministerios (por eso la “reforma de Pablo VI” suprimió las órdenes clericales menores e instituyó en su lugar precisamente eso,  ministerios…: el lectorado y el acolitado), y todo el mundo –hombre o mujer– tiene acceso al ambón…
  4. En el ofertorio de la antigua misa el sacerdote ofrecía a Cristo como víctima al Padre, en expiación de los pecados, con palabras inequívocas: «Recibe, oh santo Padre (. ) esta inmaculada hostia que yo, indigno siervo tuyo, te ofrezco a Ti (…) por mis innumerables pecados (…) y también por todos los fieles cristianos (… a fin de que a mí y a ellos nos aproveche para la salvación y la vida eterna». Este sincero resalte del aspecto expiatorio de la misa siempre ha sido indigesto para los protestantes, hasta el punto de que las primeras partes de la antigua misa romana que suprimió Martín Lutero fueron precisamente las plegarias ofertoriales. Ahora, en el ofertorio de la “nueva misa” de Pablo VI, el “presidente de la asamblea”, ex sacerdote, ofrece sólo pan y vino a fin de que se conviertan en un indeterminado “alimento de vida eterna” y en una más que vaga “bebida de salvación”: se ha cancelado cuidadosamente la idea misma de sacrificio expiatorio.
  5. En la “misa de Pablo VI” se mantiene el canon romano, sí, pero sólo para guardar las apariencias, y, además, en forma mutilada. Se le flanquea de tres nuevas “plegarias ecucarísticas” (II, III, IV), con la clara intención de que éstas lo suplanten poco a poco (hoy, en efecto, yace tranquilamente muerto y enterrado). En dichas “plegarias eucarísticas”, más puestas al día, fruto de la colaboración de seis “expertos” protestantes, el “presidente de la asamblea” (llamémosle así nada más que para entendernos) da gracias a Dios «por habernos admitido a tu presencia a cumplir el servicio sacerdotal» (plegaria III), con lo que su papel se funde con el de los simples fieles en un único “sacerdocio común” de luterana memoria; o bien, asimismo, se dirige el susodicho “presidente” a Dios y lo alaba porque Él sigue «congregando (…) a un pueblo que (en la edición latina se lee “ut”, es decir, “para que”) le ofrezca (…) el sacrificio perfecto desde un confín al otro de la tierra» (plegaria III): así el pueblo parece volverse el elemento determinante para que se realice la consagración. En la segunda fase del plan de protestantización se insertaron otras cuatro “plegarias eucarísticas” en el “misal de Pablo VI” (o, mejor dicho, se trata de la plegaria V dividida en cuatro variantes: A, B, C y D), las cuales iban todavía más allá que las anteriores. En efecto: se afirma en ellas que Cristo «nos reúne para la santa cena» (concepto y terminología cien por cien protestantes), al paso que el “presbítero-presidente” no pide ya que el pan y el vino “se vuelvan” el cuerpo y la sangre de Cristo (como pasaba aún en las “plegarias” II, III y IV), sino tan sólo que «Cristo esté presente en medio de nosotros con su cuerpo y su sangre». Nada más que una vaga “presencia” de Cristo “en medio de nosotros”. Nada ya de transubstanciación ni de sacrificio expiatorio (sin los cuales, huelga recordarlo, tampoco hay misa). Así, pues, el “sacrificio” de que se habla más adelante en la misma “plegaria eucarística” ha de entenderse, por fuerza, sólo como “sacrificio de alabanza” (cosa que Lutero y compañía nunca dejaron de aceptar, bien que, por el contrario, rechazaban absolutamente la idea de sacrificio expiatorio). Intelligenti pauca, es decir, a buen entendedor pocas palabras bastan. Pero, sea de ello lo que fuere, hace poco se han quitado las partes incriminadas de la plegaria V y se han cambiado y sustituido por las usadas en las plegarias II, III y IV, según se echa de ver en la última edición típica en latín del “misal de Pablo VI” (no por nada nos hallamos actualmente en la fase de “restauración napoleónica”, cuyo objeto es salvar lo esencial de la Revolución del Vaticano II de la anarquía más completa limando los excesos y los extremismos).
  6. En todas las “plegarias eucarísticas” del nuevo rito de Pablo VI (la primera inclusive) se hizo desaparecer el punto tipográfico que precedía a las palabras de la consagración. En el antiguo misal romano, este punto y aparte obligaba al sacerdote a interrumpir la pura y simple “memoria” de los sucesos de la última Cena para empezar a “obrar”, esto es, para comenzar a renovar, incruenta pero realmente, el divino sacrificio. El presbítero-presidente conciliar se halla ahora en presencia de dos puntos tipográficos, que acabarán por empujarle –psicológica y lógicamente– a seguir haciendo memoria y nada más, y, por ende, a pronunciar las fórmulas de la consagración con intención sólo conmemorativa (igual que en la denominada “santa cena” protestante). Es éste un razonamiento que vale aún más para los sacerdotes jóvenes, a los que ya antes de ordenarse se les deforma doctrinalmente en los seminarios.
