Durante un tiempo estuve pensando si incluir la devoción a la Virgen María y a los santos como pilares de nuestro edificio espiritual o más bien como una de la “habitaciones” que habían de formar parte de él. Al final, dada la importancia que siempre se le ha dado en la Iglesia desde sus comienzos a estas devociones, me decidí por ponerlo como un pilar más. La Iglesia siempre consideró que era prácticamente imposible vivir una sólida vida espiritual si la devoción y el cariño a la Virgen y a los santos no estaban presentes.

Las tres clases de culto que ha de dar el hombre

Santo Tomás de Aquino explica que la devoción que se tiene a la Virgen y a los santos no termina en ellos, sino que en última instancia se dirige a Dios, en cuanto que en sus santos veneramos en realidad a Dios que los ha llenado de gracia y santidad

La Iglesia católica distingue claramente tres clases de cultos: el de latría o de adoración, el de dulía o de veneración, y el de hiperdulía (veneración llevada al máximo).

El culto de latría (adoración): Es exclusivo de Dios. Sólo Dios puede ser adorado. El mismo Cristo nos lo dijo: “Adorarás al Señor tu Dios y sólo a El darás culto”.

El culto de dulía (veneración): Es el propio debido a los santos, personas que por su probada heroicidad en el ejercicio de las virtudes cristianas la Iglesia nos los pone como ejemplo a seguir subiéndolos a los altares.

El culto de hiperdulía: Es exclusivo de la Virgen María y nace como una necesidad de poner el culto a la Santísima Virgen en un lugar privilegiado, por encima del debido a los santos en general, pero sin llegar a ser de latría o adoración.

La devoción y el culto a la Virgen María

El culto y la devoción a la Virgen es muy antiguo en la Iglesia. Surge de la realidad de su maternidad divina y del papel que Cristo le reservó en nuestra salvación. La Virgen es Madre de Dios y Madre nuestra. En este sentido el culto mariano, ha tenido siempre una clara dimensión cristológica. Por otra parte, la Virgen está presente en el culto de la Iglesia primitiva, como lo manifiesta su inserción en alguna anáfora eucarística que ha llegado hasta nosotros, en algunas fórmulas bautismales e incluso en himnos antiguos. Lo mismo puede deducirse de la existencia de algunos edificios cultuales dedicados a María ya antes del siglo IV, en Palestina y en Alejandría, de las pinturas murales que se encuentran en las catacumbas, o de la célebre oración “Sub tuum praesidium”, que se encontró en un antiguo papiro egipcio, y que suele datarse a finales del siglo III.

San José María Escrivá de Balaguer, en su libro “Camino”, habla con sencillez al tiempo que con profundidad de cómo ha de ser nuestra devoción a la Virgen María. Aquí les dejamos algunos de ellos.

492 El amor a nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que están ocultas en el rescoldo de tu tibieza.

493 Ama a la Señora. Y Ella te obtendrá gracia abundante para vencer en esta lucha cotidiana. —Y no servirán de nada al maldito esas cosas perversas, que suben y suben, hirviendo dentro de ti, hasta querer anegar con su podredumbre bienoliente los grandes ideales, los mandatos sublimes que Cristo mismo ha puesto en tu corazón. —”Serviam!”

495 A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María.

496 ¡Cómo gusta a los hombres que les recuerden su parentesco con personajes de la literatura, de la política, de la milicia, de la Iglesia!…

Canta ante la Virgen Inmaculada, recordándole:

Dios te salve, María, hija de Dios Padre: Dios te salve, María, Madre de Dios Hijo: Dios te salve, María, Esposa de Dios Espíritu Santo… ¡Más que tú, sólo Dios!

497 Di: Madre mía —tuya, porque eres suyo por muchos títulos—, que tu amor me ate a la Cruz de tu Hijo: que no me falte la Fe, ni la valentía, ni la audacia, para cumplir la voluntad de nuestro Jesús.

498 Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. —No desconfíes. —Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma.

500 Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. —Pocas devociones —hay muchas y muy buenas devociones marianas— tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. —Además ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!

502 María, Maestra de oración. Mira cómo pide a su Hijo, en Caná. Y cómo insiste, sin desanimarse, con perseverancia. Y cómo logra. Aprende.

506 La Virgen Dolorosa. Cuando la contemples, ve su Corazón: es una Madre con dos hijos, frente a frente: El… y tú.

508 Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza. Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz.

510 ¿Veis con qué sencillez? —”Ecce ancilla!…” —Y el Verbo se hizo carne. Así obraron los santos: sin espectáculo. Si lo hubo, fue a pesar de ellos.

512 ¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya —”fiat”— nos has hecho hermanos de Dios y herederos de su gloria. ¡Bendita seas!