  7. Se suprime la genuflexión del sacerdote inmediatamente después de la consagración de cada una de las dos especies, una genuflexión con la que expresaba la fe en la transubstanciación que se había obrado a causa de las palabras consecratorias que acababa de pronunciar: cosa inaceptable de todo punto para los protestantes, quienes, como se sabe, niegan el sacerdocio que deriva del sacramento del Orden junto con todos los especiales poderes espirituales anejos. Ahora, en cambio, en la “nueva misa” de Pablo VI, el “presidente de la asamblea” se arrodilla una sola vez, bien que no inmediatamente después de la consagración, sino sólo después de haber elevado cada una de las dos especies para mostrarlas a los fieles presentes. Todo ello resulta plenamente aceptable para los protestantes, para quienes Cristo se hace presente en la “mesa” de la “santa cena” sin ninguna transubstanciación, exclusivamente en virtud de la fe de la asamblea. Es evidente por enésima vez que el “nuevo rito” les baila el agua en gran medida a los denominados “hermanos separados”.
  8. La aclamación de los fieles al término de la consagración, aunque está tomada del Nuevo Testamento, sin embargo, no sólo resulta inoportuna de todo punto en tal momento, sino que, además, induce a error, pues introduce un enésimo factor de ambigüedad al presentar a un pueblo “a la espera de tu venida” [la de Cristo], mientras que, por el contrario, Él se halla presente realmente en el altar como víctima del sacrificio expiatorio recién renovado. La cosa se vuelve más evidente cuando se la enmarca en el contexto general de todas las restantes mudanzas, como pasa, por lo demás, con todas las otras modificaciones e innovaciones.
  9. En el antiguo rito romano, los fieles, humildemente arrodillados en el momento de la comunión, repetían lo siguiente, a imitación del centurión. «Señor, yo no soy digno de que entres bajo mi techo, mas di sólo una palabra y mi alma será curada»: expresión de fe explícita en la presencia real del Señor bajo las sagradas especies. En la “misa de Pablo VI”, en cambio, los fieles se limitan a decir que no son dignos de “participar” en “tu mesa”: expresión indeterminada a más no poder, perfectamente aceptable también en ambientes protestantes.
  10. En la antigua misa romana, la eucaristía se recibía obligatoriamente de rodillas, en la lengua y usando toda clase de precauciones para evitar la caída de los fragmentos (se empleaba un platillo a tal efecto). En la “misa de Pablo VI”, en cambio, según la habitual táctica rastrera modernista, se empezaba por prever ad experimentum –término comodín para cualquier trabajo de subversión– la mera posibilidad de recibir la comunión de pie. En poco tiempo, como si siguieran un guión, los presbíteros la volvieron prácticamente obligatoria por vía intimidatoria (un desdeñoso “¡levántese!” es lo mínimo que puede esperar hoy el incauto fiel que ose rechazar el diktat presbiteriano). A continuación (segunda fase del plan), se introdujo la comunión en la mano por obra de las diferentes Conferencias Episcopales, la cual fue difundida entusiásticamente por un “clero conciliar” carente ya de fe e indiferente por entero a los inevitables sacrilegios, involuntarios o no, a los cuales se expone así al cuerpo de Cristo.
  11. La distribución de la Santísima Eucaristía no se reserva ya al sacerdote o al diácono, como estaba establecido desde la época apostólica. Ahora gozan de la misma facultad, previa autorización del obispo, incluso religiosas o meros seglares del círculo de aquellos que Ratzinger, cardenal a la sazón, definió irónicamente como “auto-ocupados en actividades eclesiales”. Nada más útil para el “irreversible camino ecuménico” que la nivelación progresiva entre el clero y el laicado con vistas a la protestantización final de las masas católicas.
  12. En la misa de Pablo VI, el “presidente de la asamblea” se sienta cómodamente a renglón seguido de la comunión, como lógica conclusión de la nueva “celebración eucarística”
    filoprotestante (e induce a los fieles con su ejemplo a que hagan otro tanto). No merece la pena devanarse los sesos para averiguar el porqué, pues está claro: se trata del reposo después de la cena comunitaria.

Aquí terminamos el análisis de la “misa de Pablo VI”, pues nos hemos tenido que limitar a ocuparnos tan sólo de algunos aspectos cuya gravedad y potencialidad destructiva es más evidente (remitimos, para un análisis más amplio y completo, a los textos que se elencan al término de este estudio a título de bibliografía mínima).

Recordemos aquí, a guisa de conclusión, la grave advertencia de aquel célebre estudioso de la sagrada liturgia que fue Dom Prosper Guéranger:

«El primer carácter de la herejía antilitúrgica –escribía el gran abad benedictino de Solesmes– es el odio a la Tradición en las fórmulas del culto divino. Todo sectario que quiere introducir una nueva doctrina se halla infaliblemente en presencia de la liturgia, que es la Tradición a plena potencia, y no puede hallar reposo si no hace callar esta voz, si no desgarra esas páginas que encierran la fe de los siglos pasados». A los protestantes, por ejemplo, seguía diciendo Dom Guéranger, les había bastado efectuar astutamente «la sustitución de las fórmulas y los libros antiguos por libros nuevos y fórmulas nuevas, y todo se consumó. Nada había ya que fastidiara a los nuevos doctores: podían predicar a sus anchas: la fe de los pueblos carecía de defensas» (3).

Y además: la excusa que aducían los herejes –y que dom Guéranguer advirtió– para ejecutar el sabotaje de la fe por conducto de las mudanzas en la liturgia era siempre la del presunto “retorno a la antigüedad”: «Es esencial examinar las intenciones y las doctrinas de los que proponen cambios en la liturgia y guardarse de ellos aunque se cubran con pieles de oveja y no se les caiga de la boca las bellas palabras de “perfeccionamiento” y “retorno a la antigüedad”» (4). Parece una profecía escrita para nuestros días.

Otra “prueba del nueve” 

Para confirmar, si es que hace falta, lo que hemos denunciado hasta ahora, alegamos a continuación algunos hechos, juicios y declaraciones, sobre la reforma litúrgica y sobre la “nueva misa” de Pablo VI, provenientes de ámbitos cualificados, tanto católicos cuanto protestantes.

1) Testimonios en el ámbito católico

  • La Documentation Catholique del 3 de mayo de 1970 publicaba en portada una sorprendente fotografía de Pablo VI (sonriente) junto con seis investigadores protestantes (ultrasonrientes, y con razón más que sobrada para ello…): el dr. Georges, el canónigo Jasper, el dr. Shepard, el dr. Konneth, el dr. Smith y el hermano Max Thurian, que habían sido invitados, no a título personal, sino en calidad de representantes oficiales del Consejo Ecuménico de las Iglesias, de la Comunidad Anglicana y Luterana y de la de Taizé.Su calificación oficial era la de “observadores” en los trabajos de la comisión litúrgica que había erigido Pablo VI para la elaboración de la nueva misa. Sin embargo, muy pronto se supo que el sexteto protestante no se había limitado a observar –dicha función no era más que una fachada, evidentemente–, sino que había tomado parte activa, con sus sugerencias, en la elaboración de la “nueva misa” de Pablo VI. Era lo que reveló a boca llena monseñor W. W. Baum (más tarde creado cardenal), que era responsable a la sazón de la Comisión para el Ecumenismo en el seno de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos de América: «Ellos no están allí como meros observadores, sino también como consultores y participan plenamente en las discusiones relativas a la renovación litúrgica católica. No tendría mucho sentido que sólo escucharan, por lo que hacen también sus contribuciones» (5).
  • Antes aún se le había escapado también a Notitiae, boletín oficial del Consilium que controlaba monseñor Bugnini y luego órgano de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, en el nº 23 de noviembre de 1966, que los expertos protestantes «designados por sus comunidades eclesiales (…) han seguido los trabajos del “Consilium” con alegría y atención, y han cooperado fraternalmente en los coloquios con los relatores» (6).
  • Asimismo, uno de los propios “peritos” protestantes, el canónigo Jasper, le confirmó en una carta al investigador católico Michael Davies, que había renegado del anglicanismo para convertirse al catolicismo, el papel activo que habían desempeñado los denominados “observadores”, los cuales, en las reuniones informales de la tarde, habían podido gozar de mucha libertad para sugerirles sus deseos a los miembros del Consilium para la reforma litúrgica: una táctica que los famosos “observadores” acatólicos presentes en el Vaticano II ya habían usado también con los Padres conciliares, y que cosechó un éxito rotundo (7).
  • La ya citada revista oficial del Consilium citaba, en el nº 35 de noviembre de 1967, los juicios que emitían sobre la reforma litúrgica los responsables católicos del apostolado de los laicos de varias naciones (muchos de los cuales eran desfavorables, a decir verdad), entre los cuales es de destacar el siguiente de los católicos de Suecia: «Es interesante notar, p. ej., la satisfacción que se constata en Suecia ante las ventajas ecuménicas de la reforma, ante el acercamiento que se ha efectuado con las formas litúrgicas de la Iglesia luterana» (8).