513 Antes, solo, no podías… —Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!

Similitud con el cariño a nuestra madre de la tierra

La devoción a la Virgen se parece mucho al cariño a nuestra madre de la tierra. Si no se ha conocido a la madre de pequeño, luego es mucho más difícil amarla de mayor. Lo mismo ocurre con el cariño a la Virgen. Ella ocupará el lugar de nuestra “madre de cielo” cuando de pequeño se haya aprendido a amarle. En cambio si no se ha aprendido a querer a la Virgen de pequeño, luego de mayor costará mucho más. Esta afirmación la sé por experiencia propia cuando he intentado enseñar esta devoción a conversos al catolicismo que vienen de confesiones protestantes.

Las oraciones y devociones más comunes a la Virgen María

Avemaría, Salve, Acordaos, Bendita sea tu pureza, Bajo tu amparo, Ofrecimiento, Angelus, Regina Coeli, Magnificat. El Escapulario de la Virgen del Carmen. Romerías y peregrinaciones marianas. Visitas a los santuarios dedicados a la Virgen María.

También son famosas las oraciones a la Virgen María compuestas por los santos: San Alfonso Mª Ligorio, San Bernardo, San Anselmo, San Luis Gonzaga, Santo Tomás de Aquino, San Atanasio, San Ildefonso de Toledo.

Los frutos de la devoción a la Santísima Virgen

Quienes la honran obtienen una mayor benevolencia de parte de María. Ella, por su gran poder de intercesión, consigue mayores gracias de Dios para que vivan mejor su vida cristiana, conduciéndolos hasta las cimas de la santidad.

A los pecadores, que junto con el deseo de enmendarse la honran y se ponen bajo su protección, les alcanza la gracia de la conversión y no dejará de socorrerlos y de conducirlos a Dios.

A quienes la invocan confiada y perseverantemente, María puede alcanzarles la gracia de la perseverancia final, don inestimable, como lo llama San Agustín. Y, por eso, le pedimos en el Ave María: “ruega por nosotros… en la hora de nuestra muerte”.

Finalmente, si tenemos en cuenta que la devoción a María se deriva de la fe en la Encarnación redentora, a mayor fe, mayor devoción y, en consecuencia, se confirman en la Iglesia los fundamentos de la fe y se desvanecen las herejías.

Veneración de los santos

Los primeros santos venerados fueron los discípulos de Jesús y los. Más tarde también se incluyó a los confesores, las vírgenes y otros cristianos que demostraron amor y fidelidad a Cristo y a su Iglesia y vivieron con virtud heroica.

Con el tiempo creció el número de los reconocidos como santos y se dieron abusos y exageraciones, por lo que la Iglesia instituyó un proceso para estudiar cuidadosamente la santidad. Este proceso, que culmina con la “canonización”, es guiado por el Espíritu Santo según la promesa de Jesucristo a la Iglesia de guiarla siempre (Jn 14:26, Mt 16:18). Sólo se consideran para canonización unos pocos que han vivido la santidad en grado heroico. La canonización es para el bien de nosotros en la tierra y en nada beneficia a los santos que ya gozan de la visión beatífica (ven a Dios cara a cara).

La devoción a los santos es una expresión de la doctrina de la Comunión de los Santos que enseña que la muerte no rompe los lazos que unen a los cristianos en Cristo. Los protestantes rechazaron la devoción a los santos por no comprender la doctrina de la comunión de los santos. El Concilio de Trento reafirmó la doctrina católica.

En virtud de que los santos están en Cristo y gozan de sus bienes espirituales pueden interceder por nosotros. La intercesión nunca reemplaza la oración directa a Dios, quien puede conceder nuestros ruegos sin la mediación de los santos. Pero, como Padre, se complace en que sus hijos se ayuden unos a otros.

Los santos son modelos de virtudes es por ello que los debemos imitar. Ellos nos enseñan a interpretar el Evangelio evitando así acomodarlo a nuestra mediocridad y a las desviaciones de la cultura. Al venerar a los santos damos gloria a Dios de quien proceden todas las gracias.

Ahora bien, no se puede dar culto público a una persona que no ha sido reconocida todavía por la Iglesia como santo. El canon 1187 nos dice que sólo es lícito venerar con culto público a aquellos siervos de Dios que hayan sido incluidos por la autoridad de la Iglesia en el catálogo de los Santos o de los Beatos.

¿Podemos venerar las reliquias de los santos?

Si, podemos y debemos venerar las reliquias de los Santos. porque sus cuerpos fueron templo del Espíritu Santo y han de resucitar gloriosos.

Reliquias, del latín reliquae, restos, es todo lo que queda del cuerpo de los santos. En un sentido más amplio, se da también el nombre de reliquias a los objetos que le pertenecieron o estuvieron en contacto con su cuerpo, como lienzos, flores, etc.

La Iglesia reconoce tres clases de reliquias:

  • Las de primera clase, que son los restos de cualquier parte del cuerpo.
  • Las de segunda clase, que son las pertenencias de los santos, tales como sus vestimentas.
  • Las de tercera clase, que son objetos que con fe y piedad tocaron las reliquias de primera o segunda clase.

Además, las reliquias de primera clase se subdividen en tres: insignes, notables y mínimas, según su importancia. Para evitar errores y abusos en la exposición y veneración de reliquias, los relicarios o urnas que las contienen, deben estar sellados con el sello de la autoridad eclesiástica competente, y acompañados del documento que certifique su autenticidad.

¿Podemos adorar la Santa Cruz y honrar las imágenes de Jesucristo, de la Santísima Virgen y de los Santos?

Ciertamente, porque nuestros homenajes no se dirigen a los objetos, sino a las personas que representan. Estas imágenes, ya sean cuadros, estatuas o medallas, sirven para fijar nuestra atención y avivar el recuerdo de lo que representan.

¿De qué modo debemos honrar a los Ángeles y Santos?

Debemos honrarlos celebrando sus fiestas con devoción, invocándolos en nuestras necesidades e imitando sus virtudes. La Iglesia ha establecido las fiestas de los santos para fomentar nuestra devoción hacia ellos y las ha distribuido en a lo largo del año, proclamando cada día en sus oficios, o en el Martirologio, los nombres y las virtudes de sus héroes de todas las épocas.

Además es conveniente prepararnos a las festividades de los santos de nuestra particular devoción, con una novena y la recepción de los santos sacramentos. Debemos también honrar con culto especial a nuestros santos patronos de bautismo, a los de nuestra familia, parroquia, nación y también a los de nuestro estado o profesión.

Procurar tener en nuestra casa un crucifijo, una imagen de la Santísima Virgen y de algún otro santo de nuestra particular devoción. Aficionarnos a la lectura de la vida de los santos y de sus obras es un buen medio de honrar su memoria y adelantar en la virtud.

El efecto negativo de la multiplicación de los santos en los últimos años

Desde hace aproximadamente unos cuarenta años el número de santos canonizados se ha multiplicado enormemente, con la buena intención quizá de que los santos fueran más cercanos al pueblo y abundantes, pero el resultado final ha sido el totalmente opuesto. La profunda devoción popular que había antiguamente se ha perdido en las nuevas generaciones. Por supuesto que ello se ha producido por multitud de razones, pero una de ellas ha sido precisamente esa multiplicación de santos. Como si se tratara de la ley de la oferta y la demanda, al haber aumentado la oferta se ha depreciado el valor del “producto”. El resultado final ha sido que la devoción a los santos ha disminuido tremendamente.

El proceso de canonización era tremendamente escrupuloso y sólo se hacía después de un concienzudo estudio del candidato. Este proceso se ha simplificado tanto, que prácticamente ahora cualquier buena persona con bastante dinero podría ser canonizado (exagerando bastante)

No es este el lugar para hacer un estudio de las condiciones para declarar a una persona santa, por lo que, si están interesados, al final de este artículo les dejo un archivo con todos los detalles. Ahora, sólo enumeraremos los apartados a tener en cuenta en el proceso:

1) Fase prejurídica.

2) Fase informativa.

3) Juicio de ortodoxia.

4) Fase romana.

5) Sección histórica

6) Examen del cadáver.

7) Procesos de milagros.

8) Beatificación.

9) Canonización.

En la práctica, el proceso de canonización involucra una gran variedad de procedimientos, destrezas y participantes: promoción por parte de quienes consideran santo al candidato; tribunales de investigación de parte del obispo o de los obispos locales; procedimientos administrativos por parte de los funcionarios de la congregación; estudios y análisis por asesores expertos; disputas entre el promotor de la fe (el “abogado del diablo”) y el abogado de la causa; consultas con los cardenales de la congregación. Pero, en todo momento, únicamente las decisiones del Papa tienen fuerza de obligación; él sólo posee el poder de declarar a un candidato merecedor de beatificación o canonización.

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Con esto acabamos de esbozar este último pilar, para la semana próxima, hablar la virtud de la caridad. La virtud de la caridad hará de “cemento de unión” o correa que reforzará toda la estructura: cimientos y pilares. Como siempre, muchas cosas se quedan en el tintero: María como corredentora y mediadora de la gracia, la actitud de los protestantes frente al culto católico a la Virgen y los Santos, la vulgarización de las fiestas de los santos patronos que han perdido el sentido cristiano para transformarse en puro folclore…

Padre Lucas Prados

Puede leerse este archivo donde se explica más sobre el proceso de beatificación y canonización.

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com