Y esto se escribía ya –párese mientes en ello– inmediatamente después de las primeras “reformas” litúrgicas y nada menos que dos años antes de la inauguración de la filoprotestante “neomisa” de Pablo VI.

  • El conocido escritor franco-americano Julien Green, ex anglicano convertido al catolicismo, narra que, turbado y asustado ante el espectáculo de la “neomisa” de Pablo VI, no había podido dejar de definirla como «una imitación muy tosca de la función anglicana, con la que estábamos familiarizados en nuestra infancia»; y, volviéndose a su hermana allí presente, había exclamado: «Pero ¿por qué nos convertimos?»  (9). Y continuaba así: «Comprendí de repente con cuanta habilidad se llevaba a la Iglesia de un modo de creer a otro totalmente distinto. No era una manipulación de la fe, sino algo más insidioso. (…) A los que me objetaran que el sacrificio se menciona al menos tres veces en la nueva misa, yo podría responderles que hay una diferencia muy grande entre mencionar una verdad y ponerla en evidencia» (10).
  • Hasta el susomentado Jean Guitton, el neomodernista amigo de Pablo VI, no vaciló, hace algunos años, en declarar abiertamente lo que sigue:«La intención de Pablo VI tocante a la liturgia, tocante a la denominada vulgarización de la misa, era la de reformar la liturgia católica para que coincidiese, sobre poco más o menos, con la liturgia protestante… con la cena protestante (…). La misa de Pablo VI se presenta ante todo como un banquete, ¿no es verdad? E insiste mucho en el aspecto de participación en un banquete, pero mucho menos en la noción de sacrificio, de sacrificio ritual cara a Dios, durante el cual el sacerdote sólo deja ver su espalda. No creo entonces que yerre si digo que la intención de Pablo VI y de la nueva liturgia que lleva su nombre era la de reclamar de los fieles una participación mayor en la misa, la de dar un puesto mayor a las Escrituras y un puesto menor a todo lo que en ella hay de “mágico”, según algunos, o de “consagración  transubstancial”, al decir de otros, es decir, a todo lo que en ella hay de fe católica. En otras palabras, animaba a Pablo VI la intención ecuménica de cancelar –o, al menos, de corregir o atenuar– lo que había en la misa de demasiado católico en sentido tradicional, y acercar la misa católica –lo repito– a la cena calvinista» (11).
  • Por su parte, el P. Ferdinando Antonelli, futuro cardenal, que en la época del Vaticano II era promotor de la fe en la Sagrada Congregación de-los Ritos además de miembro a todos los efectos, durante la duración entera de los trabajos, del Consilium ad exequendam Constitutionem de Sacra Liturgia del P. Bugnini, le escribía al cardenal Benelli, el 23 de julio de 1968, que se hallaba preocupado a causa de la «reforma litúrgica, que se vuelve cada vez más aberrante (…). En la liturgia –recalcaba el p. Antonelli–, cada palabra, cada gesto, traduce una idea teológica. Dado que actualmente se impugna toda la teología, las teorías corrientes entre los teólogos avanzados [los filoprotestantes de la nouvelle théologie; n. de la r.] se abalanzan sobre la fórmula y el rito, con esta consecuencia gravísima: mientras que en el debate teológico dichas teorías permanecen en el alto nivel de los hombres cultos, sin salir de ahí, una vez que, por el contrario, se bajan a la fórmula y al rito, principian a divulgarse entre el pueblo» (12).

También el P. Antonelli echaba de ver en los nuevos ritos «la insistencia en la idea de cena, que parece redundar en menoscabo de la idea de sacrificio» (13). «Lo triste, sin embargo», seguía escribiendo, era el hecho de que «muchos de los que influyen en la reforma (…) y otros no tienen ningún amor, ninguna veneración, por lo que se nos ha transmitido. Desprecian de entrada todo lo que hay en la actualidad. Es la suya una mentalidad negativa, injusta y dañina. Por desgracia, también el Papa Pablo VI está algún tanto de su parte. Abrigarán todos las mejores intenciones, pero con esta mentalidad se sienten inclinados a demoler, no a restaurar» (14).

Luego ponía de relieve lo siguiente respecto de mons. Bugnini y de la reforma litúrgica en general: «Podría decir muchas cosas de este hombre. He de añadir que Pablo VI lo ha sostenido siempre. No quisiera equivocarme, pero la laguna más notable del padre Bugnini es su falta de formación y de sensibilidad teológica. Tengo la impresión de que se ha concedido mucho, sobre todo en materia de sacramentos, a la mentalidad protestante»; «(…) él [el P. Bugnini; n. de la r.] se ha servido de mucha gente, y, no sé por qué, ha introducido en el trabajo a gente hábil, pero de coloraciones teológicas progresistas» (15).

Además, el P. Antonelli, desconcertado, había consignado desde el comienzo de los trabajos del Consilium, que «hay también mucha prisa por avanzar y no se da tiempo para reflexionar (…). No debería haber tanta prisa. Pero los ánimos están excitados y quieren ir adelante» (16).

El caso es que los neomodernistas y los neoliturgistas bramaban de impaciencia por aprovechar el momento favorable que se les brindaba de suprimir, cuanto antes, la antigua y santa misa romana, incómodo testigo y último baluarte de la fe católica.
2) Testimonios en el ámbito protestante
Igual de explícitos y significativos son los comentarios del campo protestante.

  • Siegwalt, docente de teología protestante en Estrasburgo, admitía que «no hay nada, en la misa ahora renovada, reformada, que pueda molestar verdaderamente al cristiano evangélico [es decir, protestante; n. de la r.], o que pueda molestarle más de lo que podrían hacerlo elementos, reales o ausentes, del culto protestante» (17).
  • «Si se tiene en cuenta la evolución decisiva de la liturgia católica –escribía, por su parte, el protestante Mehl–, la posibilidad de sustituir el canon de la misa por otras plegarias litúrgicas, es decir, de cancelar la idea según la cual la misa constituye un sacrificio (…) no hay ya razones para que las iglesias de la reforma les prohíban a sus fieles que participen en la eucaristía en la Iglesia Romana» (18).
  • «La liturgia romana revisada –escribía B. C. Pawley, archidiácono anglicano de Canterbury y “observador” en el Vaticano II–, bien lejos de ser causa de disputa, se parece mucho a la liturgia anglicana (…). El decreto del Concilio concierne sólo a los principios, los cuales se corresponden mucho con los del prefacio de Cranmer [autor herético de la “liturgia anglicana”; n. de la r.] al Book of Common Prayer, y son:
  1. La traducción de los ritos en lengua vernácula.
  2. La revisión de los textos con base en modelos escriturarios y patrísticos.
  3. El fin del predominio del rito romano.
  4. La desclericalización de los ritos y el fomento de la participación activa de los seglares.
  5. La disminución del influjo monástico así como lazos más obvios con el mundo contemporáneo. (…) La nueva liturgia ha superado en su modernidad a la de Cranmer en muchos puntos, a despecho de su retraso de cuatrocientos años» (19).
  • Por su parte, Max Thurian, de Taizé, “reformado” calvinista y uno de los “observadores” en el Consilium para la reforma de la liturgia, no escondía la conocida aversión de los protestantes hacia el canon romano de la antigua misa, y afirmaba que éste no tenía, ciertamente, «el mismo mérito que las tres nuevas plegarias eucarísticas, fruto del concilio Vaticano II, que están a punto de ser promulgadas». Un “mérito” que era fruto, evidentemente, de la colaboración del “sexteto protestante” en los trabajos de la comisión litúrgica.

El canon romano de la misa antigua constituía para Thurian, en efecto, «un problema desde el punto de vista ecuménico», a causa, obviamente, del «acento que pone (…) en la noción de sacrificio» (20). Huelga decir, se alegraba Thurian, de que ahora, con el nuevo rito de Pablo VI, «tal vez (…) comunidades acatólicas puedan celebrar la santa cena [sin dejar, pues, de permanecer obstinadamente protestantes] con las mismas plegarias de la Iglesia católica. Teológicamente es posible» (21).

Milagros del ecumenismo…

  • Dicho y hecho: «Dadas las formas actuales de la celebración eucarística en la Iglesia católica – proclamaba el Consistorio de la Iglesia de la Confesión de Augsburgo de Alsacia y Lorena– (…) debería ser posible, hoy, para un protestante, reconocer en la celebración eucarística católica la cena instituida por el Señor [es decir, la “cena” protestante; n. de la r.] (…) Nos conviene utilizar las nuevas plegarias litúrgicas [de la “misa de Pablo VI”; n. de la r.], en las cuales nos reconocemos y que tienen la ventaja de difuminar la teología del sacrificio» (22).

Podrían multiplicarse las pruebas de la traición de los neomodernistas actuales, pero no hace falta que prosigamos. Recordemos de todos modos, en confirmación de lo dicho y para quien no lo sepa, que son ya comunes, en el extranjero, las “concelebraciones” de pastores protestantes con miembros el clero católico, o cual habría sido imposible de todo punto si se hubiese mantenido la antigua misa romana. Por otra parte, no debería ser difícil entender que el desbarro de la liturgia en sentido modernista y filoprotestante está destinado inevitablemente a provocar, más tarde o más temprano, el deslizamiento del clero y de los fieles hacia la herejía. La liturgia, como recordaba dom Guéranger, es, por fuerza, expresión de la fe. Fe y liturgia dependen estrechamente una de la otra: como ya recordamos, se reza como se cree, y viceversa. “Descatolizando” la santa misa se termina por mudar, a la larga, la fe del pueblo: realidad esta perfectamente intuida, ya por los pseudo-reformadores protestantes del siglo XVI, ya por los neomodernistas antes, durante y después del Vaticano II.

A.M

  1. Doc Cath., nº 1445, del 4-IV-1965, col. 603-604.
  2. Texto reproducido en Si può rifiutare la Nuova Messa? [¿Se puede rechazar la nueva misa?], Albano Laziale: ed. Ichtys, 1998, pp. 17-18.
  3. Dom P. Guéranger, Institutions Liturgiques, Éditions de Chiré, 1977 (edición reducida), pp. 107-110.
  4. Guéranger, op. cit., tomo II, pág. 738.
  5. Entrevista concedida a Detroit News del 27-VI-1967.
  6. Notitiae, año 1966, II, pág. 313.
  7. Michael Davies, The Roman Rite Destroyed [El rito romano, destruido], Devon, 1978, págs. 42-43.
  8. Notitiae, año 1967, III, pág. 395.
  9. Green, Ce qu’il faut d’amour à l’homme [Lo que el hombre necesita en punto a amor], París: ed.Plon, 1978, págs. 137-138.
  10. Ubidem
  11. Entrevista concedida a Radio Courtosie [Radio Cortesía], el 19 de diciembre de 1993, transcrita en La Messe a-t-elle une histoire? [¿Tiene la misa una historia?], en Savoir et Servir [Saber y servir], nº 55, Montrouge, 1944, pág. 94.
  12. Giampietro, Il Card. Ferdinando Antonelli e gli sviluppi della riforma liturgica dal 1948 al 1970 [El cardenal Fernando Antonelli y los desarrollos de la reforma litúrgica desde el 1948 al 1970], Roma: Studia Anselmiana, págs. 257 ss.
  13. Ivi, pág. 260.
  14. Ivi, pág. 258.
  15. Ivi, pág. 264.
  16. Ivi, pág. 229.
  17. Véase su artículo en L’intercommunion, en Doc. Cath. 1555, del 18-1-1979, pág. 96.
  18. Periódico Le Monde, 10-IX-1972, pág. 12.
  19. y M. Pauwley, Rome and Canterbury through four centuries [Roma y Canterbury a través de los siglos], Mowbrays, 1974, págs. 348-349.
  20. Verbum caro, nº 85, 1º trimestre de 1968, pág. 64.
  21. La Croix, 30-V-1969, pág. 10.
  22. Église en Alsace [Iglesia en Alsacia] revista de la diócesis de Estrasburgo, 8-XII-1973 y 1-1-1974.

[Publicado originalmente en Sí Sí No No. Con ligeras adaptaciones de estilo de nuestra redacción]

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